A Travellerspoint blog

August 2012

Parque Nacional Kakadu

Y otras aventuras en el Northern Territory

sunny 30 °C
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Después de atravesar The Kimberley, Craig, Ronnie y yo cruzamos la frontera entre estados australianos, dejando atrás Western Australia y adentrándonos en el salvaje Northern Territory. Aquí pasamos la mayor parte de los 6 días que dedicamos a recorrer la zona en el parque nacional Kakadu, pero también nos dio tiempo a visitar algún que otro lugar interesante.

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Parque Nacional Gregory

Por estas tierras no parecen ser muy exigentes a la hora de convertir cualquier cosa en parque nacional, así que nuestra primera parada fue en el parque Gregory, que merece tal estatus gracias a un baobab en el que un explorador inglés inscribió la fecha y su ruta de viaje, por si acaso no volvía a dar señales de vida. En fin, muy vandálicos ellos en el siglo XIX destrozando la corteza del pobre árbol, aunque hay que admitir que no les quedó mal el grafiti.

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Alrededores de Katherine

En nuestro camino hacia Katherine, el único pueblo con el que nos cruzamos en nuestra ruta, paramos en varios miradores y aprendimos un poco sobre la brigada destinada a vigilar esta zona del país durante la Segunda Guerra Mundial, en la que los japoneses llegaron a bombardear Australia. Resumiendo, patrullar aquí se consideraba peor que el infierno (en palabras textuales de los soldados), por el calor, los mosquitos, las lluvias torrenciales y el aislamiento del resto del mundo y si sobrevivieron fue gracias a los aborígenes que utilizaban como ayudantes. Y yo me pregunto qué hubieran hecho los japoneses si realmente hubieran invadido esta región australiana, donde no hay absolutamente nada, ya que parece un poco absurdo conquistar una zona de la que no puedes sacar mucho provecho más allá de su posición estratégica (y del golpe de efecto, claro).

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En Katherine presenciamos la locura que generan los fuegos artificiales el único día del año en el que está permitida su venta y utilización. Fiesta por todo lo alto para celebrar el día del Northern Territory. No me quiero imaginar lo muerto que debe estar el pueblo el resto del año porque nos costó encontrar un sitio para cenar pasadas las 8 de la tarde y, claro, ni siquiera me planteé poder ver la final de la eurocopa que se jugaba ese día (a las 4 de la mañana no debía haber en la calle ni perros callejeros).

A la mañana siguiente, después de celebrar la victoria de España, fuimos a unas aguas termales que se encontraban en un parque a las afueras del pueblo. El sitio era muy bonito y aunque el agua estaba un poco fría para mi gusto, me di un pequeño chapuzón.

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Parque Nacional Nitmiluk

Más conocido como la garganta de Katherine, este parque nacional es principalmente acuático, pues la atracción principal es alquilar una canoa y recorrer el río y sus distintas gargantas. Nosotros nos limitamos a ver una de las gargantas desde un mirador y el sitio tampoco me pareció demasiado espectacular (ahora que ya soy una verdadera experta en gargantas y cañones).

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Eso sí, en el parque vi mi primera serpiente australiana, que, por cierto, nos dió un susto de muerte cuando apareció deslizándose sinuosamente mientras leíamos las indicaciones de un cartel. No sé si en la foto se aprecia bien, pero era bastante larga, aunque no muy gruesa. Y como no teníamos ni idea de qué tipo de serpiente era, nos mantuvimos a una buena distancia hasta que desapareció tan deprisa como había aparecido. El parque también tenía su población de ualabíes (wallabies en el original inglés), una especie de canguro pequeño que vive en zonas rocosas.

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Parque Nacional Kakadu

Y, por fin, llegamos al parque nacional Kakadu, mundialmente famoso por ser el hogar de Cocodrilo Dundee (para aquéllos con mala memoria o pocos años, mítica película australiana de los años 80). Un parque inmenso con variedad de ecosistemas y paisajes y, sobre todo, con una impresionate colección de arte rupestre aborigen. Los cocodrilos también son parte importante del parque, ya que aquí viven tanto los pequeños cocodrilos fluviales, como los enormes cocodrilos de estuario (también conocidos como marinos, de agua salada o, cariñosamente, salties). Estos últimos son los reptiles más grandes del mundo y resultan realmente peligrosos, ya que si te pones a tiro, no dudan en convertirte en su cena.

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La bienvenida al parque nos la dio un búfalo que casi nos estampa cuando salió disparado de entre los árboles. Luego decidió que le gustaba más pasear por la carretera de tierra y así fuimos a su estela durante unos cuantos kilómetros. Los búfalos no son autóctonos de esta zona, sino que fueron introducidos desde el sudeste asiático con la esperanza de criarlos en esta región. El experimento no funcionó y ahora hay cientos de búfalos que campan a sus anchas por el parque y causan destrozos allí por donde pasan.

