A Travellerspoint blog

Laos

Don Det

Relax en las 4.000 islas

storm 30 °C
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Mi última parada en Laos fue en Don Det, una isla en mitad del Mekong que forma parte de las llamadas 4.000 islas. En realidad, la mayoría de ellas son simples islotes y muchas desaparecen cuando el río sube su caudal en la época de lluvias. En definitiva, el nombre no se ajusta en absoluto a la realidad, lo que no implica que no sea un lugar digno de visitar.

De las 3 islas habitadas, decidí alojarme en Don Det, la más orientada a mochileros. Prácticamente me recorrí media isla nada más llegar para conseguir la cabaña perfecta: moderna, con baño y una veranda con hamaca y vistas al río (nada mal por 3 euros la noche, aunque el agua del grifo viniese directamente del río y fuese marrón). Una vez instalada, me dispuse a explorar esta tranquila isla llena de arrozales en la que el medio de transporte principal es la bicicleta.

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Para no ser menos que los locales, alquilé 2 ruedas y pedaleé por los caminos llenos de barro que bordean Don Det. La suerte estaba de mi lado y milagrosamente logré esquivar los chaparrones que caían cada par de horas (os recuerdo que era la época del monzón). También aproveché la bicicleta para visitar la vecina isla de Don Khon, que está conectada con Don Det por un puente construido por los franceses con el objetivo de convertir el Mekong en vía fluvial para el comercio con China.

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La historia del empeño de los franceses en superar los rápidos del Mekong en esta parte de Laos no deja de ser admirable. Como podéis ver en las fotos, el río se vuelve un tanto salvaje en algunas zonas alrededor de las 4.000 islas (lo que no impide que los pescadores locales se jueguen el tipo para poner sus redes y trampas allí). Para superar esta barrera geográfica, a los colonizadores franceses no se les ocurrió otra cosa que construir un ferrocarril en las islas (el único que planearon en todo Laos), de tal manera que los barcos atracaban en Don Khon, descargaban la mercancía, que se transportaba en tren hasta Don Det, a 7 kilómetros una vez pasados los rápidos, donde se volvía a embarcar rumbo al norte de Laos y China. La ejecución del proyecto tuvo infinidad de problemas, pero al final lo consiguieron completar y este sistema se utilizó durante unos 40 años, hasta la II Guerra Mundial. Ahora sólo queda el puente entre las islas y alguna locomotora oxidada.

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Las 4.000 islas son un lugar agradable para pasar unos días de descanso, tirarse en una hamaca durante horas y no hacer absolutamente nada, pero mi viaje estaba a punto de finalizar y todavía me quedaban unos cuantos lugares que visitar, así que sólo estuve un par de días. Camboya me estaba esperando.

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Pakse

Y unos días atrapada por el monzón

rain 25 °C
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Me despedí de Vientiane bajo la lluvia y puse rumbo a Tha Khaek, a unas 5 horas de autobús hacia el sur, con el objetivo de alquilar una moto y hacer un recorrido de varios días por una región llena de cuevas y pueblitos poco o nada turísticos. Sin embargo, mis intenciones se vieron completamente frustradas por el monzón. No exagero cuando digo que no paró de llover ni un momento durante toda mi estancia. Ya no sabía qué hacer encerrada en el albergue porque ni siquiera era posible apuntarse a alguna excursión organizada, ya que el nivel de agua en las cuevas era demasiado elevado. Eso sí, fueron unos días muy sociales, pues todos los mochileros nos pasábamos el día en el porche viendo caer el agua. Al cuarto día de lluvia seguido decidí que no tenía sentido seguir esperando al buen tiempo y continúe mi ruta hacia el sur, que me llevó hasta Pakse, la capital de la provincia más meridional de Laos.

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No puedo decir que la lluvia me abandonase en mi visita a esta zona del país (de hecho, me calé hasta los huesos nada más llegar), pero, por lo menos, me dio algún que otro respiro, que aproveché para visitar los lugares más interesantes. Desde mi llegada a Laos tenía en mente aprender a conducir una scooter semi-automática (con marchas, pero sin embrague), que son las que utiliza la mayoría de la gente en esta parte del mundo, y una de éstas fue la que alquilé para recorrer la región. Además de tener que cambiar las marchas con el pie izquierdo, lo que más me descolocó fue que el freno trasero se encontraba en el pie derecho. Al principio fue un poco raro, a lo que no ayudó la locura del tráfico y el estado de las carreteras, pero enseguida le cogí el tranquillo y me lancé a explorar.

