A Travellerspoint blog

April 2013

Circuito del Annapurna

Caminando entre las cumbres del Himalaya

all seasons in one day 10 °C
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Resulta realmente complicado resumir más de 3 semanas de trekking en un único post y no os cuento nada sobre elegir entre las más de 1.500 fotos que he hecho por el camino. Para hacerlo un poco más asequible y no aburriros demasiado, voy a dividir el relato en 2 partes, que en realidad se corresponden con los 2 senderos que he enlazado. Así, hoy os voy a contar mis experiencias en el denominado Circuito del Annapurna.

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El macizo del Annapurna se encuentra en mitad de la cordillera del Himalaya y, para evitar confunsiones, casi todos sus picos se llaman Annapurna. El más alto es el Annapurna I, que, con algo más de 8.000 metros de altura, es la décima cumbre más elevada del mundo y fue el primer ochomil en ser escalado. El resto de Annapurnas se elevan entre los 7.200 y los 7.900 metros por encima del nivel del mar. Pero no son las únicas montañas que se pueden apreciar en el circuito, ya que, tanto a un lado como a otro del camino, te vas cruzando con picos nevados impresionantes.

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El recorrido del circuito bordea este macizo, cruzando la cordillera en el puerto de Thorong La, a 5.416 metros de altura. Se comienza a unos 1.000 metros sobre el nivel del mar y para llegar hasta el puerto se va caminando siguiendo cauce arriba el río Marsyangdi, a lo largo del valle del mismo nombre. Al principio del sendero, el río tiene un extraño color lechoso, que se va transformando en más transparente a medida que te acercas a su origen.

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Para empezar, tengo que admitir que no tenía intención de hacer este trekking, pero en la oficina donde se obtenían los permisos para ir por las montañas conocí a una chica holandesa que iba para allá, me pareció maja y pensé ¿por qué no? Mejor ir acompañada. De esta manera, al día siguiente nos dispusimos a emprender la aventura. Sin embargo, no empezamos con demasiado buen pie nuestras andanzas. Zu, que así se llamaba mi compañera, y yo nos subimos a un autobús local que debía llevarnos hasta el comienzo del camino y después de 2 horas de movido trayecto (menudos saltos dábamos en cada bache), el bus se paró en mitad de la carretera. Por suerte no se trataba de una avería, pues ningún vehículo se movía. 3 horas después seguíamos allí y ya pensábamos que tendríamos que dormir en mitad de la nada, cuando el autobús se dio la vuelta y regresamos a la ciudad de partida. Por lo que parece había habido un accidente y un policía había matado a alguien (o algo así) y entonces habían cerrado la carretera (no os creáis que una carreterilla secundaria sino la que une el oeste del país con Katmandú). En todo caso, primer intento de llegar a las montañas fallido.

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El día siguiente fue mucho más productivo y, tras 6 extenuantes horas por carreteras de montaña, llegamos al pueblo en el que comenzaba el sendero. Una vez allí, descubrimos que podíamos coger otro autobús y ahorrarnos un día de caminata. En este caso, la carretera era un camino de cabras por el que nunca me hubiese imaginado que un autobús podría circular. Tardamos casi 3 horas en recorrer apenas 15 kilómetros y acabamos con los huesos descoyuntados, pero listas para comenzar nuestras aventuras por el Himalaya. Nos encontrábamos en un pequeño pueblo rodeado de terrazas de cultivo y nos costó una hora de escarpada subida llegar hasta nuestro primer alojamiento en el camino.

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Caminar por esta zona de Nepal es extremadamente sencillo, pues sólo debes seguir un sendero que va de pueblo en pueblo. En cada asentamiento hay restaurantes y hoteles, por lo que no tienes que preocuparte de cargar con tienda de campaña, comida o agua. Además, entre un pueblo y otro nunca hay más de un par de horas de caminata, con lo que si te cansas o te entra el hambre, puedes parar en cualquier momento.

