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Sydney y alrededores

sunny 25 °C
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Mi llegada a Australia ha sido de lo más accidentada. Para empezar el viaje, le hice un siete a los pantalones al bajar del autobús que me llevó hasta el aeropuerto de Christchurch (todavía en Nueva Zelanda). Esto, como ya sabéis, es un grave contratiempo, pues sólo tengo dos pares de pantalones. En todo caso, y tras maldecir mi mala suerte, me cambié antes de embarcar con rumbo a Auckland, donde debía pasar unas horas antes de coger un avión a Sydney a las 5 de la mañana. Llegué a la terminal internacional pasadas las 10 de la noche y cual fue mi sorpresa cuando veo en las pantallas que mi vuelo ha sido cancelado. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Llegaría a Australia en algún momento? ¿Podría salir del país antes de que expirase mi visado de turista? ¿Me iban a indemnizar por el disgusto? Por supuesto, las 10 en Nueva Zelanda son como las 2 de la mañana en España, por lo que no había ni una ventanilla abierta en todo el aeropuerto. A falta de una mejor opción, decidí quedarme allí y ver qué pasaba por la mañana. Así, tras dormir mal que bien apenas unas horas, a las 4 de la mañana, con legañas en los ojos y cara de muerta, me dirigí al mostrador correspondiente, donde me indicaron que efectivamente el vuelo había sido cancelado pero que iban a flotar un charter para transportarnos 3 horas más tarde. Con mi tarjeta de embarque en la mano, respiré aliviada y hasta me dio tiempo a echarme una siestecilla antes de subir al avión.

En el aeropuerto de Sydney me estaba esperando Kristin, a la que conocí en Nicaragua el año pasado y que amablemente me ha alojado durante mi estancia en la ciudad. Bueno, en realidad, no sólo me ha alojado sino que me ha llevado a un montón de sitios y me ha enseñado muchas cosas sobre el país y su idiosincracia. Eso sin contar con el curso acelerado de vinos australianos, que, por cierto, están bastante ricos. Sin duda, mi experiencia en Sydney hubiera sido muy distinta sin Kristin, desde luego mucho menos interesante y divertida. En todo caso, nada más subirme al coche me di cuenta de que estaba en un país radicalmente distinto a Nueva Zelanda. Había coches por todas partes, gente, tiendas, calles infinitas,... en fin, un verdadero shock y eso que sólo estaba viendo los barrios residenciales. En Sydney viven algo más de 4 millones de personas, pero la ciudad se extiende kilómetros y kilómetros, pues la mayoría de sus habitantes viven en chalets con jardín. Así, el área metropolitana abarca unos 1,200 kms2, con lo que parece que la ciudad no se acabara nunca.

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En cuanto al centro, la impresión que me dio es la de una ciudad vibrante y llena de energía, con gente de todos los orígenes imaginables (muchísimos asiáticos) y un montón de turistas. Me encantó volver a sentir el bullicio de una gran ciudad, incluidas las prisas, los empujones y la polución. Entre los rascacielos hay numerosos parques (nunca he visto a tanta gente correr como en esta ciudad) y alguna que otra calle peatonal con artistas callejeros (y hasta un Zara) y luego está la bahía, que da a la ciudad un encanto especial, con el edificio de la ópera y el puente de la bahía como elementos más significativos.

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Por otro lado, los alrededores de la ciudad cuentan con infinidad de playas. Por una vez tuve suerte con el tiempo y a estas alturas del año me hizo un sol espectacular, parecía prácticamente verano. Hasta casi me dieron ganas de meterme en el agua y pelearme por una ola con los surfistas. Un día entero lo pasé explorando la bahía, subiéndome en todos los ferries, que resulta ser el transporte más rápido entre ciertas partes de la ciudad. Y acabé el día con unas vistas de la ciudad iluminada desde el río Parramata.

