A Travellerspoint blog

October 2012

Bukit Lawang

Paraíso de los orangutanes

sunny 30 °C
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Bukit Lawang es un minúsculo pueblo en el borde de la selva de Sumatra que debe su fama a una reserva de orangutanes. Estos primos segundos nuestros sólo viven en libertad en dos islas en todo el mundo, una es ésta y la otra Borneo. De hecho, orangután es una palabra indonesia (o malaya, que es lo mismo) que significa "hombre de la selva". La vida del pueblo se desarrolla en torno al caudaloso río que lo cruza y donde la gente local hace la colada, friega los platos y se baña, mientras los niños aprovechan para jugar, lanzándose corriente abajo con unos flotadores hechos de restos de neumáticos. El sonido del río es tan fuerte que todas las noches me daba la impresión de que estaba lloviendo a raudales y me levantaba sorprendida de no encontrarme todo encharcado.

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Además de ver la vida pasar junto al río, otra de las atracciones de Bukit Lawang es una cueva llena de murciélagos y de estalactitas y estalagmitas. La cueva me gustó bastante, pero tanto o más interesante me pareció el camino para llegar hasta allí, pasando por plantaciones de árboles del caucho y una reserva/jardín botánico con varios senderos y mucha información sobre especies locales.

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Para explorar en profundidad la selva, Daniel y yo nos unimos a un tour de 2 días. La aventura comenzó cruzando el río en una canoa enganchada a cada orilla por unas cuerdas, que digo yo que ya podían haber construido un puente aquí con la cantidad de gente que cruza. Pero bueno, pasamos con el culo mojado y listos para empezar la caminata.

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A quien no le gusten los simios puede dejar de leer ahora (ésto va por mi madre) porque las siguientes páginas están dedicadas casi en exclusiva a estos fantásticos animales. La primera parada fue nada más cruzar el río, en la reserva de orangutanes a la hora de la comida. Aquí un encargado les entrega plátanos y leche, que beben de una taza sin ningún complejo. Esa mañana se acercaron un orangután hembra con su bebé y, después, un macho, que acaparó todos los focos con su impresionante presencia (¡qué bicho más grande!). Los pobres monos más pequeños tuvieron que conformarse con los restos.

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En las fotos no se aprecia del todo lo ágiles que son los orangutanes, ya que utilizan indistintamente manos y pies para agarrarse a las ramas y moverse de un lado a otro. Resultaba increíble cómo los árboles aguantaban su peso. Y las caras que ponían mientras se comían los plátanos o nos miraban parecían completamente humanas. En fin, espero que los vídeos os den una idea.

Nos hubiésemos quedado allí todo el día, pero teníamos una larga caminata por delante y mucho que explorar en la selva. Fuimos por un estrecho y resbaladizo camino durante un par de horas, en las que vimos algunos árboles enormes, unos pequeños monos que sólo viven aquí (les llaman monos punkies por la cresta, pero el nombre científico es mono Thomas Leaf) y estos extraños bichos de la foto, que viven en la corteza de los árboles. No hace falta decir que a los 10 minutos de empezar ya estábamos todos empapados en sudor y que la humedad y las subidas y bajadas continuas nos tenían destrozados.

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Cuando nos estábamos ya acostumbrando a caminar por la selva, nos encontramos con una orangután enorme y su cría en mitad del sendero. Era una vieja conocida de nuestros guías, con los que había tenido algún encuentro desagradable en el pasado. Para poder continuar no nos quedó más remedio que pagar el peaje y darle a la orangután unos cacahuetes. Sin embargo, la distracción duró poco y sólo la mitad del grupo pudo pasar antes de que la bicha volviera a su puesto de guardia. Al final, hizo falta media piña para alejarla del camino y aún así, después de pasar todos al otro lado, decidió que éramos una buena fuente de comida y comenzó a perseguirnos. Fue un momento surrealista, los 5 turistas más uno de los guías caminando a toda velocidad (o lo más deprisa que podíamos teniendo en cuenta el terreno) sin mirar atrás y el otro guía en la retaguardia vigilando a la orangutana. Los guías se comunicaban por móvil y no paramos hasta que le perdimos la pista. Sinceramente, nunca pensé que acabaría corriendo por la selva perseguida por un orangután.