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Por otro lado, el sistema de alojamiento es un tanto peculiar, pues los hoteles te ofrecen habitación gratis o por el simbólico precio de un euro siempre que cenes y desayunes con ellos. Por supuesto, la comida es mucho más cara que en cualquier otro sitio del país (hasta 4 veces más), pero también es verdad que tienen que transportar la mayoría de los productos en burro. Y, así, por el camino te cruzas con caravanas de burros que hacen la misma ruta abasteciendo a los diferentes pueblos. Hay que tener cuidado con estos robustos animales, pues no se andan con chiquitas y si no te apartas, te puedes llevar un buen empujón.

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Durante nuestros primeros días de caminata, el tiempo fue consistente: soleado por las mañanas, mientras que a partir del mediodía una nube se posaba sobre nosotras cubriendo el cielo y descargando algo de agua un poco más tarde. Por este motivo (y porque realmente no había nada que hacer en las frías noches, además de charlar y jugar a las cartas) nos acostábamos pronto, realmente pronto, pues a las 9 ya estábamos sobando, y nos levantábamos cada día en torno a las 6 de la mañana. De esta manera, cuando el sol ya empezaba a calentar, a eso de las 8, nos poníamos en marcha.

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Fue especialmente gratificante ver el sol una mañana después de que nos cayese una nevada impresionante la tarde anterior, bajo la cual estuvimos caminando un par de horas. No pudimos apreciar nada del paisaje en esa ruta, pero los árboles estaban preciosos mientras caían los copos de nieve y al día siguiente las vistas fueron increíbles.

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Los habitantes de esta región de Nepal son en su mayoría budistas y todo el trayecto se encuentra salpicado de símbolos y edificios religiosos. Una pagoda por aquí, un monasterio por allá, unas banderas tibetanas más adelante,... Todas ellas le dan al sendero un toque diferente (y, además, quedan genial en las fotos!)

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También nos encontramos por el camino unas zonas llenas de piedras decoradas, que todavía nos estamos preguntando qué significan. Cada piedra, y había muchas, tenía una especie de inscripción muy elaborada en letras de colores.

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Y de esta manera, paso a paso llegamos hasta Manang, el pueblo más importante de la zona. Ya habíamos ascendido hasta los 3.300 metros por encima del nivel del mar y, como recompensa, nos dimos la tarde de descanso. Aprovechamos para hacer algunas compras (había que reponer chocolate y hacerse con un gorro calentito) e ir al cine. Esta fue una experiencia digna de contar, pues la pequeña sala tenía una estufa para calentar a las 20 personas que cabían en los bancos corridos situados frente al proyector. Además, la entrada incluía una bolsa de palomitas y una taza de té, perfectas para disfrutar de "7 años en el Tibet", la película de Brad Pitt que llevan proyectando sin interrupción los últimos 15 años.

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Tras nuestro paso por Manang decidimos hacer una excursión alternativa de 3 días al lago Tilicho. Una ruta impresionante, pero algo complicada, como descubrimos a mitad de trayecto. Para empezar, tuvimos que caminar hasta los 4.000 metros de altura, con lo que notamos la falta de oxígeno cuando más lo necesitábamos al ir montaña arriba. Pero esto no fue lo peor, pues había una zona con riesgo de avalancha, que daba miedo sólo con mirarla. Esta zona tenía una caída de unos 200 metros casi en vertical y se atravesaba por un diminuto sendero en mitad del cortado. Además, había que estar pendiente de que no te cayese una roca en la cabeza, que bajaban a una velocidad de vértigo empujadas desde arriba por el viento o por alguna cabra loca. En fin, espero que las fotos os den una idea, pero casi pierdo a mi compañera de viaje, que se acojonó lo indecible. Hasta te daban las gracias al final del recorrido, nunca supimos muy bien si era agradecimiento por no haberte resbalado y acabado en el fondo del valle o por decidir hacer esa caminata.

