A Travellerspoint blog

Desierto Occidental

Recorrido por los oasis egipcios

sunny 30 °C
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Cuando dejas de impresionarte por un templo egipcio de más de 3.000 años, es el momento de darse un respiro de los restos faraónicos y cambiar de aires. Por suerte, Egipto ofrece muchos otros lugares interesantes para explorar. De esta manera, huí de los faraones y las hordas de turistas dirigiéndome al desierto Occidental o desierto de Libia, una imponente extensión que ocupa más de la mitad del territorio del país, pero que sólo cuenta con 5 oasis habitados.

Llegar al oasis de Dakhla no resultó una tarea sencilla. A pesar de encontrarse a menos de 200 kilómetros de Luxor, no hay servicio de autobuses entre las ciudades y tuve que darme una vuelta por medio Egipto para llegar hasta allí. En total, unas 20 horas de viaje que me hicieron plantearme si realmente merecía la pena visitar este desierto. Una vez allí, me alojé en la ciudad más grande de esta franja bendecida por aguas subterráneas. Aparte de los palmerales, Mut, que así se llama el sitio, no tenía nada especial.

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Sin embargo, resultó ser una base perfecta para visitar la antigua ciudad otomana de Al-Qasr, una verdadera maravilla escondida en mitad del desierto. Para llegar hasta allí, utilicé la minifurgoneta local, donde compartí asiento con tantas personas, gallinas y verduras que pensé que íbamos a salir despedidos en cuanto alguien abriese la puerta.

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El pueblo de Al-Qasr cuenta con una zona nueva, donde las casas son como en el resto del país (es decir, feas a más no poder), y la parte antigua, que está siendo restaurada y muestra cómo vivía la gente del desierto antes de que se construyeran los nuevos desarrollos urbanísticos en los años 60, cuyo objetivo era trasladar gente de las súper-pobladas orillas del Nilo. En todo caso, todavía viven unas 200 personas en el antiguo barrio de adobe, pero, aún así, yo no me crucé con nadie en mi recorrido por las callejuelas y rincones de este sorprendente pueblo.

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Más de la mitad de las casas del barrio están en ruinas y sólo quedan parte de los muros, pero otras se conservan o han sido restauradas y, en conjunto, constituyen un entorno impresionante. En casi todas las callejas te encuentras dinteles de madera grabados con inscripciones en árabe y escondidos aquí y allá hay reproducciones de antiguos molinos y prensas. En definitiva, un lugar realmente digno de visitar.

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La siguiente parada en mi ruta por el desierto fue en el oasis de Bahariya, donde llegué tras un espectacular recorrido en autobús a través del desierto. Bahariya es un pueblo mucho más pequeño que Mut, pero mucho más visitado por los turistas (supongo que por su relativa cercanía a El Cairo). Aún así, en los días que pasé allí apenas vi a otros extranjeros paseando por sus calles y en mi hotel yo era la única huésped.

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Alguna ventaja debía tener ser de las pocas turistas en el oasis y, gracias a ello, la familia dueña del hotel me invitó a comer en su casa (supongo que no querían preparar cena en el restaurante sólo para una persona). Al principio me dio un poco de vergüenza, pero esa tarde que pasé con las mujeres de la familia resultó ser toda una experiencia. En los oasis la sociedad es extremadamente tradicional (por no decir otra cosa), así que las mujeres y los hombres hacen todo por separado, incluso comer. De esta manera, acabé compartiendo comida con las 2 mujeres del patriarca, sus 3 hijas, 2 nueras y 3 niños. Sólo una de las hijas hablaba algo de inglés, pero eso no fue impedimento para disfrutar del festín que habían preparado ese día. Comimos todas sentadas en el suelo, cogiendo de los platos comunes que colocaron en el centro de un enorme mantel, aunque a mí siempre me separaban una gran ración de cada plato y me lo ponían aparte. No sé muy bien si para agasajarme o porque no querían que metiese mis manazas en el plato común. En todo caso, fue la mejor comida que probé durante toda mi estancia en Egipto y cuando ya estaba llena después de comer lentejas, arroz, una especie de lasaña sin bechamel, berenjenas en salsa y otras delicias que nunca supe qué eran, trajeron los segundos. No me lo podía creer, pensé que iba a explotar porque me volvieron a servir unas raciones enormes de todo y cada vez que terminaba me ponían más, mientras se meaban de la risa ante mis protestas. Las chicas más jóvenes estaban fascinadas con mi pelo corto, mi ausencia de marido y el hecho de que viajase sola. Para poner remedio a esto último, me regalaron unos pendientes (aunque, de momento, no han servido de mucho). Y, por último, para bajar la copiosa cena, hicimos una sesión de baile del vientre. Creo que las carcajadas se podían oír en todo el pueblo cuando intenté seguir el ritmo e imitarlas. Pero la mayor sorpresa de la tarde llegó a la hora de marcharnos, momento en el que estas chicas veinteañeras con las que había estado compartiendo risas desaparecieron bajo sus burkas. Por supuesto que había visto antes a mujeres embutidas de negro de arriba a abajo (de hecho, todas las que paseaban por la calle en los oasis y una gran mayoría en las otras zonas que había visitado en Egipto), pero ver la transformación en personas con las que acababa de estar bailando y riendo me impactó, pues nunca las hubiese reconocido por la calle. Prácticamente se vuelven invisibles, lo que, supongo, es el objetivo.