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Por pura casualidad, mi estancia en Sydney coincidió con las vacaciones de Semana Santa y con la feria más importante que se celebra en la ciudad, el Royal Easter Show. Me recordó a las ferias que se celebran todos los veranos en cualquier pueblo de España, con sus puestos de fritanga y sus atracciones, pero a lo grande y mucho más limpio. Este evento tiene lugar en el parque olímpico y en los estadios hay competiciones de tala de árboles (¿se puede ver algo más australiano que ésto?) y exposiciones varias (desde perros hasta arte, pasando por plantas y roedores). Otro pabellón está dedicado al arte culinario y allí nos pusimos hasta arriba degustando todo lo que se puso en nuestro camino y catando todos los vinos que encontramos. Además, en uno de los estadios más grandes asistimos a una sucesión de espectáculos que comenzó con un rodeo, siguió con un patriótico número musical con caballos y banderas (en el que la compañera de casa de Kristin, Mel, tocaba en la banda), luego un show de saltos de motocross y, por último, fuegos artificiales con música aborigen mezclada con tecno. En fin, un poco de todo y sin cambiar de escenario.

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Sin embargo, la verdadera atracción de la feria es un pabellón donde puedes comprar bolsas llenas de cosas. Es un poco complicado de explicar, la verdad es que nunca he visto nada parecido, pero en cada puesto las bolsas contienen cosas diferentes, pueden ser juguetes (las más populares), chocolates, revistas,... y según lo que te quieras gastar el contenido es más o menos interesante. Hay hasta un catálogo en el que puedes ver las diferentes opciones con antelación. En definitiva, un paraíso para los niños (y para algunos adultos también).

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A unas 3 horas en coche de Sydney se encuentran las montañas Azules (Blue Mountains), que fuimos a explorar uno de los días. En teoría, las montañas se ven azuladas en la distancia por el efecto de la evaporación que emana de los eucaliptos, pero yo no vi el azul por ningún lado. En todo caso, es un lugar muy bonito y desde los miradores se observa la inmensidad de este parque nacional.

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El parque está salpicado de pueblos, algunos mejor cuidados que otros, y parece ser un lugar de veraneo y fin de semana popular entre los urbanitas. Hay numerosos senderos, aunque nosotras nos limitamos a un pequeño paseo para ver una catarata.

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Como conclusión, me ha gustado mucho Sydney. He estado aquí casi una semana, en la que he hecho de todo, y podría haberme pasado unas semanas más explorando todos los museos y barrios de la ciudad. Sin embargo, Australia es un país muy grande y tengo muchos otros sitios que visitar, así que el resto de Sydney tendrá que esperar a la próxima vez. En todo caso, siempre es bueno tener una excusa para volver.

Posted by gacela 12.05.2012 23:26 Archived in Australia Comments (0)

Resumen de Nueva Zelanda

all seasons in one day 15 °C
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¿Qué puedo decir de Nueva Zelanda que no os haya contado ya? He pasado aquí 3 meses y, aún así, no he podido ver todas las regiones el país y apenas recorrer una pequeña parte de la extensa red de senderos. Los paisajes son el punto fuerte de este país formado por 2 grandes islas, que son casi como 2 países distintos. La mayoría de los escasos 5 millones de habitantes de Nueva Zelanda viven en la isla Norte, que, a pesar de ello, parece bastante deshabitada para estándares europeos. Por su parte, la isla Sur está vacía de neozelandeses, pero llena de turistas, que no podemos dejar de maravillarnos por la cordillera de los Alpes del Sur. En todo caso, ambas islas cuentan con playas kilométricas, bosques húmedos, montañas,...

