A Travellerspoint blog

Pakse

Y unos días atrapada por el monzón

rain 25 °C
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Me despedí de Vientiane bajo la lluvia y puse rumbo a Tha Khaek, a unas 5 horas de autobús hacia el sur, con el objetivo de alquilar una moto y hacer un recorrido de varios días por una región llena de cuevas y pueblitos poco o nada turísticos. Sin embargo, mis intenciones se vieron completamente frustradas por el monzón. No exagero cuando digo que no paró de llover ni un momento durante toda mi estancia. Ya no sabía qué hacer encerrada en el albergue porque ni siquiera era posible apuntarse a alguna excursión organizada, ya que el nivel de agua en las cuevas era demasiado elevado. Eso sí, fueron unos días muy sociales, pues todos los mochileros nos pasábamos el día en el porche viendo caer el agua. Al cuarto día de lluvia seguido decidí que no tenía sentido seguir esperando al buen tiempo y continúe mi ruta hacia el sur, que me llevó hasta Pakse, la capital de la provincia más meridional de Laos.

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No puedo decir que la lluvia me abandonase en mi visita a esta zona del país (de hecho, me calé hasta los huesos nada más llegar), pero, por lo menos, me dio algún que otro respiro, que aproveché para visitar los lugares más interesantes. Desde mi llegada a Laos tenía en mente aprender a conducir una scooter semi-automática (con marchas, pero sin embrague), que son las que utiliza la mayoría de la gente en esta parte del mundo, y una de éstas fue la que alquilé para recorrer la región. Además de tener que cambiar las marchas con el pie izquierdo, lo que más me descolocó fue que el freno trasero se encontraba en el pie derecho. Al principio fue un poco raro, a lo que no ayudó la locura del tráfico y el estado de las carreteras, pero enseguida le cogí el tranquillo y me lancé a explorar.

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El primer destino fueron las increíbles ruinas de Wat Phou Champasak, un complejo religioso construido por el imperio jemer entre los siglos XI y XIII. El lugar está cubierto de una frondosa vegetación, lo que, unido a que apenas hay visitantes, hace que te sientas un poco como Indiana Jones. La entrada al complejo se hace a través de una avenida con estatuas de serpientes a modo de columnas en los lados, que te llevan hasta los 2 primeros templos, de los que sólo se conservan las paredes y unos frisos reconstruidos.

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El camino continúa colina arriba por unas escaleras de piedra que dan la sensación de llevar allí también mil años. A ambos lados de la escalinata se encuentran pequeños templos y figuras de Buda en piedra, donde la gente local hace las ofrendas habituales (incienso, arroz, fruta,...). Por su parte, en lo alto de la colina hay un templo con unos bajorrelieves preciosos y una fuente sagrada. Se supone que este agua lo cura todo, pero yo decidí que era mejor no probarla. Por otro lado, las vistas desde arriba no podían ser mejores. En todo caso, este sitio me pareció una verdadera pasada y si no hubiera sido por la lluvia, me hubiese quedado allí todo el día.

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El resto de mi exploración por los alrededores de Pakse no resultó tan productiva, pero igualmente me lo pasé bien conduciendo mi motillo de un lado a otro. Aunque todavía no he descubierto a quién se le ocurrió poner rotondas en este país, ya que no existen los cedas el paso y cada salida de la rotonda es como un cruce, en el que prevalece la ley del más fuerte. A pesar de las rotondas, llegué hasta un monasterio en lo alto de una colina, donde los monjes me miraban con cara extrañada. Los edificios y el templo no eran nada especial, pero el esfuerzo de subir cientos de escaleras fue recompensado con unas bonitas vistas. Otro día fui a visitar unas cascadas, pero una intensa niebla sólo me permitió escuchar el atronador ruido del agua cayendo desde varios metros de altura. Eso sí, el sitio tenía pinta de ser precioso.

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Esta parte menos turística de Laos me resultó muy agradable, aunque las lluvias no me permitieron disfrutarla como me hubiera gustado. Resulta casi imposible viajar durante meses evitando siempre la época de lluvias, ya que al final, el monzón te atrapa y, tengo que decir, que no es lo más apropiado para viajar. En todo caso, ya sólo me quedaba una parada en Laos, en la que visité las denominadas 1.000 islas.

Posted by gacela 04:06 Archived in Laos Tagged paisajes ruínas Comments (0)

Vientiane

La tranquila capital de Laos

storm 30 °C
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La siguiente parada en mi ruta por Laos me llevó hasta Vientiane, la capital del país. A pesar de contar con unos 1.000 años de historia, la ciudad da la sensación de haberse construido en las últimas décadas, ya que, con la excepción de un par de templos, no hay mucho más que ver. El resto de esta urbe está compuesta de edificios de un par de alturas que se extienden varios kilómetros, con el impresionante río Mekong como frontera.