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Eso sí, cuando llegamos al refugio, nos encontramos rodeadas de picos impresionantes. Si el trayecto hasta aquí había sido bonito, no hay palabras para describir este lugar en pleno corazón de la cordillera del Himalaya, con el imponente pico Tilicho (7.134m) casi al alcance de la punta de los dedos.

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Aquí hicimos noche y a la mañana siguiente nos dispusimos a subir otros 1.000 metros de altura para llegar hasta el lago. Sin embargo, Zu pronto abandonó la idea y regresó para descansar el resto del día. Todo estaba congelado por la mañana, hasta el río que bajaba de las montañas. Y fui ascendiendo sola poco a poco, ya que el oxígeno a estas alturas no daba para mucho más. Se trata de una sensación muy extraña cuando tus piernas se encuentran en plena forma, pero te cuesta avanzar porque no te llega el aire.

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A mitad de camino, el sendero empezó a cubrirse de nieve, con algunos tramos cortados que daban un poco de miedo. Cuando llegué a los 5.000 metros era todo un manto blanco a mi alrededor. Tras 5 horas de caminata, me encontraba muy cerca del lago Tilicho, pero en el último tramo hacía un viento horrible y había que caminar por un cortado helado. Me pareció realmente peligroso, especialmente estando sola, ya que con un pequeño resbalón acababas al pie de la montaña varios metros más abajo, así que (a pesar de que mi madre piense que soy una inconsciente), me di la vuelta y regresé al refugio. Por lo que me comentaron después, estaba a unos 10 minutos de alcanzar el lago y, aunque no pude ver el famoso Tilicho, las vistas del camino fueron más que suficientes para compensar la paliza del día.

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En otro larguísimo día, nos llevó 9 horas de caminata llegar hasta el siguiente destino, retomamos el sendero principal. Resultó más duro de lo esperado porque tuvimos que bajar una montaña para cruzar un río y luego volver a subir en la otra orilla. Además, algunos tramos eran muy empinados y estaban cubiertos de nieve, con lo que, aún a costa del ridículo, los bajamos haciendo culo-ski.

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Para cruzar de una orilla a otra del río principal, así como de otros más pequeños con los que nos habíamos encontrado en nuestros días de caminata, el circuito cuenta con unos puentes colgantes de hierro. Parecían realmente sólidos, pero ello no impedía que me temblaran las piernas cada vez que tenía que pasar por uno. Siempre esperaba a que no hubiera nadie más en el puente y aún así me parecía que aquéllo se movía demasiado. Además, las planchas del suelo eran de rejilla y podías ver a través de ellas el río debajo de tus pies. Yo intentaba mirar al frente y centrarme en el final del camino, pero siempre acababa suspirando aliviada cuando llegaba al otro lado.

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Por otro lado, en este último tramo del camino nos encontramos con interesantes animales. Los más representativos de estas latitudes son los yaks, que tienen colores variados y unas caras de mala leche a la que no ayudan sus cuernos. Sin embargo, son inofensivos, aunque no se les permite bajar a los pueblos porque se zampan todo lo que se les pone por delante.

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También son abundantes las llamadas cabras azules del Himalaya, que serán cabras, pero a mí me parecían más bien ciervos. En todo caso, por allí andan pastando a sus anchas, ya que su único depredador es el leopardo de las nieves (de éste, por otro lado, ni rastro en todo el camino).

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En el apartado aves, pudimos disfrutar con el vuelo de águilas y buitres enormes con las montañas de fondo y también con algún que otro pajarillo más pequeño, pero mucho más colorido.

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Después de 10 días de senderismo sin descanso, nos dispusimos a afrontar los últimos kilómetros cuesta arriba del camino y cruzar el famoso puerto. Salimos a las 6 de la mañana, cuando el sol empezaba a despuntar por detrás de las montañas. Hacía un frío que pelaba y cada paso nos pesaba como si tuviéramos piedras en las piernas.

