A Travellerspoint blog

June 2013

55 horas en la India

O la manera más barata de viajar desde Nepal a Myanmar

sunny 40 °C
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Mi siguiente destino después de pasar unos meses increíbles en Nepal era Myanmar (antiguamente conocida como Birmania), pero como parece que soy incapaz de viajar como una persona normal, en lugar de coger un vuelo desde Katmandú decidí hacer una visita exprés al país vecino y volar desde Kolkata (antes conocida como Calcuta. ¡Vaya lío de nombres!). En fin, mi última parada en Nepal estaba a tan sólo 40 kilómetros de la frontera con la India, así que en un pispás me planté en otro país. Ya me avisó una emprendedora nepalí en el autobús de camino a la frontera, "India será más rica que Nepal, pero está más sucia y huele peor". No le faltaba razón a la mujer, a la que se le olvidó avisarme de que también hacía mucho más calor y había mucha más gente. Mi idea era llegar hasta Kolkata en un tren nocturno, pero con esa superpoblación, los 4 trenes que salían esa noche estaban llenos, así que tuve que optar por el autobús.

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Tenía toda la tarde por delante en la caótica y algo estresante Siliguri, así que fui a la oficina de turismo para que me recomendaran qué hacer. Todos los empleados de la oficina estuvieron de acuerdo en que lo mejor era ir al nuevo centro comercial (el único sitio con aire acondicionado) y, tal vez, ver una película allí. Lo del aire acondicionado me pareció estupendo, así que, con la ayuda de una amable mujer, logré subirme a un rickshaw motorizado (iban todos llenísimos y era un poco confuso saber a dónde se dirigían) que me dejó en la puerta. Elegir la película que ver no fue difícil porque el último hit de Bollywood se proyectaba cada hora, así que compré mi entrada y me dispuse a pasar 3 horas entretenida (y fresquita). Aunque no entendí casi ni una palabra de lo que dijeron, la peli era en hindi, me lo pasé bien haciendo mi propia película (la trama no era muy complicada) y viendo los bailes que salpican toda producción india.

De vuelta a la realidad, me subí a un autobús para pasar las siguientes 14 horas sentada junto a una mujer que no paraba de vomitar. Mientras el autobús circulaba a toda velocidad por las autopistas indias (hacía mucho tiempo que yo no veía una carretera así), la mujer sacaba la cabeza por la ventanilla. Así, el viaje se me hizo un poco largo, pero por la mañana ya estaba en Kolkata con 2 días por delante para explorar la ciudad.

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Kolkata me pareció una ciudad de grandes contrastes: por un lado, parece un sitio rico, con grandes avenidas arboladas y coches en buen estado circulando por ellas (casi todos conducidos por chóferes, incluso los más cutres tipo Suzuki Swift) y, por otro, se ve mucha miseria, con gente durmiendo en las aceras, incluso madres con niños pequeños, y con baños en mitad de la calle. Incluso en la calle más cara de la ciudad te encuentras que frente a la tienda último modelo de Apple se sientan los limpiabotas y gente vendiendo mecheros en el suelo.

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A pesar de los 40 grados a la sombra, opté por recorrer parte de la ciudad a pie (Kolkata me pareció infinita, extendiéndose kilómetros y kilómetros) y así, sin realmente proponérmelo, llegué hasta la casa de las hermanas de la caridad, donde vivió y ahora está enterrada Teresa de Calcuta (si alguien tiene algún interés, le puedo dar su medallita).

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También intenté visitar unos templos interesantes algo más lejos del centro y cual fue mi desilusión cuando descubrí que ambos estaban cerrados y no abrían hasta por la tarde. Sin embargo, todo es posible en este país y un amable celador accedió a abrirme la puerta de uno de ellos a cambio de una propina.

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El otro templo tuve que fotografiarlo a través de las rejas, pero aún así el paseo me resultó muy interesante, pues pude ver un barrio más humilde y mucho más tranquilo. Además, aproveché esta zona para degustar los famosos dulces bengalíes, que, además de ser extremadamente baratos, estaban buenísimos.

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Mejor no sigo con el tema culinario porque os iba a poner los dientes largos, ya que aquí se come de maravilla. Hay puestos callejeros por todas partes que sirven las más variadas combinaciones y todo está bueno. En todo caso, para finalizar mi pequeña ruta por Kolkata, me acerqué hasta el memorial de la reina Victoria, un edificio de mármol en mitad de un parque. El sitio estaba lleno hasta la bandera, como todos los recintos que había visitado hasta entonces sin importar la hora o el día de la semana. ¡Qué cantidad de gente en todas partes!

