A Travellerspoint blog

Campo Base del Everest - Parte 3

Despedida del Himalaya y regreso a la civilización

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Después de cruzar Cho La, llegamos al impresionante valle del Goyko, uno de los lugares más espectaculares de todo el parque. Para empezar, la nevada de la noche anterior había cubierto de blanco el glaciar que teníamos que atravesar ese día y que relucía bajo el sol que tuvo la buena idea de brillar esa mañana.

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El recorrido de ese día nos llevó más tiempo del previsto, entre miles fotos y guerras de bolas de nieve. Además, había que caminar con cuidado porque el sendero resbalaba de lo lindo (alguno de los inconvenientes de la nieve). El camino nos obsequió con unos paisajes preciosos, incluido algún que otro pequeño lago de un verde intenso, donde se reflejaban perfectamente las montañas circundantes.

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Y así llegamos hasta el pueblo de Goyko, cuya belleza nos dejó con la boca abierta. Situado junto a un lago de color verde esmeralda y rodeado de montañas, este pequeño pueblo dedicado casi en exclusiva a atender a los turistas se encuentra en una localización privilegiada. Siguiendo el valle hacia el norte se encuentran los picos más altos del Himalaya, como el Cho Oyu que sale en la foto.

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Hacia allí nos dirigimos por la tarde y tuvimos la inmensa suerte de encontrar un cielo despejado (lo más normal en el parque es que las tardes estén nubladas). De esta manera, pudimos apreciar el Everest desde una perspectiva distinta, además de disfrutar de vistas maravillosas de otras muchas montañas que sobresalían a ambos lados del glaciar que habíamos cruzado esa mañana.

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El día siguiente fue de descanso forzoso, ya que nuestros planes de subir al pico Goyko se vieron frustados por el mal tiempo. Por otro lado, tampoco nos vino mal el reposo después de 10 días de caminata ininterrumpida. Por suerte, el día siguiente amaneció soleado y pusimos rumbo al paso Renjo. Las vistas desde lo alto de este sendero a 5.350 metros sobre el nivel del mar fueron espectaculares. Con el lago en la base y todas las montañas (Everest incluido) alineadas detrás, fue, sin duda, uno de los momentos más increíbles de todo el recorrido.

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Allí arriba nos despedimos del techo del mundo y las demás montañas que nos habían estado acompañando en los últimos días, pues el siguiente valle nos llevaría lejos del corazón del Himalaya. El paisaje al otro lado de Renjo La era mucho más modesto. Y, para no cambiar la costumbre, las nubes nos rodearon al llegar a la cima y en nuestro descenso hacia el otro lado.

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A pesar de apenas contar con vegetación, en este valle empezamos a toparnos de nuevo con pueblos de verdad, en los que la gente se dedica a la cría de yaks y a la agricultura. Esto último sólo cuando llegan las lluvias del monzón, ya que el resto del tiempo no crece nada en estas latitudes.

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Ahora nos tocaba descender todo lo que habíamos ascendido con tanto esfuerzo en los días anteriores. Ir cuesta abajo es sin duda más sencillo, especialmente cuando notas que cada vez tus pulmones se llenan con más oxígeno al respirar. Además, el paseo por este nuevo valle resultó de lo más agradecido porque era una preciosidad: pueblos de piedra rodeados de ríos, cascadas, monasterios y rododendros.

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De esta manera, 16 días después volvimos a Lukla, el punto de partida de esta aventura por las montañas. Aquí podría haber cogido un avión de regreso a Katmandú, pero el mal tiempo había impedido despegar a las avionetas durante 3 días y había cientos de personas en la lista de espera para volar. Los más afortunados (o, mejor dicho, los más pudientes) regresaban en helicópteros, pero al resto no les quedaba más remedio que esperar a que mejorase el tiempo. En todo caso, me pareció mucho más interesante (y barato) caminar hasta el pueblo más cercano con una carretera. En definitiva, que empezamos una nueva mini-aventura de 5 días.