Como supongo habréis inferido por las historias que he ido publicando, Nueva Zelanda es un paraíso para los senderistas. Hay tal cantidad de caminos, todos bien señalizados y equipados con refugios, que te podrías pasar toda la vida recorriéndolos. Sólo como ejemplo, hay un sendero que recorre los 3.000 kilómetros del país de norte a sur. Para los menos osados (como yo), existen otras muchas opciones de dificultades variadas. Al contrario que en otras partes del mundo (como en Norteamérica), aquí no te tienes que preocupar por los animales cuando sales a caminar, ya que prácticamente sólo hay pájaros, lo cual le resta un poco de emoción. Los menos deportistas también pueden disfrutar de Nueva Zelanda, aunque para mí se pierden una gran parte de la gracia de este país. En fin, para amenizaros un poco el post y como resumen de los lugares que he explorado en estos meses, aquí tenéis este vídeo, con música del único grupo neozelandés que conozco.

Por otro lado, viajar aquí es sencillísimo. Todo está preparado para que los turistas disfruten y estén ocupados en actividades de todo tipo (y gastando sus dineros, claro). En cada pueblo, por pequeño que sea, hay una oficina de turismo, cuyo personal es de lo más amable y te ayudan con todo lo que necesites (te contratan el alojamiento, el transporte, las actividades y cualquier otra cosa que se te ocurra). Creo que la única queja generalizada entre los turistas tiene que ver con el tiempo y unos mosquitos diminutos (llamados sandflies en inglés). En el primer caso, el verano no es realmente verano, pues apenas hace calor y te puede nevar en cualquier momento. El viento siempre es frío, especialmente cuando sopla del sur, ya que viene directamente de la Antártida. Además, la lluvia te amenaza casi cada día, con lo que la previsión meteorológica se convierte en un elemento imprescindible. No es que acierten mucho, la verdad, pero ahí estamos todos pendientes de la evolución de los vientos, las borrascas y los anticiclones. Por su parte, los mosquitos son una verdadera pesadilla. Aparecen por millones en cuanto te paras y sus picaduras se hinchan de tal manera que parece que te ha picado un elefante y no un bicho diminuto.

En cuanto a los precios, Nueva Zelanda no es un destino especialmente económico. La mayoría de las cosas son caras, especialmente la comida, incluso en el supermercado, y el transporte. Mientras que otras (pocas) son relativamente baratas, por ejemplo, los albergues, que cuestan en torno a 17€ por noche. En total, en 3 meses me he gastado unos 3.600 euros, es decir, 5.600 dólares neozelandeses. Y eso cocinando casi todos los días, haciendo bastante autoestop y limitando las actividades al mínimo.

En lo que respecta a los neozelandeses, son gente muy amable, siempre dispuesta a ayudar y la mayoría lleva una vida de lo más tranquila y relajada. En general, les encantan las actividades al aire libre, claro que hay poco más que hacer en este país, y en los senderos te encuentras con kiwis de todas las edades e incluso a familias enteras que pasan sus vacaciones en la naturaleza. Eso sí, tienen un acento fortísimo y he tenido que hacer grandes esfuerzos para entenderles (por ejemplo, la "e" la pronuncian como si fuera una "i", lo cual es muy confuso). Pero bueno, para que te hagas una idea de lo que te espera en el país, su aerolínea ofrece estos hilarantes vídeos de seguridad.

Espero que hayáis disfrutado leyendo mis aventuras en Nueva Zelanda tanto como yo viviéndolas. Es realmente un país increíble que merece la pena visitar.

Posted by gacela 09.05.2012 23:07 Archived in New Zealand Comments (1)

Akaroa

Soleado adiós a Nueva Zelanda

sunny 20 °C
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Mis últimos días en Nueva Zelanda transcurrieron relajadamente en la Península de Banks, a escasos kilómetros de la devastada Christchurch, que todavía se está recuperando del terremoto que la sacudió hace ya más de un año. De hecho, el centro de la ciudad sigue en ruinas y en los alrededores todavía se pueden ver los efectos en los edificios que sí han sobrevivido. Ante esta triste perspectiva, sólo pasé un par de horas en la ciudad, disfrutando de un muy interesante museo.

