A Travellerspoint blog

Zona Desmilitarizada

Paseo por la historia reciente de Vietnam

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Después de las aventuras por las montañas vietnamitas, volví a la costa para explorar el área conocida como zona desmilitarizada (DMZ, en sus siglas en inglés). Tras conseguir vencer a los colonizadores franceses en la Guerra de Indochina en 1954, los vietnamitas tuvieron que aceptar un tratado de paz en el que las potencias mundiales tuvieron la brillante idea de dividir Vietnam en dos países. El norte, comunista con el apoyo de la Unión Soviética, y el sur, capitalista y respaldado por los Estados Unidos. La frontera se sitúo en el paralelo 17, utilizando el río Ben Hai como separación natural y estableciendo 5 kilómetros a cada lado como zona libre de fuerzas militares.

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Sin embargo, la paz duró bien poco y menos de un año después de la separación comenzó la Guerra de Vietnam, que enfrentó a los comunistas del norte con los capitalistas del sur. Y así, de forma algo paradójica, la zona desmilitarizada se convirtió en una de las áreas con mayor presencia militar del mundo. Durante los casi 20 años que duró el conflicto, esta región fue una de las zonas más castigadas por la aviación norteamericana. Se estima que se lanzaron unos 7 millones de toneladas de bombas (más del doble de las utilizadas en toda la Segunda Guerra Mundial), muchas de la cuales acabaron en esta provincia vietnamita, lo que se puede comprobar viendo las fotos de la época, donde los campos parecen un auténtico queso gruyère. Ante esta avalancha de bombardeos y con el objetivo de no abandonar sus hogares, los habitantes del pueblo de Vinh Moc (a escasos kilómetros de la frontera) decidieron refugiarse bajo tierra. De esta manera, empezaron a cavar y reconstruyeron su pueblo a 15 metros bajo tierra. Al contrario que en los túneles de Cu Chi (que podéis ver en este post), aquí la gente hacía su vida diaria, por los que los túneles son mucho más anchos, con habitaciones para las familias, cocinas y hasta una clínica. En definitiva, mucho menos claustrofóbicos.

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Paseando por este tranquilo bosque de bambú junto al mar nunca pensarías que bajo tus pies se encuentra una red de túneles de varios kilómetros. Además, no es un sitio especialmente turístico. De hecho, cuando llegué yo era la única visitante y, la verdad, me dio un poco de miedo meterme en los túneles yo sola. Por suerte, al rato apareció una pareja de turistas con su guía y me uní a su expedición por las profundidades de la tierra.

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Por desgracia, los bombardeos no sólo tuvieron su impacto durante la guerra, sino que las consecuencias todavía perduran, ya que un importante porcentaje de las bombas nunca explotaron. Al terminar la guerra, el gobierno de Vietnam realizó una extensiva campaña de limpieza de los campos de cultivo, para poder volver a utilizarlos de manera productiva. Sin embargo, los accidentes, especialmente de niños, se han sucedido ininterrumpidamente en la región hasta nuestros días, con infinidad de muertos y amputados, a pesar de la excelente labor que realizan varias ONGs que trabajan en la concienciación, la búsqueda y la desactivación de estos artefactos mortales.

Recorrí esta zona de Vietnam con un scooter, lo que me permitió disfrutar de la libertad de parar aquí y allá. La única pega del día es que estaba muy nublado y la lluvia caía de manera intermitente, lo que no es muy agradable cuando vas en moto. En todo caso, en mi camino descubrí un par de playas infinitas y completamente vacías y unos paisajes boscosos por los que daba gusto conducir.

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En un momento de mi ruta por carreteras secundarias, necesité de la colaboración de unos chavales para cruzar la anegada carretera. Había un charco inmenso, el agua llegaba casi hasta la cadera, en mitad de la vía, así que pensé que no era buena idea intentar atravesar el charco con la moto y contraté los servicios de unos chicos que se habían puesto allí con un carro para hacer de improvisado ferry. Aquí, desde luego, no les falta espíritu emprendedor. Como tampoco me agradaba la idea de mojarme las zapatillas y los pantalones, yo también me subí al carro y crucé junto a mi moto mientras los chicos se partían de la risa con su primera clienta extranjera.