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Sin más incidentes llegamos al camping donde íbamos a pasar la noche. Tengo que decir que las instalaciones de los diversos campings del parque están muy bien, hasta tienen duchas. Pero también cuentan con una colonia de mosquitos asesinos, que me acribillaron cada tarde con pantalones puestos y todo. En fin, a la mañana siguiente nos dispusimos a hacer nuestra primera excursión en el parque y el comienzo de nuestra visita no pudo ser mejor, ya que el sitio era increíble. El mirador era en realidad la parte de arriba de una cascada, donde el agua formaba unas pozas cristalinas antes de precipitarse varios metros al vacío. Al ser época seca te podías acercar hasta el borde mismo de la cascada, donde se apreciaba el caudal de agua que debía bajar por allí en la temporada de lluvias.

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Desde abajo daba la impresión de que la cascada fuera mucho más pequeña, pero aún así, la vista con el lago verdoso y la pared de roca negra se merecieron unas cuantas fotos.

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Durante nuestros días en el parque, también hicimos varias caminatas, pero no me parecieron demasiado interesantes. Hacía mucho calor, no había ni una sombra y el paisaje no variaba demasiado a lo largo del trayecto. En fin, que resultaron ser mucho esfuerzo para poca recompensa. Aquí os dejo unas fotos para que os hagáis una idea

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Otro día fuimos a ver el atardecer en una de las zonas que más me gustaron del parque, Yellow Water. El humedal, que ya era bastante impresionante de por sí, adquirió unos colores preciosos con la caída del sol, como espero podáis apreciar en las fotos. Y, para rematar, una increíble luna llena iluminó el cielo una vez que el sol había desaparecido.

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El día siguiente se convirtió en el día cultural, pues visitamos las zonas de arte rupestre más significativas del parque. Primero fuimos a Anbangbang, en cuyas rocas descubrimos pinturas de todo tipo: unas explicando el comienzo del mundo, otras mostrando escenas de caza, canguros, gente bailando,... En fin, un poco de todo desde la perspectiva del clan aborigen que habitaba estas tierras. Aquí aprendimos que muchas de estas pinturas tienen más de 10,000 años de antigüedad y que es normal que haya unas pinturas encima de otras, pues los aborígenes no parecían tener tanto aprecio por sus obras de arte.

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Tras un pequeño descanso, comida incluida, en una bonita laguna llena de pájaros, que Craig bordeó mientras Ronnie y yo nos echábamos la siesta, retomamos la ruta de pinturas.

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En esta ocasión tuvimos que caminar casi una hora bajo un sol abrasador para llegar hasta esta otra zona de pinturas rupestres, que pudimos disfrutar a nuestras anchas pues éramos los únicos turistas allí. En estas rocas volvimos a ver escenas de caza y figuras alargadas, así como las típicas manos (¿quién no ha hecho en algún momento un dibujo igual con sus propias manos?)

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Acabamos este intenso día de exploración en otra sección con numerosas pinturas (en este caso, los peces eran el principal tema), pero después de todo el día viendo pinturas, estaba ya un poco harta de tanta cultura y lo que más me gustó del sitio fueron las vistas al atardecer.

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Nuestro tiempo en Kakadu se acababa y todavía no habíamos visto al famoso cocodrilo de estuario, así que nuestra última mañana fuimos a la búsqueda del reptil en uno de los ríos más caudalosos del parque y con el significativo nombre de East Alligator. La verdad es que no teníamos muchas esperanzas, pues habíamos visto nuestras expectativas defraudadas una y otra vez. Sin embargo, esa mañana no vimos uno, sino dos inmensos cocodrilos tomando el sol en la orilla del río. El primero estaba un poco lejos, en la otra orilla y fue Craig el que lo descubrió, aunque al principio no estábamos seguros de si era una roca o un "salty". Fue muy emocionante cuando nos acercamos y comprobamos que efectivamente se trataba de un cocodrilo enorme camuflado entre el barro de la orilla. Por su parte, el segundo que descubrimos estaba en nuestra orilla del río, a escasos 15 metros, pero estábamos protegidos por una maraña de vegetación y un terraplén y el cocodrilo no hizo ni amago de haber advertido nuestra presencia.

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En definitiva, un final impresionante para un parque no menos interesante. Y así se terminaron nuestras aventuras juntos. Horas después llegamos a Darwin, donde nuestros caminos se separaron y me despedí de Ronnie y Craig. Yo volaba a Indonesia dos días después, pero aún tuve tiempo de explorar un último parque nacional en Australia.

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The Kimberley

La última frontera australiana

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The Kimberley es una región increíble en el norte de Western Australia, conocida como la última frontera del país. Se trata de un territorio algo más pequeño que España y en el que viven unas 45,000 personas, así que hay mucha naturaleza salvaje por explorar. Para ello, se puede optar por una de las 2 carreteras que la cruzan por completo, una asfaltada y otra de tierra, cuyo acceso está limitado a vehículos todoterreno. Para esta aventura, me uní a Craig y Ronnie en Broome y juntos recorrimos la región en 5 intensos días.

