A Travellerspoint blog

Bodhnath y Pashupatinah

De templos por los alrededores de Katmandú

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A escasos kilómetros de Katmandú se encuentran dos de los centros religiosos más importantes de Nepal. Por un lado, la estupa más grande de Asia, Bodhnath, y, por otro, el templo hindú de Pashupatinath. Un día fui a visitar ambos, casualmente se encuentran muy cerca el uno del otro, y quedé gratamente sorprendida.

Mi primera aventura fuera de la ciudad no pudo ser más exitosa, ya que no fue difícil encontrar la pequeña furgoneta destartalada (el motor se paraba cada vez que nos deteníamos más de un segundo y, en un par de ocasiones, tuvieron que empujarla para que volviera a arrancar) que hacía de autobús de línea y que, además, me dejó en la puerta de la estupa de Bodhnath. Este impresionante monumento budista cuenta con unas proporciones perfectas y todo en él es simbólico. Para mí, que desconozco casi todo del budismo, no me inspiró más allá de su belleza, pero según parece, en sus formas está representado todo el camino hacia la "iluminación".

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La primera estupa fue construida en este lugar allá por el año 600, pero la actual es más moderna, probablemente del siglo XIV. Y durante todos estos siglos los budistas tibetanos han venido hasta aquí para orar, primero porque se encontraba en la ruta comercial entre Tibet y la India y, en la actualidad, porque muchos de ellos están exiliados en Nepal.

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La tranquila plaza en la que se encuentra la estupa está rodeada de monasterios y de restaurantes para turistas y tiendas de souvenirs, siendo estos últimos mucho más numerosos que los primeros. En todo caso, los monjes budistas se las apañan para esquivar a los turistas en sus 3 vueltas de rigor a la estupa, en las que van girado unas ruedas situadas en la pared del monumento.

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Tras reunir buen karma en la estupa me dirigí hacia Pashupatinah, que más que un templo es todo un complejo con edificios para satisfacer las necesidades de cualquier devoto hindú, siendo, de esta manera, el templo más importante de esta religión en todo Nepal. El templo principal se encuentra profusamente decorado, pero no permiten la entrada a no creyentes, así sólo pude apreciar la puerta y al montón de gente que entraba y salía de allí.

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Sin embargo, hay otros muchos lugares en este inmenso complejo en los que disfrutar de la inmersión cultural. Para empezar, el sagrado río Bagmati pasa por aquí o, mejor dicho, los templos se han construido a ambos lados del mismo, de tal manera que aquí se realizan las cremaciones con las que se despide a los muertos en este país. El ritual, en el que sólo participan hombres, es como sigue: hay una zona acondicionada con escaleras en la que se limpian los pies y la cabeza del muerto en las aguas sagradas, para después ponerle una mortaja de color naranja fosforito. Posteriormente, la comitiva se traslada a una plataforma junto al río, en la que hay una pira funeraria que el hijo mayor del difunto es encargado de prender. Cuando aquello ya está caliente, cogen al muerto y le dan 3 vueltas alrededor de la pira antes de poner el cuerpo en las llamas. Y así, las cenizas acaban en el Bagmati.

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En el lado opuesto al río también hay escaleras, que dan la sensación de ser unas gradas para ver el espectáculo de la muerte en primera fila, mientras tu ropa se impregna de olor a muerto.

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Por otro lado, el complejo está lleno de sadhus o ascetas hindúes, que se pasan el día meditando y fumando porros (¿o es al revés?). En todo caso, no se les puede negar que son unos tipos cuando menos curiosos, que han abandonado todas sus posesiones materiales y vagan por el país, viviendo de la caridad.

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Además, el día anterior a mi visita había sido la celebración más importante de este templo, Shivarati, y el sitio tenía más grupos de sadhus de lo habitual, muchos de ellos venidos de todo el país y de la India. En fin, un paraíso para los guiris fotógrafos, aunque cada vez que hacías una foto tenías que dar una "donación".

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Otros templos y pequeños santuarios salpican el complejo, aunque no atraen demasiado la atención de los fieles y parecen ser más bien elementos decorativos. Eso sí, quedan estupendos en las fotos y espero que os den una idea de las dimensiones del lugar.