Después de la frenética persecución, hicimos un picnic junto a un pequeño río, donde repusimos energías para seguir camino. Ya no tuvimos más aventuras, pero sí pudimos disfrutar con más tranquilidad de la selva y sus habitantes, incluido este pequeño camaleón, unas sanguijuelas realmente diminutas y unos monos chillones cuyos gritos nos acompañaron durante un buen rato.

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Al llegar al campamento junto al río nos esperaba una grata sorpresa, una orangutana mucho más amable también vivía allí e hizo las delicias de todos los turistas, que no pudimos dejar de hacer fotos de ella y su cría. Tampoco parecía molestarle que nos acercáramos y, de hecho, a la hora del café se pertrechó en una rama encima de nuestras cabezas y cuando nos despistamos un momento, nos robó la leche condensada (¡qué tía más lista!) Supongo que tanta azúcar no debe ser nada bueno para un orangután, pero no iba a ser yo quien tratara de quitárselo. Sobre todo, viendo la cara de placer que puso cuando empezó a chupar de la lata.

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El campamento estaba de lo más animado, con 3 grupos de turistas, unos monos pequeños que intentaban pillar restos de comida, la orangután y su cría que iban y venían a su antojo y un lagarto gigante embarazado que también decidió darse una vuelta por allí. En fin, que no nos aburrimos pese a la falta de electricidad.

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Esa noche dormimos todos juntos en el suelo bajo una carpa, que nos protegía ante la posibilidad de lluvia, aunque no de los bichos de la selva. Las colchonetas que nos dieron no eran muy mullidas y nos levantamos un poco doloridos, a lo que se unieron las agujetas de la caminata del día anterior.

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De esta manera, mis compañeros de tour decidieron pasar la mañana descansando y dándose algún chapuzón en el río, mientras yo me iba con un guía a explorar un poco más en profundidad la selva. En la primera subida ya me pesaban las piernas y empecé a preguntarme si no había tomado la decisión equivocada. Las dudas se despejaron cuando divisamos a un orangután en lo alto de un árbol. Aunque ya había visto varios el día anterior, éste era el primero realmente salvaje con el que me cruzaba. Estaba claro que nuestra presencia no le hacía mucha gracia porque se encondió entre las ramas y mantuvo la distancia. Parecía que nos mirara con una mezcla de curiosidad y desconfianza. El guía me aseguró que había tenido mucha suerte porque no era habitual encontrarse con orangutanes que no estuvieran habituados a la presencia humana, especialmente, tan cerca del campamento. Así que fue un momento muy emocionante.

Después regresamos al punto de partida, no sin antes detenernos en un par de cascadas y vadear un riachuelo. Por cierto, el agua estaba congelada, así que no me metí más allá de la rodilla, a pesar de la sudada y de llevar 2 días sin ducharme.

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Como despedida del campamento se presentó un gibón negro, que nos dio todo un espectáculo balanceándose de una rama a otra con sus largos brazos. La vuelta a Bukit Lawang fue haciendo rafting en el río, pero en lugar de balsa, íbamos en unos flotadores neumáticos atados entre sí. Así, tampoco tuvimos que remar, pues la corriente nos llevaba y los guías se encargaban de dirigir esta extraña embarcación.

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Bukit Lawang me pareció un lugar precioso y supuso una estupenda despedida de mis aventuras en Indonesia. Mi visado de turista estaba a punto de expirar y me esperaba un nuevo país.