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El estupendo coche de Craig tenía tracción a las cuatro ruedas, pero no era todoterreno, por lo que sólo pudimos acceder a algunas zonas de la carretera sin asfaltar. Aún así, los sitios que visitamos me encantaron y, en general, el paisaje me resultó mucho más variado que en el resto del país. Condujimos por zonas de desierto de arena blanca y vadeamos muchos arroyos, en los que abundaba la vegetación.

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Pero también vimos colinas y montañas que me recordaron a las películas del lejano oeste. Todo esto siguiendo una ruta estupenda que Craig había preparado y que nos evitó al resto tener que preocuparnos de los sitios que visitar. En uno de nuestros trayectos por la carretera, presenciamos una de las escenas más impactantes que recuerdo. Justo delante de nuestro coche un dingo (una especie de perro salvaje australiano) estaba persiguiendo a un canguro pequeño y le saltó al cuello en plena carretera. Entonces, los dos rodaron hacia la cuneta y nosotros paramos el coche al lado. El dingo se debió asustar con nuestra presencia porque soltó a su presa y tras unos segundos de indecisión ya no fue capaz de dar caza al canguro, que había puesto pies en polvorosa a la primera oportunidad. Fue un momento realmente emocionante, casi como estar en mitad de un documental, y nos costó un poco asimilar lo que acabábamos de ver, pero desde ese día no pudimos dejar de hablar de ello.

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Otro día, cuando ya no esperábamos descubrir nada interesante, nos topamos con unos fuegos controlados (o eso esperamos) a lo largo de kilómetros y el espectáculo resultó digno de ver. Las llamas danzaban entre los árboles iluminando la noche y creando millones de sombras.

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Esta zona de Australia tiene dos estaciones bien diferenciadas: la época de lluvias, que dura de noviembre a mayo, y la época seca, que coincide con el invierno austral. Durante la estación de lluvias resulta imposible, o muy complicado, visitar The Kimberley porque las inundaciones son frecuentes y la carretera sin asfaltar se cierra al público, mientras que la asfaltada sufre cortes frecuentes. Así que los turistas aprovechan la época seca para visitar la región y, en verdad, no son pocos los que vienen hasta aquí en busca de aventuras. Nunca había visto tanto todoterreno junto. Por nuestra parte, nosotros visitamos un montón de sitios interesantes:

Prisión dentro de un baobab

Nuestra primera parada en The Kimberley fue en un baobab enorme, que a finales del siglo XIX fue utilizado como prisión para los aborígenes que eran trasladados a la ciudad para ser juzgados (me pregunto si a los criminales blancos también los trataban así). El árbol es inmenso y hueco por dentro, así que allí metían a la gente por una pequeña abertura y, por una noche, no tenían que preocuparse de ellos.

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Me sorprendió mucho ver baobabs (boabs, para los australianos) aquí, ya que pensaba que sólo crecían en África, pero, como podéis ver, estaba completamente equivocada. En esta zona del país se levantan imponentes, dando un carácter especial a los inmensos espacios abiertos.

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Parque Nacional de la Garganta de Windjana

Tras alucinar con el árbol cárcel, nos dirigimos al parque nacional de la garganta de Windjana, un lugar increíble en el que los cocodrilos son los reyes. Cuando ves el cartel que te avisa del peligro de cabrear a los cocodrilos, piensas que, a lo mejor, te encuentras con uno o dos, pero al llegar al río descubres que hay muchísimos. Unos tomando el sol en la orilla, otros relajados en el agua, otros nadando,... En fin, una verdadera pasada.

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Estos cocodrilos fluviales relativamente pequeños se encuentran exclusivamente en el norte de Australia, donde se les conoce cariñosamente como freshies. En teoría son inofensivos, pero acojonan igual cuando te acercas.

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Además del encanto de los reptiles, la garganta es un sitio precioso. El río de color verde intenso se encuentra encajado entre dos paredes de roca gris y rojiza, formando una especie de oasis en el desierto que rodea el lugar. Y multitud de pájaros diferentes pueblan los eucaliptos que crecen en ambas orillas. Desde luego, no se me ocurre un mejor sitio donde comenzar nuestras aventuras en la región.

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Parque Nacional Tunnel Creek

La siguiente parada en nuestra ruta supuso un cambio radical con respecto al parque anterior, ya que Tunnel Creek consiste en un túnel que el agua ha excavado en la roca, así que nada de paisajes ni de animales. El túnel estaba más oscuro que la boca del lobo (también hay que decir que nuestras linternas no eran muy potentes) y encima un agua congelada cubría muchos tramos. Avanzar por el túnel supuso todo un reto. Al poco de empezar, yo ya no sentía los pies como consecuencia del frío y, además, en el agua no veía por donde pisaba, lo que daba un poco de repelús, especialmente en las zonas con fango. Vamos, que, aunque la experiencia resultó emocionante, me alegré cuando volvimos a la superficie.

