A Travellerspoint blog

January 2013

Ciudad de Ho Chi Minh

Más conocida como Saigón

overcast 30 °C
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Saigón cambió su nombre por el del líder del movimiento comunista vietnamita tras la unificación del país o su liberación, como le gusta definirlo al régimen, al que sólo le falta añadir "de las garras de los imperialistas americanos". En todo caso, la mayoría de los vietnamitas sigue llamando Saigón a la capital económica del país. Y aquí fue donde pasamos los últimos días del viaje de Elena y Juanfran, que después de 2 intensas semanas tenían que regresar a España.

En esta ciudad se une lo antiguo con lo moderno, con amplias avenidas de inspiración francesa, no en vano fue la capital durante la época de colonización de Indochina, conviviendo con templos budistas, callejones estrechos y puestos callejeros. El tráfico es tan caótico como en el resto de las ciudades de Vietnam, aunque las aceras son más anchas que en Hanoi y resulta más fácil caminar de un lado a otro. Además, en el centro hay empleados del ayuntamiento que te echan una mano para cruzar la calle (es decir, hacen literalmente de escudos humanos).

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Además de los edificios coloniales, incluida la catedral de Notre Dam, destacan unos enormes rascacielos, que se divisan desde cualquier punto del centro, y los animados mercados, que funcionan tanto de día como de noche y donde se puede encontrar casi de todo (y todo falso). Por el día el interior del mercado ofrece desde frutas y verduras hasta ropa interior, pasando por souvenirs y, por supuesto, puestos de comida, mientras que la acción se traslada a la calle durante la noche.

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Una mañana aprovechamos para visitar los túneles de Cu Chi en un tour organizado. Estos túneles fueron la principal base de los comunistas en el sur durante la guerra de Vietnam. Los guerrilleros excavaron cientos de kilómetros de túneles en esta zona boscosa, desde los que atacar al enemigo, que por mucho que intentó destruirlos nunca lo logró. Utilizaron todas las técnicas posibles, incluido agente naranja, un químico que dejó enormes secuelas en la población local. Ahora el sitio se ha transformado en una especie de parque de atracciones, donde te muestran las diferentes trampas que se utilizaron, la forma de vida de estos antiguos campesinos (todos muy felices en el video propagandístico) y hasta puedes, por un módico precio, hacer pruebas de tiro con armamento de la época.

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Si tu claustrofobia te lo permite, también tienes la opción de probar alguno de los túneles que han sido acondicionados para los turistas. De esta manera, han sido ampliados (¡cualquiera lo diría!) para que quepamos y se han asegurado de que no se nos caerían en la cabeza. En todo caso, sólo se puede avanzar en cuclillas o a gatas y la humedad es tan brutal que en pocos minutos tienes la camiseta empapada en sudor. Estando allí dentro te preguntas cómo podían luchar en esas condiciones y encima ganar.

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Por otro lado, Saigón cuenta con una animada vida nocturna, que aprovechamos para despedirnos cenando en uno de los restaurantes de moda de la ciudad. Habíamos pasado juntos 2 semanas viajando sin parar y, después de tantas semanas deambulando sola por el mundo, agradecí tener una compañía tan divertida. No sé ellos, yo, desde luego, me lo pasé genial (a pesar de las prisas y los autobuses nocturnos).

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Así, con mucha pena, les dije adiós a mis compañeros de viaje y proseguí las aventuras por mi cuenta a partir de ese momento. Mi siguiente destino me llevaría hasta Dalat, una agradable ciudad en las montañas.

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Delta del Mekong

storm 30 °C
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La siguiente parada en nuestra ruta por tierras vietnamitas nos llevó hasta el famoso delta del río Mekong, donde pasamos un par de días alucinando con la forma de vida de los habitantes de esta húmeda región del país. Tras una larga mañana de transportes diversos, pues amanecimos en Hoi An, a más de 1.000 kilómetros de distancia, llegamos a la principal ciudad de la zona, Can Tho. Allí nos esperaba nuestro guía Han, que subió a Juanfran a su moto y apañó un minibus para que nos llevase a Elena y a mí hasta el pueblo donde pasaríamos la noche. Sin embargo, no comenzamos demasiado bien nuestras andanzas por el delta, pues el autobús nos dejó en el sitio equivocado y no teníamos ni idea de dónde se suponía que teníamos que ir. No obstante, fuimos la atracción del día en nuestra espera en mitad de la carretera con todas las mochilas e hicimos varios amigos, que se ofrecieron a echarnos una mano y a darnos cobijo cuando empezó a llover. Ya nos veíamos pidiendo también alojamiento, cuando, por fin, nos encontraron y logramos llegar hasta la casa rural.

