Sydney y alrededores
09.04.2012 - 14.04.2012
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Vuelta al mundo
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Mi llegada a Australia ha sido de lo más accidentada. Para empezar el viaje, le hice un siete a los pantalones al bajar del autobús que me llevó hasta el aeropuerto de Christchurch (todavía en Nueva Zelanda). Esto, como ya sabéis, es un grave contratiempo, pues sólo tengo dos pares de pantalones. En todo caso, y tras maldecir mi mala suerte, me cambié antes de embarcar con rumbo a Auckland, donde debía pasar unas horas antes de coger un avión a Sydney a las 5 de la mañana. Llegué a la terminal internacional pasadas las 10 de la noche y cual fue mi sorpresa cuando veo en las pantallas que mi vuelo ha sido cancelado. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Llegaría a Australia en algún momento? ¿Podría salir del país antes de que expirase mi visado de turista? ¿Me iban a indemnizar por el disgusto? Por supuesto, las 10 en Nueva Zelanda son como las 2 de la mañana en España, por lo que no había ni una ventanilla abierta en todo el aeropuerto. A falta de una mejor opción, decidí quedarme allí y ver qué pasaba por la mañana. Así, tras dormir mal que bien apenas unas horas, a las 4 de la mañana, con legañas en los ojos y cara de muerta, me dirigí al mostrador correspondiente, donde me indicaron que efectivamente el vuelo había sido cancelado pero que iban a flotar un charter para transportarnos 3 horas más tarde. Con mi tarjeta de embarque en la mano, respiré aliviada y hasta me dio tiempo a echarme una siestecilla antes de subir al avión.
En el aeropuerto de Sydney me estaba esperando Kristin, a la que conocí en Nicaragua el año pasado y que amablemente me ha alojado durante mi estancia en la ciudad. Bueno, en realidad, no sólo me ha alojado sino que me ha llevado a un montón de sitios y me ha enseñado muchas cosas sobre el país y su idiosincracia. Eso sin contar con el curso acelerado de vinos australianos, que, por cierto, están bastante ricos. Sin duda, mi experiencia en Sydney hubiera sido muy distinta sin Kristin, desde luego mucho menos interesante y divertida. En todo caso, nada más subirme al coche me di cuenta de que estaba en un país radicalmente distinto a Nueva Zelanda. Había coches por todas partes, gente, tiendas, calles infinitas,... en fin, un verdadero shock y eso que sólo estaba viendo los barrios residenciales. En Sydney viven algo más de 4 millones de personas, pero la ciudad se extiende kilómetros y kilómetros, pues la mayoría de sus habitantes viven en chalets con jardín. Así, el área metropolitana abarca unos 1,200 kms2, con lo que parece que la ciudad no se acabara nunca.

En cuanto al centro, la impresión que me dio es la de una ciudad vibrante y llena de energía, con gente de todos los orígenes imaginables (muchísimos asiáticos) y un montón de turistas. Me encantó volver a sentir el bullicio de una gran ciudad, incluidas las prisas, los empujones y la polución. Entre los rascacielos hay numerosos parques (nunca he visto a tanta gente correr como en esta ciudad) y alguna que otra calle peatonal con artistas callejeros (y hasta un Zara) y luego está la bahía, que da a la ciudad un encanto especial, con el edificio de la ópera y el puente de la bahía como elementos más significativos.


Por otro lado, los alrededores de la ciudad cuentan con infinidad de playas. Por una vez tuve suerte con el tiempo y a estas alturas del año me hizo un sol espectacular, parecía prácticamente verano. Hasta casi me dieron ganas de meterme en el agua y pelearme por una ola con los surfistas. Un día entero lo pasé explorando la bahía, subiéndome en todos los ferries, que resulta ser el transporte más rápido entre ciertas partes de la ciudad. Y acabé el día con unas vistas de la ciudad iluminada desde el río Parramata.


Por pura casualidad, mi estancia en Sydney coincidió con las vacaciones de Semana Santa y con la feria más importante que se celebra en la ciudad, el Royal Easter Show. Me recordó a las ferias que se celebran todos los veranos en cualquier pueblo de España, con sus puestos de fritanga y sus atracciones, pero a lo grande y mucho más limpio. Este evento tiene lugar en el parque olímpico y en los estadios hay competiciones de tala de árboles (¿se puede ver algo más australiano que ésto?) y exposiciones varias (desde perros hasta arte, pasando por plantas y roedores). Otro pabellón está dedicado al arte culinario y allí nos pusimos hasta arriba degustando todo lo que se puso en nuestro camino y catando todos los vinos que encontramos. Además, en uno de los estadios más grandes asistimos a una sucesión de espectáculos que comenzó con un rodeo, siguió con un patriótico número musical con caballos y banderas (en el que la compañera de casa de Kristin, Mel, tocaba en la banda), luego un show de saltos de motocross y, por último, fuegos artificiales con música aborigen mezclada con tecno. En fin, un poco de todo y sin cambiar de escenario.

Sin embargo, la verdadera atracción de la feria es un pabellón donde puedes comprar bolsas llenas de cosas. Es un poco complicado de explicar, la verdad es que nunca he visto nada parecido, pero en cada puesto las bolsas contienen cosas diferentes, pueden ser juguetes (las más populares), chocolates, revistas,... y según lo que te quieras gastar el contenido es más o menos interesante. Hay hasta un catálogo en el que puedes ver las diferentes opciones con antelación. En definitiva, un paraíso para los niños (y para algunos adultos también).

A unas 3 horas en coche de Sydney se encuentran las montañas Azules (Blue Mountains), que fuimos a explorar uno de los días. En teoría, las montañas se ven azuladas en la distancia por el efecto de la evaporación que emana de los eucaliptos, pero yo no vi el azul por ningún lado. En todo caso, es un lugar muy bonito y desde los miradores se observa la inmensidad de este parque nacional.

El parque está salpicado de pueblos, algunos mejor cuidados que otros, y parece ser un lugar de veraneo y fin de semana popular entre los urbanitas. Hay numerosos senderos, aunque nosotras nos limitamos a un pequeño paseo para ver una catarata.


Como conclusión, me ha gustado mucho Sydney. He estado aquí casi una semana, en la que he hecho de todo, y podría haberme pasado unas semanas más explorando todos los museos y barrios de la ciudad. Sin embargo, Australia es un país muy grande y tengo muchos otros sitios que visitar, así que el resto de Sydney tendrá que esperar a la próxima vez. En todo caso, siempre es bueno tener una excusa para volver.
Posted by gacela 12.05.2012 23:26 Archived in Australia Comments (0)


