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Parque Nacional de la Garganta de Geikie

Está claro que si una cosa tiene The Kimberley son parques nacionales y gargantas, así que de nuevo nos topamos con una combinación de ambos en el parque nacional de la garganta de Geikie. No pasamos aquí mucho tiempo, pero fue lo justo para disfrutar de la explosión de colores que la puesta de sol generó.

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Garganta de Amalia

Y de nuevo nos encontramos con una garganta que explorar en el camino. En este caso, había un sendero que recorría toda la garganta hasta llegar a una cascada, cuya agua descendía junto a la pared de piedra. Nos llevó toda la mañana seguir el camino, escalando en algunos tramos, pero el esfuerzo mereció la pena. Nunca pensé que pudiera haber tantos tipos distintos de gargantas y que todas me fueran a gustar tanto.

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Whyndam

En nuestra ruta también pasamos por Whyndam, un pueblo sin más encanto que encontrarse en la punta más noroeste de Australia y cuya principal atracción son unas vistas no demasiado interesantes de la desembocadura de un río enorme, aunque a mí me gustó más el cocodrilo gigante que adorna la entrada del pueblo. Aquí también pudimos comprobar que no teníamos que preocuparnos por los ciclones.

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Poco después de salir de Whyndam tuvimos el único incidente del viaje. Por suerte, fue sólo un pinchazo, aunque cambiar la rueda fue más complicado de lo que nos imaginábamos. En todo caso, lo logramos arreglar y continuar camino sin más problemas. Eso sí, empiezo a pensar que tengo algún gafe con los coches porque cada vez que me subo a uno acaba parado en la cuneta por uno u otro motivo.

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Parque Nacional Mirima

Cuando ya parecía que era imposible encontrar otro parque digno de visitar, llegamos, casi por casualidad, a este parque un tanto distinto a los demás. Este pequeño parque a las afueras de Kununurra está poblado por unas extrañas rocas redondeadas formadas por estratos de color gris oscuro y rojo. En definitiva, un sitio de lo más interesante, que no estoy segura que se refleje fielmente en las fotos.

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Por último, antes de abandonar Western Australia (me costó creer que había pasado en este estado más de 2 meses) hicimos una parada en el lago Argyle, un inmenso lago artificial, donde disfrutamos del atardecer y nos despedimos de esta impresionante región, que nos encantó a los tres.

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Posted by gacela 02:20 Archived in Australia Comments (0)

Broome

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Para ser sincera, no tengo mucho que contar de Broome, un pueblo turístico en mitad de ninguna parte, pero la aventura que supuso llegar hasta aquí sí que merece unas líneas. Para empezar, os recordaré que Judith, Miriam y yo estábamos tiradas en Tom Price esperando un radiador que parecía no llegar nunca. A todo esto, mis 3 meses en Australia estaban llegando a su fin y tenía que llegar de alguna manera a Darwin, a más de 3,000kms. y desde donde salía mi vuelo, en poco más de 2 semanas o convertirme en inmigrante ilegal.

Por supuesto, Tom Price no tiene ningún tipo de transporte público, por lo que la tarea de salir de aquí requirió de un poco de imaginación. Barajamos todas las opciones: me pasé un par de días por el camping del pueblo en busca de alguien que se ofreciera a llevarme, sin mucho éxito; pensamos en un autobús que pasaba a 130kms. por la carretera principal, pero sólo hacía la ruta un día por semana, así que tampoco me servía; otra opción era quedarme a dormir en el parque nacional, pensando que sería más fácil conocer a algún grupo de turistas que se dirigieran hacia Broome o incluso Darwin; como último recurso, Razz propuso llevarme a la ciudad más cercana, a 300kms por una carretera sin asfaltar.

Afortunadamente, no fue necesario recurrir a medidas desesperadas, pues un camionero amigo de nuestros nuevos amigos se ofreció a llevarme hasta la siguiente ciudad (no hay como tener contactos). Así, me despedí con mucha pena de mis compañeras de viaje de las últimas semanas (nos lo habíamos pasado realmente bien explorando Western Australia) y un día de madrugada, concretamente a las 2 de la mañana, me subí al inmenso camión que debía sacarme de Tom Price. Después de bostezar sin parar durante casi una hora intentando dar conversación a mi chófer y alucinando con la manera de tomar las curvas cuando llevas 3 trailers detrás, acabé durmiendo como un tronco en la cama de la cabina hasta que llegamos a las 7 de la mañana a la primera parada de mi ruta del día: una cantera, que era el destino final de mi camión y, por tanto, donde tenía que cambiar de transporte para llegar a la ciudad que se encontraba a 50 kilómetros de distancia. De esta manera, me subí al segundo camión del día y, más despierta esta vez, estuve de charla con mi nuevo camionero mientras esperábamos que llenasen el camión de grava y pasábamos por todos los controles del lugar. Como os podéis imaginar, el camión no tenía permitida la entrada en la ciudad, así que este amable camionero, al que le faltaba la mitad de la dentadura, aparcó el trailer y me llevó hasta la parada del autobús en camioneta.