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El sendero hasta Salleri, que así se llama el pueblo con transporte terrestre, me pareció mucho más duro que el que nos llevó hasta el mismísimo Everest. Primero descendimos 1.500 metros (ésto me pareció estupendo), para luego ascender 1.000 metros sin descanso (lo que no me pareció nada bien), para luego volver a bajar hasta la cuenca de un río e, inmediatamente después, volver a subir una cuesta infinita. Al cabo de 2 días de caminata, estábamos más arriba que donde habíamos comenzado y yo no hacía más que preguntarme por qué no había esperado a que una avioneta me llevase cómodamente hasta la capital. Además, el tiempo no nos acompañó y, excepto por algún momento de sol en las mañanas, tuvimos que caminar bajo un cielo cubierto de nubes, con alguna ocasional lluvia torrencial.

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Por otro lado, y como consecuencia de la lluvia, el camino era un barrizal resbaladizo, donde el barro se mezclaba con la mierda de burro de las infinitas caravanas que transitaban por allí. Eso sí, el paisaje de estas colinas era verdísimo y los pueblos tenían mucha más vida que los que encontramos montaña arriba. Aquí la gente hacía su vida, principalmente en los campos de cultivo que salpicaban las laderas, sin preocuparse de los escasos senderistas que pasábamos por allí.

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El tercer día amaneció por fin con un sol espléndido y ese último día de caminata (llegamos esa misma tarde a Salleri) atravesamos un bosque increíble, donde un panda rojo cruzó el sendero a toda velocidad unos metros por delante de mí y me dio un susto de muerte. No me dio tiempo ni a hacer el amago de sacar la cámara de fotos, aunque el panda no me impresionó demasiado, ya que este tipo nada tiene que ver con el inmenso blanco y negro que asociamos con el nombre de panda. Se parece más bien a un mapache, con el cuerpo en tono rojizo, las patas oscuras y la cara y la cola de un marrón más claro y con manchas blancas. En todo caso, un encuentro fugaz, pero interesante.

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Una vez en Salleri ya sólo nos faltaba encontrar transporte hasta Katmandú, que, aunque en el mapa parecía estar cerca, la realidad de las carreteras nepalíes decía otra cosa. Para evitar pasar 18 horas apretujados en un jeep destartalado, decidimos dividir el trayecto en dos partes. De esta manera, de madrugada cogimos un jeep hasta la capital de la región, lo que nos llevó 6 horas por una carretera de montaña llena de baches y charcos bajo una llovizna perpetua. Pasamos la tarde en esta ciudad, donde la gente nos miraba extrañada y, tras reponer fuerzas en el único hotel de la zona, a la mañana siguiente pusimos rumbo a Katmandú en un autobús.

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Las 14 horas en autobús fueron una experiencia en todos los sentidos. Para empezar, nunca hubiese pensado que esa carretera sin asfaltar podía ser transitada por un autobús (y, de hecho, cuando empieza la época de lluvias se cierra al tráfico). El camino serpenteaba montaña arriba y abajo, con algunas zonas donde apenas cabía el autobús y siempre un barranco en alguno de los lados, a veces con una valla de bambú a modo de quitamiedos (a mí, desde luego, no me quitó el miedo para nada). Al cabo de unas horas llegamos hasta un valle y el cambio de temperatura fue considerable. Además del calor, el polvo llenó por completo el interior del autobús y nos cubrió de los pies a la cabeza, casi podíamos masticarlo cada vez que abríamos la boca. Por otro lado, en un momento del recorrido noté que estaba entrando agua por la ventana y me costó un par de segundos darme cuenta de que era el pis de las cabras que viajaban en el techo del autobús. En pocas palabras, una cabra me había meado encima!! En todo caso, el camino me pareció muy interesante, ya que nos dio la oportunidad de echar un vistazo a una preciosa zona de Nepal donde el tiempo parece detenido y no saben lo que es un turista.

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De esta manera, volví a Katmandú 3 semanas después con ganas de no moverme de la cama nunca más, excepto para comer y beber cerveza. Y, más o menos, eso fue lo que hice en los días siguientes. Por otro lado, me daba la sensación de que toda la caminata por el Himalaya había sido una especie de sueño, así que menos mal que las fotos me recuerdan que realmente he estado allí disfrutando de cada impresionante paisaje.

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Campo Base del Everest - Parte 2

Llegada al campo base

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Se cumplía una semana de caminata cuando Phillip y yo retomamos el sendero principal hacia el campo base del Everest. El desvío en Chukhung nos había encantado, además de ayudarnos a aclimatarnos a la altura, y estábamos deseando ver la montaña más alta del mundo de cerca. Todavía tardaríamos 3 días en llegar, pero el camino nos fue ofreciendo pequeñas joyas con las que disfrutar durante el paseo.