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En todo caso, fueron un par de días interesantes, en los que recorrí Vientiane con Joanna. Primero hicimos ruta cultural, visitando los diferentes templos budistas de la ciudad. Después de meses y meses en países budistas, estos templos no me parecieron nada del otro mundo. Supongo que hasta Buda puede llegar a resultar cansino, aún así aquí os dejo las fotos para decidáis por vosotros mismos.

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Al día siguiente tocó un plan más histórico. Tengo que admitir que fue una mañana de lo más deprimente, ya que me levanté con la noticia del tren siniestrado en Santiago (me costó un buen rato asimilar lo que había pasado) y continuó aprendiendo sobre las desgracias de las municiones no explotadas. Creo que la visita al centro COPE en Vientiane ha sido una de las que más me ha impactado, ya que resulta difícil imaginar las consecuencias actuales de una guerra que terminó hace casi 40 años. No sé si os interesará mucho el tema, pero os lo voy a contar de todas maneras. Laos se declaró país neutral en la guerra de Vietnam, lo que no evitó que su territorio fuera utilizado por los norvietnamitas para sortear los controles y atacar a los americanos en el sur de Vietnam. Como consecuencia de ello, Estados Unidos comenzó a bombardear Laos, a pesar de no declararle la guerra en ningún momento, y paradójicamente, Laos se convirtió en el país más bombardeado del mundo, con unos 5 millones de toneladas de munición lanzadas en su territorio. De todas estas bombas, se estima que un 30% nunca llegaron a explotar y se quedaron en la tierra esperando una oportunidad para cumplir su macabra misión. De esta manera, miles de personas han muerto una vez acabado el conflicto por detonaciones posteriores y muchas más han perdido alguna extremidad, entre ellas infinidad de niños. Si esto no fuera suficiente para ponerte la carne de gallina, resulta que Laos es un país tan pobre que mucha gente se dedica a buscar metal usado para revender y, claro, los accidentes con bombas son comunes. Pero no hace falta ir buscando metal para toparse con una, pues las lluvias y la orografía del país hacen que aparezcan en campos de cultivo, debajo de casas,... básicamente, en cualquier lugar. El centro que visitamos, además de ofrecer toda esta información y un montón de testimonios que nos dejaron el corazón en un puño, se dedica principalmente a la rehabilitación de personas que han sufrido un accidente, proporcionando prótesis y apoyo de todo tipo.

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Como no todo iba a ser sufrimiento, también pasamos toda una tarde de lluvia en un restaurante/bar, que resultó ser el lugar de moda de Vientiane. El espacioso garito estaba lleno de gente, había una banda tocando música en directo y los litros de cerveza corrían por doquier. Aquí no me queda más remedio que contaros cómo se bebe la cerveza en esta parte del mundo. Las botellas son de 650ml. y siempre vienen acompañadas de un cubo rebosante de hielo. Sí, lo habéis adivinado, le ponen hielo a la cerveza y, aunque me cueste admitirlo, me acostumbré a esta extraña combinación. La verdad es que cuando hace 40 grados a la sombra, la cerveza se calienta a una velocidad asombrosa y, si no la refrescas un poco, para cuando llegas al final de tu botella estás bebiendo un caldo asqueroso. En definitiva, allá donde fueras, haz lo que vieras...

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Resumiendo, Vientiane me pareció casi un pueblo en comparación con las bulliciosas capitales del resto de países de la zona, lo cual no me importó en absoluto y en el par de días que pasé en la ciudad disfruté de su tranquilidad. Aquí me despedí de Joanna después de unos divertidos días de turisteo juntas. Volveríamos a coincidir en Camboya, pero esa es otra historia.

Posted by gacela 03:10 Archived in Laos Tagged rios templos ciudades Comments (0)

Vang Vieng

Increíbles paisajes en el centro de Laos

storm 30 °C
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A punto estuve de saltarme Vang Vieng en mi ruta por el centro de Laos, ya que su fama como centro fiestero me echaba un poco para atrás. Este pequeño pueblo se convirtió en los últimos años en lugar de encuentro de algunos de los mochileros más descerebrados del sudeste asiático, que venían aquí a drogarse y emborracharse mientras se lanzaban Mekong abajo en unos flotadores. Este río no es precisamente el Manzanares, así que la tragedia no tardó en llegar y, unas cuantas muertes después, el gobierno decidió poner freno a semejante locura. Afortunadamente, ahora el pueblo está mucho más tranquilo, de hecho, sobran plazas hoteleras y restaurantes. Sin embargo, el impresionante paisaje de los alrededores sigue siendo el mismo.