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Esa misma tarde cogimos unas bicis y recorrimos el pequeño pueblo a base de pedal, mientras los niños con los que nos cruzamos nos saludaban efusivamente. Así, recorrimos las estrechas calles asfaltadas (cabían un par de motos como mucho) que discurrían paralelas al río con casas bajas y pequeños comercios a ambos lados. Los frecuentes afluentes del río se salvaban con puentes de diferentes calidades, algunos eran de hormigón, mientras que otros estaban construidos en madera y daban un poco de miedo. En todo caso, pudimos comprobar cómo la vida discurre lentamente con el río como referencia principal. En sus aguas se lava la gente y su ropa, y allí tiran toda su basura, una visión bastante sorprendente teniendo en cuenta su dependencia del río.

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A la mañana siguiente, a primera hora ya estábamos instalados en el pequeño bote que nos llevaría a explorar el Mekong. Tras pasar por zonas verdísimas que parecían deshabitadas y otras llenas de casas en la misma orilla, llegamos a la primera parada del día: el mercado flotante del delta.

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El concepto es sencillo, los barcos se colocan en mitad del río con su mercancía, que publicitan insertando una muestra de las frutas y verduras que venden en un inmenso mástil. Así, los compradores saben a qué barcos dirigirse. Además, los vendedores se suelen agrupar por tipo de mercancía y, de esta manera, los barcos con patatas están en una zona del río, los que venden coles en otra y así con los diferentes productos, que traen desde las plantaciones situadas a lo largo del río. En muchos casos, eso implica varios días de viaje por el Mekong y por este motivo, las familias suelen vivir en los barcos. Por otro lado, los compradores se acercan en barcas mucho más pequeñas.

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Nosotros también hicimos una pequeña incursión en el mundo de las compras del delta y adquirimos unas deliciosas piñas, que nos pelaron y cortaron allí mismo, de tal modo que nos quedaron como si fueran unos enormes chupa-chups naturales. El mercado flotante nos resultó muy curioso, aunque esperábamos un poco más de movimiento.

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Después de las compras, nos dirigimos a tierra firme o eso creíamos porque las calles estaban completamente inundadas y nos tuvimos que remangar los pantalones para llegar hasta la fábrica de fideos a la que nos dirigíamos. Por fin íbamos a descubrir cómo se hacían los fideos de arroz que habían constituido nuestra dieta principal desde la llegada a este país.

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Se trataba de una fábrica familiar que se encontraba en la parte de atrás de una casa particular y donde prácticamente todo el proceso se hacía de manera manual. Las condiciones higiénicas dejaban mucho que desear, nada de guantes o rejillas para el pelo y con las planchas de pasta de arroz secándose en un jardín lleno de gallinas. Aún así, resultó interesante ver cómo el arroz se transforma en unos sencillos pasos en unos deliciosos fideos.

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La siguiente parada fue en un vivero a la orilla del río, donde las mujeres de toda una familia se deslomaban para conseguir unos ingresos extra. El trabajo manual era incesante: colocar la tierra con abono en cada uno de los pequeños tiestos, luego introducir las semillas y encargarse de que creciesen correctamente, separando las que no eran apropiadas hasta conseguir una planta lo suficientemente grande para poder ser vendida a los agricultores. En fin, sin palabras.

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En nuestro recorrido por el río también visitamos uno de los innumerables campos de arroz que se cultivan en la región, de los que se obtiene la nada despreciable cantidad de 3 cosechas anuales. Se trata de una de las zonas más fértiles del mundo. Tras ver el cultivo de arroz nos dirigimos a una de las fábricas de arroz en las que se procesa toda la producción. No había visto tantas telarañas en mi vida, lo que no impidió que esa misma tarde me comiese un abundante plato de arroz.

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El delta del Mekong resulta interesante por la forma de vida de la gente que ha organizado su existencia en torno a este caudaloso río. Fue una visita en la que aprendimos muchas cosas. Pinchando aquí podéis ver todas las fotos de este interesante lugar.