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Akaroa es la ciudad más grande de la Península de Banks y tiene con una curiosa historia. En la carrera por conseguir territorios de ultramar entre Francia y Gran Bretaña en el siglo XIX, un barco francés llegó a estas costas y negoció con la tribu maorí que habitaba allí la compra de sus tierras. Con este documento en el bolsillo, los franceses enviaron un barco lleno de gente a poblar el lugar. Sin embargo, los ingleses se enteraron del trato y días antes de la llegada del barco francés se presentaron en Akaroa y plantaron la bandera británica. De esta manera, cuando los franceses desembarcaron no les quedó más remedio que reconocer la soberanía británica. Aún así, la mayoría decidió quedarse y fundaron Akaroa, que se convirtió en un pueblo francés en una colonia inglesa.

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Eso sí, aunque muchos de los habitantes de la pequeña Akaroa son descendientes de los franceses originales, cualquier parecido con un pueblo francés es pura coincidencia. Y las banderas francesas que ondean en algunas casas, así como el nombre y el rótulo de las calles parecen dirigidas a los numerosos turistas que se acercan hasta aquí para disfrutar de la costa y del pueblo.

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Creo que para llevarme la contraria después de todas mis quejas sobre el frío y la lluvia en el verano neozelandés, durantes estos últimos 4 días en el país el sol no paró de brillar y hasta hizo calor. En fin, que tuve una despedida muy tranquila y soleada de Nueva Zelanda. Por un lado, me dio un poco de pena irme porque me ha parecido un país increíble y me lo he pasado genial, pero, por otro, el visado de turista expiraba y era el momento de buscar nuevas aventuras en un lugar diferente.

Posted by gacela 28.04.2012 22:29 Archived in New Zealand Comments (1)

Budget accommodation in New Zealand

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Arthur´s Pass

o mi despedida de las montañas neozelandesas

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Arthur´s Pass es un puerto de montaña que atraviesa los Alpes del Sur, uniendo de esta manera la costa oeste con Christchurch y el resto del este de la Isla Sur. En este estratégico punto de la carretera se han levantado literalmente 10 casas (porque llamarlo pueblo sería decir mucho), que se corresponden con un albergue, dos restaurantes, un hotel, un centro de información y un par de casas particulares. Y así, en unos 100 kilómetros a la redonda no hay nada más que montañas, todas protegidas por el parque nacional del mismo nombre.

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Las opciones para hacer senderismo en la zona son casi infinitas, con caminos para todos los gustos y niveles. Como no podía ser de otra manera, decidí ascender el sendero más complicado, pero con mejores vistas. Es verdad que a veces exageran un poco al poner el nivel de dificultad de los caminos, pero en este caso tengo que admitir que acertaron de pleno. Y 3 horas de subida ininterrumpida, teniendo que escalar en algunos tramos, son testigos de ello. Eso sí, las vistas desde la cima del pico Avalanche merecieron cada minuto del esfuerzo. La bajada tampoco resultó nada sencilla, ya que la pendiente era muy pronunciada y había que descender con cuidado. Por suerte, el sol lució todo el día mientras yo machacaba mis piernas subiendo y bajando la montaña.

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Uno de los beneficios que tienen los sitios pequeños como Arthur´s Pass es que te encuentras con gente con mucha facilidad. Y, de esta manera, aquí coincidí con algunos senderistas a los que había conocido en otros puntos del país, entre ellos una chica irlandesa a la que me encontré por quinta vez (la primera había sido un mes antes en un refugio). Y a la quinta fue la vencida y nos fuimos a hacer una ruta por uno de los valles cercanos junto con otro mochilero. Aunque el camino no fue tan espectacular como el del día anterior, teníamos el valle para nosotros solos. Así caminamos junto a un río hasta llegar a un inmenso circo en el que todavía quedaban restos de nieve.