Posted by gacela 22:46 Archived in Indonesia Comments (2)

Lago Toba

storm 25 °C
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El lago Toba es uno de los más grandes del Sudeste asiático, aunque a primera vista no parece tan inmenso porque en el centro hay una isla de dimensiones considerables. En todo caso, es un sitio muy interesante habitado por una etnia con costumbres y tradiciones diferentes al resto de Indonesia, lo que ha convertido el lugar en uno de los principales destinos turísticos de Sumatra. Aquí me dirigí con Daniel desde Bukittinggi en un autobús nocturno que tomaba las curvas de la sinuosa y estrecha carretera como si estuviera en una carrera de fórmula uno. Nunca me había balanceado tanto estando dentro de un autobús. Así que cerré los ojos pensando que nos íbamos a despeñar y me desperté sobresaltada a las 6 de la mañana con una colisión. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue a un señor furioso lanzando un objeto enorme (no estoy segura si era una roca o una sandía) contra el parabrisas del autobús, cuyos cristales inundaron las primeras filas. Ante este ataque, el autobusero decidió no parar y avanzamos un par de kilómetros para poner tierra de por medio.

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El resto de pasajeros no parecían muy sorprendidos con los acontecimientos y nadie había visto contra qué habíamos chocado. Mi teoría, después ver los desperfectos, es que nos habíamos estampado contra un carrito de comida ambulante, cuyo dueño, ante la falta de seguro de accidentes de vehículos y propiedades, decidió hacer justicia por su cuenta y rompernos el parabrisas. La policía tampoco parecía tener mucho que decir, ya que tan solo paramos en la comisaria un par de minutos y, después, nos dirigimos a una oficina que tenía la compañía de autobuses en ese pueblo. Y allí nos dedicamos a esperar. Nadie supo decirnos si iba a venir otro autobús, si pensaban arreglar el nuestro o qué iba a pasar. Así que, 5 horas después, decidimos buscar otro medio de transporte para llegar hasta el lago y, con la ayuda de algunos de los pasajeros, no nos fue difícil encontrar un taxi compartido con el que recorrimos las 3 horas que nos separaban de nuestro destino. En fin, que las millones de veces que me he preguntado en este viaje cómo no se chocan tal y como conducen, ya tiene respuesta: sí se estampan!!!

Tras esta pequeña aventura, que afortunadamente no tuvo mayores consecuencias, llegamos hasta el lago Toba y cogimos una barca para cruzar hasta la isla de Samosir. La mayoría de los alojamientos y restaurantes turísticos se encuentran en una pequeña península de la isla, con el curioso nombre de Tuk Tuk. De esta manera, todos tienen acceso al lago y el barco te deja directamente en el muelle de tu hotel.

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El lago Toba es un sitio perfecto para descansar, ya que el tráfico es limitado (se agradece dejar de oír el ruido incesante de las motos), hay un ambiente muy relajado y las vistas desde cualquier punto de la isla son preciosas. Si eso no fuera suficiente, la etnia Batak que habita Samosir desde tiempos inmemoriales se ha dedicado a construir casas chulísmas, con unos tejados en punta y decoradas con relieves en madera. Algunas de ellas son ahora parte del par de museos de la zona, que también muestran con otros artefactos.

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No sólo las casas bataks son interesantes, sino también sus tumbas tradicionales. La llegada de los misioneros europeos a mediados del siglo XIX supuso un cambio importante en la zona, pues los bataks se convirtieron al cristianismo y ahora hay iglesias por todas partes. Además, según parece, en esa época también dejaron a un lado sus prácticas de canibalismo ritual.

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Ahora, en lugar de comerse a sus enemigos, van en uniforme a colegios católicos y ayudan a los turistas cuando andan un poco perdidos. A los jóvenes les encanta practicar su inglés y a cada ocasión te piden que les eches una mano. Resulta bastante divertido, la verdad.

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Para no perder la costumbre de explorar con la moto, en esta ocasión también alquilamos un vehículo de dos ruedas para dar la vuelta completa a Samosir. Por el camino, disfrutamos de los paisajes de la isla, donde no faltaron los arrozales, omnipresentes en el país, y las palmeras.

