A Travellerspoint blog

November 2013

Phnom Penh

Un poco de todo en la capital de Camboya

storm 32 °C
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Esta ciudad de nombre impronunciable (a lo más que nos podemos acercar con nuestros limitados sonidos es a llamarla nom pen) fue considerada en la época de la colonización francesa como la perla de Asia. Sin embargo, décadas de conflictos armados dejaron la ciudad hecha unos zorros y sólo ahora está empezando a recuperarse. Phnom Penh es relativamente pequeña y fácil de navegar, ya que las calles están ordenadas en cuadrícula y numeradas, lo que resulta ideal para ir andando a sus variadas atracciones. Aunque si en algún momento te cansas, siempre puedes coger uno de los infinitos tuk-tuks que recorren sus calles y pitan cada vez que ven a un turista. Eso sí, más te vale saber adonde vas porque la mayoría no tiene ni idea de las calles de la ciudad y les tienes que ir dirigiendo. En esos casos, siempre es una alegría saber que has pactado el precio de antemano y que por muchas vueltas que des, no vas a pagar más.

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Pasé 5 días en Phnom Penh, en los que hice un poco de todo, pero con mucha calma. Visité templos, palacios, museos, mercados y también disfruté con la compañía de Ismael y Solenne y de Joanna, la mochilera inglesa con la que había compartido aventuras en Laos y que estaba en la ciudad trabajando de voluntaria. Con ellos compartí algunas de las mejores comidas que probé en el país, incluido un delicioso plato de ternera con hormigas (eran enormes, con sus alas y todo, pero le daban un sabor excelente al plato). Los gusanos de seda a la barbacoa no me parecieron tan deliciosos, pero tampoco estaban mal del todo y, desde luego, te daban un subidón de proteínas.

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En el barrio más opulento de la ciudad se encuentra el palacio real, que es una de las principales atracciones turísticas de Phnom Penh. Había que hacer una cola interminable bajo el sol para entrar y, la verdad, una vez dentro no me pareció tan impresionante. El salón del trono sólo se podía ver desde fuera y peleando por un hueco en la ventana con cientos de turistas y el suelo de plata maciza del templo más importante estaba cubierto con unas gruesas alfombras. En todo caso, y por si os lo estabais preguntando, Camboya es una monarquía parlamentaria, por lo menos, sobre el papel porque el presidente actual lleva gobernando los últimos 28 años. De hecho, hubo elecciones un par de semanas antes de mi visita y los grupos opositores todavía estaban organizando protestas.

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El nivel de corrupción es tal en Camboya que me contaron que hasta los alumnos tienen que sobornar a los profesores de las escuelas para aprobar los exámenes, y de esta manera complementan sus paupérrimos sueldos. En esferas más elevadas, los funcionarios son la élite social y resulta sorprendente verlos conducir coches de gran cilindrada. No he visto en mi vida tantos Lexus RX300 (los de la foto) como en este país. No existen vehículos intermedios, o tienes ese cochazo o una motillo.

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Por otro lado, la gente es súper-sonriente y no tienen el mismo sentido del ridículo que nosotros. Lo mismo van en pijama que se ponen a hacer aerobic en mitad de la calle. El instructor monta los altavoces en una plaza, pone la música y comienza la clase, a la que se va apuntando quien quiera, aunque normalmente son mujeres de mediana edad. ¡Todo un espectáculo!

Sin embargo, lo que más me impactó de mi visita a la capital de Camboya fue aprender sobre el régimen de los jemeres rojos. Se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. No quiero aburriros demasiado con esta terrible historia, pero no puedo dejar de contaros aunque sólo sea un breve resumen. El partido comunista de Camboya, cuyos miembros fueron denominados jemeres rojos, llegaron al poder en 1975, tras 5 años de cruenta guerra civil, que se entrelazó con la guerra de Vietnam. Gran parte de la población apoyó la revolución y, de hecho, cuando tomaron Phnom Penh fueron recibidos como héroes, pero poco les duró la alegría por la victoria a los camboyanos, pues los jemeres rojos instauraron un sistema de terror y control total que en tan sólo 4 años causó la muerte, directa o indirectamente, de aproximadamente el 25% de la población (unos 2 millones de personas), en lo que sin duda es uno de los mayores genocidios de la historia.