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En pocas palabras, Pashupatinah es un sitio espectacular, en el que me quedé horas viendo pasar a unos y otros mientras el sol iba desapareciendo lentamente.

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Resumiendo, pasé un día muy completo yendo de templo en templo y aprendiendo un poco más de la interesante cultura y las religiones principales de Nepal. Y todo ello sin tener que mover la mochila de Katmandú.

Posted by gacela 07:10 Archived in Nepal Tagged templos estupas Comments (1)

Katmandú

Una sorpresa en cada esquina

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Espero no haberos asustado demasiado con las impresiones sobre la capital de Nepal de mi anterior post. En todo caso, y para compensar, en estas líneas os mostraré algunas de las maravillas que esconde Katmadú, que no son pocas. La ciudad es prácticamente un museo al aire libre, donde los templos, las estupas, las tallas de madera,... se encuentran a la vuelta de cualquier esquina, integradas en la ciudad.

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Así, en mi primer paseo por el centro, tras esquivar el tráfico y prestando atención a los detalles, fui descubriendo una ciudad interesantísima. Prácticamente oculta por los edificios, en un tranquilo patio, se hallaba esta estupa de mediados del siglo XVII, que, además, resulta ser el centro de peregrinación budista más importante en el centro de Katmandú.

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La población de Nepal es mayoritariamente hinduista, así que también me crucé con templos dedicados a alguna de las numerosas deidades de esta religión. El de la foto, en concreto, tiene relevancia también para los budistas. Todavía no me he enterado muy bien, pero parece que estas dos religiones se encuentran muy interrelacionadas en el país porque hay muchos templos que comparten. Desde luego, el sitio estaba muy animado, con numerosos fieles disfrutando de una comida común junto al templo.

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La ruta me llevó por numerosas calles en las que parecía no haber nada que ver, pero levantando la vista te encontrabas unas contraventanas preciosas talladas en madera. Muchas veces, el edificio parecía estar a punto de derrumbarse, pero la ventana o el balcón eran espectaculares.

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También me gustaron mucho los numerosos patios que se encuentran repartidos por doquier. Me parecieron un oasis en el caos y el ruido incesante de esta bulliciosa ciudad, ya que en este espacio de juegos y reuniones de vecinos, donde las casas parecen estar construidas a su alrededor a modo de escudo, no pueden pasar los vehículos. Tampoco son fáciles de encontrar para los peatones, pues, en numerosos casos, hay que meterse por estrechos callejones para llegar hasta ellos.

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En las esquinas más insospechadas me encontré con unas elaboradas fuentes públicas construidas en piedra. Aunque a simple vista parecían una reliquia de un pasado lejano, la verdad es que había gente allí recogiendo del hilillo de agua que caía lentamente del caño.

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Otra de las características de Katmandú consiste en que las calles carecen de nombres, con la única excepción de las arterias principales. De esta manera, sólo hay nombre para las plazas y los barrios, que suelen ser pequeños para hacerlo un poco más sencillo. Este extraño sistema resulta un poco frustante (especialmente para los amantes de los mapas, como yo), así que lo mejor es pasear sin preocuparse demasiado y disfrutar de lo que te vas encontrando por el camino.

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Por otro lado, me sorprendió ver gente con los más diversos rasgos físicos. Así aprendí que la población de Nepal es multiétnica. La mayoría de estas etnias mantienen sus tradiciones y su idioma, de tal manera que se estima que se hablan entre 24 y 100 diferentes lenguas y dialectos en el país. No está mal para una población de unos 30 millones de habitantes. En todo caso, todo el mundo, de la etnia que fuera, fue muy amable durante mis días en Katmandú y varios grupos de niños se me acercaron mientras me tomaba un descanso para practicar su inglés, pedirme caramelos o dinero. Ante mi negativa a ser causante de sus caries (y más aún a darles alguna moneda), insistieron en que lo menos que podía hacer era hacerles unas fotos, que luego miraron en la cámara todo emocionados antes de regresar a sus juegos.

