A Travellerspoint blog

Myanmar

Mandalay

Despedida de Myanmar

sunny 35 °C
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Mandalay es la ciudad más importante del norte de Myanmar y a pesar de su exótico nombre el lugar es más bien una sucesión de calles en cuadrícula sin mucho encanto. Aún así, cuenta con algunos sitios dignos de visitar (templos budistas, como no podía ser de otra manera) y con el impresionante río Ayeyarwady. En todo caso, al tratarse del principal centro de transporte de esta región del país, acabé pasando 3 interesantes días sueltos en la ciudad, que he decidido compilar en un único post.

Mi primera parada en la ciudad me llevó hasta U Bein, donde se encuentra el puente de teca más largo del mundo. Llegamos a este icónico lugar antes de las 5 de la mañana, aprovechando que el autobús nocturno de ese día nos había soltado en la estación a esas horas intempestivas. Así, vimos cómo el sol iba iluminando el horizonte a la vez que el puente cobraba vida con monjes y lugareños cruzando de un lado a otro.

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La segunda incursión en Mandalay fue sobre 2 ruedas, ya que alquilé una bicicleta y me dispuse a recorrer la ciudad enfrentándome con el intenso tráfico y los cruces sin semáforos. Nunca lo hubiese imaginado, pero resultó una experiencia divertida y una manera estupenda de recorrer la ciudad, que en bicicleta no parece tan inmensa. En este recorrido fui hasta el monasterio budista de Shwe In Bin Kyaung, cuyo templo principal está construido en teca y cuenta con unos relieves preciosos, también en madera. Se trata de un lugar muy tranquilo, por lo menos durante mi visita no había ni un turista y apenas vi un par de monjes relajándose a la sombra con el periódico.

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La siguiente parada en la ruta ciclista me llevó hasta un extraño mercado de jade, que estaba a rebosar de gente y donde las transacciones se hacían en unas mesas de plástico. Aquí lo mismo te encontrabas a una vendedora con 3 piedras ridículas que a un magnate del negocio con la mesa llena de billetes y jades del tamaño de un puño. La verdad, no logré entender en qué consistía este negocio que parecía tener fascinados a los locales. Con la cabeza aún dándome vueltas sobre el jade y sus virtudes, me acerqué al templo más importante de la ciudad, Mahamuni Paya. Los alrededores del lugar estaban llenos de artesanos de la piedra, que trabajaban sobre todo en estatuas de Buda (como no podía ser de otra manera). Y dentro del templo se encontraba un pequeño Buda sentado cubierto de oro. Las capas y capas de pan de oro que ha ido acumulando hacen que el Buda apenas se pueda apreciar. Sin embargo, para ayudar en esta tarea hay cámaras que lo enfocan constantemente y televisiones planas por todo el templo que retransmiten tan interesante imagen fija.

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Mi tercer día en Mandalay fue, sin duda, el más movido, ya que alquilé una moto con conductor para que me llevase a los sitios más alejados de la ciudad. Primero cruzamos el río Ayeyarwady para visitar la colina de Sagaing, cuyas decenas de estupas y pagodas doradas resultan más impresionantes de lejos que de cerca. Subí hasta uno de los templos en lo alto de la colina y con la lengua fuera disfruté más de las vistas que del colorido Buda que adornaba la sala principal.

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Una vez recuperado el aliento, volví a la moto y fuimos por una pequeña carretera bordeando el río y cruzando poblados formados por casas de bambú hasta llegar a Mingun. Las estupas de este popular pueblo no me parecieron demasiado impresionantes (después de semanas en el país estaba ya un poco saturada de templos budistas), pero podéis opinar vosotros mismos:

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De vuelta en la ciudad, ya sólo me quedaba subir hasta la colina de Mandalay. Agradecí bajarme de la moto, pues tenía ya el culo cuadrado, a pesar de los cientos escalones que me esperaban. La subida a lo alto de la colina fue toda una experiencia, con multitud de tiendas de souvenirs horteras y mujeres preguntándome si quería agua (empecé a cuestionarme por qué todas las dueñas de tiendas de bebidas en Myanmar eran mujeres). Además, al final de cada tramo de escaleras, había un templo diferente, aunque, de nuevo, lo mejor eran las vistas de la ciudad desde arriba.