Posted by gacela 02:18 Archived in Vietnam Tagged rios arrozales Comments (2)

Hoi An y alrededores

El corazón turístico de Vietnam

sunny 33 °C
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Hoi An se trata de la ciudad más turística de todo Vietnam. Esta ciudad patrimonio de la humanidad se ha volcado con los visitantes, tanto extranjeros como nacionales, y, así, cada uno de los restaurados edificios del centro se ha convertido en una tienda de souvenirs, un restaurante o un hotel. Y los turistas han acudido a la llamada, llenando las calles de tal manera que a ratos me dio la impresión de estar paseando en alguna calle de Europa en lugar de en mitad de Asia.

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Caminar por esta parte de la ciudad resulta muy agradable, pues las calles están cerradas al tráfico rodado y el paseo junto al río evoca otros tiempos (la ciudad fue un importante centro comercial entre el siglo XV y el XIX). Además, por la noche todo se ilumina con farolillos, lo que le proporciona un ambiente acogedor, en el que los puestos ambulantes luchan por conseguir la atención de los turistas. Sin embargo, la sensación general es de estar en un parque temático, que nada tiene que ver con la cultura vietnamita tradicional.

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Por otro lado, la ciudad es famosa por sus sastres, que son capaces de copiar cualquier modelo de traje y, tras elegir las telas, tenerlo listo en apenas 24 horas. Lo difícil en este caso es elegir el lugar donde hacerte la ropa, ya que prácticamente hay un sastre en cada esquina. No le vi mucha utilidad a un traje a medida en mi vida de exploradora mochilera, pero Juanfran sí que aprovechó la ocasión y se hizo una camisa chulísima.

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Otro de nuestros días en la ciudad aprovechamos para hacer algo un tanto diferente y, de esta manera, formamos parte de un tour muy especial, donde el señor Phong nos llevó a su casa en un pueblo cercano, en el que paseamos y conocimos de primera mano la forma de vida de los vietnamitas. Pasamos un día realmente interesante, visitando la escuela local, el mercado, los campos de arroz y los templos que cada familia tenía en las afueras de este pueblo de carreteras sin asfaltar, donde las calles no tienen nombre porque se conocen todos los vecinos.

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Aquí descubrimos cómo la mayoría de las casas contaban con una habitación dedicada a taller, ya fuese para enrollar puros, arreglar las redes para pescar o hacer canastas de mimbre. Y todas sin excepción tenían un altar donde venerar a los antepasados. Tradición que los comunistas no pudieron (o no quisieron) abolir, por lo que pasaron a considerarla una herencia cultural y no una religión. Por otro lado, la comunidad todavía constituye una parte muy importante de la vida rural en Vietnam, como pudimos observar en este alambique comunal para elaborar licor de arroz, en el que todos los vecinos colaboraban y luego se llevaban su parte de este fortísimo brebaje.

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Antes de degustar una excelente comida casera, el señor Phong nos explicó sus experiencias en la guerra y durante los años posteriores a la contienda. Pocos conflictos están tan presentes en la memoria colectiva como la guerra de Vietnam, sin duda como consecuencia de las innumerables películas americanas sobre el tema. Sin embargo, pocas veces se ha dado voz a la versión de los vietnamitas y, por lo menos, mi conocimiento real sobre el conflicto era muy limitado antes de visitar el país. En otro post os contaré en más detalle la historia, pero estaba claro que la división del país en Vietnam del Norte y Vietnam del Sur decretada por las potencias mundiales durante la guerra fría no podía traer nada bueno. Y los pobres a los que les tocó luchar con el sur capitalista (y, por tanto, con los americanos que luego les dejaron tirados a su suerte), como fue el caso de Phong, tuvieron que pasar por campos de re-educación y no volvieron a tener la opción de conseguir un trabajo digno.

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En todo caso, pasar el día en el pueblo y charlando con este ilustrado vietnamita me pareció una experiencia muy enriquecedora. Al día siguiente, para continuar con nuestra educación cultural, alquilamos unas motos y visitamos las ruinas del reino Champa. El complejo de My Son, declarado patrimonio de la humanidad, se encuentra a unos 40 kilómetros de Hoi An. Los restos arqueológicos de este santuario hinduista de ladrillo rojo son típicos del reinado champa, que dominó la zona del siglo IV al XII y cuyas influencias indias e indonesias resultan indiscutibles.