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A partir de este día los pueblos como tal desaparecieron para dar paso a cúmulos de alojamientos en sitios estratégicos para los senderistas. Tampoco vimos más caravanas de burros, que a esta altura dejan el trabajo a los yaks. Con los yaks había que tener incluso más cuidado que con los burros, ya que iban embalados y eran enormes. Pero el grueso del transporte seguía estando en la espalda de los porteadores humanos, que iban y venían a toda velocidad cargados hasta la bandera.

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Como os podéis imaginar, a pesar del sol que nos acompañó durante casi todo el trayecto, hacía un frío que pelaba, sobre todo cuando soplaba el viento. Las noches eran especialmente horribles, ya que los hoteles no tenían calefacción y las habitaciones no estaban realmente aisladas. Menos mal que los comedores tenían unas estufas alimentadas con mierda seca de yak, que prende que da gusto. Y así nos pasábamos las tardes sin separarnos de la maravillosa estufa. Sin embargo, irse a dormir requería entrar en la habitación-congelador y el rato hasta que calentabas el saco (con ayuda de una gruesa manta por encima) se hacía eterno. Además, debido a la falta de oxígeno, es complicado dormir bien en estas alturas y hasta yo, que ya sabéis que soy un lirón, me despertaba varias veces en mitad de la noche y me costaba volver a conciliar el sueño.

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Durante el día me olvidaba por completo de estos pequeños inconvenientes, pues me encontraba demasiado ocupada disfrutando de los paisajes que se nos iban presentando. El último tramo del recorrido antes del campo base discurría junto a un inmenso glaciar, que a pesar de estar cubierto de piedras y chinarros, no dejaba de ser espectacular.

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Y tras mucho caminar por fin nos encontramos a tiro de piedra del campo base del Everest, donde los locos y locas que intentan alcanzar la cima comienzan su aventura. El sitio está lleno a rebosar de tiendas de campaña de las diferentes expediciones. De hecho, es más grande que cualquiera de los pueblos por los que habíamos pasado durante la última semana. En todo caso, a escasos 300 metros de la primera tienda de campaña nos dimos la vuelta porque Phillip empezó a encontrarse mal por la altura y todavía teníamos que caminar 3 horas de vuelta hasta nuestro hotel. Por otro lado, aunque parezca un tanto extraño, desde el campo base no se ve el Everest, así que tampoco era plan de forzar la máquina.

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A la mañana siguiente llegó el momento que tanto habíamos esperado, tocaba subir hasta la cima de Kala Patthar para ver de cerca el Everest, que se encuentra a unos 2 kilómetros de aquí. Al contrario que la mayoría de turistas, que ascienden de noche para ver el amanecer desde arriba, nosotros esperamos a que fuese de día y comenzamos a caminar a las 7 de la mañana. Resultó una decisión acertada porque, de esta manera, había mucha menos gente en la montaña y, además, la luz era mucho mejor (el sol sale justo por detrás del Everest). En el camino hasta los 5.550 metros de la cima de Kala Patthar, el Everest fue apareciendo por detrás de otros picos y al llegar a lo más alto las vistas fueron increíbles. No sólo parecía que podíamos tocar con la punta de los dedos la cima de la montaña más alta de la Tierra (8.848 metros sobre el nivel del mar, que se dice pronto), sino que estábamos rodeados de otros muchos picos impresionantes.

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Estuvimos disfrutando de este lugar hasta que el viento y el frío nos hicieron volver a la realidad y comenzamos a descender la montaña. Será difícil olvidar la impresión de estar en mitad del Himalaya, rodeada de picos nevados, incluido el Everest. Pensé que iba a ser imposible encontrar un lugar más increíble, pero nuestra ruta por el parque todavía nos depararía otros paisajes por lo menos igual de impresionantes.

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Habíamos llegado hasta el final del sendero, pero en lugar de regresar por el mismo camino, tomamos una ruta alternativa cruzando 2 pasos de montaña, que en ambos casos nos llevaron de un valle hasta el siguiente alcanzando para ello los 5.300 metros de altura. El primero de estos pasos, Cho La, parecía relativamente sencillo a primera vista. Sin embargo, lo que nos pareció la cima desde lejos no era más que el comienzo de un inmenso glaciar.