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El primer destino fueron las increíbles ruinas de Wat Phou Champasak, un complejo religioso construido por el imperio jemer entre los siglos XI y XIII. El lugar está cubierto de una frondosa vegetación, lo que, unido a que apenas hay visitantes, hace que te sientas un poco como Indiana Jones. La entrada al complejo se hace a través de una avenida con estatuas de serpientes a modo de columnas en los lados, que te llevan hasta los 2 primeros templos, de los que sólo se conservan las paredes y unos frisos reconstruidos.

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El camino continúa colina arriba por unas escaleras de piedra que dan la sensación de llevar allí también mil años. A ambos lados de la escalinata se encuentran pequeños templos y figuras de Buda en piedra, donde la gente local hace las ofrendas habituales (incienso, arroz, fruta,...). Por su parte, en lo alto de la colina hay un templo con unos bajorrelieves preciosos y una fuente sagrada. Se supone que este agua lo cura todo, pero yo decidí que era mejor no probarla. Por otro lado, las vistas desde arriba no podían ser mejores. En todo caso, este sitio me pareció una verdadera pasada y si no hubiera sido por la lluvia, me hubiese quedado allí todo el día.

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El resto de mi exploración por los alrededores de Pakse no resultó tan productiva, pero igualmente me lo pasé bien conduciendo mi motillo de un lado a otro. Aunque todavía no he descubierto a quién se le ocurrió poner rotondas en este país, ya que no existen los cedas el paso y cada salida de la rotonda es como un cruce, en el que prevalece la ley del más fuerte. A pesar de las rotondas, llegué hasta un monasterio en lo alto de una colina, donde los monjes me miraban con cara extrañada. Los edificios y el templo no eran nada especial, pero el esfuerzo de subir cientos de escaleras fue recompensado con unas bonitas vistas. Otro día fui a visitar unas cascadas, pero una intensa niebla sólo me permitió escuchar el atronador ruido del agua cayendo desde varios metros de altura. Eso sí, el sitio tenía pinta de ser precioso.

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Esta parte menos turística de Laos me resultó muy agradable, aunque las lluvias no me permitieron disfrutarla como me hubiera gustado. Resulta casi imposible viajar durante meses evitando siempre la época de lluvias, ya que al final, el monzón te atrapa y, tengo que decir, que no es lo más apropiado para viajar. En todo caso, ya sólo me quedaba una parada en Laos, en la que visité las denominadas 1.000 islas.

Posted by gacela 04:06 Archived in Laos Tagged paisajes ruínas Comments (0)

Vientiane

La tranquila capital de Laos

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La siguiente parada en mi ruta por Laos me llevó hasta Vientiane, la capital del país. A pesar de contar con unos 1.000 años de historia, la ciudad da la sensación de haberse construido en las últimas décadas, ya que, con la excepción de un par de templos, no hay mucho más que ver. El resto de esta urbe está compuesta de edificios de un par de alturas que se extienden varios kilómetros, con el impresionante río Mekong como frontera.

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En todo caso, fueron un par de días interesantes, en los que recorrí Vientiane con Joanna. Primero hicimos ruta cultural, visitando los diferentes templos budistas de la ciudad. Después de meses y meses en países budistas, estos templos no me parecieron nada del otro mundo. Supongo que hasta Buda puede llegar a resultar cansino, aún así aquí os dejo las fotos para decidáis por vosotros mismos.

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Al día siguiente tocó un plan más histórico. Tengo que admitir que fue una mañana de lo más deprimente, ya que me levanté con la noticia del tren siniestrado en Santiago (me costó un buen rato asimilar lo que había pasado) y continuó aprendiendo sobre las desgracias de las municiones no explotadas. Creo que la visita al centro COPE en Vientiane ha sido una de las que más me ha impactado, ya que resulta difícil imaginar las consecuencias actuales de una guerra que terminó hace casi 40 años. No sé si os interesará mucho el tema, pero os lo voy a contar de todas maneras. Laos se declaró país neutral en la guerra de Vietnam, lo que no evitó que su territorio fuera utilizado por los norvietnamitas para sortear los controles y atacar a los americanos en el sur de Vietnam. Como consecuencia de ello, Estados Unidos comenzó a bombardear Laos, a pesar de no declararle la guerra en ningún momento, y paradójicamente, Laos se convirtió en el país más bombardeado del mundo, con unos 5 millones de toneladas de munición lanzadas en su territorio. De todas estas bombas, se estima que un 30% nunca llegaron a explotar y se quedaron en la tierra esperando una oportunidad para cumplir su macabra misión. De esta manera, miles de personas han muerto una vez acabado el conflicto por detonaciones posteriores y muchas más han perdido alguna extremidad, entre ellas infinidad de niños. Si esto no fuera suficiente para ponerte la carne de gallina, resulta que Laos es un país tan pobre que mucha gente se dedica a buscar metal usado para revender y, claro, los accidentes con bombas son comunes. Pero no hace falta ir buscando metal para toparse con una, pues las lluvias y la orografía del país hacen que aparezcan en campos de cultivo, debajo de casas,... básicamente, en cualquier lugar. El centro que visitamos, además de ofrecer toda esta información y un montón de testimonios que nos dejaron el corazón en un puño, se dedica principalmente a la rehabilitación de personas que han sufrido un accidente, proporcionando prótesis y apoyo de todo tipo.