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Mis 3 días en la India fueron suficientes para hacerme una idea sobre esta zona del país y no estresarme demasiado con la multitud, el ruido y los olores. Ya estaba lista para explorar Myanmar.

Posted by gacela 04:34 Archived in India Tagged ciudades Comments (2)

Damak y alrededores

Despedida de Nepal

rain 35 °C
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Mi última parada en este periplo por Nepal ha sido en un lugar un tanto inusual, pues he pasado unos días en Damak, una pequeña localidad en el este del país sin ninguna atracción turística destacable. De hecho, creo que yo era la única turista que habían visto por allí en mucho tiempo. Supongo que yo tampoco habría parado en Damak si no hubiera sido por Kendra, una americana a la que conocí de trekking en los Annapurnas y que me invitó a conocer la zona.

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Y os preguntareis qué hace una americana viviendo en esta remota región de Nepal. Pues como la mayoría de los guiris establecidos en el país trabaja para una organización internacional, concretamente una dedicada a las migraciones. Os pongo en antecedentes: hace más de 20 años, el rey de Bután (para los que no andan muy finos en geografía, es un pequeño país en plena cordillera del Himalaya) decidió expulsar del país a todas las personas de origen nepalí, muchas de las cuales llevaban viviendo allí más de un siglo. Así, aproximadamente 80.000 refugiados acabaron en campos de Naciones Unidas en Nepal, que, por otra parte, se negó a acogerlos y darles la residencia.

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Y fueron pasando los años, en los que Nepal y Bután no lograron llegar a un acuerdo sobre qué hacer con esta gente, que, sin papeles, no podía abandonar los campos de refugiados y llevar una vida normal. Hasta que en 2007 Estados Unidos se ofreció a acogerlos. Entonces se montó un dispositivo para trasladarlos allí (y a otros países que se sumaron después a la oferta) y en eso están, enviando a butaneses a hacer las Américas. Así que ya veis, Bután, que se vanagloria de ser el único país que utiliza el índice de felicidad de sus habitantes en lugar del producto interior bruto (PIB), no tuvo reparos en echar por la fuerza a una décima parte de su población por no ser butaneses de pura raza.

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Como no había mucho que visitar en Damak y el tiempo tampoco me dio un respiro entre lluvias torrenciales y vientos huracanados, aproveché para reponer fuerzas, especialmente comiendo (¿quién puede resistirse a un delicioso, e infinito, plato de dal bhat diario por 60 céntimos de euro?) También me dio tiempo a explorar un poco la zona en bicicleta, disfrutando del llano que tanto escasea en Nepal, y, de esta manera, atravesé infinidad de arrozales, donde la gente me miraba un poco extrañada y los niños me saludaban entusiasmados.

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Otro día fuimos de excursión con el "coche de empresa" a una zona de montaña cercana. Ir en este todoterreno fue una experiencia extraña después de recorrer el país en ruidosos y desvencijados autobuses locales. Casi me daba la sensación de estar viendo el paisaje y a la gente a través de una televisión y no desde detrás de una ventanilla.

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En todo caso, el camino resultó ser precioso, atravesando primero una animada planicie, para después ir ascendiendo poco a poco por una montaña llena de plantaciones de té (es la zona nepalí fronteriza con la famosa Darjeeling india). Nuestro destino final era un lago más allá de las plantaciones, famoso por ser un lugar de peregrinación.

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Llegar hasta allí no fue tarea sencilla, ya que el último tramo de la carretera no estaba asfaltado y las lluvias habían convertido el camino en un barrizal complicado de transitar. Al final, nos llevó 5 horas alcanzar el lago y en varias ocasiones pensamos en dar la vuelta. Después de tanto esfuerzo (y tantas horas en el coche), tengo que admitir que el lugar nos decepcionó bastante. Era un lago como cualquier otro, aunque la lluvia y la niebla le dieran un aspecto un tanto tenebroso.

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En resumen, la última estación en mis aventuras por Nepal puede que no fuera el lugar más emocionante o con los mejores paisajes, pero me sirvió para aprender muchas cosas, descubrir cómo es la vida de los expatriados y conocer el día a día de un pueblo nepalí cualquiera.