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Tras una mañana de paseo y sorpresas, llegué a la Plaza Durbar, el centro neurálgico de la ciudad antigua. Se trata de un espacio enorme lleno de templos y palacios, que se ha ganado por méritos propios entrar en la lista de lugares Patrimonio de la Humanidad. Honor que comparte con otros 7 espacios del valle de Katmandú.

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No quiero aburriros con los detalles de cada monumento de la plaza, que fueron construidos entre el siglo XII y el XVIII, así que me limitaré a contaros lo más curioso. Para empezar, uno de los edificios sirve de alojamiento a una diosa viviente. Sí, habéis oído bien, el pueblo elige a una niña para ser su diosa Kumari. Misión que cumple hasta que llega a la pubertad y es sustituida por otra niña. No se pueden hacer fotos de la chica, que sale al patio a saludar, pero a mí me pareció una persona normal, para nada la imagen que tenía en mi mente de una diosa. En todo caso, el patio de este monasterio/prisión (pues la diosa no puede salir más que para una procesión anual) es precioso.

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Por otra parte, entrar en la antigua residencia real, el palacio de Hanuman Dhoka, te transporta casi a otro mundo. Los edificios, de diferentes estilos, se estructuran alrededor de 10 patios, todos ellos con una excelsa decoración, aunque en algunos no se permiten las fotos, no sé muy bien por qué, y no puedo enseñároslos.

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La decoración más interesante se encuentra en las tallas en madera que sujetan los techos, ya que bajo las grandes e inocentes figuras de diferentes dioses, hay todo un manual sexual. Aquí, sin darle mucha importancia y no tengo muy claro con qué objetivo, se presentan tallas de hombres y mujeres en todas las posiciones imaginables. En fin, un sitio muy instructivo, que, posteriormente, descubrí no era el único en el valle (a ver si encuentro tiempo y un día publico una entrada con mis relieves favoritos).

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Desde la torre del palacio se puede disfrutar de unas vistas interesantes de la ciudad, donde se llegan a ver las montañas que rodean al valle. Te sientes como una reina mirando por encima del hombro a tus súbditos.

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Además de las edificaciones y sus relieves, lo más significativo de la plaza es que se trata de un espacio vivo, donde la gente de la ciudad se pasa las horas encaramada a alguno de los templos viendo pasar a sus vecinos y a los numerosos turistas, mientras que en la base del templo se instalan vendedores de verduras. Por supuesto, también hay personas que vienen a rendir culto aquí, aunque los fieles parecen ser menos abundantes que los ociosos.

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Otro día me acerqué hasta el templo budista de Swayambhunath (vaya con el nombrecito), también conocido como el templo de los monos, que se encuentra en lo alto de una colina y, además de contar con numerosos monumentos, tiene unas vistas geniales de todo el valle de Katmandú. Eso sí, para llegar hasta allí arriba hay que subir infinitas escaleras.

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Una vez arriba, una blanquísima estupa te da la bienvenida. Se trata de un monumento de proporciones perfectas, donde los ojos de Buda te observan desde lo más alto. Alrededor de la estupa se encuentran otros templos y estatuas, aunque no son tan impresionantes.

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En este importante espacio religioso de la ciudad conviven los turistas con la gente local y con los monos, que aprovechan cualquier despiste para hacerse con un bocado. Se trata de un sitio estupendo para pasar el rato viendo a la gente y disfrutando de las vistas del valle.

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Además de estos recorridos turísticos, gracias a Jessica he tenido la oportunidad de conocer un poco cómo es la vida de los numerosos expatriados de Katmandú. Y así, he visitado un mercado de domingo donde se vendían productos europeos junto a artesanía local; he pasado un día paseando perros en un refugio que los recoge de la calle cuando están enfermos (hay muchos perros callejeros en Katmandú, pero, sorprendentemente, están bastante bien cuidados); he ido a una clase de meditación, en la que no pude concentrarme mucho en meditar porque estaba incomodísima sentada en el suelo; y, por último, que no menos importante, he celebrado mi cumpleaños con un montón de gente majísima cenando y tomando unas cervezas en locales de moda de la ciudad.