Al día siguiente me fui de tour en un todoterreno al desierto, en el que tuve como compañeras de aventuras a un grupo de estudiantes de intercambio belgas y holandesas. Primero fuimos al denominado desierto negro, que, como os podéis imaginar, cuenta con unas rocas volcánicas negras. El contraste entre el dorado de la arena y el negro de las rocas me pareció realmente bonito. Por desgracia, no tuvimos tiempo de subir esa extraña colina de la foto con pinta de antiguo volcán, pero aún así, las vistas desde abajo fueron muy chulas.

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Tras un buen paseo motorizado por las pequeñas dunas de esta parte del desierto y de tirarnos dunas abajo con unas tablas de snowboard, nuestros guías montaron el campamento en mitad de la nada. El sitio no estaba demasiado lejos de la carretera principal, pero aún así se apreciaba esa sensación de soledad y de estar en plena naturaleza que sólo el desierto te ofrece.

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El atardecer fue espectacular, no tengo palabras para describir los colores de la arena mientras el sol iba desapareciendo en el horizonte. Como tampoco resulta sencillo dar una idea del número de estrellas que se veían en el cielo una vez que la oscuridad nos invadió por completo. Dormimos al raso en este campamento improvisado entre dos todoterrenos y, aunque hacía algo de frío, dentro del saco se estaba genial. Me desperté en una ocasión en mitad de la noche y, por una vez en mi vida, no quería volver a dormirme porque parecía que el número de estrellas se había multiplicado en el rato que pasé durmiendo y el espectáculo no hacía más que mejorar.

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A la mañana siguiente le tocó el turno al desierto blanco (sí, no se han currado mucho los nombres). En este caso, las formaciones de caliza blanca se elevan por encima de la arena, creando, en ocasiones, figuras imposibles. Se trata de un paisaje precioso y algo surrealista que se extiende a lo largo de kilómetros. En definitiva, una verdadera maravilla de la naturaleza.

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El tiempo vuela cuando disfrutas y a mí ya sólo me quedaban 4 días en Egipto, así que había llegado el momento de visitar El Cairo. La caótica capital del país era mi último destino.

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Luxor

Semana cultural en la antigua Tebas

sunny 28 °C
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Tras el paseo por el Nilo, llegué con mis compañeros de travesía hasta Luxor, la ciudad más turística del país. Conocida durante el Antiguo Egipto con el nombre de Uaset o Tebas, fue la capital del imperio durante más de mil años y eso ha dejado huella. Los tesoros arqueológicos de la zona son incontables (templos, tumbas, estatuas,...) y para poder explorarlos con calma estuve en la ciudad casi una semana.

Después de pasear por Luxor, visitar un interesante museo, tomarle el pulso a la ciudad y comprobar que los vendedores (de todo tipo de artículos y servicios) eran mucho más pesados que en Aswan, me decidí a adentrarme en el primero de los muchos templos que recorrería durante mi estancia. El templo de Luxor data del 1.400 antes de Cristo y está consagrado al dios Amón. Como podéis comprobar en las fotos, pasé aquí buena parte del día impresionándome ante las enormes columnas que decoran el patio central, las preciosas estatuas de los faraones y sus dioses y, en general, el espectáculo del atardecer sobre esta impresionante estructura.