Y, después de 3 meses en el país, llegó el momento de cambiar de aires y explorar otros lugares. Tengo que admitir que me fui con mucha pena de Nepal, que me ha parecido un lugar impresionante, donde lo mismo puedes caminar junto a las montañas más altas del planeta que visitar templos con siglos de antigüedad o pasar calor en una selva llena de animales salvajes. Vamos, que tiene un poco de todo y para todos los gustos.

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Posted by gacela 21:25 Archived in Nepal Tagged pueblos arrozales Comments (4)

Patan

sunny 30 °C

Después de daros la tabarra con una montaña detrás de otra, hoy toca un poco de cultura y espiritualidad con los templos de la plaza Durbar de Patan. La tercera de las plazas patrimonio de la humanidad en el valle de Katmandú se encuentra en Patan, a escasos kilómetros de la capital. De hecho, está tan cerca que la única separación física entre una ciudad y otra la constituye el río Bagmati y se puede ir caminando entre el centro de ambas localidades.

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La mayoría de los edificios actuales de la plaza datan del siglo XVII, aunque el lugar ya era un importante centro comercial mucho antes. Como en todas las plazas nepalíes, hay una mezcla de templos hindúes y budistas, donde la gente se encarama bien para orar, bien para sentarse y pasar el rato. En todo caso, se trata de un sitio muy concurrido y un excelente lugar para observar a la gente local.

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Además de la plaza principal, Patan cuenta con otros muchos templos desperdigados por su centro histórico. En uno de ellos se celebraba un festival el día que pasé yo por allí y pude comprobar con asombro cómo lo mismo hacían una barbacoa en una esquina del recinto que casaban a una tímida pareja en otra, mientras se prendían hogueras por todas partes.

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El templo dorado también me resultó curioso, con un ornamentada puerta custodiada por dos inmensos tigres y un interior realmente resplandeciente. Hasta las esculturas del patio interior eran doradas. Pero Patan no sólo cuenta con templos, sino que también es famosa por sus artesanos, especialmente orfebres, a los que te puedes encontrar trabajando en alguna de las calles secundarias del centro.

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En definitiva, Patan se trata de un lugar interesante para pasar el día y recorrer sus tranquilas calles del centro histórico visitando con calma plazas, templos y mercados. Y así se terminan mis historias en el valle de Katmandú y prácticamente en Nepal, ya que sólo me queda contaros mi breve experiencia en el este del país.

Posted by gacela 03:48 Archived in Nepal Tagged templos ciudades Comments (0)

Campo Base del Everest - Parte 3

Despedida del Himalaya y regreso a la civilización

all seasons in one day 10 °C
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Después de cruzar Cho La, llegamos al impresionante valle del Goyko, uno de los lugares más espectaculares de todo el parque. Para empezar, la nevada de la noche anterior había cubierto de blanco el glaciar que teníamos que atravesar ese día y que relucía bajo el sol que tuvo la buena idea de brillar esa mañana.

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El recorrido de ese día nos llevó más tiempo del previsto, entre miles fotos y guerras de bolas de nieve. Además, había que caminar con cuidado porque el sendero resbalaba de lo lindo (alguno de los inconvenientes de la nieve). El camino nos obsequió con unos paisajes preciosos, incluido algún que otro pequeño lago de un verde intenso, donde se reflejaban perfectamente las montañas circundantes.

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Y así llegamos hasta el pueblo de Goyko, cuya belleza nos dejó con la boca abierta. Situado junto a un lago de color verde esmeralda y rodeado de montañas, este pequeño pueblo dedicado casi en exclusiva a atender a los turistas se encuentra en una localización privilegiada. Siguiendo el valle hacia el norte se encuentran los picos más altos del Himalaya, como el Cho Oyu que sale en la foto.

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Hacia allí nos dirigimos por la tarde y tuvimos la inmensa suerte de encontrar un cielo despejado (lo más normal en el parque es que las tardes estén nubladas). De esta manera, pudimos apreciar el Everest desde una perspectiva distinta, además de disfrutar de vistas maravillosas de otras muchas montañas que sobresalían a ambos lados del glaciar que habíamos cruzado esa mañana.