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Como no todo iba a ser sufrimiento, también pasamos toda una tarde de lluvia en un restaurante/bar, que resultó ser el lugar de moda de Vientiane. El espacioso garito estaba lleno de gente, había una banda tocando música en directo y los litros de cerveza corrían por doquier. Aquí no me queda más remedio que contaros cómo se bebe la cerveza en esta parte del mundo. Las botellas son de 650ml. y siempre vienen acompañadas de un cubo rebosante de hielo. Sí, lo habéis adivinado, le ponen hielo a la cerveza y, aunque me cueste admitirlo, me acostumbré a esta extraña combinación. La verdad es que cuando hace 40 grados a la sombra, la cerveza se calienta a una velocidad asombrosa y, si no la refrescas un poco, para cuando llegas al final de tu botella estás bebiendo un caldo asqueroso. En definitiva, allá donde fueras, haz lo que vieras...

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Resumiendo, Vientiane me pareció casi un pueblo en comparación con las bulliciosas capitales del resto de países de la zona, lo cual no me importó en absoluto y en el par de días que pasé en la ciudad disfruté de su tranquilidad. Aquí me despedí de Joanna después de unos divertidos días de turisteo juntas. Volveríamos a coincidir en Camboya, pero esa es otra historia.

Posted by gacela 03:10 Archived in Laos Tagged rios templos ciudades Comments (0)

Vang Vieng

Increíbles paisajes en el centro de Laos

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A punto estuve de saltarme Vang Vieng en mi ruta por el centro de Laos, ya que su fama como centro fiestero me echaba un poco para atrás. Este pequeño pueblo se convirtió en los últimos años en lugar de encuentro de algunos de los mochileros más descerebrados del sudeste asiático, que venían aquí a drogarse y emborracharse mientras se lanzaban Mekong abajo en unos flotadores. Este río no es precisamente el Manzanares, así que la tragedia no tardó en llegar y, unas cuantas muertes después, el gobierno decidió poner freno a semejante locura. Afortunadamente, ahora el pueblo está mucho más tranquilo, de hecho, sobran plazas hoteleras y restaurantes. Sin embargo, el impresionante paisaje de los alrededores sigue siendo el mismo.

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Aquí coincidí por enésima vez con Joanna, una mochilera inglesa, y juntas nos fuimos a explorar las cuevas de la zona en bicicleta de montaña. Aunque las cuevas no me parecieron nada del otro mundo, el camino hasta ellas me dejó sin aliento (y no por el esfuerzo de pedalear por caminos de piedras). Campos de arroz rodeados de rocas kársticas, poblados donde los niños se bañaban despreocupados en los canales y gente que sonreía a nuestro paso.

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Además, también nos cruzamos con unos riachuelos y pozas de un color azul turquesa increíbles. Y para colmo de suerte, el chaparrón del día cayó justo cuando habíamos parado a comer. En definitiva, pasamos un día perfecto recorriendo lentamente esta zona rural del país.

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Al final me alegré mucho de haberme detenido en Vang Vieng e incluso me hubiese quedado un par de días más si no hubiese empezado a llover como si se acabara el mundo.