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No pasé mucho tiempo en esta provincia de Vietnam, pero fue suficiente para explorar los sitios más significativos. Ya sólo me quedaban unos días en el país y el siguiente sería mi último destino.

Posted by gacela 02:11 Archived in Vietnam Tagged rios playas túneles Comments (0)

Tierras altas centrales

Recorrido motero por las montañas vietnamitas

sunny 25 °C
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Las carreteras que llevan a los pueblos desperdigados por las tierras altas centrales vietnamitas son ideales para recorrer con calma mientras disfrutas del paisaje, así que, en esta ocasión, me di un lujo y contraté a un motero (aquí se autodenominan easyriders, que suena mucho más guay) para que me llevase hasta el corazón mismo de esta zona del país.

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De esta manera, durante 2 días condujimos por la denominada Ruta de Ho Chi Minh (también conocida como la Carretera de Hanoi a la victoria), llamada así porque se utilizó como vía de comunicación y abastecimiento entre Vietnam del Norte y sus guerrilleros del Viet Cong infiltrados en el Sur. Ahora la carretera está asfaltada y, afortunadamente, la guerra prácticamente olvidada, pero los paisajes siguen siendo imponentes y los pueblos nada tienen que ver con las grandes ciudades costeras.

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Además de los paisajes, aprendí mucho sobre la economía local, donde el café y la pimienta (la planta es la de la foto de abajo) suponen una importante fuente de ingresos. Además, la exportación de flores tiene cada vez un papel más relevante. Los resultados de esta pujante economía agrícola se ven claramente en los innumerables chalets de nueva construcción que salpican las carreteras rurales.

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A lo largo del camino también encontramos tiempo para visitar a algunos artesanos, que todavía fabrican de manera manual las cosas más diversas. Me quedé alucinada con la velocidad con la que un señor hacía escobas. El pobre sufría cada vez más con la competencia de las fábricas de escobas, que ofrecían otros materiales y una presentación más vistosa del producto. Por otro lado, el maestro de los tambores tenía asegurada su profesión porque la acústica de sus productos era incomparable, en una técnica secreta que pasaba de padres a hijos.

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También visitamos algunas fábricas, como ésta de ladrillos. Pillamos a los esqueléticos trabajadores en un descanso ocasionado por un corte de luz, pero en general trabajaban a un ritmo frenético, en el que la máquina de hacer ladrillos no paraba de sacar mercancía y no podían parar ni un segundo. Unos alimentando a la máquina con arcilla y otros sacando los ladrillos de la cinta transportadora para hacer hueco a los siguientes.

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Aunque ya había visto en otras ocasiones fábricas de seda, esta vez mi experiencia fue más allá y probé un gusano de seda cocido. El proceso para obtener la seda incluye sumergir el capullo en agua hirviendo para poder separar los hilos de seda. Una vez despojado de su preciada cubierta, los gusanos ya no tienen más utilidad, así que las trabajadoras de la fábrica los colocan encima de las tuberías para mantenerlos calientes y, así, comérselos a modo de snack, consiguiendo un importante extra de proteína en su dieta. A simple vista, no me pareció que fuera a ser muy sabroso, pero me sorprendió al comérmelo, ya que estaba muy rico! De hecho, me comí otro y paré porque me daba vergüenza zamparme el sustento de una sufrida trabajadora.

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Durante estos 2 intensos días pasamos por montañas, valles, lagos, pueblos grandes y pequeños y en todas partes los niños nos saludaban entusiasmados y los adultos nos miraban un tanto extrañados. Supongo que no es muy normal en estas latitudes ver una moto más grande que un scooter, en la que además hay una guiri en el asiento de atrás y una mochila enorme.

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Por suerte, el tiempo nos acompañó en nuestro recorrido y el sol lució todo el rato, así que mi única queja fue el dolor de culo y de piernas que supuso pasar tanto tiempo subida a una moto. Y eso que nos deteníamos cada dos por tres, cualquier excusa era buena: explorar unas cascadas, ver templos, monasterios y, en definitiva, visitar todo lo que había de interés por el camino.