Parece que había sincronizado el trayecto desde Tom Price perfectamente, pues el autobús estaba en la parada cuando llegamos y salía en 5 minutos. A pesar de todo, casi me quedo en tierra porque cuando voy a comprar el billete a los conductores, me dicen que son 140$ y descubro que sólo tengo 120$ en efectivo en la cartera y, claro, no se puede pagar con tarjeta. Menos mal que se tiraron el rollo y se conformaron con quedarse con todo mi dinero. Después de todo, ya estaba en el autobús a Broome y sólo me quedaban 8 horas para llegar a mi destino. El autobús me recordó a mis viajes por Estados Unidos del año anterior y no sólo porque el nombre de la compañía es el mismo (aunque parece que no tienen relación). El bus estaba casi vacío y en lugar de los expresidiarios que pueblan el transporte público estadounidense, aquí la mayoría de los usuarios eran aborígenes, algunos de los cuales no habían visto una ducha en semanas. Por otro lado, el sistema parece ser igual de "eficiente" a ambos lados del Pacífico. Concretamente, en esta zona de Australia tienen un extraño mecanismo por el que, a mitad de camino, el autobús se para y espera al que viene en sentido contrario para intercambiar conductores. Total, que si uno de los buses va con retraso, todo el mundo tiene que esperar y, de esta manera, estuvimos parados en una gasolinera en mitad del desierto durante casi 2 horas hasta que llegó el otro autobús y pudimos continuar camino, en el mismo autobús, pero con distinto conductor.

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En fin, sin más contratiempos llegué por la tarde a Broome con la misión de encontrar nuevos compañeros de aventuras con los que viajar hasta Darwin. No resultó ser una tarea sencilla porque había más gente buscando coche que ofreciéndolo, pero tuve mucha suerte y pude ponerme en ruta a los 2 días, aunque esta es otra historia que tendrá que esperar al siguiente post. En todo caso, mis 2 días en Broome fueron de lo más relajado. Tampoco es que haya mucho que hacer en este pueblo de escasos 15,000 habitantes que se encuentra en mitad de ninguna parte. Las dos ciudades más cercanas son Perth y Darwin, la primera a 2,400kms y la segunda a 1,900. A pesar de ello, o tal vez por eso mismo, Broome se ha convertido en un centro turístico de primer orden, lleno de hoteles, restaurantes y resorts playeros.

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Su mayor atractivo es una playa kilométrica (Cable beach), en la que en teoría se pueden dar paseos a camello, aunque yo no vi ninguno el día que fui a explorarla con Daniel, un mochilero alemán al que conocí en el autobús. La playa está muy bien, con una arena blanca infinita, y el atardecer sobre el Océano Índico es precioso, aunque creo que no es suficiente reclamo para venir hasta aquí. Como tampoco me lo parecieron las perlas que se cultivan en la zona o el pequeño barrio chino. Además, el pueblo resulta un tanto peligroso por la noche, pues está lleno de aborígenes borrachos (uno de los grandes problemas de este país).

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Así que quiero pensar que la cantidad de turistas que había en Broome se encontraban de paso, igual que yo, dispuestos a aventurarse en una de las zonas más remotas del país, la denominada última frontera australiana: The Kimberley.

Posted by gacela 22:22 Archived in Australia Comments (0)

Parque Nacional Karijini

O cómo pasar dos semanas en Tom Price

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Después de despedirnos de Exmouth (con gran alegría por mi parte, tengo que admitir), pusimos rumbo a uno de los parques más populares de Western Australia. El parque nacional Karijini se encuentra literalmente en mitad de la nada y hacia allí nos dirigíamos cuando nuestro maravilloso vehículo decidió romperse. Antes de ese fatídico momento, habíamos disfrutado de una preciosa carretera y una noche de acampada en mitad de ninguna parte, con millones de estrellas sobre nuestras cabezas y el ruido de los grillos y alguna que otra vaca solitaria como única compañía.

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Dentro de la mala suerte que supone tener una avería, el coche tuvo la decencia de expulsar el agua del radiador por una grieta cuando estábamos en el único pueblo en 500 kilómetros a la redonda y así acabamos en Tom Price, uno de los numerosos pueblos mineros de esta zona de Australia. La gracia de cambiar el radiador costaba cerca de 1,000$, ya que tenían que traerlo desde Perth, y a Judith se le ocurrió la idea de comprar uno en eBay por la mitad de precio. Claro, lo que no pensó es que iba a tardar la vida en llegar desde la otra punta de Australia. Pero en fin, cada cosa a su tiempo. Atrapadas en Tom Price y sin medio de transporte tuvimos la increíble suerte de conocer a Razz, cuyo contacto nos pasó el dueño del taller mecánico. Nuestro nuevo amigo vivía en un autobús convertido en caravana en los terrenos de un club de bicicross y allí nos dejó instalarnos y nos trató como el mejor de los anfitriones. Así que, aparcamos bajo la sombra de un árbol y con todas nuestras necesidades cubiertas (agua corriente, baños y electricidad), nos dedicamos a esperar la llegada del radiador.