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Aquí coincidí por enésima vez con Joanna, una mochilera inglesa, y juntas nos fuimos a explorar las cuevas de la zona en bicicleta de montaña. Aunque las cuevas no me parecieron nada del otro mundo, el camino hasta ellas me dejó sin aliento (y no por el esfuerzo de pedalear por caminos de piedras). Campos de arroz rodeados de rocas kársticas, poblados donde los niños se bañaban despreocupados en los canales y gente que sonreía a nuestro paso.

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Además, también nos cruzamos con unos riachuelos y pozas de un color azul turquesa increíbles. Y para colmo de suerte, el chaparrón del día cayó justo cuando habíamos parado a comer. En definitiva, pasamos un día perfecto recorriendo lentamente esta zona rural del país.

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Al final me alegré mucho de haberme detenido en Vang Vieng e incluso me hubiese quedado un par de días más si no hubiese empezado a llover como si se acabara el mundo.

Posted by gacela 10:03 Archived in Laos Tagged rios cuevas paisajes Comments (0)

Llegada a Laos y Luang Prabang

semi-overcast 30 °C
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Después de 2 semanas en Tailandia, puse rumbo a un nuevo país con ganas de descubrir con mis propios ojos las maravillas que me habían contado sobre Laos. La llegada al país me pareció un poco caótica, ya que el sistema de visados en la frontera contenía elementos propios de una novela kafkiana. Al desembarcar en la orilla correspondiente del río Mekong, que es la frontera natural entre Tailandia y Laos, había que acercarse hasta unas oficinas para tramitar los papeles. El sitio estaba abarrotado de turistas y nadie parecía ser capaz de informar sobre los pasos que había que llevar a cabo. Tras esperar varios minutos en lo que luego resultó ser la fila equivocada, descubrí que primero tenía que pedir un formulario, rellenarlo y luego ponerme a la cola apropiada para entregarlo, junto con el pasaporte y una foto. Después había que esperar pacientemente entre el tumulto de filas a que te llamasen, entonces pagabas la cantidad correspondiente (que era distinta según la nacionalidad y la moneda con la que pagases) y te entregaban el pasaporte ya con el visado. Por si pensabas que no habías perdido suficiente tiempo en la oficina de inmigración, al salir había un puesto de policía en el que te revisaban el pasaporte para asegurarse de que todo estuviese en regla.

Una vez terminados todos los trámites, puse rumbo al embarcadero para comprar mi billete en un barco que surcaría el Mekong durante 2 días hasta llegar a Luang Prabang. Lo que a primera vista parecía una excelente idea: un paseo escénico por uno de los ríos más impresionantes del mundo, en realidad se trató de un trayecto infinito en uno de los asientos más incómodos que recuerdo. El barco había sido adaptado para los turistas, añadiendo asientos de furgoneta a tutiplén, que ni siquiera estaban anclados en el suelo. Además, vendieron más billetes que asientos, así que hubo gente a la que le tocó sentarse junto a las ruidosas máquinas del barco. En todo caso, a las 3 horas ya había visto y disfrutado del precioso paisaje y me sobraron las 12 horas restantes (incluida la parada a dormir en un pueblo a mitad de camino).

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Para colmo, el barco no nos dejó en el embarcadero de Luang Prabang sino en mitad del río a unos 8 kilómetros de la ciudad, con lo que había que pagar al monopolio de taxis para que te llevase hasta el centro. En definitiva, no me hubiese importado nada haberme perdido esta experiencia surcando el Mekong. Eso sí, Luang Prabang es una ciudad digna de visitar, no en vano es Patrimonio de la Humanidad. Fundada en torno al año 700 d.C., ha sido la capital de diversos reinos a lo largo de la historia y el hogar de los últimos reyes laosianos en la época de colonización francesa. Por este motivo cuenta con innumerables templos budistas (prácticamente uno en cada esquina).

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Se trata del lugar más turístico de todo Laos y no es extraño cruzarse con más extranjeros en las bien cuidadas calles del centro que con gente local. De hecho, la arquitectura colonial, ahora conservada en restaurantes y hoteles de lujo, y la ausencia de tráfico me dieron la sensación de estar en algún otro país. Sin duda, se trata de una ciudad preciosa, pero me pareció completamente de mentira, un parque temático para el disfrute de los turistas que nada tiene que ver con el resto del país.