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Una de estas paradas, en este caso mini-parada, fue junto a uno de los lagos formados por las numerosas presas que controlan el caudal de los ríos de la región. Lo curioso de este sitio es que había gente instalada en mitad del lago. A falta de otro sitio donde vivir, se habían construido sus casas en el agua y allí sobrevivían sin electricidad ni ningún otro tipo de comodidad.

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Por otro lado, gracias a mi guía-conductor conocí a varias familias de minorías étnicas, cuya forma de vida no dejó de sorprenderme. El primer día, pasamos un rato con una extraña familia, en la que unos 10 niños correteaban de un lado a otro mientras las mujeres preparaban la comida y se dedicaban a otras actividades domésticas. Uno de ellos no tenía los mismos rasgos físicos que los demás y cuando preguntamos nos contaron que se lo habían encontrado solo en el mercado de un pueblo cercano unos días atrás y habían decidido llevárselo con ellos. En fin, una historia cuando menos curiosa, que no sé si acabaría con final feliz, aunque el niño parecía contentísimo jugando con sus nuevos hermanos.

En otra ocasión, visitamos a una familia encantadora en su hogar. Pasamos un buen rato charlando, momento que aprovecharon vecinos y familiares para acercarse a ver qué se cocía en esta humilde casa. La cabaña constaba de una única habitación, en la que había una pequeña cocina en un rincón y una cama de matrimonio con un televisor en el otro. Los hijos mayores de la familia estaban en el colegio, mientras que el más pequeño padecía una enfermedad que no sabían realmente qué era porque no disponían del dinero necesario para llevarlo al médico y se pasaba el día durmiendo. Una verdadera pena.

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Por desgracia, mi presupuesto no me permitió contar con mi motero durante todo el recorrido por esta zona de Vietnam, así que el último tramo de carretera la hice en autobús, con mucho menos glamour, pero disfrutando de todas maneras de unos paisajes preciosos. Además, esta independencia me permitió pasar tiempo en un par de pequeñas ciudades muy interesantes, donde las minorías étnicas constituyen una parte importante de la población.

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Concretamente, en Kon Tum había un par de pueblos casi anexionados a la ciudad, en los que vivían etnias no vietnamitas. No me resultó demasiado fácil distinguir a las diferentes etnias, ya que todo el mundo viste de manera occidental. Sin embargo el contraste en formas de vida y nivel económico entre la ciudad poblada principalmente por vietnamitas y los pueblos me resultó algo sorprendente, ya que la ciudad contaba con sus edificios bien cuidados y sus calles comerciales y sólo unos metros más allá era como transportarse a una zona completamente rural, donde no tenían ni agua corriente. De hecho, estuve un buen rato en la fuente del pueblo viendo a las mujeres y niñas lavarse y recoger agua (la cantidad de kilos que cargaban a la espalda me dejó sin habla). Creo que muchas se preguntaban qué demonios hacía yo allí y algunas hasta me invitaron a seguir sus pasos y darme un baño.

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Por otro lado, la gente en toda esta región de Vietnam me resultó extremadamente amable. A pesar de los evidentes problemas de comunicación, pues prácticamente nadie hablaba inglés, cada vez que me sentaba en una terraza era el centro de atención y todo el mundo se esforzaba para que estuviese a gusto.

En definitiva, mis días con el easyrider fueron toda una experiencia que difícilmente hubiese podido hacer por mi cuenta y gracias a la cual conocí un poquito más la cultura y las costumbres vietnamitas. Y mis días en solitario por las altas tierras centrales también fueron toda una aventura, en los que me reafirmé en mi convicción de que no es necesario hablar el mismo idioma para entenderse.