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Gracias a este contratiempo pudimos comprobar de primera mano cómo es la vida en los pueblos mineros australianos. Para empezar, se trata de lugares un tanto extraños, puesto que han sido creados exclusivamente para satisfacer las necesidades de las minas. La gente trabaja a turnos de 10-12 horas todos los días de la semana, muchos de ellos trabajando 2 semanas seguidas y descansando la tercera, en la que la compañía les manda de vuelta a sus lugares de origen. En definitiva, la inmensa mayoría de ellos no quieren estar aquí y están en el pueblo simple y llanamente por el dineral que les pagan, que, os puedo asegurar, no es poco (el sueldo medio está en torno a los 100,000$ al año). La oferta cultural es inexistente y el único entretenimiento es el bar del pueblo, que, por otro lado, es bastante cutre. Además, no pueden pasarse con la bebida porque todas las mañanas tienen que soplar antes de empezar a trabajar y si no dan 0,0 no entran a la mina y a la segunda infracción les echan. No había visto nada igual en mi vida, ¿cuánto tienes que beber para dar positivo en el test de alcoholemia a la mañana siguiente? pero bueno, así os hacéis una idea de la cultura alcohólica de este país. Para colmo de males, existe una escasez de viviendas en el pueblo increíble, con lo que si no trabajas directamente para las compañías mineras (Río Tinto es la principal en Tom Price), que tienen alojamiento propio, es casi imposible encontrar casa y las pocas que hay tienen unos precios absolutamente desorbitados. De esta manera, te encuentras a gente que gana fácilmente 4,000$ a la semana y vive en autocaravanas, como nuestro amigo Razz. Y, claro, se me olvidaba decir que el número de hombres es infinitamente superior al de mujeres y, así, una noche que fuimos al pub fuimos la atracción del día, ¡carne fresca! Casi daba la impresión de que hacían cola para hablar con nosotras y, eso sí, no nos dejaron pagar ni una sola bebida. En fin, que nunca había recibido tanta atención en mi vida. Por si os interesa, éste es uno de los camiones que utilizan en las minas y también tienen unos trenes infinitos (de casi 200 vagones) que transportan el material directamente al puerto más cercano.

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Los días pasaron con más pena que gloria en Tom Price. En algunos no hicimos absolutamente nada, más que jugar a los dados y ver alguna que otra peli en el ordenador. En otro par de ocasiones hicimos el esfuerzo de ir hasta el centro del pueblo, a unos 4 kilómetros, a comprar provisiones al súper. Y el día que nos vimos con más energías, subimos la montaña sin nombre (nameless mountain) que se encontraba a espaldas de nuestro campamento y desde cuya cima se divisaban todos los alrededores, incluido el enorme agujero de la mina.

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Entretanto, Razz organizó varias barbacoas, en las que conocimos a otros habitantes de este extraño lugar y nos pusimos hasta arriba de carne. Y otra noche, Judith nos preparó unas hamburguesas espectaculares (todavía me relamo al recordarlas). En fin, que comida no nos faltó durante nuestra estancia.

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Y gracias a la generosidad de Razz también pudimos explorar parte del parque nacional, ya que nos prestó su camioneta dos días. En el primero, fuimos hasta la garganta de Hemersley. Un lugar ideal para pasar el día junto a las pozas formadas a lo largo del río. Aquí llevamos todo lo necesario para pasar el día de picnic. Y nos maravillamos con los colores de las rocas, algunas de las cuales parecían ser un verdadero arco iris. Me resulta imposible no poner otra foto con los tonos marrones de la carretera al atardecer.

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Nuestra segunda excursión al parque fue un poco más activa, visitando las gargantas de Weano y de Knox. Nos lo pasamos genial explorando todos los cañones, tanto desde arriba como desde abajo.

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Nos dimos un buen tute de caminar y, la mayor parte del tiempo, nos encontramos solas en los senderos. La verdad es que se trata de un lugar precioso y no sé si las fotos dan una idea de lo impresionante que son estas gargantas, que se elevan verticalmente varios metros y te hacen sentir diminuta.

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Con el equipo adecuado, además, se puede ir de una garganta a otra, aunque nosotras nos tuvimos que limitar a seguir los senderos más sencillos. Yo incluso decidí volver a lo alto de la garganta cuando uno de ellos obligaba a mojarse hasta la cintura. No hace falta decir que el agua estaba congelada. En fin, aprovechamos el día, y el coche, lo máximo posible. Y, desde luego, entendimos por qué Karijini es uno de los parques mejor valorados de toda Australia.