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De esta manera, fuimos avanzando lentamente por la montaña. Al poco, la nieve lo cubría todo y caminar se hizo aún más complicado. Eso sí, las vistas me dejaron sin aliento (o tal vez fue la falta de oxígeno). El caso es que me dediqué a hacer fotos en todas direcciones y no sabría decir qué lado era más impresionante.

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A pesar de la belleza del paisaje, al cabo de unas horas ya estaba deseando llegar al paso de montaña. Me sentía como si estuviera subiendo el Everest y aquéllo no parecía tener fin. Al llegar a la cima, no me podía creer que estaba a 5.416 metros de altura! Pero el viento helado que soplaba pronto se encargó de recordarme que quedarse allí mucho rato no era buena idea.

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A la que esperaba a Zu en el puerto, me intenté calentar en un pequeño garito que había allí montado. El chocolate caliente que me pedí, con el objetivo principal de calentarme las manos, se quedó congelado en menos de 2 minutos y yo iba por el mismo camino cuando apareció mi compañera. Ya sólo nos quedaba bajar la montaña, 1.600 metros de desnivel que recorrimos a buen ritmo, primero descendiendo por la nieve y luego por un empinado sendero lleno de barro. Cuando llegamos a la ciudad situada al otro lado del macizo no nos podíamos ni mover, habíamos tardado 11 horas en llegar hasta allí y no nos quedaban energías ni para pedir la cena.

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Al día siguiente me despedí de Zu, que ya había tenido suficiente caminata para una vida entera, y continué el sendero sola. A este lado del macizo del Annapurna hay una carretera que une con la red principal, por lo que es posible coger un autobús de vuelta a la civilización. Después de un día caminando junto a la polvorienta carretera, que a última hora se convirtió en un lodazal por la lluvia, desee haberme subido al bus con Zu.

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Aún así, pasé por unos pueblos preciosos, en los que las escasas zonas de cultivo ponían una pequeña nota de color en el árido suelo de los alrededores. Esta región de Nepal se llama Mustang, hace frontera con Tibet y es necesario un permiso especial para poder explorar la zona más allá del circuito establecido por la carreta.

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Cansada, mojada y harta por el constante ir y venir de jeeps y autobuses, tomé la determinación de no seguir caminando por esa maldita carretera. Así, pasé una noche en Jomson, la capital de esta zona, y a la mañana siguiente cogí un autobús hasta Tatopani. El trayecto en transporte público por esta carretera resultó casi más cansado que caminar. Dábamos botes constantemente y el conductor tenía que hacer malabares cada vez que nos cruzábamos con otro vehículo.

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A mitad de camino, hubo que hacer transbordo y, a pesar del empeño del encargado en que los guiris cogiéramos un jeep, nos negamos y acabamos en un autobús lleno hasta la bandera, donde los locales nos miraban algo extrañados. En varias ocasiones, el autobús tuvo que pararse por la avería de algún otro vehículo que bloqueaba la carretera. Una vez estuvimos más de media hora parados esperando a que un bus cambiase una rueda, cosa que finalmente no consiguió y acabó echándose a un lado para que la fila de buses que esperábamos pudiéramos pasar. En fin, toda una aventura.

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Eso sí, el paisaje por el camino no tuvo desperdicio. Descendiendo por el valle, fueron apareciendo un pico nevado tras otro, a cual más bonito. Los pueblos también se fueron sucediendo y a cada kilómetro parecía que se iban multiplicando los campos de cultivo. Una verdadera maravilla, que amenizó las 8 horas que tardamos en recorrer los 45 kilómetros que separan Jomson de Tatopani.

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Una vez en Tatopani, me tocó relajarme y recuperar energías para continuar mis aventuras por el Himalaya. Primero, hice una visita a las aguas termales del pueblo. El remojo calentito le sentó de miedo a mis músculos, al igual que el día de descanso siguiente, en el que me limité a comer, leer y volver a comer.

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Ya estaba preparada para continuar con el camino, pero esa parte de la historia tendréis que leerla en la próxima entrega. Espero no haberos aburrido demasiado con este larguísimo, y algo caótico, post y que os hayáis hecho una idea de las maravillas con las que me encontré durante estos interesantes días de senderismo.