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El día siguiente fue de descanso forzoso, ya que nuestros planes de subir al pico Goyko se vieron frustados por el mal tiempo. Por otro lado, tampoco nos vino mal el reposo después de 10 días de caminata ininterrumpida. Por suerte, el día siguiente amaneció soleado y pusimos rumbo al paso Renjo. Las vistas desde lo alto de este sendero a 5.350 metros sobre el nivel del mar fueron espectaculares. Con el lago en la base y todas las montañas (Everest incluido) alineadas detrás, fue, sin duda, uno de los momentos más increíbles de todo el recorrido.

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Allí arriba nos despedimos del techo del mundo y las demás montañas que nos habían estado acompañando en los últimos días, pues el siguiente valle nos llevaría lejos del corazón del Himalaya. El paisaje al otro lado de Renjo La era mucho más modesto. Y, para no cambiar la costumbre, las nubes nos rodearon al llegar a la cima y en nuestro descenso hacia el otro lado.

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A pesar de apenas contar con vegetación, en este valle empezamos a toparnos de nuevo con pueblos de verdad, en los que la gente se dedica a la cría de yaks y a la agricultura. Esto último sólo cuando llegan las lluvias del monzón, ya que el resto del tiempo no crece nada en estas latitudes.

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Ahora nos tocaba descender todo lo que habíamos ascendido con tanto esfuerzo en los días anteriores. Ir cuesta abajo es sin duda más sencillo, especialmente cuando notas que cada vez tus pulmones se llenan con más oxígeno al respirar. Además, el paseo por este nuevo valle resultó de lo más agradecido porque era una preciosidad: pueblos de piedra rodeados de ríos, cascadas, monasterios y rododendros.

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De esta manera, 16 días después volvimos a Lukla, el punto de partida de esta aventura por las montañas. Aquí podría haber cogido un avión de regreso a Katmandú, pero el mal tiempo había impedido despegar a las avionetas durante 3 días y había cientos de personas en la lista de espera para volar. Los más afortunados (o, mejor dicho, los más pudientes) regresaban en helicópteros, pero al resto no les quedaba más remedio que esperar a que mejorase el tiempo. En todo caso, me pareció mucho más interesante (y barato) caminar hasta el pueblo más cercano con una carretera. En definitiva, que empezamos una nueva mini-aventura de 5 días.

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El sendero hasta Salleri, que así se llama el pueblo con transporte terrestre, me pareció mucho más duro que el que nos llevó hasta el mismísimo Everest. Primero descendimos 1.500 metros (ésto me pareció estupendo), para luego ascender 1.000 metros sin descanso (lo que no me pareció nada bien), para luego volver a bajar hasta la cuenca de un río e, inmediatamente después, volver a subir una cuesta infinita. Al cabo de 2 días de caminata, estábamos más arriba que donde habíamos comenzado y yo no hacía más que preguntarme por qué no había esperado a que una avioneta me llevase cómodamente hasta la capital. Además, el tiempo no nos acompañó y, excepto por algún momento de sol en las mañanas, tuvimos que caminar bajo un cielo cubierto de nubes, con alguna ocasional lluvia torrencial.

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Por otro lado, y como consecuencia de la lluvia, el camino era un barrizal resbaladizo, donde el barro se mezclaba con la mierda de burro de las infinitas caravanas que transitaban por allí. Eso sí, el paisaje de estas colinas era verdísimo y los pueblos tenían mucha más vida que los que encontramos montaña arriba. Aquí la gente hacía su vida, principalmente en los campos de cultivo que salpicaban las laderas, sin preocuparse de los escasos senderistas que pasábamos por allí.

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El tercer día amaneció por fin con un sol espléndido y ese último día de caminata (llegamos esa misma tarde a Salleri) atravesamos un bosque increíble, donde un panda rojo cruzó el sendero a toda velocidad unos metros por delante de mí y me dio un susto de muerte. No me dio tiempo ni a hacer el amago de sacar la cámara de fotos, aunque el panda no me impresionó demasiado, ya que este tipo nada tiene que ver con el inmenso blanco y negro que asociamos con el nombre de panda. Se parece más bien a un mapache, con el cuerpo en tono rojizo, las patas oscuras y la cara y la cola de un marrón más claro y con manchas blancas. En todo caso, un encuentro fugaz, pero interesante.