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La espera por el radiador continuaba y yo tenía que salir de Australia en 3 semanas, llegando hasta Darwin (a unos 3,000 kms. de donde estábamos). Así que no me quedó más remedio que abandonar a mis compañeras de viaje en Tom Price y seguir camino por mi cuenta, pero esta historia tendrá que esperar al siguiente post.

Posted by gacela 04:34 Archived in Australia Comments (3)

Ningaloo Reef y Parque Nacional Cape Range

rain 20 °C
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Nuestra siguiente parada en la ruta por la costa oeste australiana fue en "la otra barrera de coral" del país, de nombre Ningaloo Reef. Al contrario que en la famosa Gran Barrera, en esta zona el coral se encuentra a escasos metros de la playa y se puede visitar desde la orilla, sin necesidad de subirse a un barco. Además, en esta época del año este área es visitada por tiburones ballena (y cientos de turistas con la intención de verlos de cerca). A pesar de que sobre el papel se trata de un lugar extraordinario, tengo que admitir que los días que pasé aquí no fueron los más entretenidos de mi viaje. Pero bueno, mejor os lo cuento en detalle.

Empezamos el viaje en esta región cruzando el Trópico de Capricornio, que, aunque a mis compañeras de viaje no les pareció demasiado emocionante, por algún extraño motivo, a mí me encantan estos hitos geográficos. Además, el paisaje de este camino estaba aderezado con unos impresionantes termiteros, que le daban un toque diferente al desierto por el que llevábamos conduciendo más de 500 kilómetros desde nuestro anterior destino.

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Tras largas horas en el coche por fin llegamos a Coral Bay y nuestra decepción al encontrarnos con el Benidorm de Western Australia no pudo ser más evidente. El pueblo en realidad consta de una calle junto a la playa, con un par de hoteles y dos campings, pero la cantidad de gente que había en ese pequeño espacio nos dejó un poco planchadas, pues no habíamos visto tantas personas juntas desde que salimos de Perth dos semanas antes. Decidimos que tenía que haber un sitio mejor para ver el arrecife y, tras hacer unas cuantas averiguaciones y encontrarnos con Nico (un alemán amigo de Judith), nos dirigimos a un camino para todoterrenos y después de atravesar varias dunas llegamos a una playa desierta conocida como "five fingers" por el coral que se adentra en la playa con la forma de cinco dedos. Esto ya era otra cosa y hasta me dí mi primer remojón en el Océano Índico, aunque el coral aquí tampoco me pareció demasiado espectacular. Lo mejor fue conducir de vuelta por la dunas. Si ir de copiloto o en el techo es divertido, conducir por la arena no tiene adjetivos suficientes para describirlo.

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Al día siguiente vivimos el primer tropiezo de una serie de mala suerte que nos acompañó durante nuestra estancia en la región. La salida para bucear con rayas que habían contratado Judith y Nico se canceló por falta de gente y decidimos poner rumbo a Exmouth, el pueblo desde donde salían los barcos para bucear con los tiburones ballena. Entonces tuvimos la brillante idea de ir por un camino para todoterrenos en lugar de por la carretera, pensando que iba a ser más bonito conducir junto al mar, pero en realidad sólo resultó ser más lento e incómodo, pues aunque el mar estaba a escasos 200 metros, no se veía desde el polvoriento camino. Después tuvimos que pagar por acampar en mitad de la nada, ya que todo el terreno era privado. Eso sí, contamos con una playa de aguas cristalinas para nosotros solos esa tarde.

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Y desde allí no sólo pudimos disfrutar de un atardecer realmente bonito, sino que contemplamos con estupor un eclipse de luna. Nos resultó un poco extraño que la luna no estuviera llena y flipamos cuando empezamos a ver que la zona oscura iba moviéndose y aumentando a la vez. Fue sinceramente impresionante.

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A la mañana siguiente amaneció nublado y no nos libramos de la lluvia, que cayó de manera intermitente durante todo el día. A pesar del mal tiempo, visitamos una parte del parque nacional Cape Range. Primero, nos dimos un paseo por un cañón, cuyo río desembocaba en el mar, y después intentamos darnos una vuelta por una de las playas, pero desistimos enseguida porque andar bajo la lluvia pasando frío a pesar de tener los abrigos puestos no nos pareció el mejor plan.

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Visto que no íbamos a hacer mucho más ese día, nos dispusimos a acampar en el parque y entonces descubrimos que todos los campings estaban llenos y no nos quedó más remedio que poner rumbo a Exmouth. Por lo menos, la lluvia hizo que los canguros se lanzaran a la carretera en pleno día y el camino nos resultó de lo más entretenido.