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Al día siguiente alquilé una bicicleta para ir a la orilla oeste del Nilo y visitar por mi cuenta las tumbas y templos que allí se encuentran. De esta manera, subí, junto con mi bici, a un ferry local y, después de cruzar el río, pedaleé bajo el sol los 7 kilómetros que me separaban de los restos arqueológicos. El camino se me hizo un poco largo porque la bicicleta pesaba un quintal y no tenía una mísera marcha. Sin embargo, los colosos de Memnón me ofrecieron una calurosa bienvenida con sus 18 metros de altura, que me dio fuerzas para seguir con la ruta.

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Casi sin aliento llegué hasta la taquilla y comprobé el extraño sistema de pago para visitar este lugar patrimonio de la humanidad. En esta intersección de la polvorienta carretera tenía que decidir los templos y tumbas que quería ver ese día, cada una con su entrada y su precio. Tras pedir consejo al funcionario de turno y darle una sustancial propina (por no decir, soborno) para conseguir un descuento de estudiante, me dirigí hacia el Ramesseum o templo funerario de Ramsés. Aunque no me resultó tan impresionante como el templo de Luxor, disfruté en completa soledad de las columnas (todavía conservaban parte de los colores originales), los bajorrelieves y el resto de elementos decorativos de este templo.

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La siguiente parada fue en las tumbas de los nobles, que se encuentran diseminadas por una colina junto a un pequeño pueblo de adobe. Desde lejos nunca te imaginarías las maravillas que se encuentran allí bajo tierra y, de hecho, la mayoría de los turistas no les prestan ninguna atención, ya que centran su limitado tiempo en el valle de los reyes y las reinas. La visita a las tumbas de los nobles es casi una aventura en sí misma, ya que primero tienes que encontrar la tumba cuya entrada has pagado y luego encontrar al encargado de la llave, que además te enciende las luces e intenta darte una pequeña explicación de la simbología que inunda las impresionantes decoraciones de las tumbas. Por desgracia, no se pueden hacer fotos en el interior y, aunque todos los encargados se ofrecieron a hacer la vista gorda por una propina, me negué a ser cómplice de la destrucción de estas maravillas de más de 3.000 años de antigüedad.

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Tras la paliza que supuso ir hasta las tumbas de los nobles en bicicleta, al día siguiente opté por una visita mucho más relajada y contraté un paseo en globo. Lo peor del día fue el madrugón que me tuve que dar para ver el amanecer desde el cielo, pero luego las impresionantes vistas de todo el valle de los reyes, del Nilo, de Luxor y de los pueblos adyacentes hicieron que mereciera la pena. Además, la sensación de flotar en el aire que te ofrece un globo aerostático es realmente alucinante.

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En otro momento de mi estancia en Luxor, me di un paseo por la orilla del Nilo hasta llegar a Karnak, el complejo religioso más importante del Antiguo Egipto. Me siento completamente incapaz de contaros la historia y el desarrollo de los templos que alberga Karnak, que fueron construidos, añadidos, desmantelados, restaurados y decorados a lo largo de unos 1.500 años. Así que me limitaré a decir que el recinto abarca unos 2 kilómetros cuadrados y la principal estructura, el templo de Amun, es el edificio religioso más grande jamás construido, ahí es nada! Las fotos, sin duda, no le hacen justicia.

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Con energías renovadas, retomé la bicicleta y la exploración de la orilla oeste del río. En este caso, llegué hasta el templo de Hatshepsut, una construcción única en el país, pues el templo se encaja en la montaña y se podría decir que se encuentra camuflado en la misma. Se trata de un lugar impresionante, aunque a estas alturas yo ya estaba un poco saturada de templos egipcios.

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El valle de los reyes, mi siguiente parada del día, se encuentra justo al otro lado de la montaña que alberga el templo de Hatshepsut, así que, en lugar de bordearla con la bicicleta, decidí atravesarla caminando. La subida inicial fue un poco dura, pero las vistas no hacían más que mejorar a medida que iba ascendiendo. Algún cartel solitario me indicaba que iba por el buen camino. Y en la cima me hallé rodeada de colinas desérticas y un silencio que daba un poco de miedo.