Posted by gacela 08:00 Archived in Vietnam Tagged paisajes cascadas Comments (0)

Dalat

Relax en las montañas vietnamitas

overcast 20 °C
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Después de las ajetreadas aventuras que viví con mi hermana y Juanfran durante las 2 semanas que pasaron en Vietnam, me retiré a una tranquila ciudad en las montañas. Dalat, que así se llama el sitio, se convirtió en un importante lugar de vacaciones de los colonizadores franceses, que se acercaban hasta aquí para huir del calor sofocante que se sufre en el resto del país y cuyas mansiones coloniales todavía salpican las colinas de la ciudad. Hasta construyeron un ferrocarril para llegar más cómodamente hasta Dalat, del que por desgracia sólo se mantiene la estación y una corta línea turística. En todo caso, el clima y el ambiente relajado de Dalat sigue atrayendo a los turistas extranjeros, aunque en mucha menos proporción que en otras partes de Vietnam.

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Mis días en la ciudad fueron muy relajados, pero a su vez entretenidos. Me pasé un par de días disfrutando de paseos alrededor del lago y en el jardín botánico, donde descubrí que el traje tradicional de Dalat se parecía mucho al de las flamencas (vale, hace falta un poco de imaginación, pero los volantes están ahí).

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También me zambullí en el mercado local, donde encontré todo tipo de mercancías y tenderos que me miraban con extrañeza. Los puestos de ternera y cerdo eran los únicos en los que los animales estaban ya muertos, mientras que en todos los demás se removían en sus jaulas y barreños a la espera de comprador. Así, vi ranas, pescados y gusanos de todas las formas y tamaños. También había una sección de textiles y otra excelente de frutas y verduras, ya que esta región se considera la huerta del país.

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De esta manera, una visita a los alrededores muestra cómo los invernaderos invaden las colinas cercanas a la ciudad. En los sitios donde no hay ningún tipo de cultivo, se pueden visitar lagos y algunas cascadas.

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Como no sólo de verdura vive el hombre, Dalat también cuenta con numerosos templos para alimentar el alma. El primero en mi recorrido por estos lugares de culto fue en una inmensa pagoda budista, que constaba de 2 edificios decorados con azulejos. Me recordaron un poco al estilo de Gaudí, salvando las distancias.

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Después me acerqué hasta un monasterio, budista también, donde me llené de buen karma al ayudar a uno de los monjes con sus ejercicios de español. Sí, habéis oído bien, en el monasterio había un monje que llevaba 2 años aprendiendo español por su cuenta (entre meditación y meditación). Sin embargo, los libros se le quedaban cortos para la parte oral, así que estuvimos grabando algunas lecciones para que pudiera escucharlas a la vez que leía. Una nueva y extraña experiencia en mitad de Vietnam.

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Mi última visita en esta ciudad fue en un lugar conocido como la casa loca. No es que se trate de un manicomio, sino que su construcción, que todavía está en proceso, es absolutamente bizarra. Resulta complicado explicar esta estructura de edificios con forma de troncos, habitaciones de extrañas líneas y decoración en madera y pasarelas a modo de enredaderas. En definitiva, un lugar completamente surrealista.

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Dalat me pareció una ciudad bastante interesante, con muchas cosas que hacer y ver. También, como aquellos colonizadores franceses, agradecí volver a ponerme un jersey y pantalones largos durante unos días. En esta ciudad comencé mi ruta por las tierras altas centrales, cuyas aventuras os contaré en el próximo post.

Posted by gacela 07:56 Archived in Vietnam Tagged templos paisajes Comments (0)

Ciudad de Ho Chi Minh

Más conocida como Saigón

overcast 30 °C
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Saigón cambió su nombre por el del líder del movimiento comunista vietnamita tras la unificación del país o su liberación, como le gusta definirlo al régimen, al que sólo le falta añadir "de las garras de los imperialistas americanos". En todo caso, la mayoría de los vietnamitas sigue llamando Saigón a la capital económica del país. Y aquí fue donde pasamos los últimos días del viaje de Elena y Juanfran, que después de 2 intensas semanas tenían que regresar a España.