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Al llegar al otro extremo de la isla, decidimos que sería divertido cruzar por el medio, en lugar de volver bordeando el agua. Es una de las peores ideas que he tenido nunca. Al principio, la carretera no estaba en muy buen estado, con algunos tramos mejores que otros, pero continuamos porque en el mapa que teníamos aparecía como carretera asfaltada. Sin embargo, a mitad de camino, la carretera empezó a empeorar y llegó un momento en que desapareció por completo. Tal vez con un todoterreno, una moto de motocross o una bicicleta de montaña hubiese sido más sencillo, pero con el scooter sufrimos un montón. El camino era un barrizal con piedras enormes y vegetación y apenas avanzábamos. En fin, que yo ya nos veía pasando la noche en una de las aldeas. Estábamos bastante desesperados (vamos, que ni fotos hicimos) cuando logramos llegar a la carretera principal. Nunca me he alegrado tanto de ver asfalto.

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En definitiva, fueron unos días muy entretenidos en el lago Toba, que abandonamos una buena mañana de la misma manera que habíamos llegado, en una barca. ¡Los orangutanes de Bukit Lawang nos esperaban!

Posted by gacela 05:27 Archived in Indonesia Comments (2)

Bukittinggi

storm 20 °C

Entre lo que me costó llegar, las fiestas del ramadán y las millones de cosas que hay que ver cerca de Bukittinggi, acabé quedándome en la ciudad una semana entera. Al final, me sentía casi como en casa en esta población de 100,000 habitantes rodeada de verdes colinas. Bukittinggi en sí no tiene mucho, pero los alrededores son realmente impresionantes. Además, aquí volví a coincidir con Daniel, el mochilero alemán al que conocí en Australia, y juntos recorrimos todos los rincones de la zona.

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Lo más interesante de la ciudad es su animado mercado, donde puedes encontrar de todo, incluidos souvenirs horterísimos; las casas tradicionales, que tienen unos tejados en punta característicos; un fuerte holandés, del que no quedan más vestigios que algún cañón oxidado; un zoo en el que dan ganas de llevarse los animales a casa para cuidar de ellos como se merecen; y las vistas del valle de Sianok desde el parque de la ciudad, donde los monos compiten por las fotos con el increíble paisaje y donde también se puede visitar una red de túneles construidos por los japoneses.

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En fin, que la ciudad no es el paraíso para el viajero, pero una vez que sales de allí sorteando el infernal tráfico característico de toda ciudad indonesia, no puedes dejar de quedarte con la boca abierta. El primer día de escapada alquilamos una moto y fuimos hasta el lago Maninjau. Ya en el camino, que incluía una carretera de bajada con 44 curvas numeradas (no sé si para ayudar o como tortura), nos topamos con vistas como ésta:

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Y el lago me pareció simplemente increíble, aunque las nubes no ayudaron a que las fotos salieran demasiado bien. Se trata de un lago volcánico, dónde las paredes del cráter se encuentran a unos 400 metros del agua, terreno que los habitantes locales utilizan para cultivar arroz y construir sus viviendas.

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Dimos la vuelta completa al lago en la moto, por una carreterilla de asfalto desigual. A mitad de camino pinchamos, pero, afortunadamente, si algo no falta en Indonesia son talleres de reparación de motos y en 5 minutos arreglaron nuestro bólido y pudimos seguir camino. La verdad es que me dio pena cuando llegamos de nuevo al punto de partida porque podría haber seguido disfrutando de ese paisaje todo el día.

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Después del lago, y de volver a pasar por las 44 curvas, nos dimos un paseo motero por algunas carreteras secundarias con poco tráfico y muchos búfalos, montañas, arrozales y plantaciones de caña de azúcar. Una verdadera delicia antes de regresar a la ciudad justo cuando empezaba a caer el chaparrón de las 4 de la tarde (que no faltó a su cita cada día de la semana que pasamos allí).

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Le cogimos el gusto a la moto, por otro lado, la forma más sencilla de visitar los sitios, y al día siguiente pusimos rumbo al valle de Harau. En este caso, la carretera para llegar hasta allí no era tan bonita y tenía mucho más tráfico, pero las casi 2 horas de trayecto merecieron la pena, ya que el paisaje del valle no nos defraudó.

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Como podéis apreciar en las fotos, el valle se encuentra encajado entre unos imponentes cortados verticales, con todo el terreno horizontal aprovechado para la agricultura por los habitantes de los pequeños pueblos que salpican la zona.