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Casi sin darme cuenta me encontré sobre las tumbas de los faraones egipcios más famosos, pero sin saber muy bien cómo bajar hasta allí. Encontré un camino que no parecía muy complicado, sólo para descubrir una vez abajo que tenía que caminar un kilómetro más hacia la salida para comprar las entradas de las tumbas que quería visitar y luego volver al punto de partida. Para colmo, la mitad de las tumbas estaban cerradas por restauración (casualmente, todas las que recomendaba la guía). En fin, una verdadera odisea. Menos mal que todo el esfuerzo se vio recompensado con unas estancias funerarias ciertamente impresionantes. De nuevo, no se permitía el uso de cámaras dentro de las tumbas, así que he tenido que guardar en mi frágil memoria la sensación de descender a las entrañas de la montaña, mientras descubría por el camino las excelentes pinturas que decoraban cada una de las tumbas de estos faraones.

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Una vez visitadas todas las tumbas que pude, ya sólo me quedaba hacer el camino inverso y, así, subí y bajé una montaña, me subí a mi bicicleta y pedaleé hasta el Nilo, donde cogí un ferry, después cargué la bici a la espalda para subir las escaleras del muelle y recorrí un par de calles de la ciudad hasta llegar a mi albergue. En definitiva, acabé agotada.

De esta excelente manera concluí mi visita a Luxor y alrededores. En las dos semanas y media que llevaba en Egipto había visto tantos templos y ruinas que decidí darme un descanso de los faraones y sus edificaciones y opté por desintoxicarme en el desierto. El oasis de Dakhla era mi siguiente destino.

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Travesía por el Nilo

Navegando a cámara lenta por el río más largo de África

sunny 25 °C
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Después de ver el Nilo día tras día durante mi estancia en Aswan, no podía dejar pasar la oportunidad de navegarlo durante unos días. Como siempre en este país, hay opciones para todos los gustos y bolsillos. Aunque los típicos cruceros estaban tirados de precio (desde la revolución apenas hay turistas), me pareció mucho más interesante surcar el río en una embarcación tradicional a vela. De esta manera, me subí a una faluca y junto a otros 6 turistas, navegamos lentamente río abajo un par de días. En esta pequeña embarcación pasamos las horas charlando y disfrutando de las vistas.

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Por supuesto, también comíamos en la faluca, unos sencillos pero sabrosos platos preparados por nuestro capitán y su ayudante. Eso sí, parábamos de vez en cuando a la orilla del río para estirar las piernas e ir al baño, aunque en alguna ocasión no me quedó más remedio que evacuar desde la faluca porque, claro, dormíamos allí y era un coñazo (y algo peligroso) bajarse del barco en mitad de la noche. Creo que fueron los 2 días más relajados de todo mi viaje, en los que sólo tuve que preocuparme de hacer fotos al Nilo y sus espectaculares atardeceres.

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Me alegré mucho de haber elegido la faluca en lugar de un crucero, a los que veíamos pasar ruidosos a toda velocidad mientras nosotros íbamos tranquilamente de una orilla a otra del río siguiendo las corrientes de aire. Por desgracia, no se puede recorrer todo el trayecto entre Aswan y Luxor en faluca, así que a mitad de camino nos recogió una furgoneta, que, de paso, nos llevó a los templos de Kom Ombo y Horus.

El templo de Kom Ombo (también conocido como de Sobek y Haroeris) tiene una ubicación inmejorable en una colina junto al Nilo. Data del siglo II a.C. y consta de dos templos simétricos, cada uno dedicado a una deidad. Tanto las columnas como todas las paredes del lugar están llenas de preciosos bajorrelieves, algunos de los cuales todavía conservan los colores originales.

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El cocodrilo es la estrella indiscutible de este templo, de hecho Sobek es un dios con la cabeza de este reptil. Y en el museo adjacente se puede visitar una extraña colección de cocodrilos momificados. No sé si para bien o para mal, ya sólo se pueden encontrar cocodrilos en el Nilo más allá de la alta presa de Aswan. Vamos, que en algún momento de la historia, los egipcios dejaron de venerarlos para empezar a cazarlos y acabaron liquidándolos a todos.