Los jemeres rojos se definían como maoístas, pero llegaron a unos extremos que no se habían visto en ninguna otra parte del mundo. Pusieron en marcha unas ideas peregrinas con el objetivo de alcanzar su sociedad perfecta, compuesta en exclusiva por campesinos y trabajadores de fábricas analfabetos (hay que decir que los líderes pertenecían a la clase burguesa y habían estudiado en su mayoría en Francia). De esta manera, su primera medida fue desalojar las ciudades y mandar a todo el mundo a unas comunas en el campo, para que cultivaran arroz día y noche. Se separó a las familias, a la vez que se abolía la propiedad privada y se cerraban las escuelas y los templos. Cambiaron el nombre del país, ahora sería la República Democrática de Kampuchea (hay que ver cómo les gusta el nombre democrático a las dictaduras), y dividieron a la población en 2 grupos, los campesinos de pura cepa y los que habían vivido en las ciudades, que nunca llegarían a ser ciudadanos de primera. Si alguien era sospechoso de haber sido funcionario en el anterior régimen o de tener estudios (por ejemplo, por llevar gafas), era enviado a alguna de las prisiones, como la de Tuol Sleng (ó S-21) en Phnom Penh. En esta antigua escuela, que ahora acoge un sobrecogedor museo del genocidio, se torturaba a la gente hasta que confesaba sus crímenes contra el régimen y delataba a sus vecinos. De las 20.000 personas que pasaron por allí (incluyendo a niños y mujeres), sólo 7 salieron con vida. Se trata de un lugar espeluznante, donde además de poder ver las celdas y las salas de tortura, se conservan fotos y fichas de cada uno de los reclusos porque los jemeres rojos serían unos hijos de puta, pero eran bien ordenados y llevaban un registro de todo.

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La paranoia del régimen pronto se disparó y comenzaron a ver enemigos por todas partes, de tal manera que mucha gente que había luchado por la revolución e incluso altos cargos fueron arrestados. La purga no se quedaba en los supuestos traidores, sino que la política del régimen eran eliminar a toda su familia, con el objetivo de evitar posibles venganzas futuras. Las prisiones no tenían la capacidad para matar a tanta gente, así que los reclusos eran llevados a campos de exterminio, creados para tal efecto. A unos 15 kilómetros de Phnom Penh se encuentra el campo de Choeung Ek, que puede visitarse, aunque resulta imprescindible llevarse el paquete de kleenex porque es casi imposible contener las lágrimas. Una excelente audioguía te va contando todas las atrocidades que se cometieron allí, desde que se asesinaba a la gente con un golpe de azada en la cabeza para no gastar balas hasta que estampaban a los bebés contra un árbol hasta reventarlos y luego tiraban los cadáveres a un pozo. Resulta difícil imaginar que en este idílico lugar (no quedan apenas restos de las fosas comunes) ocurrieran cosas tan terribles, pero para no olvidarlo se ha construido una estupa que contiene unos 8.000 de los cráneos que se encontraron allí.

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Aparte de la violencia institucional, las enfermedades y el hambre fueron causantes de la muerte de una gran parte de los camboyanos durante este triste período. El objetivo de triplicar la producción de arroz no se consiguió, a pesar de los trabajos forzosos, y la gente pasaba hambre mientras se exportaba arroz a cambio de armas. El final del régimen de los jemeres rojos llegó en 1979 con la invasión del país por parte de Vietnam, que pusieron un gobierno afín, pero que, por lo menos, no maltrataba a su población. Entonces mostraron al mundo las atrocidades que habían cometido Pol Pot y sus secuaces, pero al mundo no pareció importarle (especialmente a Estados Unidos y China, que debían odiar más a los vietnamitas), pues mantuvieron a los jemeres rojos como legítimos gobernantes, con silla en Naciones Unidas hasta 1993 y les apoyaron en una guerra de guerrillas que se llevó a cabo desde una zona selvática cercana a la frontera con Tailandia. El resultado: millones de minas antipersona repartidas en todo el territorio e infinidad de accidentes años después del conflicto, con miles de personas con extremidades amputadas. Mientras, los líderes de los jemeres vivían tranquilamente en la selva, donde Pol Pot murió en 1998 sin haberse enfrentado nunca a un juicio por sus crímenes. Afortunadamente, en 2007 se estableció un tribunal internacional para juzgar el genocidio camboyano, aunque hasta la fecha únicamente el encargado de la prisión de Tuol Sleng ha sido condenado.

Si alguien tiene más interés en el tema, puede echar un vistazo a este documental de La2, que es un poco antiguo, pero muy interesante: Utopía y terror: los jemeres rojos

Creo que probablemente os he aburrido sobremanera con los jemeres rojos, pero no podía escribir sobre Camboya sin contar esta terrible parte de su historia. Muchas veces me he preguntado durante mi visita cómo puede ser un pueblo tan sonriente después de todo lo que han vivido. No puedo más que pensar que eso les ha ayudado a superar la tragedia.