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Más o menos, ésto es Katmandú o, por lo menos, la versión de la ciudad que yo he visto en mis días aquí. Espero que os haya gustado y sorprendido tanto como a mí. Sin alejarse mucho de la ciudad hay otros lugares dignos de visitar, y de contar aquí, pero visto la extensión de este post, tendrán que esperar a la siguiente entrega.

Posted by gacela 06:17 Archived in Nepal Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

Llegada a Nepal

Primeras impresiones sobre Katmandú

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Mi ruta por Europa y Asia con aerolíneas de bajo coste (un nuevo hito en mis viajes, que realmente espero no volver a repetir) me llevó desde Madrid hasta Katmandú, la capital de Nepal, pasando por Bélgica, Turquía y los Emiratos Árabes. El primer tramo del viaje duró 12 horas, en las que volé hasta Charleroi, cogí un autobús que me llevó hasta el centro de Bruselas, luego un tren al aeropuerto de la ciudad y, finalmente, otro avión con destino a Estambul. Estaba agotada y no había recorrido ni la mitad del camino, así que menos mal que paré unos días en Turquía, donde visité a mi amiga Basak en una ciudad cercana a Estambul. No hay mucho que contar aquí, pues pasamos el rato jugando con los niños, llevándolos a la guardería, a vacunar y esas cosas que se hacen con los niños pequeños y los bebés.

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Con energías renovadas, y la tripa llena, retomé mi ruta, que, en este segundo tramo, me llevó desde Estambul a Dubai en un vuelo nocturno. Por lo que puedo recordar (a las 4 de la mañana no soy persona), el aeropuerto de Dubai era inmenso y estaba abarrotado de gente. Pasar el control de pasaportes se me hizo infinito, pero salí con una sonrisa en los labios cuando el agente empezó a hablarme en español y se despidió con un efusivo "visca Barcelona". Ya sólo me quedaban 8 horas de espera hasta mi siguiente vuelo, pero cuál fue mi sorpresa cuando descubro que no sólo me tengo que cambiar de terminal, sino que no hay autobuses que te lleven de una a otra. Maldiciendo mi suerte (o falta de planificación), cogí un taxi, que me llevó a la "terminal de los pobres". No puedo definirla de otra manera porque no se parecía en nada a la otra parte del aeropuerto que había visto. Aquí no había sillones mullidos ni televisiones de plasma ni el espacio de la otra terminal. Por no haber, las únicas opciones para comer eran McDonalds y otra franquicia de sándwiches. Pero ni siquiera de eso pude disfrutar durante las siguientes 4 horas porque no me dejaron facturar y tuve que esperar en la diminuta área previa a los mostradores. En fin, que se fastidió mi plan de echarme la siesta entre un avión y otro. Eso sí, el vuelo de 4 horas hasta Katmandú se me hizo cortísimo, pues sólo recuerdo subirme al avión y ponerme el cinturón de seguridad. Cuando volví a abrir los ojos, ya estaba en Nepal.

Mi primeras impresiones en Katmandú me hicieron pensar que todavía estaba soñando, pero no. La furgoneta destartalada que constituía mi taxi realmente me estaba llevando por oscuras calles sin asfaltar llenas de agujeros. ¿Estaba de verdad en la capital del país? Pues sí, Katmandú es así: sus arterias principales están asfaltadas, aunque no les faltan baches y agujeros, mientras que muchas otras calles son caminos de tierra. Por supuesto, la gran mayoría de las calles no tienen aceras y tampoco hay farolas, así que cuando cae la noche todo está oscuro como la boca del lobo. Y en esa negrura me llevó el taxi hasta mi alojamiento, que, en esta ocasión, ha sido la casa de Jessica, una canadiense súpermaja que me ha acogido estos primeros días gracias a couchsurfing.