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Allí arriba el sendero no estaba señalizado y, además, había que caminar entre grandes rocas cubiertas de nieve y hielo, lo que hizo que avanzáramos muy lentamente. En el último tramo caminamos por encima del comienzo del glaciar, lo que resultó una experiencia un tanto extraña al ir destrozando pequeños cristales de hielo con nuestras pisadas. En todo caso, bajo el hielo se veía a escasos centímetros tierra firme, por lo que no había ningún peligro.

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Llegamos al paso junto con una inmensa nube negra, que cubría todo el cielo y, que, unida a un viento congelado, no nos dejaron disfrutar de la hazaña como nos merecíamos. Nos quedaba todavía un largo camino hasta el siguiente pueblo, que parecía estar aún más lejos de lo que indicaba nuestro mapa.

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Para colmo de males, a mitad de recorrido comenzó a nevar. Yo no veía el momento de sentarme junto a una estufa calentita y devorar un buen plato de arroz con curry. Y en ello estaba cuando por sorpresa volvió a salir el sol. Y esa noche el cielo estaba tan despejado que pudimos ver millones de estrellas (bueno, el disfrute duró bastante poco porque debíamos estar a 10 grados bajo cero, por lo menos, y en seguida volvimos al calor del comedor).

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Las nubes debieron volver a cubrir el cielo en algún momento de la noche porque a la mañana siguiente había unos 5 centímetros de nieve cubriendo todo el pueblo. El valle estaba realmente precioso cubierto de blanco, pero la historia y las fotos de esta parte del camino tendréis que leerlas en el siguiente post.

PD: Como siempre, podéis encontrar muchas más fotos aquí

Posted by gacela 19:00 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes Comments (2)

Campo Base del Everest - Parte 1

Primeros paisajes de camino al Everest

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¿Qué contaros de mis experiencias por la zona del Everest? Me da la sensación de que mi vocabulario no es lo suficientemente extenso para detallaros los impresionantes paisajes que he tenido la ocasión de apreciar en los 19 días de caminata por el parque nacional y sus alrededores. En todo caso, haré lo que pueda y espero que las fotos ayuden a haceros una idea de la magnitud de las montañas de esta zona del Himalaya. Voy a dividir este relato en varias partes porque sino me temo que no voy a ser capaz de terminarlo nunca y, además, así se hace más ameno. Por otro lado, parece que no he podido elegir mejor momento para explorar esta región ahora que se acaban de cumplir 60 años de la primera ascensión y el Everest está tan de moda.

Todo comenzó una soleada mañana en la que cogí una pequeña avioneta junto a Steffanie, una mochilera alemana a la que conocí en el albergue de Katmandú, con destino a Lukla. La avioneta estaba llena con 12 pasajeros y desde mi asiento podía tocar el hombro del piloto, que no parecía inmutarse por los vaivenes provocados por las rachas de viento. Los 25 minutos de vuelo se me hicieron eternos y hasta me alegré cuando fuimos a tomar tierra, aunque parecía que íbamos directos contra una montaña. Por otro lado, nunca había visto una pista de aterrizaje tan inclinada.

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Sólo eran las 7 de la mañana y estábamos deseando ponernos en marcha, así que comenzamos a caminar por un valle, siguiendo el curso de un río y atravesando por el camino pequeños pueblos y zonas de cultivo. Cada pueblo tenía su ración de elementos religiosos, ya fuese en forma de rocas decoradas con mantras, pequeñas estupas o ruedas de plegaria.

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Tuvimos que cruzar el río en varias ocasiones y no sabría decir cuál de los puentes colgantes me dio más miedo. Además, había que estar atenta a las caravanas de burros antes de cruzar porque encontrarse en mitad de uno de estos puentes con burros pidiendo paso no es nada recomendable.

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Este primer día conocimos a Phillip, un senderista israelí que se unió a nuestra expedición. Así, después de una paliza de 9 horas, los 3 juntos llegamos hasta Namche Bazaar, el pueblo más grande de la zona. Por desgracia, Steffanie empezó a sentir los efectos de la altura, estábamos a 3.300 metros sobre el nivel del mar, con un dolor de cabeza terrible. Sin embargo, 15 horas de sueño y un día de descanso la dejaron como nueva.