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Nuestra segunda parada en la ruta hacia Luxor nos llevó hasta Edfu para visitar el templo de Horus, uno de los complejos mejor conservados de todo Egipto. Este inmenso templo está dedicado al dios halcón Horus y pasear por sus salas de columnas y sus capillas es una auténtica gozada. Cada esquina te depara una nueva sorpresa agradable. Tampoco quiero daros mucho el coñazo con fechas y dinastías, pero para aquéllos a los que les interese, este templo data del periodo helenístico, concretamente del 230 a.C., cuando la dinastía ptolomeica gobernaba el país (también fueron responsables de la construcción de los templos de Philae y Kom Ombo).

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Y así, en 3 días hice el recorrido entre Aswan y Luxor, primero navegando despacito por el Nilo y, después, visitando unos impresionantes templos por el camino. En todo caso, mi inmersión en el antiguo Egipto no había hecho más que empezar... Luxor y el valle de los reyes era mi siguiente destino!

Posted by gacela 03:53 Archived in Egypt Tagged nilo rios ruínas faraones Comments (2)

Aswan y Abu Simbel

Fascinante primera semana en Egipto

sunny 30 °C
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Mi llegada a Egipto, después de meses en Asia, supuso un auténtico choque cultural. Para aclimatarme poco a poco a este nuevo país decidí pasar los primeros días en una tranquila ciudad a orillas del Nilo y así fui directamente desde el aeropuerto de El Cairo hasta la estación de trenes y cogí el primer convoy con destino a Aswan, la ciudad más meridional del país. Conseguir un asiento en el tren no fue tarea fácil, ya que en todas la ventanillas de la estación me decían que estaba lleno y que mejor cogiese el tren nocturno para guiris. Parece que no quieren que los turistas utilicen los trenes locales, mucho más baratos. Sin embargo, ya me había informado de que se podía comprar el billete al revisor, así que me subí al tren y me senté en el primer asiento libre que vi. El truco parecía funcionar hasta que un par de paradas más tarde, el vagón se empezó a llenar y alguien reclamó mi asiento. No debía ser la única que iba sin billete porque los pasillos se llenaron de gente sin asiento y ya me veía pasando de pie las 12 horas de trayecto. Por fortuna, encontré un sitio libre en otro vagón y allí pude quedarme el resto del recorrido, en el que las vistas del Nilo y de algunas de las poblaciones más feas que he visto en mi vida fueron la tónica dominante.

Aswan, también escrita en castellano Asúan, me encantó. Lo más interesante de la ciudad son los restos arqueológicos de los alrededores, no en vano éste era un importante puesto fronterizo que controlaba las mercancías y personas entre el África negra y el norte del continente. También me gustó mucho el paseo junto al impresionante río y el zoco, donde se podía encontrar de todo. Pero, sin duda, lo que más me sorprendió fue la gente.

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Ya sabéis que he estado en multitud de sitios en mis viajes, pero creo que en estos 2 años no he encontrado un pueblo más hospitalario que el egipcio. Es una pena que la mayoría de los turistas pasen rápidamente por los diferentes pueblos y ciudades en busca de los tesoros arqueológicos del país porque se pierden el contacto con una gente maravillosa y el único recuerdo que les queda de los egipcios es el de los pesados dueños de las tiendas de souvenirs. Aunque incluso éstos están encantados de pasarse una tarde charlando contigo con un vaso de té, supongo que con la esperanza de venderte algo.

En todo caso, en un par de días en Aswan coincidí con un grupo de jóvenes que se dedicaban a la restauración de restos arqueológicos y me invitaron a compartir su almuerzo, un riquísimo pescado a la brasa; también me pasé buena parte de las mañanas charlando con Ayat, la chica que servía el desayuno en el hotel, a pesar de ser licenciada en informática (también trabajaba en un ciber por las tardes) y que, el segundo día de mi estancia, me regaló un bonito bolso hippie; también, gracias a unos comerciantes muy majos, conocí a una monja y doctora española que trabajaba en una clínica para mujeres y niños y que llevaba viviendo allí casi 30 años. En fin, que no me faltó compañía.