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Por desgracia, la mayoría de los templos, tumbas y demás edificaciones del recinto se encuentran bastante derruidas y hay que ponerle mucha imaginación para sentir el esplendor que debieron tener en su tiempo. Así, casi nos gustó más el recorrido por carreteras secundarias que nos llevó hasta allí y en el que cruzamos pequeños pueblos e infinidad de tierras de labranza y donde la gente mostraba genuina curiosidad por nuestros.

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Para culminar el día motero (menuza paliza nos dimos con la scooter), fuimos a ver las denominadas montañas de mármol, que se elevan imponentes en mitad de un llano. La base de la montaña estaba llena de tiendas de recuerdos, como no podía ser de otra manera hechos en mármol, y hasta había un ascensor para subir, lo cual nos decepcionó un poco. Sin embargo, después el lugar nos sorprendió gratamente, ya que la montaña estaba salpicada de templos. Había pagodas por todas partes, incluso dentro de las numerosas cuevas que aparecían aquí y allá.

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Además, desde lo alto de la montaña había unas vistas preciosas de la costa, la llamada playa de China que los americanos utilizaron como lugar de descanso de sus tropas. Tras la visita a la montaña, hicimos un alto en esta kilométrica playa, que poco a poco se está convirtiendo en destino turístico y que en su tramo más cercano a Hoi An ya está llena de hoteles y resorts.

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Nuestra despedida de Hoi An estuvo llena de sabor, ya que para la última noche contratamos un curso de cocina en uno de los restaurantes de la ciudad. Los 3 nos dedicamos a cortar, pelar y poner atención a la profesora/cocinera, mientras bebíamos jarra tras jarra de cerveza (a 12 céntimos de euro, era más barata que el agua). Así, no sé muy bien cómo pudimos ayudar a cocinar los platos, pero nos supieron a gloria...

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En resumen, Hoi An tiene mucho que ofrecer porque no sólo la ciudad tiene un bonito centro histórico, sino que los alrededores son dignos de visitar. De esta manera, nosotros pasamos unos días muy entretenidos, haciendo un poco de todo antes de poner rumbo al sur del país. El delta del Mekong era nuestro siguiente destino.

Posted by gacela 07:55 Archived in Vietnam Tagged montañas templos ruínas Comments (0)

Hue

Impresionante ciudadela

sunny 35 °C
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Nuestra visita a Hue fue realmente exprés, pues llegamos a la ciudad a las 7 de la mañana y nos marchamos a eso de la 1 de la tarde. Eso sí, a pesar del sueño y el cansancio después de haber pasado la noche en un autobús, la visita a la ciudadela de Hue mereció todos los esfuerzos y logró que abriéramos la boca no sólo para bostezar. Este lugar patrimonio de la humanidad se encuentra junto al río del Perfume y su construcción comenzó a principios del siglo XIX para albergar a los emperadores de la dinastía Nguyen.

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La ciudadela se construyó siguiendo los mismos principios que la ciudad prohibida de Pekín y, de esta manera, el inmenso recinto está compuesto por residencias imperiales, templos, murallas y fosos. La impresionante entrada principal estaba llena de turistas, pero una vez nos adentramos en las zonas menos restauradas, éstos desaparecieron casi por completo y pudimos disfrutar de los edificios a nuestras anchas. Antes de eso, descubrimos una habitación del trono en la que se podían alquilar disfraces y hacerse fotos simulando ser el emperador en plena audiencia real. Todo un éxito con los turistas vietnamitas.

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Como es habitual en Vietnam, las opciones para recorrer la ciudadela eran muy variadas para satisfacer las necesidades y los bolsillos de todos los turistas, elefante incluido. Después de un par de horas de caminata en el asfixiante calor de Hue incluso miramos con envidia esta calesa, aunque pensamos que ese caballo enano no sería capaz de cargar con nosotros.

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Así, seguimos nuestra exploración a pie y descubrimos casas medio derruidas, otras recién restauradas que estaban vacías por dentro y un montón de puertas con intrincadas decoraciones. Todo ello en un amplio espacio, con lagos de diferentes tamaños y mucho verde, a veces algo salvaje.

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También aprovechamos para entrar en algunos de los templos que salpican el recinto. La mayoría de ellos eran pequeños, pero tenían unos interesantes interiores, recubiertos en madera. Eso sí, no parecía haber nadie que hubiese ido hasta allí para rezar.

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En definitiva, pasamos 6 horas muy intensas en Hue, que aprovechamos en su totalidad para visitar la impresionante ciudadela que ha puesto en el mapa a esta ciudad en pleno centro de Vietnam.