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De las numerosas excursiones que se ofrecen a los guiris (mi idea inicial era alquilar una moto y hacer algo por mi cuenta, pero los precios me parecieron abusivos), opté por ir a las cascadas de Kuang Si. El parque está sorprendentemente bien organizado, con senderos y pasarelas de madera para recorrer las diferentes caídas de agua y hasta un centro de rescate de osos, que me encantó y en el que me pasé casi una hora viendo a estos increíbles animales pasearse de un lado a otro o simplemente echarse la siesta en unas hamacas chulísimas.

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Por su parte, las cascadas, aunque no tenían una gran caída, me resultaron impresionantes por el color de agua (a las fotos me remito). Por otro lado, en la mayoría de las pozas estaba permitido el baño, aunque los 35 grados de temperatura no fueron suficientes para hacer que me metiera en las aguas heladas.

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Y así transcurrieron mis días en Luang Prabang, en los que también aproveché para comer mucho y muy rico (barbacoa laosiana, entre otras cosas), echar un vistazo al inmenso mercadillo nocturno (bueno, en realidad no me quedó más remedio que atravesarlo en mi camino hacia un restaurante) y reencontrarme con gente a la que había conocido en Tailandia. Lo que no hice fue ir a la famosa ceremonia de entrega de limosnas, ya que me avisaron que había demasiados turistas haciendo fotos en la misma cara de los monjes, mientras estos hacían su ruta recogiendo arroz y plátanos de los fieles (tengo que reconocer que el hecho de que fuera a las 5 y media de la mañana también ayudó a tomar la decisión).

Posted by gacela 11:19 Archived in Laos Tagged rios paisajes cascadas Comments (0)

Chiang Rai

La región más septentrional de Tailandia

overcast 27 °C
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Chiang Rai es tanto el nombre de la provincia situada más al norte de Tailandia, en la frontera con Laos y Myanmar, como la capital de dicha provincia y hasta aquí llegué en mi ruta por el norte del país. Por fin logré alejarme de las hordas de turistas que me habían acompañado en el resto de mi viaje por Tailandia, ya que Chiang Rai no recibe a tantos visitantes y los que vienen suelen estar de paso. Para completar mi buena suerte, me alojé en uno de los mejores albergues en los que he estado nunca. No sólo el edificio era completamente nuevo, con todas las comodidades imaginables (modernas duchas con agua hirviendo, colchones de verdad y sala de televisión), sino que los trabajadores eran realmente encantadores. Hasta tal punto se preocupaban de los clientes, que un día me prestaron un chubasquero para mis aventuras moteras y otro día me encontré a una de las recepcionistas en un café de la ciudad y no dudó en sentarse conmigo a charlar un rato, además de negarse en redondo a que yo pagase nuestras consumiciones. En definitiva, una verdadera maravilla de estancia.

No puedo decir que Chiang Rai sea una ciudad espectacular, pero me pareció un lugar ideal para hacerse una idea de cómo es la vida en una ciudad tailandesa. O bueno, por lo menos, en una ciudad que no vive para y por los turistas. Como todas las ciudades del país, tiene su colección de templos budistas, algunos más interesantes que otros. En uno de los monasterios, rodeado de un verde jardín, se puede visitar un museo con figuras de todo tipo y también hay un Buda de jade, que es una copia del original que se encuentra en la actualidad en Bangkok.

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Sin embargo, el lugar que más me gustó de la ciudad fue el museo de las tribus de las montañas. En un pequeño local han logrado sintetizar la información más relevante de cada una de las tribus que habitan en esta zona de Tailandia. Aquí aprendí el uso comercial que se hace de muchas de estas etnias, algo así como el equivalente a vestir de sevillanas a todas las habitantes de un pueblo andaluz cualquiera con el objetivo de llevar a los guiris y que compren más souvenirs. Porque en realidad Tailandia está muy occidentalizado y la gente viste la misma ropa que nosotros, incluso en los pueblos, y sólo usan sus trajes tradicionales en ocasiones especiales.