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Durante la semana que pasé en la ciudad me invitaron a dos bodas, pero sólo asistí a una de ellas (¡mi agenda estaba llena!) y fue toda una experiencia. Como Aswan se encuentra en pleno desierto y normalmente hace mucho calor, las bodas son por la noche. Creo que se celebran 2 ceremonias, pero en la que yo asistí los invitados se empiezan a reunir a eso de las 10 de la noche y comen lo que ha preparado la familia mientras esperan la llegada de los novios, pasadas la medianoche y con gran fanfarria. Después hay un grupo que toca en directo y la gente baila, hombres y mujeres por separado, como podéis apreciar en el video (resulta cuando menos curioso). Para el evento, los hombres llevan el traje tradicional nubio que consiste en una sencilla chilaba blanca o marrón. Por su parte, las mujeres aprovechan la ocasión para lucir vestidos de colores brillantes y maquillarse a lo bestia. Tengo que decir que me sentí un poco fuera de lugar con mi ropa de mochilera, pero disfruté igualmente del evento.

Otro día fui hasta el templo de Philae con uno de los chicos restauradores, Mido. Este templo del siglo IV a.C. se encuentra en una isla (aunque no en la que fue construido originalmente) en mitad del lago formado por la presa de Aswan. Es una localización espectacular y el templo resulta especialmente bonito si se visita al atardecer, como fue mi caso. No sé si fue debido a que era mi primer templo egipcio o a las explicaciones de mi guía, pero me pareció un sitio increíble. Las columnas, los relieves, la simbología,... no tengo palabras para describirlo.

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A mitad de semana hice un paréntesis en mi visita de Aswan y fui a conocer los famosos templos de Abu Simbel. A pesar de que había excursiones de un día para visitarlos, pensé que sería mucho más interesante verlos por mi cuenta y a mi ritmo. De esta manera, fui en autobús hasta el extraño pueblo de Abu Simbel, el último antes de la frontera con Sudán. Este pueblo se creó cuando la construcción de la alta presa de Aswan en 1960 hizo necesario trasladar los templos para evitar que quedaran bajo las aguas. La magnitud del trabajo de rescate fue tal que hay salas enteras de museos dedicadas a la misma. Y nosotros tenemos también un recordatorio de este esfuerzo en el monumento más antiguo de Madrid: el templo de Debod.

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En todo caso, tras 4 horas de trayecto de autobús en mitad del desierto, en las que crucé el trópico de Cáncer, aunque no había ni una mísera señal para indicarlo, llegué al pueblo de Abu Simbel, cuya principal fuente de ingresos es el turismo y que se encuentra mucho más cerca de Sudán que de Aswan. Me dirigí hacia los templos a última hora de la tarde y me quedé alucinada cuando comprobé que era la única turista. No os podéis hacer una idea de la sensación que tuve al estar absolutamente sola dentro de un templo de 3.500 años de antigüedad. Y no terminaba de creerme que todo aquello había sido construido y decorado de esa manera hacía tantísimos siglos.

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Por desgracia, al rato llegó un grupo de unos 10 turistas y fastidiaron mi solitaria contemplación, aunque, aún así, había sitio de sobra para todos. Entré un par de veces en cada uno de los templos, el de Ramsés II, más grande, y el dedicado a su mujer Nefertari. Entre una cosa y otra, me quedé allí hasta el atardecer y, casi sin darme cuenta, se hizo de noche y empezó un espectáculo de luces sobre las fachadas de los templos. A pesar de ser un poco cursi, estuvo entretenido y, sin duda, fue una manera diferente de despedirme del impresionante Abu Simbel.

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De vuelta en Aswan, me empecé a fijar un poco más en la cultura nubia porque con la nueva presa salvaron los principales templos, pero los pueblos que vivían allí desaparecieron para siempre y sus habitantes tuvieron que realojarse en otras partes del país. Incluso aquí, resulta casi más sencillo ver una casa tradicional nubia en el museo que en la calle. Hay que ir a alguna de las islas en mitad del Nilo para disfrutar de casas como la de la foto. Lo que no faltan son las fuentes públicas, que abundan en forma de tinaja y cuentan con unos vasos para saciar la sed.