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En lo alto de la colina, mientras disfrutaba de la puesta de sol, conocí a dos birmanas encantadoras, estudiantes de medicina, con las que estuve charlando hasta que se fue el sol y tuvimos que bajar. Sin embargo, como se nos habían quedado temas en el tintero, nos fuimos a cenar juntas. Pasamos una tarde muy divertida en la oscura Mandalay, donde las calles apenas están iluminadas y te puedes encontrar cosas curiosas como esta ¿gasolinera? atendida por un oso-lámpara.

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Mi despedida de la ciudad y de Myanmar no pudo ser mejor. Hasta experimenté una de las maravillas del sudeste asiático, consistente en ir 3 personas, como mínimo, en un scooter. Siempre me pregunté cómo lo hacían y cuando mis nuevas amigas se ofrecieron a llevarme hasta mi hotel, me pareció una locura, pero acepté y allí fuimos las 3. Menos mal que me dejaron en el medio, que era el sitio más cómodo y que sólo tuvimos que recorrer unas pocas manzanas.

A la mañana siguiente terminaba mi visado de 4 semanas en Myanmar y me despedí con mucha pena de este increíble país, que puede que no tenga los paisajes más espectaculares del mundo, pero cuyos habitantes sin duda se encuentran entre los más hospitalarios.

PD: Aunque ya estoy en España, todavía me quedan muchas historias que contaros de los últimas semanas de mi viaje, así que no os vais a librar de mí tan fácilmente. En todo caso, las fechas del momento exacto en el que estuve en cada sitio aparecen al comienzo del post, justo debajo del título.

Posted by gacela 03:38 Archived in Myanmar Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

Monywa y el río Ayeyarwady

Visitando las zonas menos turísticas de Myanmar

sunny 32 °C
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Tras un pequeño paso obligado por Mandalay, que os contaré en el próximo post, puse rumbo al norte para explorar una zona que no está en la ruta habitual de los visitantes del país. Y tengo que admitir que tampoco hubiese estado en la mía de no ser por las recomendaciones de Laura (¡muchas gracias por todos los buenos consejos sobre el país!)

Así que, a las 5 de la mañana me dirigí al embarcadero de Mandalay para subirme a un barco que me llevaría hasta Kyaukmyaung (si el nombre os parece complicado, imaginaros pronunciarlo para indicar tu destino). Había comprado mi billete el día anterior y hasta que no me subí al barco no entendí por qué me habían vendido 2 asientos (¿pensaban que los extranjeros teníamos el culo más gordo y necesitábamos más sitio?) La realidad fue mucho más interesante: ¡no había asientos! Los números que me habían asignado se correspondían con un pequeño espacio en la cubierta del barco, que estaba llena de familias birmanas dispuestas a pasar allí varios días, el tiempo que el barco tarda en hacer el trayecto completo río arriba.

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La experiencia fue, sin duda, interesante, aunque me hubiese gustado poder hablar birmano para charlar con algunos de los pasajeros. Sin embargo, me tuve que conformar con intercambiar sonrisas con unos y otros. También disfruté del paisaje mientras surcábamos este caudaloso río. Y como el trayecto duró 10 horas (y eso que me bajé en la primera parada), me dio tiempo a inspeccionar el barco y su carga, ver a la gente bañándose y acicalándose, echarme una siesta (la actividad favorita de los pasajeros del barco) y llenarme del polvo que el viento traía desde tierra firme.

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Por desgracia, en Kyaukmyaung no hay hoteles, por lo que no pude visitar este pequeño pueblo dedicado a la cerámica y tuve que dirigirme a la ciudad más cercana, Shwebo. Esta antigua capital del reino birmano, allá por el 1760, no conserva absolutamente nada de su época gloriosa, pero fue divertido pasar una tarde-noche aquí y ser la atracción del lugar mientras me paseaba entre los puestos de comida callejera. Al día siguiente llegué a Monywa, otra ciudad con poco encanto, pero cuyos alrededores bien merecen una visita.