Además, existen casos realmente espeluznantes como la historia de la tribu karen-padaung, más conocida como la de las mujeres jirafa por los anillos que colocan en sus cuellos para estirarlos hasta límites imposibles. Resulta que esta etnia proviene de Myanmar, de donde tuvieron que huir por un conflicto armado, por lo que en la actualidad no son otra cosa que refugiados. Sin embargo, alguien vio una oportunidad de negocio en su tragedia y se llevó a los karen a unos pueblos que construyeron para ellos. Desde entonces viven en un régimen de semi-esclavitud, en el que el dueño del pueblo les da alojamiento y 100$ al mes a las mujeres para que se dejen hacer fotos y vendan souvenirs. A los hombres y las mujeres de la tribu que no llevan anillos (y, por tanto, no son de interés para los turistas) no les toca más que lo suficiente para comprar arroz. Por tanto, existe un incentivo perverso para que las niñas empiecen a llevar anillos alrededor del cuello en cuanto tienen la edad suficiente, sin seguir en absoluto la tradición original según la cual sólo las niñas nacidas en determinada fase lunar podían llevar esta carga en sus cuellos. Estos refugiados no parecen tener muchas más opciones, pues no tienen estatus legal en Tailandia y, además, una vez que se colocan los anillos, ya no pueden integrarse en la sociedad ni siquiera de manera ilegal. En definitiva, unos listos sin escrúpulos han hecho un zoo humano con la miseria de un grupo étnico que tuvo que huir de su país y, lo peor, es que encima lo venden como una experiencia cultural tailandesa. Sin palabras.

Después de visitar los lugares más representativos de la ciudad, incluido un divertido mercado callejero nocturno en el que lo mismo podías comprar unas bragas que comerte un centollo, darte un masaje o bailar al ritmo de una extraña banda de música, alquilé una moto y me dispuse a conocer la provincia. El primer día lo cogí con ganas y me hice nada más y nada menos que 200 kilómetros (que puede parecer poco para nuestros estándares, pero os aseguro que en scooter y con lluvia es una barbaridad). La primera parada en esta súper-ruta fue en una residencia real en lo alto de una montaña. El complejo estaba muy bien montado, pero como había que pagar decidí que mejor dedicaba mis esfuerzos a otras cosas, como, por ejemplo, observar la venta ambulante de cerdo en ciclomotor (¿quién puede resistirse a una cabeza porcina recién sacada de la cesta?) o subir hasta lo alto de un templo en mitad de la nada, cuyo camino prometía mucho más de lo que luego había allí arriba.

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Pero lo mejor del día estaba por llegar. Desoyendo algunas recomendaciones (de vez en cuando merece la pena lanzarse a la aventura), me metí por una carretera secundaria desierta en la misma frontera entre Myanmar y Tailandia, desde donde disfruté de unas vistas impresionantes. A un lado, las infinitas colinas verdes birmanas y, al otro, en la zona tailandesa, rocas kársticas sobresaliendo entre las nubes que me rodeaban. Me hubiese gustado que esa carretera no se hubiese acabado nunca.

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Además, me dio la oportunidad de interactuar con los soldados tailandeses que vigilaban esta porosa frontera (supose que el alambre de espino de la foto demarcaba el lugar exacto entre un país y otro). En todo caso, me pararon en 2 puestos de control para preguntarme por mi destino, mientras podía ver en sus caras el asombro de verme por allí. También comprobaron mi pasaporte (bueno, la fotocopia porque el original lo tenía la tienda de motos) y con una sonrisa me abrieron las barreras.

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Tras llegar hasta el puesto fronterizo oficial entre los dos países, que, por cierto, estaba a rebosar de gente, me dirigí al denominado triángulo de oro. Se trata de un punto en el río Mekong en el que confluyen 3 países: Myanmar, Tailandia y Laos. En su época, este sitio tuvo una importancia capital en el tráfico ilegal de opio, pero en la actualidad sólo se trafica con turistas, aunque en realidad no hay mucho que ver, aparte del inmenso río. Mi intención era visitar también una antigua ciudad amurallada, pero se me estaba empezando a ir la luz (no me gusta nada conducir de noche por estos países) y tenía todavía un largo camino de vuelta.

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El paseo motero del día siguiente fue mucho más relajado, ya que no me alejé mucho de la ciudad. Primero me acerqué hasta el llamado templo blanco, un extraño complejo moderno muy diferente de todos los templos budistas que había visitado hasta el momento. Un sitio cuando menos curioso, con algunas esculturas realmente espeluznantes y más turistas que fieles.

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Por último, me adentré con el ciclomotor en un parque natural. De nuevo disfruté con la conducción por una pequeña y tranquila carretera rodeada de vegetación exuberante. Una vez en el parque, tuve que dejar las 2 ruedas y caminar por un sendero en mitad de la selva para llegar hasta la cascada de la foto.

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De esta manera concluyeron mis aventuras no sólo en Chiang Rai sino en Tailandia, ya que al día siguiente puse rumbo a un nuevo país. Las 2 semanas que utilicé para visitar el norte de Tailandia me supieron a poco, pero mi viaje estaba en sus últimas semanas y quería aprovechar para conocer también otros países de la zona. Laos era mi siguiente destino.

Posted by gacela 04:45 Archived in Thailand Tagged rios templos paisajes Comments (3)

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