Posted by gacela 03:17 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes Comments (8)

Parque Nacional Chitwan

Selva en el sur de Nepal

sunny 30 °C
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El parque nacional Chitwan se encuentra en el sur de Nepal, en una planicie conocida como Terai. Aunque en mi mente Nepal estaba constituido principalmente por la cordillera del Himalaya, la verdad es que esta fértil llanura ocupa casi todo el sur y es la región más poblada del país. Las 5 horas de autobús desde Katmandú hasta la entrada del parque, un pequeño pueblo llamado Sauraha, transcurrieron por unas destartaladas carreteras atravesando un paisaje increíble de verdes colinas y ríos azul turquesa.

La atracción principal de este parque selvático son sus animales, ya que cuenta con grandes especies como rinocerontes, cocodrilos, tigres, elefantes, leopardos y osos. Y en busca de ellos me adentré durante dos días en la selva. El recorrido comenzó de manera relajada con un paseo en canoa, en el que pudimos disfrutar de algunos de los numerosos pájaros de la zona.

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Tras el agradable paseo en el río, la comitiva, compuesta por dos guías, una pareja de canadienses y yo, nos dirigimos a explorar la selva a pie. Comenzamos caminando junto al río y al poco nos encontramos con un grupo de cocodrilos y un rinoceronte dándose un chapuzón. Fue un momento realmente emocionante. Casi no habíamos empezado nuestra ruta y ya nos habíamos encontrado con dos de los animales que estábamos buscando. Además, el cocodrilo, un gavial del Ganges, se encuentra en peligro de extinción y no resultan sencillos de avistar. Por su parte, el rinoceronte indio es más común, pero no por ello menos impresionante.

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Seguimos camino junto al precioso río y no tardamos mucho en toparnos con la otra especie de cocodrilo que habita en el parque. El cocodrilo de las marismas o hindú puede que no se encuentre en peligro de extinción, pero resulta mucho más peligroso que el gavial, ya que ataca a todo lo que se mueve, incluidos humanos despistados.

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Y así fuimos avanzando por la selva, disfrutando del canto de los pájaros y oyendo a algunos monos a lo lejos hasta que casi nos chocamos con un rinoceronte. Uno de los guías iba el primero en la fila y al subir un desnivel se encontró literalmente cara a cara con el inmenso animal. ¡Menudo susto! Todos corriendo para atrás para ponernos a salvo detrás de unos arbolillos. Por suerte, el rinoceronte no se asustó con nuestra presencia, aunque nos miraba con cierto interés a través de la vegetación. Para evitar males mayores y porque estaba en mitad del sendero, los guías decidieron asustarle. La tierra tembló de una manera increíble cuando el rinoceronte puso pies en polvorosa. ¡Pedazo de bicho!

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Seguimos ruta con un poco más de cautela porque a veces los rinocerontes se esconden para atacar a sus rivales, pero no volvimos a ver un cuerno. Eso sí, divisamos varios grupos de ciervos, algunos monos y hasta los restos de un ataque de un tigre de bengala.

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Sin embargo, el día todavía nos deparaba alguna sorpresa, ya que escondido entre unos matorrales descubrimos a un oso tibetano. Era un ejemplar de tamaño considerable que, afortunadamente, no se percató de nuestra presencia y así pudimos observarlo un buen rato. Al final, nos descubrió y tuvimos que asustarle. Estábamos para foto, los 5 corriendo detrás del oso y gritando a pleno pulmón, mientras los guías además agitaban sus palos de bambú. El oso debió pensar que estábamos locos, pero aún así se fue echando leches.