Posted by gacela 10:03 Archived in Laos Tagged rios cuevas paisajes Comments (0)

Llegada a Laos y Luang Prabang

semi-overcast 30 °C
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Después de 2 semanas en Tailandia, puse rumbo a un nuevo país con ganas de descubrir con mis propios ojos las maravillas que me habían contado sobre Laos. La llegada al país me pareció un poco caótica, ya que el sistema de visados en la frontera contenía elementos propios de una novela kafkiana. Al desembarcar en la orilla correspondiente del río Mekong, que es la frontera natural entre Tailandia y Laos, había que acercarse hasta unas oficinas para tramitar los papeles. El sitio estaba abarrotado de turistas y nadie parecía ser capaz de informar sobre los pasos que había que llevar a cabo. Tras esperar varios minutos en lo que luego resultó ser la fila equivocada, descubrí que primero tenía que pedir un formulario, rellenarlo y luego ponerme a la cola apropiada para entregarlo, junto con el pasaporte y una foto. Después había que esperar pacientemente entre el tumulto de filas a que te llamasen, entonces pagabas la cantidad correspondiente (que era distinta según la nacionalidad y la moneda con la que pagases) y te entregaban el pasaporte ya con el visado. Por si pensabas que no habías perdido suficiente tiempo en la oficina de inmigración, al salir había un puesto de policía en el que te revisaban el pasaporte para asegurarse de que todo estuviese en regla.

Una vez terminados todos los trámites, puse rumbo al embarcadero para comprar mi billete en un barco que surcaría el Mekong durante 2 días hasta llegar a Luang Prabang. Lo que a primera vista parecía una excelente idea: un paseo escénico por uno de los ríos más impresionantes del mundo, en realidad se trató de un trayecto infinito en uno de los asientos más incómodos que recuerdo. El barco había sido adaptado para los turistas, añadiendo asientos de furgoneta a tutiplén, que ni siquiera estaban anclados en el suelo. Además, vendieron más billetes que asientos, así que hubo gente a la que le tocó sentarse junto a las ruidosas máquinas del barco. En todo caso, a las 3 horas ya había visto y disfrutado del precioso paisaje y me sobraron las 12 horas restantes (incluida la parada a dormir en un pueblo a mitad de camino).

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Para colmo, el barco no nos dejó en el embarcadero de Luang Prabang sino en mitad del río a unos 8 kilómetros de la ciudad, con lo que había que pagar al monopolio de taxis para que te llevase hasta el centro. En definitiva, no me hubiese importado nada haberme perdido esta experiencia surcando el Mekong. Eso sí, Luang Prabang es una ciudad digna de visitar, no en vano es Patrimonio de la Humanidad. Fundada en torno al año 700 d.C., ha sido la capital de diversos reinos a lo largo de la historia y el hogar de los últimos reyes laosianos en la época de colonización francesa. Por este motivo cuenta con innumerables templos budistas (prácticamente uno en cada esquina).

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Se trata del lugar más turístico de todo Laos y no es extraño cruzarse con más extranjeros en las bien cuidadas calles del centro que con gente local. De hecho, la arquitectura colonial, ahora conservada en restaurantes y hoteles de lujo, y la ausencia de tráfico me dieron la sensación de estar en algún otro país. Sin duda, se trata de una ciudad preciosa, pero me pareció completamente de mentira, un parque temático para el disfrute de los turistas que nada tiene que ver con el resto del país.

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De las numerosas excursiones que se ofrecen a los guiris (mi idea inicial era alquilar una moto y hacer algo por mi cuenta, pero los precios me parecieron abusivos), opté por ir a las cascadas de Kuang Si. El parque está sorprendentemente bien organizado, con senderos y pasarelas de madera para recorrer las diferentes caídas de agua y hasta un centro de rescate de osos, que me encantó y en el que me pasé casi una hora viendo a estos increíbles animales pasearse de un lado a otro o simplemente echarse la siesta en unas hamacas chulísimas.

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Por su parte, las cascadas, aunque no tenían una gran caída, me resultaron impresionantes por el color de agua (a las fotos me remito). Por otro lado, en la mayoría de las pozas estaba permitido el baño, aunque los 35 grados de temperatura no fueron suficientes para hacer que me metiera en las aguas heladas.

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Y así transcurrieron mis días en Luang Prabang, en los que también aproveché para comer mucho y muy rico (barbacoa laosiana, entre otras cosas), echar un vistazo al inmenso mercadillo nocturno (bueno, en realidad no me quedó más remedio que atravesarlo en mi camino hacia un restaurante) y reencontrarme con gente a la que había conocido en Tailandia. Lo que no hice fue ir a la famosa ceremonia de entrega de limosnas, ya que me avisaron que había demasiados turistas haciendo fotos en la misma cara de los monjes, mientras estos hacían su ruta recogiendo arroz y plátanos de los fieles (tengo que reconocer que el hecho de que fuera a las 5 y media de la mañana también ayudó a tomar la decisión).

Posted by gacela 11:19 Archived in Laos Tagged rios paisajes cascadas Comments (0)

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