Me gustó mucho mi visita a Phnom Penh y cuando una buena mañana puse rumbo a Siem Reap para visitar los templos de Angkor, ya sólo me quedaban 6 días de viaje. Había llegado el momento de terminar mis aventuras y no pude hacerlo de mejor manera.

Posted by gacela 09:44 Archived in Cambodia Tagged ciudades Comments (0)

Ratanakiri

Primera parada en Camboya

storm 28 °C
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Cruzar la frontera entre Laos y Camboya supuso toda una clase práctica en soborno institucionalizado y prácticas monopolistas. Para empezar, un empleado (o listillo) de la compañía de autobuses se ofrece a hacerte el papeleo, sin ni siquiera informarte de cuál es su comisión, y cuando le dices que prefieres hacerlo por tu cuenta (por un lado, no me da buena espina darle mi pasaporte a nadie y, por otro, de momento, sé acercarme a una ventanilla y que me sellen), se pilla un mosqueo impresionante. Menos mal que 2 parejas más decidieron también hacer los trámites sin intermediarios e hicimos piña el resto del largo día de viaje. Al llegar a la frontera de Laos nos encontramos con el primer soborno: había que pagar 2 dólares para que te pusieran el sello de salida en el pasaporte. Además, los guardias no aceptaban moneda laosiana, sólo dólares. Y si no tenías, allí te podías quedar, sin salir del país.

Después de atravesar la tierra de nadie con la mochila a la espalda, tocó lidiar con los funcionarios camboyanos. Primero, nos hicieron pagar 1 dólar por tomarnos la temperatura y darnos un certificado sanitario de que no teníamos fiebre. Me pregunto qué hubiese pasado si alguno hubiésemos tenido unas décimas, probablemente hubiese tenido que pagar el doble o alguna multa por enfermedad. Hasta ese momento todo fueron caras sonrientes, pero entonces nos dirigimos a la sala de los visados. En un cartel bien grande ponía que había que pagar 20$ por el visado más 5$ por las gestiones, es decir, por el soborno. Cuando uno de mis compañeros les dijo que en el consulado de Camboya en Laos le había dicho que sólo eran 20$ y que no tenía más dinero, un enfadado agente de inmigración le espetó que se podía ir por donde había venido y volverse a Laos, que si no pagaba, no pasaba. En definitiva, no había manera de librarse del pago de la "tasa".

Por otro lado, se trata de la frontera con menos tráfico que he visto en mi vida (y mirad que he cruzado unas cuantas en los últimos años), de tal manera que no existe transporte público local y la única manera de moverse entre los países es con tu propio vehículo o con los autobuses para guiris, en las que una compañía te lleva hasta la frontera y otra te recoge al otro lado. Éstos saben que no tienes ninguna otra opción y cobran unas cantidades exhorbitantes (bueno, por lo menos así me pareció teniendo en cuenta la parte del mundo en la que me hallaba y la distancia final recorrida). Para colmo, se saben los dueños del cotarro y tratan a la gente fatal. Después de esperar durante horas al autobús correspondiente en la parte camboyana, resulta que no había asientos para todos y hubo quien tuvo que sentarse en unas mini-banquetas de plástico en el pasillo. Además, era gente que venía de Vientiane y llevaba ya más de 14 horas de viaje (y lo que les quedaba). Lo más sorprendente es que ni siquiera protestaron, no como yo, que casi causo un conflicto diplomático cuando el autobús se paró en mitad de la carretera principal en lugar de llevarme hasta el centro de la ciudad que había contratado. Si no hubiera sido por mis compis de viaje, no me hubiese bajado allí del bus y todavía estaría discutiendo con el prepotente del encargado.

Menos mal que esta primera impresión del país se me olvidó rápidamente al llegar a Stung Treng, la ciudad donde tuvimos que hacer noche antes de continuar ruta, ya que la gente de este lugar no pudo ser más amable. A la mañana siguiente pusimos rumbo a la provincia de Ratanakiri, en el extremo nororiental de Camboya. La capital de esta provincia, Ban Lung, se trata más bien de un pueblo grande, donde la mayor parte de las avenidas están sin asfaltar y un polvo rojo lo cubre todo. Es algo así como el lejano oeste, pero con motos en lugar de caballos y gente en pijama por la calle en lugar de vaqueros. Un sitio curioso y realmente relajado.

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No hace falta salir mucho de Ban Lung para poder disfrutar de unos paisajes llenos de vegetación tropical y pequeños pueblos con casas de madera. Existen diversas opciones para recorrer la zona y, una vez que desistí de tentar al monzón con una caminata de varios días por un parque nacional cercano, me decanté por utilizar la bicicleta un día y la moto otro como medio de exploración.