Posted by gacela 08:56 Archived in Vietnam Tagged templos ciudadelas Comments (0)

Ninh Binh

overcast 35 °C
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Después de una semana en Vietnam, nos alejamos de las multitudes visitando la fascinante región de Ninh Binh. Aunque sólo estuvimos aquí un día (las exigencias de unas vacaciones de 15 días), nos encantó recorrer la zona con las motos que alquilamos. Una vez que salimos del mogollón de la ciudad, que, por otro lado, no tenía nada de interés, las carreteras estaban prácticamente vacías y fue una gozada conducir entre las rocas kársticas que constituyen el paisaje de esta región en nuestro camino a las diferentes atracciones.

La primera parada en nuestro recorrido del día fue en un pequeño templo en mitad de ninguna parte. Para nuestra sorpresa, las puertas del recinto estaban cerradas y ya estábamos pensando en darnos la vuelta, cuando se nos ocurrió llamar. Al poco rato apareció una viejecita enjuta, que parecía ser centenaria y que por señas no indicó que pasásemos y nos enseñó el lugar.

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Después nos dirigimos a Trang An, un autodenominado eco-parque natural, donde alquilas una barca con remera que te da un paseo por el río durante un par de horas. El sitio estaba lleno de turistas vietnamitas y, en algunas ocasiones, las barcas tenían que ir en fila india. Aún así, el paisaje era realmente espectacular. Las formaciones rocosas a los lados del río nos recordaron a las de la bahía de Ha Long.

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Además, cada dos por tres el río continuaba a través de las rocas y allí nos metíamos en unas cavernas diminutas, en las que teníamos que agacharnos para no darnos con la cabeza en el techo y donde la barca apenas cabía. La pericia de nuestra remera para navegar por allí nos dejó alucinados.

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En pocas palabras, Trang An nos encantó, a pesar de casi morir achicharrados, ya que se nos olvidó llevar el complemento más importante de cualquier viaje en barca: un paraguas para protegernos del sol. Fueron 2 horas deslizándonos lentamente por el río y disfrutando de cada nuevo paisaje que iba apareciendo ante nuestros ojos. Hasta vimos algún remero utilizando los pies en lugar de las manos para remar, ¡todo un espectáculo!

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Nuestro siguiente destino fue en uno de los complejos budistas más grandes de la región (y, claro, el mayor de Vietnam) de nombre Bai Dinh. Las dimensiones del lugar son difíciles de describir, ya que los edificios se sucedían uno detrás de otro a lo largo de la ladera de una montaña. En lo más alto no faltaba una estatua de Buda (en plan mochilero) controlando el horizonte.

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Las puertas de la pagoda más grande estaban custodiadas por un Buda sonriente y el interior estaba tan sobrecargado de dorado y estatuas de Buda (tres inmensas y más de un centenar pequeñitas) que no sé muy bien cómo alguien puede rezar allí. Cuando menos, se trata de un sitio curioso.

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No exploramos demasiado el complejo porque hacía un calor agobiante y, además, era la hora de comer. Por cierto, aprovechamos para probar la especialidad local: cabra, que degustamos enrollándola nosotros mismos con una mezcla de lechugas y una salsa muy rica. Tras la parada culinaria pusimos rumbo a la ciudadela de Hoa Lu, que fue la capital de Vietnam en el siglo X y de la que todavía se conservan interesantes edificios.

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Por último, que no por ello menos espectacular, vimos la zona conocida como Tam Coc (muy parecida a Trang An, donde habíamos pasado la mañana) desde lo alto de una montaña. Estaba a punto de anochecer y tuvimos que darnos prisa en subir los cientos de escalones que llevaban hasta una pequeña pagoda desde donde obtuvimos estas increíbles vistas. La mejor manera posible de acabar nuestro intenso recorrido por la zona.

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Resumiendo, Ninh Binh ofrece muchísimas atracciones en una zona relativamente pequeña, pero, sorprendentemente, apenas hay turistas. Recorrer los alrededores con una moto resultó ser una experiencia genial. Y los paisajes rivalizan con los de la bahía de Ha Long (a mi hermana incluso le gustaron más). Una pena que sólo dispusiéramos de un día para visitar esta región de Vietnam.

Posted by gacela 09:14 Archived in Vietnam Tagged templos paisajes ciudadelas Comments (2)

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