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Y así terminé mis aventuras en la naturaleza neozelandesa, pues cuando me marché de Arthur´s Pass sólo me quedaban 4 días en el país. Por un lado, me dio un poco de pena no volver a recorrer los excelentes senderos ni dormir en los refugios que salpican cada rincón de Nueva Zelanda. Sin embargo, por otro lado, tras caminar kilómetros y kilómetros me pareció que tomarme un buen descanso tampoco era mala idea.

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Y ya sólo me queda un post para terminar de contaros mis aventuras en las antípodas y comenzar con un nuevo e interesante país, Australia.

Posted by gacela 25.04.2012 17:55 Archived in New Zealand Comments (0)

El monte Cook

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A pesar de encontrarme tan sólo a 200 kilómetros de distancia, llegar al monte Cook fue toda una odisea. Para empezar, no había autobuses directos desde Oamaru y el único que ofrecía una conexión daba primero un rodeo por media Nueva Zelanda. Vamos, que se tardaba todo el día y encima costaba un ojo de la cara. Descartada esta opción, sólo podía lanzarme a la carretera y conseguir que algún buen samaritano me llevara. Esta alternativa, que hasta ese momento me había dado muy buenos resultados, requirió de más paciencia que el santo Job. Llegar hasta el desvío de la carretera fue muy sencillo, pero después parece que nadie iba en mi misma dirección. Estuve esperando durante horas (bueno, fueron sólo 3, pero se me hicieron infinitas. Imaginaos, allí plantada de pie sin poder leer o hacer ninguna otra cosa más que mirar con cara de pena a los escasos vehículos que pasaban) hasta que una amable pareja de ingleses se ofreció a llevarme. Una vez en marcha, el camino estaba salpicado de presas y sus correspondientes centrales hidroeléctricas, construidas a principios del siglo pasado para cubrir las necesidades eléctricas de la Isla Sur.

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La entrada en el valle que desemboca en el monte Cook fue realmente impresionante. Un lago azul turquesa nos dio la bienvenida, mientras al fondo se comenzaba a atisbar la silueta de la montaña más elevada del país. Por su parte, la carretera termina abruptamente en un extraño pueblo compuesto exclusivamente de hoteles y cabañas de alquiler.

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El sitio me pareció espectacular. Por una vez, no tuve que andar durante horas para conseguir unas vistas increíbles de las montañas. Lo cual también tiene sus inconvenientes, ya que implica que hay mucha más gente. Pero, por una vez y sin que sirva de precedente, no me importó demasiado.

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Había innumerables senderos para recorrer desde el pueblo, pero el tiempo empezó a empeorar tras dos días espéndidos y sólo pude hacer uno de ellos. En todo caso, todos tenían al monte Cook y sus 3,750 metros de altura como referencia. Después de varias semanas, me encontraba justo al otro lado de la cordillera donde nace el glaciar Franz Josef.

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El sendero en el que pasé el día terminaba en un lago de tonos grisáceos lleno de icebergs procedentes del glaciar que hay al pie de la montaña. Así disfruté de mi libro durante unas horas con vistas al monte Cook, el extraño lago y los enormes bloques de hielo.

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La lluvia hizo que acortará mi estancia en esta zona y me dirigiera hacia el lago Tekapo, uno de los lugares preferidos por los kiwis para sus vacaciones. La zona es bonita, pero después de los paisajes del monte Cook, no me impresionó demasiado.

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Eso sí, aproveché la ocasión para subir al monte John, que cuenta con un observatorio astronómico en lo alto y desde donde se divisa a kilómetros a la redonda. En teoría, aquí hay uno de los cielos más estrellados del mundo, pero a mi no me pareció que se vieran más estrellas que en otras partes del país.

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Mi tiempo en Nueva Zelanda se estaba agotando, sólo me quedaba una semana, así que abandoné el lago Tekapo tras sólo una noche y puse rumbo a Arthur´s Pass, de vuelta a los Alpes del Sur.

Posted by gacela 21.04.2012 03:38 Archived in New Zealand Comments (0)

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