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Chiang Mai

Vuelta a Tailandia

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Después de unas increíbles 4 semanas en Myanmar, llegó el momento de visitar uno de los países más turísticos, a la vez que más desarrollados, de todo el Sudeste Asiático: Tailandia. Las diferencias entre un país y otro son tan abismales que, a pesar de ser vecinos y de que el vuelo apenas duró una hora, me pareció haberme trasladado a otra galaxia. Salí del aeropuerto y la perfecta calle asfaltada estaba llena de coches, había 2 o 3 carriles en cada sentido y la persona que me indicó que el tren que quería coger estaba lleno, hablaba inglés mejor que yo. Supongo que todo es cuestión de perspectiva, ya que la primera vez que visité Bangkok, hace ya más de 7 años, me pareció la ciudad más caótica en la que había estado nunca y ahora no puedo más que sentir que es uno de los lugares más civilizados del mundo (o, por lo menos, de esta parte del mundo). En todo caso, no pasé más que unas horas en Bangkok, ya que esa misma noche cogí un estupendo autobús nocturno a Chiang Mai, la ciudad más importante del norte del país.

El choque cultural continuó a mi llegada a Chiang Mai, ya que mientras esperaba a que me asignaran una habitación en el albergue y a reencontrarme con Kate (la mochilera inglesa con la que había viajado semanas atrás), pude apreciar cuán diferente es el turismo en este país. Para empezar, en ese par de horas de espera, vi más extranjeros que en todo un mes en Myanmar. Además, la mayoría eran veinteañeros en busca de fiesta, un grupo en el que no me encuentro especialmente integrada. Para terminar, el código de vestimenta no podría ser más diferente. En Tailandia no eres nadie si no vas con mini-pantalones y escotadas camisetas de tirantes y yo acababa de pasar más de 4 meses en países donde enseñar un hombro o una rodilla es considerado poco decoroso, no había visto tanta carne en meses. Eso sí, para visitar los numerosos templos budistas de la ciudad hay que taparse un poco.

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Chiang Mai fue la capital del reino de Lanna allá por el año 1.300 y en esa época se construyó la ciudad amurallada que en la actualidad constituye el centro histórico y donde se encuentran la mayoría de templos. Hay templos de diferentes estilos (en madera de teca, con dragones decorativos y estupas doradas,...), pero lo que más me impresionaron fueron las estatuas extremadamente realistas de maestros budistas. De hecho, la primera vez que las vi, me pareció que estaba frente a un grupo de monjes de verdad.

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A pesar de los cientos de templos parecidos que he visto durante mi viaje, desafié al agobiante calor y también visité los más importantes de Chiang Mai. Aquí resulta sencillo entablar conversación con monjes y novicios (muchos están deseando practicar su inglés), que destacan con sus coloridas túnicas naranja fosforito.

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La ciudad es famosa, entre otras cosas, por su excelente gastronomía, así que no desaproveché la oportunidad de hacer un curso de cocina. Nos pasamos todo el día aprendiendo sobre los ingredientes y la forma de cocinar tailandesa, primero visitando el mercado de la ciudad y luego poniéndonos manos a la obra. Hay que ver lo sencillo que resulta cocinar cuando te dan todas las instrucciones y tienes a alguien que te va guiando. Los distintos platos quedaron deliciosos y no recuerdo haber comido tanto en muchísimo tiempo.

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Otro día decidí alejarme de las hordas de turistas y explorar los alrededores de la ciudad, para lo que alquilé un scooter y tiré millas. A pesar de las buenas carreteras, salir de Chiang Mai resultó un poco estresante porque había un intenso tráfico. Sin embargo, en el momento en el que dejé a un lado la carretera principal, comencé a disfrutar de unas vistas increíbles subiendo y bajando por las verdes colinas de la región. Por el camino, hice una parada en un parque natural junto a un río, en el que las pequeñas caídas de agua hacían las delicias de las personas que estaban allí disfrutando de una mañana de picnic.

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De vuelta a Chiang Mai, aproveché las dos ruedas para visitar el templo más famoso de la ciudad, Wat Phrathat Doi Suthep. Localizado en lo alto de una colina, el camino ofrece una panorámica inmejorable de la ciudad, aunque resulta necesario conducir con cuidado por las continuas curvas y las numerosas furgonetas que llevan a los turistas hasta allí. Con tanto cuidado iba yo en mi pequeño ciclomotor que hasta una bicicleta me adelantó a toda velocidad en la bajada (triste, pero cierto).

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Este templo construido en el 1.383 no me pareció nada especial. Cuenta con la típica estupa dorada de los templos budistas, un mural mostrando las enseñanzas de Buda y muchas cajas para donativos. Lo mejor es que puedes decidir a qué se va a dedicar el dinero que das, basta con poner la pasta en el cajetín adecuado. Aunque, por lo que parece, algunas buenas acciones son sólo para tailandeses porque no existe traducción al inglés.

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Y así terminé mi visita a Chiang Mai, una interesante ciudad, aunque demasiado turística para mi gusto. La siguiente parada sería en un pueblito mucho más tranquilo en mitad de las montañas.

Posted by gacela 05:13 Archived in Thailand Tagged templos paisajes

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