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Tras el día de aclimatación retomamos la ruta con energías renovadas y dispuestos a adentrarnos en el corazón de la cordillera. Y, para nuestra sorpresa, esa misma mañana vimos el Everest por primera vez (es la montaña a la izquierda de la que parece salir humo). Aunque estaba muy lejos, fue un momento muy emocionante.

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El resto del día caminamos atravesando un precioso bosque de rododendros, en el que aproveché que me tenía que parar a cada rato (el oxígeno no me daba para más y hay que tomárselo con calma para evitar el mal de altura) para disfrutar del paisaje y hacer miles de fotos.

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Al final de esa subida que parecía eterna se encontraba Tengboche, famoso por su monasterio budista. Se trata del monasterio más grande de esta región y es el único edificio del pueblo que no es un hotel para turistas. Eso sí, abren sus puertas todas las tardes para que los guiris podamos comprobar cómo recitan sus mantras. Yo aguanté sólo unos minutos porque hacía un frío que pelaba, aunque la gente que se quedó tampoco estuvo mucho más tiempo ya que los monjes les echaron por hacer ruido (debieron perder un montón de puntos de karma).

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En este pueblo conocimos a la más extraña expedición que os podáis imaginar. Este grupo de nepalíes incluía a un chico sin brazos (era impresionante cómo usaba la cuchara con sus pies), un anciano de 80 años y un tipo que iba disfrazado de oso polar. Estaban haciendo un documental sobre su ascenso al Everest, que espero lograran coronar. Nuestros objetivos no eran tan ambiciosos e incluso al día siguiente celebramos por todo lo alto llegar a los 4.000 metros sobre el nivel del mar.

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El paisaje parecía ir mejorando día a día. La vegetación desapareció por completo en el momento en el que empezamos a ver de cerca algunas de las cumbres más significativas. Cuando Phillip y yo pusimos rumbo al valle de Chukhung, que resultó ser uno de los sitios más espectaculares del recorrido, Steffanie nos abandonó, ya que le pareció que desviarse del camino principal iba a ser demasiado esfuerzo.

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La caminata por el valle resultó casi como ir de procesión porque a 4.500 metros sobre el nivel del mar sólo podíamos dar pequeños pasos y teníamos que pararnos de vez en cuando a recuperar el aliento. Menos mal que en esta ocasión la subida era muy suave porque sino nos hubiera llevado mucho más de las 3 horas que al final tardamos en recorrer la pequeña distancia que nos separaba del siguiente pueblo. Aquí descansamos casi toda la tarde, acostumbrándonos a la altura y disfrutando de las inmejorables vistas de Ama Dablam, una de las montañas más bonitas de todo el Himalaya, y de un inmenso glaciar.

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A la mañana siguiente fuimos a explorar el pico Chukhung. La extenuante subida hasta los 5.550 metros nos proporcionó unas vistas impresionantes de 360 grados. Había montañas nevadas en todas direcciones. Fue realmente espectacular ir subiendo poco a poco y descubriendo nuevos picos a medida que avanzábamos. Bueno, tengo que reconocer que yo no llegué hasta lo más alto de la montaña porque en los últimos metros el camino se convirtió en una escalada por rocas, que no me gustan nada, y, además, me empezaba a faltar el oxígeno y las fuerzas.

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Creo que por un día ya habéis visto demasiadas fotos de montañas y para apreciar el Everest de cerca tendréis que esperar al siguiente post. El pico más alto del mundo merece la espera...

Posted by gacela 03:09 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes pueblos Comments (5)

Dhulikhel

overcast 30 °C

Mientras esperaba a que saliera mi vuelo hacia la zona del Everest aproveché para visitar Dhulikhel, con la esperanza de poder ver la cordillera del Himalaya a lo lejos. De nuevo, la suerte no estuvo de mi lado y, a pesar de la vista hasta el infinito que tenía desde las ventanas de la habitación de mi hotel, no fui capaz de divisar una sola cumbre desde allí.

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En todo caso, la espera se hizo mucho más amena en este pueblo, donde el caos y ruido de Katmandú parecen estar a miles de kilómetros de distancia. En el centro histórico la gente todavía se sienta en la calle a ver pasar a los vecinos y allí ponen a secar la colada o estirar los ajos recién cosechados. Los edificios de esta zona son de arquitectura newari (una de las etnias principales de Nepal) y, por supuesto, tampoco falta algún que otro templo interesante.