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Una vez en Salleri ya sólo nos faltaba encontrar transporte hasta Katmandú, que, aunque en el mapa parecía estar cerca, la realidad de las carreteras nepalíes decía otra cosa. Para evitar pasar 18 horas apretujados en un jeep destartalado, decidimos dividir el trayecto en dos partes. De esta manera, de madrugada cogimos un jeep hasta la capital de la región, lo que nos llevó 6 horas por una carretera de montaña llena de baches y charcos bajo una llovizna perpetua. Pasamos la tarde en esta ciudad, donde la gente nos miraba extrañada y, tras reponer fuerzas en el único hotel de la zona, a la mañana siguiente pusimos rumbo a Katmandú en un autobús.

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Las 14 horas en autobús fueron una experiencia en todos los sentidos. Para empezar, nunca hubiese pensado que esa carretera sin asfaltar podía ser transitada por un autobús (y, de hecho, cuando empieza la época de lluvias se cierra al tráfico). El camino serpenteaba montaña arriba y abajo, con algunas zonas donde apenas cabía el autobús y siempre un barranco en alguno de los lados, a veces con una valla de bambú a modo de quitamiedos (a mí, desde luego, no me quitó el miedo para nada). Al cabo de unas horas llegamos hasta un valle y el cambio de temperatura fue considerable. Además del calor, el polvo llenó por completo el interior del autobús y nos cubrió de los pies a la cabeza, casi podíamos masticarlo cada vez que abríamos la boca. Por otro lado, en un momento del recorrido noté que estaba entrando agua por la ventana y me costó un par de segundos darme cuenta de que era el pis de las cabras que viajaban en el techo del autobús. En pocas palabras, una cabra me había meado encima!! En todo caso, el camino me pareció muy interesante, ya que nos dio la oportunidad de echar un vistazo a una preciosa zona de Nepal donde el tiempo parece detenido y no saben lo que es un turista.

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De esta manera, volví a Katmandú 3 semanas después con ganas de no moverme de la cama nunca más, excepto para comer y beber cerveza. Y, más o menos, eso fue lo que hice en los días siguientes. Por otro lado, me daba la sensación de que toda la caminata por el Himalaya había sido una especie de sueño, así que menos mal que las fotos me recuerdan que realmente he estado allí disfrutando de cada impresionante paisaje.

Posted by gacela 03:40 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes pueblos Comments (0)

Campo Base del Everest - Parte 2

Llegada al campo base

all seasons in one day 10 °C
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Se cumplía una semana de caminata cuando Phillip y yo retomamos el sendero principal hacia el campo base del Everest. El desvío en Chukhung nos había encantado, además de ayudarnos a aclimatarnos a la altura, y estábamos deseando ver la montaña más alta del mundo de cerca. Todavía tardaríamos 3 días en llegar, pero el camino nos fue ofreciendo pequeñas joyas con las que disfrutar durante el paseo.

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A partir de este día los pueblos como tal desaparecieron para dar paso a cúmulos de alojamientos en sitios estratégicos para los senderistas. Tampoco vimos más caravanas de burros, que a esta altura dejan el trabajo a los yaks. Con los yaks había que tener incluso más cuidado que con los burros, ya que iban embalados y eran enormes. Pero el grueso del transporte seguía estando en la espalda de los porteadores humanos, que iban y venían a toda velocidad cargados hasta la bandera.

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Como os podéis imaginar, a pesar del sol que nos acompañó durante casi todo el trayecto, hacía un frío que pelaba, sobre todo cuando soplaba el viento. Las noches eran especialmente horribles, ya que los hoteles no tenían calefacción y las habitaciones no estaban realmente aisladas. Menos mal que los comedores tenían unas estufas alimentadas con mierda seca de yak, que prende que da gusto. Y así nos pasábamos las tardes sin separarnos de la maravillosa estufa. Sin embargo, irse a dormir requería entrar en la habitación-congelador y el rato hasta que calentabas el saco (con ayuda de una gruesa manta por encima) se hacía eterno. Además, debido a la falta de oxígeno, es complicado dormir bien en estas alturas y hasta yo, que ya sabéis que soy un lirón, me despertaba varias veces en mitad de la noche y me costaba volver a conciliar el sueño.

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Durante el día me olvidaba por completo de estos pequeños inconvenientes, pues me encontraba demasiado ocupada disfrutando de los paisajes que se nos iban presentando. El último tramo del recorrido antes del campo base discurría junto a un inmenso glaciar, que a pesar de estar cubierto de piedras y chinarros, no dejaba de ser espectacular.