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Con Ismael y Solenne, mis nuevos compañeros de aventuras franceses, pedaleé un día hasta el cráter del lago Boeng Yeak Lom. El lugar es uno de los destinos favoritos de la gente local, que viene en familia para disfrutar de este lago de color esmeralda. En la entrada se colocan puestos de comida rápida y en muelle del lago te alquilan chalecos salvavidas, para que puedas bañarte sin peligro. Y al salir del agua, siempre puedes acicalarte gracias al espejo y el peine comunal. Además, puedes aprender algo de las tribus que habitan en esta parte del país con las reproducciones de casas indígenas que han colocado alrededor del lago.

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Al día siguiente opté por dos ruedas motorizadas y fui en busca de las cascadas de la zona. A pesar de la ausencia de carteles, logré llegar hasta 2 de ellas, atravesando preciosas zonas rurales, donde tanto niños como adultos me miraban con extrañeza. Puede que las cascadas no fueran las más impresionantes que había visto (aunque meterse detrás de una fue toda una experiencia), pero se encontraban en unos tranquilos parajes rodeadas de exuberante vegetación y el camino hasta ellas sin duda mereció la pena.

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Resumiendo, me encantó Ratanakiri, un lugar sin pretensiones donde descubrir de primera mano cómo es la vida de los camboyanos en el medio rural. En Ban Lung se ofrecen todos los servicios que puede necesitar un turista, sin ser esa su razón de ser (me imagino que 10-15 guiris no da para convertirlo en un centro turístico). Después de la tranquilidad de esta parte de Camboya, cambié completamente de aires y me dirigí hacia la capital del país. Mis aventuras en Phnom Penh las podréis leer en el próximo post.

Posted by gacela 07:55 Archived in Cambodia Tagged paisajes cascadas Comments (0)

Don Det

Relax en las 4.000 islas

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Mi última parada en Laos fue en Don Det, una isla en mitad del Mekong que forma parte de las llamadas 4.000 islas. En realidad, la mayoría de ellas son simples islotes y muchas desaparecen cuando el río sube su caudal en la época de lluvias. En definitiva, el nombre no se ajusta en absoluto a la realidad, lo que no implica que no sea un lugar digno de visitar.

De las 3 islas habitadas, decidí alojarme en Don Det, la más orientada a mochileros. Prácticamente me recorrí media isla nada más llegar para conseguir la cabaña perfecta: moderna, con baño y una veranda con hamaca y vistas al río (nada mal por 3 euros la noche, aunque el agua del grifo viniese directamente del río y fuese marrón). Una vez instalada, me dispuse a explorar esta tranquila isla llena de arrozales en la que el medio de transporte principal es la bicicleta.

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Para no ser menos que los locales, alquilé 2 ruedas y pedaleé por los caminos llenos de barro que bordean Don Det. La suerte estaba de mi lado y milagrosamente logré esquivar los chaparrones que caían cada par de horas (os recuerdo que era la época del monzón). También aproveché la bicicleta para visitar la vecina isla de Don Khon, que está conectada con Don Det por un puente construido por los franceses con el objetivo de convertir el Mekong en vía fluvial para el comercio con China.

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La historia del empeño de los franceses en superar los rápidos del Mekong en esta parte de Laos no deja de ser admirable. Como podéis ver en las fotos, el río se vuelve un tanto salvaje en algunas zonas alrededor de las 4.000 islas (lo que no impide que los pescadores locales se jueguen el tipo para poner sus redes y trampas allí). Para superar esta barrera geográfica, a los colonizadores franceses no se les ocurrió otra cosa que construir un ferrocarril en las islas (el único que planearon en todo Laos), de tal manera que los barcos atracaban en Don Khon, descargaban la mercancía, que se transportaba en tren hasta Don Det, a 7 kilómetros una vez pasados los rápidos, donde se volvía a embarcar rumbo al norte de Laos y China. La ejecución del proyecto tuvo infinidad de problemas, pero al final lo consiguieron completar y este sistema se utilizó durante unos 40 años, hasta la II Guerra Mundial. Ahora sólo queda el puente entre las islas y alguna locomotora oxidada.

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Las 4.000 islas son un lugar agradable para pasar unos días de descanso, tirarse en una hamaca durante horas y no hacer absolutamente nada, pero mi viaje estaba a punto de finalizar y todavía me quedaban unos cuantos lugares que visitar, así que sólo estuve un par de días. Camboya me estaba esperando.

Posted by gacela 01:19 Archived in Laos Tagged rios paisajes Comments (0)

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