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León

Capital cultural de Nicaragua

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El Jueves Santo, con las primeras luces del día, nos presentamos los cuatros mosqueteros (Danya, Nacho, Camilo y yo) en la estación de autobuses de Matagalpa con la intención de llegar hasta León. A pesar de las advertencias que nos desaconsejaban viajar por ser día festivo, no fuimos los únicos que pretendíamos trasladarnos ese día y, ante la elevada demanda de viajeros, fletaron un bus que no estaba programado (todo es posible en este país). Tanta fue nuestra suerte que ni siquiera tuvimos que hacer transbordo y al mediodía ya estábamos en nuestro destino.

Mi primera impresión de León fue la de una ciudad bulliciosa y muy, muy calurosa, aunque claro, la estación de buses estaba junto al enorme mercado al aire libre de la ciudad. Por algún motivo, supongo que relacionado con la facilidad para transportar la mercancía, esta circunstancia suele ser habitual en las ciudades nicaragüenses. Sin embargo, el centro histórico resultó ser de lo más tranquilo (eso sí, el calor se mantuvo), con calles y calles de casas bajas, aderezadas con interesantes murales y con innumerables iglesias y sus correspondientes placitas.

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La festividad no sólo supuso cierta incertidumbre en el transporte, sino que encontrar alojamiento en la ciudad fue realmente complicado y acabamos en un albergue nada recomendable, con uno de los baños más asquerosos que recuerdo y cucarachas paseándose por nuestras mochilas en la abarrotada habitación común. Por supuesto, dedicamos la mañana siguiente a buscar un nuevo alojamiento y, tras mucho patear y varias intentonas fallidas, encontramos sitio en uno de los mejores albergues de toda Nicaragua, así que nos salió la jugada redonda.

Con el tema del alojamiento resuelto, nos dispusimos a explorar la ciudad, que presume de ser la capital cultural del país y alberga la universidad de más renombre. Al ser festivo, no había mucho ambiente universitario (la fiesta se había trasladado unos kilómetros hasta la playa), pero en su lugar pudimos comprobar la devoción de los nicas en las celebraciones de Semana Santa. Primero, vimos pasar un par de procesiones, que, desde luego, me parecieron mucho más calmadas y menos multitudinarias que las del sur de España que muestran en el telediario (porque ni recuerdo la última vez que presencié una procesión en nuestro país). Eso sí, la catedral estaba prácticamente llena durante la misa y la plaza principal estaba muy animada.

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Al día siguiente seguimos con el tour religioso y visitamos las famosas alfombras del barrio de Subtiava, que no son más que representaciones religiosas hechas con serrín tintado, en cuya elaboración participa todo el barrio. Al final del día, las procesiones pasan por encima de las alfombras y se elije un ganador.

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Como podéis ver, algunos se lo toman más en serio que otros (espero que Jesús se levantara antes del paso de la procesión), pero lo que está claro es que prácticamente toda la ciudad se acercó a echar un vistazo y que había comida para todos.

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Para evadirnos un poco de tanta religiosidad, nuestra siguiente visita fue al museo revolucionario, que se encuentra en un palacete en el centro de la ciudad y está organizado (o mejor sería decir desorganizado) por antiguos combatientes. El palacete en sí está prácticamente abandonado, excepto por la sala dedicada al museo y un par de habitaciones que sirven de oficinas y centro de reunión, lo cual es una pena porque se trata de un edificio precioso. Por su parte, el museo es muy interesante, pero parece que está a medio construir porque hay paneles sobre la época de Sandino (el revolucionario que luchó en los años 20 y 30 contra el poder establecido, marionetas de Estados Unidos, y consiguió echar a los marines del país para ser asesinado poco después de firmar la paz), pero el resto de la información consiste en recortes de periódicos y fotografías pegadas a la pared con celo (muchas de ellas originales). No obstante, aprendí un montón de cosas de la resistencia a la dictadura de la familia Somoza y de la posterior revolución que les relevó del poder, pero condujo a una guerra civil que destrozó el país durante más de 10 años. Como colofón a nuestra visita, desde el tejado del edificio pudimos disfrutar de vistas de toda la ciudad y los volcanes que la rodean.

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Tras esta inmersión en la historia reciente de Nicaragua, nos dispusimos a visitar los restos de unas de las primeras iglesias levantadas en León. Nos resultó un poco extraño que para llegar hasta las ruinas hubiera que atravesar el jardín de dos familias y que no estuvieran en absoluto señalizas, pero allí nos plantamos y con un poco de imaginación revivimos lo que debieron ser dos de los sitios religiosos más relevantes de su época.

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Con tanta visita cultural, nos entró el gusanillo de la historia y al día siguiente contratamos un taxi para que nos llevara a ver León Viejo, los restos de la primera ciudad fundada por los colonizadores españoles. Aunque no queda mucho de la ciudad, ya que fue sepultada por las cenizas depositadas por las múltiples erupciones del volcán Momotombo, se puede apreciar que era una ciudad muy importante, con su catedral y otras dos iglesias, además de numerosas mansiones. Eso sí, los indígenas no estaban tan contentos con sus nuevos vecinos, que les esclavizaron cuanto pudieron, y hubo numerosas revueltas, lo que algunos explican como el motivo de la desaparición de la ciudad, aunque lo más probable es que se decidiera una nueva ubicación por los numerosos movimientos sísmicos. En todo caso, León Viejo se encuentra en un lugar privilegiado, desde donde hay unas vistas impresionantes del lago Managua y del volcán Momotombo.

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Para culminar nuestra visita por la ciudad de León, decidimos visitar la casa natal de Rubén Darío, el escritor nicaragüense más reconocido. Sin darnos cuenta llegamos cuando ya estaba cerrada al público, pero un señor que estaba sentado en la calle en la puerta de su casa (a pesar de ser una ciudad, León tiene ese aire de pueblo que imprimen las casas bajas y la gente viviendo en la calle) nos indicó que podíamos ir a hablar con Merceditas, dos casas más abajo, y que ella nos podía abrir la puerta. Total, que allí fuimos en búsqueda de Merceditas, que resultó ser una mujer de mediana edad, cuya familia era dueña de la casa-museo y que muy amablemente llamó al guardia de seguridad para que nos abriera y pudiéramos ver el sitio antes de irnos de la ciudad. En fin, ese tipo de cosas que sólo pasan aquí.

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Para terminar unos días perfectos en León, volví a coincidir con Charlotte y Franck (para los que no os acordáis, unos amigos franceses a los que conocí en Colombia) y nos pusimos al día en nuestras respectivas aventuras con una cena suculenta. Esa misma noche Danya y yo nos despedimos con bastante pena de Camilo y Nacho (habíamos formado un buen equipo!), que salían temprano al día siguiente camino a Honduras, mientras que nosotras nos dirigiríamos a un remoto lugar de nombre Padre Ramos.

Posted by gacela 17:15 Archived in Nicaragua

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