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Para estirar la piernas, un día me fui de excursión a Nomaboudha, la tercera estupa en importancia para los budistas nepalíes. De esta manera, atravesé pueblos y zonas de cultivo, que parecían extenderse en todas direcciones, aprovechando al máximo las opciones que ofrecen las colinas que componen el paisaje de esta región de Nepal.

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Sinceramente, la estupa me decepcionó un poco, pues no parecía gran cosa, pero supongo que los fieles ven más allá del tamaño. En la misma colina también había un monasterio budista, que me pareció casi como un palacio fantasma porque no vi ni a un alma, pero por todo el recinto se escuchaban los cánticos de los monjes.

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Las 3 horas de caminata colina arriba y abajo y el bochorno me habían dejado exhausta, así que opté por regresar en autobús. Esperé junto a otros turistas y cuando por fin llegó el atestado autobús, decidimos hacer el recorrido en el techo. Me temo que yo no iba tan risueña como la gente de la foto porque la rejilla del portaequipajes era realmente incómoda y se me clavaba en el culo con cada bache, que eran muchos. Además, iba agarrada con todas mis fuerzas, ya que no quería acabar en el suelo en alguna curva, y vigilando que los cables y las ramas del camino fueran lo suficientemente elevados para no atizarme en la cabeza. En fin, un poco estresante, aunque, por otro lado, bastante divertido. La mejor parte fue cuando pinchamos y, tras unos segundos de indecisión, el conductor decidió que podíamos seguir camino (¿quién necesita todas las ruedas en buen estado para circular?)

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Y así terminaron mis pequeñas aventuras en Dhulikhel, con un poco de temblor de piernas mientras me bajaba del autobús. Ya estaba deseando subirme a una avioneta y poner rumbo a la montaña más alta del mundo.

Posted by gacela 02:19 Archived in Nepal Tagged templos paisajes Comments (0)

Pokhara

Capital del turismo nepalí

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No sólo de montañas se nutre el turista en Nepal y para realizar cualquier tipo de actividad al aire libre no hay un lugar mejor que Pokhara. Situada a 250 kilómetros al oeste de Katmandú, esta ciudad junto a un precioso lago y con vistas al macizo del Annapurna, se ha convertido en uno de los destinos favoritos de los guiris que visitan el país.

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Sinceramente, a mí no me gustó demasiado, pues me pareció una especie de Benidorm con un par de calles repletas de hoteles, restaurantes, bares y tiendas de souvenirs sin ningún encanto. Y ni siquiera te podías sentar tranquilamente a disfrutar del lago sin ser acosada de manera continua por vendedores ambulantes (de fruta, baratijas,...) que, además, jugaban la carta de ser refugiados tibetanos y te intentaban convencer contándote la triste historia de sus vidas.

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Eso sí, la calma era absoluta si te adentrabas en el lago y, de esta manera, pude disfrutar de la tranquilidad del agua y de las vistas de las colinas circundantes mientras remaba durante un par de horas en un kayak. Bueno, tengo que admitir que más que remar me dejé llevar por la pequeña corriente del lago, pero tampoco hace falta entrar en detalles.

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Por otro lado, en todos los días que pasé en la ciudad (en total unos 7 días entre antes y después de mi caminata por el Annapurna) no hubo ni una sola mañana despejada, así que no pude ver las montañas desde aquí, uno de los mayores atractivos de la zona. Lo que sí tuve la suerte de poder vivir fue el festival de holi, que consiste principalmente en una guerra de pintura de colores. Me pareció que los extranjeros estaban más entusiasmados con la fiesta que los propios locales, pero es cierto que había un ambiente estupendo en la calle y hasta un concierto animadísimo de rock en mitad de la calle principal.

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En definitiva, Pokhara me resultó un poco insulsa, pero eso no impidió que fuera el lugar perfecto para reponer fuerzas después de las más de 3 semanas de andanzas por las montañas y para celebrar la hazaña con una cerveza bien fría en buena compañía.

Posted by gacela 04:03 Archived in Nepal Tagged lagos paisajes Comments (0)

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