En esta ciudad se une lo antiguo con lo moderno, con amplias avenidas de inspiración francesa, no en vano fue la capital durante la época de colonización de Indochina, conviviendo con templos budistas, callejones estrechos y puestos callejeros. El tráfico es tan caótico como en el resto de las ciudades de Vietnam, aunque las aceras son más anchas que en Hanoi y resulta más fácil caminar de un lado a otro. Además, en el centro hay empleados del ayuntamiento que te echan una mano para cruzar la calle (es decir, hacen literalmente de escudos humanos).

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Además de los edificios coloniales, incluida la catedral de Notre Dam, destacan unos enormes rascacielos, que se divisan desde cualquier punto del centro, y los animados mercados, que funcionan tanto de día como de noche y donde se puede encontrar casi de todo (y todo falso). Por el día el interior del mercado ofrece desde frutas y verduras hasta ropa interior, pasando por souvenirs y, por supuesto, puestos de comida, mientras que la acción se traslada a la calle durante la noche.

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Una mañana aprovechamos para visitar los túneles de Cu Chi en un tour organizado. Estos túneles fueron la principal base de los comunistas en el sur durante la guerra de Vietnam. Los guerrilleros excavaron cientos de kilómetros de túneles en esta zona boscosa, desde los que atacar al enemigo, que por mucho que intentó destruirlos nunca lo logró. Utilizaron todas las técnicas posibles, incluido agente naranja, un químico que dejó enormes secuelas en la población local. Ahora el sitio se ha transformado en una especie de parque de atracciones, donde te muestran las diferentes trampas que se utilizaron, la forma de vida de estos antiguos campesinos (todos muy felices en el video propagandístico) y hasta puedes, por un módico precio, hacer pruebas de tiro con armamento de la época.

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Si tu claustrofobia te lo permite, también tienes la opción de probar alguno de los túneles que han sido acondicionados para los turistas. De esta manera, han sido ampliados (¡cualquiera lo diría!) para que quepamos y se han asegurado de que no se nos caerían en la cabeza. En todo caso, sólo se puede avanzar en cuclillas o a gatas y la humedad es tan brutal que en pocos minutos tienes la camiseta empapada en sudor. Estando allí dentro te preguntas cómo podían luchar en esas condiciones y encima ganar.

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Por otro lado, Saigón cuenta con una animada vida nocturna, que aprovechamos para despedirnos cenando en uno de los restaurantes de moda de la ciudad. Habíamos pasado juntos 2 semanas viajando sin parar y, después de tantas semanas deambulando sola por el mundo, agradecí tener una compañía tan divertida. No sé ellos, yo, desde luego, me lo pasé genial (a pesar de las prisas y los autobuses nocturnos).

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Así, con mucha pena, les dije adiós a mis compañeros de viaje y proseguí las aventuras por mi cuenta a partir de ese momento. Mi siguiente destino me llevaría hasta Dalat, una agradable ciudad en las montañas.

Posted by gacela 07:04 Archived in Vietnam Tagged ciudades Comments (0)

Delta del Mekong

storm 30 °C
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La siguiente parada en nuestra ruta por tierras vietnamitas nos llevó hasta el famoso delta del río Mekong, donde pasamos un par de días alucinando con la forma de vida de los habitantes de esta húmeda región del país. Tras una larga mañana de transportes diversos, pues amanecimos en Hoi An, a más de 1.000 kilómetros de distancia, llegamos a la principal ciudad de la zona, Can Tho. Allí nos esperaba nuestro guía Han, que subió a Juanfran a su moto y apañó un minibus para que nos llevase a Elena y a mí hasta el pueblo donde pasaríamos la noche. Sin embargo, no comenzamos demasiado bien nuestras andanzas por el delta, pues el autobús nos dejó en el sitio equivocado y no teníamos ni idea de dónde se suponía que teníamos que ir. No obstante, fuimos la atracción del día en nuestra espera en mitad de la carretera con todas las mochilas e hicimos varios amigos, que se ofrecieron a echarnos una mano y a darnos cobijo cuando empezó a llover. Ya nos veíamos pidiendo también alojamiento, cuando, por fin, nos encontraron y logramos llegar hasta la casa rural.