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Después de calarnos hasta los huesos con el diluvio que cayó mientras regresábamos en la moto y del atasco que nos tragamos de entrada a Bukittinggi, la siguiente excursión decidimos hacerla a pie. De esta manera, cogimos un autobús local que nos dejó en un pueblo de 4 casas a las afueras de la ciudad y, desde allí, nos pasamos el día caminando entre pueblo y pueblo.

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Además de disfrutar del paisaje y de las casas de tejados puntiagudos y paredes de madera labrada, pudimos vivir como unas estrellas de cine durante nuestra caminata. En Bukittinggi hay algunos turistas, pero, desde luego, casi ninguno viene hasta aquí y todo el mundo con el que nos cruzamos nos saludaba, si sabía algo de inglés, o nos miraba con curiosidad, si no hablaban inglés o eran tímidos. Fue una experiencia muy curiosa y divertida, contestando a las preguntas favoritas de los indonesios (¿de dónde eres? y ¿adónde vas?)

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Hubo de todo en los días que pasé en Bukittinggi: relax, moto, caminatas, paisajes espectaculares, lluvia, sol,... Y tal vez debería haberme quedado un poco más en la ciudad porque la historia del viaje hasta el siguiente destino tiene miga...

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Llegada a Sumatra

El viaje más largo de la historia

sunny 30 °C

Si alguien me hubiese dicho que iba a tardar 55 horas en recorrer 1,500 kilómetros, no me lo hubiese creído, pero éste es el tiempo que tardé en llegar desde Bogor, al norte de la isla de Java, hasta Bukittinggi, en el centro de Sumatra. Como os podéis imaginar, el viaje fue toda una aventura, en la que me pasó casi de todo mientras utilizaba un medio de transporte tras otro.

Todo comenzó una buena mañana en Bogor, donde abandoné mi hotel con las mochilas al hombro y el objetivo de llegar a Sumatra, la isla grande más septentrional de Indonesia. De esta guisa, me dirigí a la calle principal para coger el primero de mis transportes del día: un autobús local en forma de mini-furgoneta con 2 bancos corridos haciendo de asientos en la parte trasera, donde sentada casi me daba con la cabeza en el techo y en la que tuve que hacer malabares para meter la mochila grande. Así llegué enseguida a la estación de autobuses de Bogor, donde no me costó nada encontrar el bus con destino a la terminal de ferries que cruzan el estrecho de la Sonda, que separa las islas de Java y Sumatra.

El viaje estaba yendo como la seda, ya sólo tenía que subirme a un ferry y estaría en Sumatra (vale que en el sur y a 1,300 kms. de mi destino final, pero, por lo menos, en la misma isla). El único momento curioso de la jornada fue cuando una mujer empezó a echarme la bronca cuando me estaba comiendo unos fideos instantáneos. Me parece bien que ellos quieran ayunar, pero eran las 2 de la tarde y yo sólo había comido unas patatas fritas en todo el día. En todo caso, cuando se dio cuenta de que no le entendía, se fue refunfuñando entre dientes, mientras la gente joven que estaba a mi alrededor se partían de la risa. En parte fui la atracción de la terminal, ya que era la única extranjera esperando con ellos. En fin, una vez en el ferry, los jóvenes locales se encargaron de entretenernos mientras salía el barco (tardó casi una hora). Se tiraban desde cubierta y luego se peleaban en el agua por las monedas y billetes que lanzaban los pasajeros desde el ferry.

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Llegué a Sumatra sin más complicaciones y aquí decidí coger un tren nocturno, que son mucho más cómodos que los autobuses, hasta una de las ciudades principales del sur de la isla. Sin embargo, llegar hasta la estación de tren no fue tan sencillo como me imaginaba. Primero tuve que contratar una moto-taxi que me llevó hasta la parada de un taxi compartido, de esos que salen cuando se llenan. Lo peor fue que al subirme a la moto se me hizo un siete en los pantalones, con el que tuve que ir el resto del viaje (por lo menos, el roto estaba en la parte delantera a la altura de la rodilla). Lo que yo pensaba que sería un trayecto de media hora resultaron ser más de 2 horas en coche, con lo que llegué a la estación 5 minutos antes de la salida del tren. A todo esto ya eran las 9 de la noche y caí rendida en mi asiento de clase ejecutiva (con mantita y servicio de comida).