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Y tras mucho caminar por fin nos encontramos a tiro de piedra del campo base del Everest, donde los locos y locas que intentan alcanzar la cima comienzan su aventura. El sitio está lleno a rebosar de tiendas de campaña de las diferentes expediciones. De hecho, es más grande que cualquiera de los pueblos por los que habíamos pasado durante la última semana. En todo caso, a escasos 300 metros de la primera tienda de campaña nos dimos la vuelta porque Phillip empezó a encontrarse mal por la altura y todavía teníamos que caminar 3 horas de vuelta hasta nuestro hotel. Por otro lado, aunque parezca un tanto extraño, desde el campo base no se ve el Everest, así que tampoco era plan de forzar la máquina.

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A la mañana siguiente llegó el momento que tanto habíamos esperado, tocaba subir hasta la cima de Kala Patthar para ver de cerca el Everest, que se encuentra a unos 2 kilómetros de aquí. Al contrario que la mayoría de turistas, que ascienden de noche para ver el amanecer desde arriba, nosotros esperamos a que fuese de día y comenzamos a caminar a las 7 de la mañana. Resultó una decisión acertada porque, de esta manera, había mucha menos gente en la montaña y, además, la luz era mucho mejor (el sol sale justo por detrás del Everest). En el camino hasta los 5.550 metros de la cima de Kala Patthar, el Everest fue apareciendo por detrás de otros picos y al llegar a lo más alto las vistas fueron increíbles. No sólo parecía que podíamos tocar con la punta de los dedos la cima de la montaña más alta de la Tierra (8.848 metros sobre el nivel del mar, que se dice pronto), sino que estábamos rodeados de otros muchos picos impresionantes.

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Estuvimos disfrutando de este lugar hasta que el viento y el frío nos hicieron volver a la realidad y comenzamos a descender la montaña. Será difícil olvidar la impresión de estar en mitad del Himalaya, rodeada de picos nevados, incluido el Everest. Pensé que iba a ser imposible encontrar un lugar más increíble, pero nuestra ruta por el parque todavía nos depararía otros paisajes por lo menos igual de impresionantes.

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Habíamos llegado hasta el final del sendero, pero en lugar de regresar por el mismo camino, tomamos una ruta alternativa cruzando 2 pasos de montaña, que en ambos casos nos llevaron de un valle hasta el siguiente alcanzando para ello los 5.300 metros de altura. El primero de estos pasos, Cho La, parecía relativamente sencillo a primera vista. Sin embargo, lo que nos pareció la cima desde lejos no era más que el comienzo de un inmenso glaciar.

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Allí arriba el sendero no estaba señalizado y, además, había que caminar entre grandes rocas cubiertas de nieve y hielo, lo que hizo que avanzáramos muy lentamente. En el último tramo caminamos por encima del comienzo del glaciar, lo que resultó una experiencia un tanto extraña al ir destrozando pequeños cristales de hielo con nuestras pisadas. En todo caso, bajo el hielo se veía a escasos centímetros tierra firme, por lo que no había ningún peligro.

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Llegamos al paso junto con una inmensa nube negra, que cubría todo el cielo y, que, unida a un viento congelado, no nos dejaron disfrutar de la hazaña como nos merecíamos. Nos quedaba todavía un largo camino hasta el siguiente pueblo, que parecía estar aún más lejos de lo que indicaba nuestro mapa.

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Para colmo de males, a mitad de recorrido comenzó a nevar. Yo no veía el momento de sentarme junto a una estufa calentita y devorar un buen plato de arroz con curry. Y en ello estaba cuando por sorpresa volvió a salir el sol. Y esa noche el cielo estaba tan despejado que pudimos ver millones de estrellas (bueno, el disfrute duró bastante poco porque debíamos estar a 10 grados bajo cero, por lo menos, y en seguida volvimos al calor del comedor).

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Las nubes debieron volver a cubrir el cielo en algún momento de la noche porque a la mañana siguiente había unos 5 centímetros de nieve cubriendo todo el pueblo. El valle estaba realmente precioso cubierto de blanco, pero la historia y las fotos de esta parte del camino tendréis que leerlas en el siguiente post.

PD: Como siempre, podéis encontrar muchas más fotos aquí

Posted by gacela 19:00 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes Comments (2)

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