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Esa misma tarde cogimos unas bicis y recorrimos el pequeño pueblo a base de pedal, mientras los niños con los que nos cruzamos nos saludaban efusivamente. Así, recorrimos las estrechas calles asfaltadas (cabían un par de motos como mucho) que discurrían paralelas al río con casas bajas y pequeños comercios a ambos lados. Los frecuentes afluentes del río se salvaban con puentes de diferentes calidades, algunos eran de hormigón, mientras que otros estaban construidos en madera y daban un poco de miedo. En todo caso, pudimos comprobar cómo la vida discurre lentamente con el río como referencia principal. En sus aguas se lava la gente y su ropa, y allí tiran toda su basura, una visión bastante sorprendente teniendo en cuenta su dependencia del río.

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A la mañana siguiente, a primera hora ya estábamos instalados en el pequeño bote que nos llevaría a explorar el Mekong. Tras pasar por zonas verdísimas que parecían deshabitadas y otras llenas de casas en la misma orilla, llegamos a la primera parada del día: el mercado flotante del delta.

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El concepto es sencillo, los barcos se colocan en mitad del río con su mercancía, que publicitan insertando una muestra de las frutas y verduras que venden en un inmenso mástil. Así, los compradores saben a qué barcos dirigirse. Además, los vendedores se suelen agrupar por tipo de mercancía y, de esta manera, los barcos con patatas están en una zona del río, los que venden coles en otra y así con los diferentes productos, que traen desde las plantaciones situadas a lo largo del río. En muchos casos, eso implica varios días de viaje por el Mekong y por este motivo, las familias suelen vivir en los barcos. Por otro lado, los compradores se acercan en barcas mucho más pequeñas.

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Nosotros también hicimos una pequeña incursión en el mundo de las compras del delta y adquirimos unas deliciosas piñas, que nos pelaron y cortaron allí mismo, de tal modo que nos quedaron como si fueran unos enormes chupa-chups naturales. El mercado flotante nos resultó muy curioso, aunque esperábamos un poco más de movimiento.

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Después de las compras, nos dirigimos a tierra firme o eso creíamos porque las calles estaban completamente inundadas y nos tuvimos que remangar los pantalones para llegar hasta la fábrica de fideos a la que nos dirigíamos. Por fin íbamos a descubrir cómo se hacían los fideos de arroz que habían constituido nuestra dieta principal desde la llegada a este país.

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Se trataba de una fábrica familiar que se encontraba en la parte de atrás de una casa particular y donde prácticamente todo el proceso se hacía de manera manual. Las condiciones higiénicas dejaban mucho que desear, nada de guantes o rejillas para el pelo y con las planchas de pasta de arroz secándose en un jardín lleno de gallinas. Aún así, resultó interesante ver cómo el arroz se transforma en unos sencillos pasos en unos deliciosos fideos.

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La siguiente parada fue en un vivero a la orilla del río, donde las mujeres de toda una familia se deslomaban para conseguir unos ingresos extra. El trabajo manual era incesante: colocar la tierra con abono en cada uno de los pequeños tiestos, luego introducir las semillas y encargarse de que creciesen correctamente, separando las que no eran apropiadas hasta conseguir una planta lo suficientemente grande para poder ser vendida a los agricultores. En fin, sin palabras.

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En nuestro recorrido por el río también visitamos uno de los innumerables campos de arroz que se cultivan en la región, de los que se obtiene la nada despreciable cantidad de 3 cosechas anuales. Se trata de una de las zonas más fértiles del mundo. Tras ver el cultivo de arroz nos dirigimos a una de las fábricas de arroz en las que se procesa toda la producción. No había visto tantas telarañas en mi vida, lo que no impidió que esa misma tarde me comiese un abundante plato de arroz.

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El delta del Mekong resulta interesante por la forma de vida de la gente que ha organizado su existencia en torno a este caudaloso río. Fue una visita en la que aprendimos muchas cosas. Pinchando aquí podéis ver todas las fotos de este interesante lugar.

Posted by gacela 02:18 Archived in Vietnam Tagged rios arrozales Comments (2)

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