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A la luz del día pude apreciar el resto del caos de Katmandú: la gente yendo y viniendo; el tráfico incesante, donde coches completamente desvencijados comparten baches con motos y todoterrenos último modelo (muchos de ellos de ONGs y Naciones Unidas); y la basura acumulándose por todas partes, siendo el río el principal vertedero (y eso que es sagrado). De esta manera (también ayuda encontrarse en un valle rodeado de montañas), Katmandú tiene unos índices de contaminación muy elevados, y cuenta con el dudoso honor de ser la segunda ciudad del mundo con la peor calidad del aire. En definitiva, se trata de una ciudad muy pobre, pues Nepal se encuentra en la cola de desarrollo de los países del mundo.

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Sin embargo, no todo es catastrófico en Katmandú, ya que en sus calles se encuentran maravillas culturales y una población encantadora. Pero esa historia la tendréis que leer en el próximo post.

Posted by gacela 21:22 Archived in Nepal Tagged ciudades Comments (4)

Vacaciones de las vacaciones

O cómo sobrevivir al turrón navideño

all seasons in one day 5 °C
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En realidad necesitaría varios posts para contaros todo lo que he hecho durante mis semanas de vacaciones de las vacaciones (nombre que ha calado para denominar estos pequeños descansos que me tomo de la dura vida de mochilera), pero como me gustaría poder empezar el año viajero sin retraso en mis historietas (ya habrá tiempo en Nepal para ir acumulando), lo voy a resumir todo en esta pequeña entrada. Además, la mayoría de vosotros habéis vivido, aunque sea en parte, estas aventuras navideñas, así que poco sentido tiene detallarlas.

Al contrario que en otras ocasiones, este supuesto descanso ha sido de lo más movido. He recorrido parte de la geografía patria e, incluso, extranjera, siendo el único elemento común el frío de muerte que me ha acompañado en cada lugar que he visitado. La palma en este terreno se la ha llevado Alemania, donde los termómetros apenas superaron los cero grados y un manto blanco cubría ciudades y pueblos. Tampoco se quedaron atrás San Rafael, donde nos cayó una nevada impresionante; Las Bardenas, con un viento que parecía venir directamente del Polo Norte; o Palencia, donde, sin que sirva de precedente, daba gusto entrar en las iglesias, todo con tal de huir del frío castellano. En fin, que menudo invierno. Si lo llego a saber, me quedo por tierras tropicales. Menos mal que no han faltado comidas abundantes para entrar en calor y buen vino para enjuagar el gaznate. Así, me voy con unos kilos de más que me van a venir de perlas para quemar en los próximos meses en el Himalaya.

Tampoco puedo dejar de mencionar la buena compañía con la que he contado durante estas entretenidas semanas. Si es que cada vez que vuelvo, parece que nunca me he ido, excepto, tal vez, porque todo el mundo quiere quedar conmigo. Tan apretada ha estado la agenda que me ha sido imposible quedar con todos y todas. Sé que os debo una, que espero subsanar la próxima vez.

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Ahora me toca subir montañas, ver elefantes, explorar templos y alguna que otra cosa más en tierras nepalíes. Por otro lado, no sé cómo voy a poder vivir sin conocer las aventuras y desventuras de Bárcenas, Urdagarines, Lasquettys y demás políticos que dicen gobernarnos, que cada día me ofrecían algo por lo que echarme las manos a la cabeza.

¡Nos vemos en unos meses!

Posted by gacela 23:00 Archived in Spain Tagged bicis paisajes ciudades Comments (4)

El Cairo

Fin de viaje en la caótica capital de Egipto

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Tengo que admitir que, antes de llegar, El Cairo me producía cierto respeto y no estaba muy convencida de que me fuera a gustar una mega-metrópolis con 16 millones de habitantes y fama de misógina. Había escuchado historias horrendas de acoso a mujeres, pero tengo que decir que yo no sufrí ningún incidente del estilo. Si alguien me dijo algo, no le presté ninguna atención (tampoco entiendo árabe, así que eso no requirió esfuerzo) y, desde luego, nadie intentó meterme mano o tocarme por la calle. Debe ser que tengo buena suerte (o una actitud de mochilera pasota) porque tampoco me dieron realmente el coñazo los vendedores de los bazares por los que pasé, que todo el mundo me había advertido de que eran muy agresivos.