Por algún extraño motivo, los horarios de los trenes de Sumatra (es decir, de las 2 líneas que existen) están completamente desfasados y las horas de llegada nunca se corresponden con la realidad. De esta manera, aunque en mi billete ponía que llegaba a las 5 de la mañana, todo el mundo sabía que el tren siempre tardaba 3 horas más y la hora efectiva de llegada eran las 8 de la mañana. En este caso, no me importó en absoluto, pues así pude dormir un poco más en mi mullido asiento. Con la legaña todavía puesta me bajé del tren, sólo para subirme a otro una hora después. Ya que había optado por el tren, iba a exprimir el servicio y llegar lo más lejos posible. En este caso, los asientos no eran tan cómodos, pero iba casi sola en el vagón con aire acondicionado. El paisaje en estas 10 horas de trayecto fue muy variado. Primero había infinitas plantaciones de palma, de las que se obtiene aceite de palma, uno de los productos más lucrativos de la agricultura. Después de ese tramo un poco aburrido de palmas en filas perfectamente alineadas, pasamos por una zona boscosa preciosa, donde la vegetación sólo se veía interrumpida por pequeños pueblos, donde el paso del tren era casi el acontecimiento del día (o eso parecía por cómo se acercaban a mirar). Por último, volvieron las palmas y empecé a desear llegar.

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La estación de tren era un hervidero cuando llegué. A las decenas de pasajeros se unieron un enjambre de taxistas y conductores de autobús, en busca de clientes. Yo intenté zafarme del mogollón y en ese momento alguien me señaló con el dedo y gritó: "guiri". Fue muy extraño y nadie hablaba inglés, pero aún así logré hacerme entender y subirme a una furgoneta-bus local con destino a la estación de autobuses (sí, pensaréis que estoy loca, pero pensé que era mejor seguir camino que dormir en esa ciudad, con el ajetreo que supone buscar hotel, total para salir a la mañana siguiente). Yo repetía el nombre de mi destino final, aunque el autobusero y los demás pasajeros no terminaban de creerse que fuera a ir tan lejos. En todo caso, me debieron creer porque, a mitad de camino de la estación, el conductor le hizo una señal a un autobús que iba en sentido contrario y allí mismo hicimos trasvase de equipaje. Lo único que entendí fue el precio (me pareció un poco caro) y algo así como que no había asientos libres. Yo me subí igualmente y la imagen que vi al meter la cabeza no creo que se me borre nunca de la mente. ¡Aquéllo era un bus patera! Estaba lleno de familias, con varias personas sentadas en los pasillos y asientos compartidos por padres e hijos y, por supuesto, olía a humanidad que tiraba para atrás. Me pusieron una caja de botellas de coca-cola del revés a modo de asiento en primera fila y allí me senté. Mientras el autobús salía de la ciudad, llegué a la conclusión de que lo más probable era que este autobús me iba a llevar hasta la estación que estaba a las afueras y entonces me subiría a un bus normal con mi propio asiento para pasar las siguientes 17 horas de trayecto. Y, de hecho, llegamos a una estación de autobuses a las afueras de la ciudad, pero estaba desierta y sólo paramos porque tenían unos problemas mecánicos. Los indonesios que abarrotaban el bus se bajaron en tropel a cargar sus móviles en el restaurante que había allí y dos jóvenes que hablaban algo de inglés, me empezaron a dar conversación. En ese momento, decidí que era absurdo viajar sentada en una caja durante horas y me dispuse a recoger mi mochila y volver a la ciudad. Sin embargo, mis nuevos amigos se ofrecieron a cambiarme el sitio y casi me suplicaron que fuera con ellos (debe ser que el viaje les estaba resultando un poco aburrido y hablar con una chica europea era todo un aliciente). Vistas mis opciones, decidí aceptar su oferta y me subí con toda la tropa de nuevo al autobús.