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Y así llegamos a Exmouth, que debe ser el pueblo más feo y aburrido de toda Australia y en el que, para mi desgracia, acabamos pasando una semana entera (debió ser la semana más larga de la historia). Este pueblo se fundó en los años 60 para dar soporte a una base naval americana, de la que se conservan unas inmensas torres de comunicación para submarinos que pueden enviar señales a medio mundo. En todo caso, no pusieron mucho esmero en la construcción el pueblo, que a pesar de estar en plena costa se encuentra a 3 kilómetros del mar y ni siquiera cuenta con un paseo marítimo. La lluvia, que no había hecho acto de presencia en los 8 meses anteriores, decidió aguarnos la visita (nunca mejor dicho) y tuvimos que esperar al buen tiempo para hacer las actividades que habíamos planeado. Por lo menos, durante nuestra estancia en tan maravilloso lugar, conocimos a unos chicos muy majos, aunque algo locos, que nos alojaron un par de días en su casa. El primer día, nos llevaron con su todoterreno a otra zona del parque nacional Cape Range y fue divertidísimo ir por allí derrapando en cada charco de barro.

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Otro día, en el que la lluvia nos dio un respiro, fuimos a uno de los arrecifes de coral de la costa y vimos un montón de animales muy cerca de la orilla, desde un tiburón de arrecife a una tortuga, pasando por miles de peces de colores y una raya de extraños colores. Esa noche la pasamos en el barco pesquero en el que trabajaba uno de ellos y cenamos los mejores langostinos que he comido en mi vida. Eso sí, dormir en el barco no me gustó nada. ¡Qué poco espacio y qué ruido constante! Y, a pesar de estar atracado, parecía que aquello no paraba de moverse... En definitiva, recordarme que marinera no es la profesión para mí.

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Y, por fin, llegó el momento que tanto habíamos estado esperando, la excursión para bucear con tiburones ballena, el pez más grande del océano. A pesar de que el tiburón es realmente impresionante, la experiencia me resultó bastante decepcionante. Primero, para calentar motores (o enfriarnos, según como se mire porque hacía bastante frío pese al sol que brilló ese día), nos llevaron a un arrecife de coral, en el que vimos lo típico: pececillos de colores, alguna que otra raya, unas medusas rosas inmensas,...

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Mientras, una avioneta se dedicó a buscarnos un tiburón con el que bucear. Ese día parece que sólo había un tiburón ballena en todo el océano. Así que 10 barcos, con sus respectivos 20 turistas, nos lanzamos a perseguirlo en fila india (civilidad, ante todo). Las normas de buceo con tiburones ballena (no sé muy bien de dónde han salido estas normas, pero bueno) indican que sólo puede haber 10 personas en el agua con el tiburón, así que cada barco tiene dos turnos de unos 5 minutos cada uno con el animal antes de pasar el bicho al siguiente barco. Así, la primera vez te tiras al agua sin saber muy bien qué esperar hasta que ves al inmenso animal entre un batiburrillo de piernas y brazos que intentan nadar a la vez que tú y acabas nadando para evitar ser atropellada por alguno de tus compañeros. Para cuando te quieres dar cuenta de qué ha pasado, te indican que tienes que volver al barco. Y allí esperas (intentando no morir congelada) a que te toque meterte en el agua otra vez, es decir, hasta que el otro grupo de tu barco y los turistas de los otros 9 barcos han tenido su oportunidad de ahogarse.

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A todo esto, el tiburón ni se inmuta con la cantidad de gente que literalmente intenta nadar a su lado, con poco éxito, todo hay que decirlo, porque es imposible seguir el ritmo de este pez inmenso. Vamos, que el bicho tiene más paciencia que el santo Job. El nuestro en particular no era especialmente grande, medía unos 5-6 metros, pero sí que impresionaba un poco cuando podías acercarte esquivando a tus compañeros. La jugada tonta de la semana fue que al posar para la foto me olvidé por completo que estaba debajo del agua y casi me ahogo al intentar sonreír.

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La mecánica de 5 minutos en el agua, vuelta al barco y a esperar al siguiente turno se repitió unas 6 ó 7 veces. Yo la última ya ni me tiré porque estaba congelada, a pesar del neopreno, y ya sólo pensaba en ponerme ropa seca. De esta manera tampoco me lancé al agua en una última parada que hicimos en un arrecife. Pero gracias a eso pude ver a un dugongo o dugón (sí, yo tampoco conocía de la existencia de este extraño mamífero marino) acercarse sigilosamente a nuestro barco. En todo caso, así es como se ve en el agua a esta especie de delfín obeso.

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Después de nuestras aventuras acuáticas, todavía nos quedamos un par de días más en Exmouth para que Judith pudiera bucear en uno de los sitios más famosos de Australia y aprovechamos para explorar otro de los cañones de Cape Range. Nos dimos un buen paseo (¡qué gusto estar en tierra firme!) y las vistas merecieron la pena. Además, en mitad del monte conocimos a un tipo que había montado su batería y estaba practicando. No pude dejar pasar la oportunidad de hacer un poco de ruido en mitad de la nada.

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Una semana después, mucho más tarde de lo que habíamos previsto, salimos de Exmouth con rumbo al parque nacional Karijini. Otra historia con sorpresa, que os contaré en el próximo post.

Posted by gacela 07:32 Archived in Australia Comments (0)

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