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Por otro lado, el intenso, y algo desordenado, tráfico no me pareció peor que en otros muchos países que he visitado y cruzar la calle era relativamente sencillo (pan comido comparado con algún otro país, como Vietnam). Además, el metro hace que sea bastante fácil moverse por la ciudad y sus vagones exclusivos para mujeres te evitan aglomeraciones y empujones. No puedo decir lo mismo de los autobuses, en realidad mini-furgonetas sin paradas fijas y cuyo recorrido resulta harto complicado de averiguar.

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Durante mi estancia me alojé en un albergue estupendo en el centro de la ciudad y cuál fue mi sorpresa cuando al entrar en la habitación me encuentro con mis compañeros de faluca. En conclusión, el mundo es pequeño y en los re-encuentros corren las cervezas, aunque sea en un país árabe. Bueno, volviendo a El Cairo, me temo que fui un poco vaga en el tema fotográfico (11 meses de viaje y miles de fotos previas fueron los culpables), así que no saqué la cámara más que en contadas ocasiones y no os puedo enseñar que el centro de la ciudad tiene un aire europeo algo decadente, grandes avenidas con bonitos edificios de principios del siglo XX que necesitan urgentemente una mano de pintura (y puede que algo más); calles llenas de tiendas de todo tipo y cafés en cada esquina repletos de gente fumando en shisha. Se trata de una ciudad relativamente moderna y, sin duda, muy animada, tanto de día como de noche. Los días que estuve allí coincidieron con el inicio de las revueltas anti-Morsi provocadas por los nuevos poderes que se había auto-otorgado el presidente y en contra de la nueva constitución. Aunque no pasé por la plaza Tahir (a pesar de que mi madre piense lo contrario, no soy tan aventurera), se respiraba un ambiente de indignación y los días que hubo manifestación, las calles del centro estaban a rebosar de jóvenes yendo y viniendo.

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En fin, que la gran mayoría de las fotos de este post son del barrio islámico de Cairo, una especie de pueblo engullido por la ciudad, donde la inmensa mayoría de las calles no están asfaltadas y el tráfico parece un recuerdo lejano. Me encantó pasear por sus tranquilas calles, sentarme a charlar con un vaso de té con la gente que me invitó por el camino y visitar todas las mezquitas y demás edificios de este barrio fundado en el siglo XI.

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Tengo que admitir que pasé horas en la calle Muizz, que me dejó con la boca abierta a lo largo de toda su extensión. No en vano, luego descubrí que se trata del sitio con mayor concentración de tesoros de arquitectura medieval en el mundo islámico. Era un edificio impresionante detrás de otro: primero una mezquita, luego un palacio, después unos baños turcos y vuelta a empezar.

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Otro día entero lo dediqué a visitar el Museo Egipcio, donde hay salas y salas de restos arqueológicos. Tienen tantas cosas que a veces parece que estás en un almacén y no en un museo. Acabé agotada y eso que me tomé numerosos descansos y me salté alguna que otra sala. Aquí no permitían la entrada de cámaras, así que no os puedo enseñar el impresionante tesoro de la tumba de Tutankamón o la grima que dan las momias en exposición.

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Y en mi último día en Egipto, fui a las pirámides. El monumento más conocido del país resulta un tanto decepcionante si ya has visitado el resto de tesoros arqueológicos del país. De hecho, parecen más pequeñas de cerca que cuando las divisas de lejos entre los edificios del barrio en el que se encuentran. Porque, en realidad, las pirámides no están en un lugar idílico en mitad del desierto, sino que se encuentran al borde mismo de la ciudad.

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Contra todo pronóstico, El Cairo me pareció una ciudad interesantísima y me faltaron días (por no decir, semanas) para aprovechar todo lo que tiene que ofrecer al visitante. En todo caso, fue una despedida estupenda a mis 4 semanas en Egipto. Y después de 11 meses con la mochila a cuestas, llegó el momento de tomarme unas merecidas vacaciones, el turrón me esperaba en España.

Posted by gacela 01:22 Archived in Egypt Tagged piramides ciudades faraones mezquitas Comments (4)

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