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Como despedida de esta interesante semana, Mido me llevó a explorar las denominadas tumbas de los nobles, que se encuentran en una colina en la orilla del Nilo opuesta a la ciudad. Desde lejos no parecen más que un montón de rocas e incluso cuando estás en las puertas de las tumbas no parece que vaya a haber más que basura dentro. Sin embargo, cuando el portero abre las tumbas que se pueden visitar, son sorprendentes los estucos que decoran las estancias excavadas en la roca que sirven de descanso eterno a los ricos y poderosos del 2.500 antes de Cristo.

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Mi primera semana en Egipto no pudo ser más agradable y después de una primera introducción al mundo de los faraones y al mundo real de los egipcios, estaba deseando seguir explorando el país.

Posted by gacela 04:24 Archived in Egypt Tagged nilo desierto rios ruínas faraones Comments (4)

Parque Nacional Phong Nha-Ke Bang

Rocas kársticas y cuevas impresionantes bajo la lluvia

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A pesar de ser patrimonio de la humanidad y de encontrarse a tan sólo 50 kilómetros de una importante ciudad, llegar y, sobre todo, salir del parque nacional de Phong Nha-Ke Bang supuso todo un reto. Sin embargo, el sitio es tan impresionante que el esfuerzo mereció la pena. El cercano pueblo de Su Trach es la base perfecta para explorar la zona, a la par que un lugar un tanto surrealista. La mitad del pueblo se dedica al turismo, por lo que hay numerosos hoteles y restaurantes, pero está orientado a turistas vietnamitas, así que prácticamente nadie habla inglés. Por otro lado, mi visita coincidió con la temporada baja y la sensación era la de estar en un pueblo fantasma, con muchos garitos, pero nadie en ellos.

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Además, no paró de llover durante toda mi estancia en el parque, lo que no me permitió disfrutar del sitio como me hubiese gustado. La superficie del parque destaca por las verdes rocas que salpican el paisaje a modo de pequeñas colinas, mientras que el subsuelo alberga cientos de cuevas formadas gracias a la permeabilidad de la piedra caliza. Así que hay espectáculo sobre y bajo la tierra.

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Visto que no se podía hacer mucho en el exterior por culpa de la lluvia, me dediqué a visitar las mejores cuevas de la zona. De esta manera, un día fui con una barca hasta la cueva de Phong Nha, que da nombre al parque. El nivel del agua no era suficiente para que la barca entrase en la cueva, así que me dejó en la entrada y recorrí esta impresionante gruta a pie. La entrada era relativamente estrecha, pero después de pasar por un pasillo, se abría en una espaciosa sala donde se podían apreciar estalactitas y estalagmitas de diversas formas y tamaños, todas ellas iluminadas con horteras luces verdes, azules y rojas.

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Otro día contraté a un motero para que me llevase a otra zona del parque para visitar una de las cuevas más grandes del mundo. El complejo de la cueva paraíso me sorprendió, ya que estaba muy bien montado, con un paseo por el bosque hasta la falda de la montaña, que se podía recorrer en trenecito y un restaurante a la entrada de la cueva, unos 200 escalones más arriba. Además, la cueva era impresionante. Una pasarela de madera te guiaba por el par de kilómetros que estaban abiertos al público y en los que había todas las formaciones que te puedas imaginar. Aquí incluso habían abandonado la iluminación roja y verde que tanto gusta a los vietnamitas y pude disfrutar del lugar con una luz más neutral.

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Mi estancia en el parque Phong Nha-Ke Bang estuvo pasada por agua, pero aún así me encantó el paisaje del lugar y, por supuesto, las cuevas, en las que no hace falta ser una experta espeleóloga para admirar impresionantes estalactitas y estalagmitas. Para volver a la civilización no me quedó más remedio que coger el único autobús del día, a las 5 de la mañana hasta Dong Hoi. A pesar del madrugón, no llegué a tiempo para coger el último tren de la mañana hasta Hanoi y tuve que pasar el día en esta agradable ciudad costera. Hasta me dio tiempo a hacer amigos en la playa, con los que pasé un rato muy entretenido comunicándonos mediante dibujos en la arena.

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Esta fue la última parada en mi recorrido por Vietnam, ya que al día siguiente cogí un avión en Hanoi y cambié completamente de rumbo. Después de 4 meses, abandoné el sudeste asiático y me dirigí al continente africano, pero para conocer esta historia tendréis que esperar al próximo post.

Posted by gacela 09:29 Archived in Vietnam Tagged cuevas paisajes Comments (0)

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