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Este tramo del viaje fue toda una experiencia. El autobús había salido, casualmente, desde la misma ciudad que yo y estaba llena de familias que iban a sus pueblos de origen en el norte de Sumatra con motivo de las fiestas del ramadán. A pesar del palizón (ellos llevaban allí encerrados día y medio), había un ambiente festivo y la gente estaba de buen rollo. Mi nuevo asiento estaba muy bien, sobre todo, en comparación con mi otra opción, aunque tenía una caja enorme en los pies y la sección de fumadores justo delante. A pesar de eso y de las paradas cada dos horas (incluso en mitad de la noche), dormí gran parte de la noche. Y a la mañana siguiente ya estaba más cerca de Bukittinggi, aunque con tanta parada (alguna con chequeo del motor) me daba la sensación de que no íbamos a llegar nunca. En este largo día me reí muchísimo con la selección de vídeos musicales que pusieron en la tele. Eran grupos que parecían amateurs, con videoclips a la altura de su calidad musical. No tenían desperdicio.

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A media tarde, el autobús llegó a Bukittinggi, donde me despedí de toda la gente que tan bien se había portado conmigo y a la que le quedaba, por lo menos, otro día de viaje. Me alegré de no ser ellos. En ese momento yo llevaba 55 horas seguidas de viaje (vamos, 2 días y medio) y sólo quería encontrar un hotel en el que darme una ducha caliente y dormir en posición horizontal.

Posted by gacela 05:41 Archived in Indonesia Comments (5)

Bogor

Última parada en Java

sunny 30 °C
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No sin un poco de pena, abandoné Pangandaran y puse rumbo a Bogor, una ciudad en la periferia de Jakarta famosa por su excelente jardín botánico (cuyas fotos adornan el post de hoy). Las opciones para salir de Pangandaran eran bastante limitadas, así que opté por un autobús que, en teoría, me dejaba cerca de mi destino. Las anunciadas 7 horas de trayecto se convirtieron en 10, lo cual, en general, no supone un problema, sobre todo cuando se puede disfrutar de los excepcionales paisajes de Indonesia, pero en este caso se convirtió en una pequeña tortura cuando el bus no hizo ni una sola parada en el camino. Vale que era ramadán y la gente no iba a comer (yo tenía mis provisiones de guarrerías), pero aún así, una pequeña parada para ir al baño me hubiese venido de perlas. Supongo que como tampoco beben durante el día, no necesitan ir al baño.

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En todo caso, llegamos sin contratiempos y me vi en una bulliciosa estación de autobuses, donde nadie parecía hablar inglés ni saber indicarme cómo llegar hasta Bogor. Menos mal que después de echarme unas risas con un grupo que quería ayudarme, pero que no lográbamos entendernos, un chaval se acercó y en muy buen inglés me indicó que había una estación de tren justo detrás y que era la manera más fácil de llegar. No sólo eso, sino que decidió acompañarme y me condujo a través de los puestos de un mercadillo hasta la estación. Creo que me hubiese llevado media hora encontrar el sitio por mi cuenta en ese laberinto. Luego me compró el billete de tren y me acompañó hasta el andén apropiado. Cuando fui a pagarle el bilete y a darle una propina por su ayuda, se negó en redondo. No sé cómo todavía me sorprendo de lo maja que puede llegar a ser la gente, pero me da una alegría inmensa cuando me encuentro con personas así.

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Tras descubrir el maravilloso sistema de los vagones exclusivos para mujeres en los trenes de cercanías indonesios, llegué a Bogor, donde sólo pasé un día completo, que utilicé para pasear por el jardín botánico. Aunque no soy una experta en árboles, me pareció un lugar muy interesante y, sobre todo, un oasis en mitad del caos y el ruido incesante de la ciudad.

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Vamos, que Bogor no tiene mucho, pero resultó una buena parada en mi camino hacia Sumatra. Una verdadera aventura que os contaré el próximo día.

Posted by gacela 01:24 Archived in Indonesia Comments (0)

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