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Al poco de nuestro encuentro con el oso una enorme nube negra que nos había estado persiguiendo todo el día nos dio alcance y empezó a llover. Primero fueron unas gotas, que pudimos sortear dentro de la selva, pero enseguida se transformó en una tormenta en toda regla. A pesar de la carrera que nos dimos, acabamos calados hasta los huesos y, para colmo, al otro lado de un río que teníamos que cruzar. Con la lluvia no había ningún balsero a la vista y nos costó un montón que alguien apareciera. En todo caso, tuvimos suerte porque en el momento que llegamos al otro lado, donde se encontraba nuestro alojamiento, empezó una granizada espectacular. No recuerdo haber visto nunca unos trozos de hielo tan grandes caer del cielo. Al poco rato, parecía que había nevado en la selva, pues todo el suelo estaba blanco, lleno de hielo.

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El día siguiente fue mucho más tranquilo y, a pesar de nuestro empeño en cruzarnos con un tigre o un leopardo, no hubo suerte y nos tuvimos que conformar con más ciervos y el increíble paisaje. En todo caso, estos dos días fueron casi como pasear por El libro de la selva, una experiencia increíble.

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Por otro lado, los alrededores del parque tampoco están nada mal, llenos de pequeños pueblos dedicados a la agricultura. Hasta donde alcanza la vista hay campos de arroz, que dan de comer a los habitantes de esta región y al resto del país. Y los búfalos se pasean tranquilamente por las calles sin asfaltar y se respira un aire de tranquilidad que nada tiene que ver con las aglomeraciones de Katmandú.

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Otro de los reclamos del parque son sus elefantes domesticados, que se encuentran por todas partes en Sauraha (parece que cada alojamiento tiene el suyo) y con los que se puede interactuar de diferentes maneras. Por un lado, se puede visitar la selva a los lomos de un elefante, aunque he de decir que la experiencia no es nada cómoda y mucho menos interesante que explorarla a ras de suelo.

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Pero la actividad que se lleva la palma en el pueblo es el baño de los elefantes. Todas las mañanas un grupo de estos paquidermos se concentra en el río y te puedes subir a ellos mientras echan agua con sus trompas. Acojona un poco subirse a pelo a los lomos de estos inmensos animales y luego acabas empapada, pero es de lo más divertido que he hecho nunca.

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Me dio la sensación de que los elefantes también disfrutaban de estos momentos en el agua, aunque probablemente no tanto como los humanos. Además, en lugar de ayudar a bañar a los elefantes es a la inversa, pues los que acabamos bien remojados fuimos nosotros.

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Para terminar mi estancia en la zona, pasé un par de días en una casa particular en un pequeño pueblo cercano a la selva. Unos españoles majísimos, Carlos y Alex, estaban allí ayudando con una planta unipersonal de bio-gas, intentando conseguir mayor eficiencia e implantando el sistema en otras casas de la comunidad.

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La familia era encantadora y por unos días pude ver de cerca cómo es el día a día de la gente nepalí. De las muchas cosas que os podría contar creo que lo más curioso es el régimen de comidas. La gente se levanta muy temprano, a eso de las 6 de la mañana, y el desayuno consiste en un té con leche. Eso sí, la leche recién ordeñada de una de las vacas de la familia. No comen nada más hasta el almuerzo, a las 11 de la mañana, compuesto de arroz con un pequeño plato de lentejas, que se echan sobre el arroz, y otro de verduras (conocido como dal bhat, es el plato nacional). Y a seguir currando hasta las 5 o las 6 de la tarde, en el que toca repetir comida. Y así un día tras otro. Vamos, que no hay mucha variedad porque se come lo mismo todos los días para comer y para cenar (como para que no te guste el arroz).

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En pocas palabras, pasé una semana increíble en una zona de Nepal que ni siquiera sabía que existía, donde vi animales impresionantes en su hábitat natural y descubrí la rutina diaria de una pequeña comunidad nepalí. Una experiencia de lo más completa en el parque Chitwan, que nada tendría que ver con mis próximas aventuras en el corazón de la cordillera del Himalaya.

Posted by gacela 22:30 Archived in Nepal Tagged animales selvas junglas Comments (1)

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