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No existe hoja de Excel capaz de contar el número de Budas que vi durante día y medio de exploración por esta zona, así que preparaos. La primera parada en esta ruta budista fue en el templo de Thanboddhay Paya, un lugar con edificios color pastel que parecían sacados de una película de Disney. El templo principal contaba con pasillos y pasillos llenos de Budas de todos los tamaños. Unos grandes en las esquinas y los altares, algunos de los cuales tenían luces de neón a modo de halo, y luego millones de figuras pequeñas que llenaban todos los huecos libres de las paredes.

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Después, mi motorista particular me llevó hasta Bodhi Tataung, que tiene el honor de ser la estatua de pie de Buda más alta del mundo (o eso dicen aquí). Desde luego, resulta impresionante y lo mejor es que te puedes meter dentro y ascender los 130 metros de altura del monumento. Bueno, algo menos porque sólo te dejan llegar hasta los ojos. Las vistas desde arriba se encuentran empañadas por las verjas y la mierda de las ventanas, pero por el camino puedes ver murales interesantes sobre lo que ocurre a los pecadores y las maravillas del nirvana y también saludar a las ratas que viven allí dentro (yo me topé con 2 que me dieron un susto de muerte).

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El resto del recinto contaba con una pagoda, algunos Budas más, incluyendo uno tumbado también bastante grande, y un montón de tiendas de souvenirs. En todo caso, yo había tenido suficiente por un día y necesitaba descansar para continuar la ruta al día siguiente.

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A la mañana siguiente cambié de rumbo, que no de temática, y fui hasta Hpo Win Daung, un extraño complejo en mitad del campo lleno de templos, nichos, cuevas y monos. Todo ello aderezado con infinitas estatuas de Buda. Algunos de los templos también contaban con extrañas figuras, como estos monstruos verdes de la foto (¿serán trolls del mundo budista?)

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Los nichos y cuevas se fueron excavando en la roca a lo largo de 4 siglos (entre el XIV y el XVIII) y allí siguen, al cuidado de unas pocas personas y monjes que te piden donaciones en cada esquina y para disfrute de los escasos turistas que se acercan hasta aquí (yo era la única visitante ese día). Algunos nichos son pequeños y muy simples, adentro apenas cabe la estatua de Buda, mientras que las cuevas cuentan con varias estatuas y están decoradas con murales.

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Me pareció un sitio muy interesante, tanto por los grabados en piedra y los murales como porque no había dorado por ninguna parte. Era la primera vez que me encontraba en un lugar religioso en Myanmar sin cúpulas cubiertas de oro. En todo caso, ya tendría una sobredosis de dorado en los días siguientes, durante mi estancia en Mandalay.

Como supongo que ya os habréis dado cuenta, Myanmar es un país principalmente budista. La práctica de esta religión en el país no ha dejado de sorprenderme desde que llegué. Para empezar, todos los hombres tienen que ser monjes por lo menos 2 veces en su vida, una cuando son niños y otra de adultos. Y en los pueblos se envía a los niños al monasterio durante sus vacaciones, es algo así como nuestros campamentos de verano. Esto implica que hay monjes por todas partes, pero también que muchos de ellos no tienen ningún interés en los hábitos y así ves monjes, que se suponen hacen voto de pobreza, con ipads y teléfonos último modelo dándose una vuelta con sus novias o haciéndose fotos con las turistas. En fin, me dio la sensación de que habían perdido un poco la esencia de la religión, sobre todo teniendo en cuenta que en teoría en este país se sigue una versión más austera del budismo.

Posted by gacela 07:59 Archived in Myanmar Tagged rios templos Comments (0)

Hsipaw

Encuentro con las etnias de Myanmar

sunny 30 °C
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El movido trayecto en tren que os relaté en el post anterior terminó en Hsipaw, un relajado pueblo situado en el corazón de la provincia de Shan, en el este de Myanmar. Aunque el pueblo no tiene mucho (la típica estupa dorada, un bonito río y poco más), es la base perfecta para explorar una parte del país poco visitada por los turistas.

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De esta manera, me uní a una expedición de 3 días por las montañas con Louise y Amy, en la que más que caminar nos sumergimos en otro mundo, donde cuesta creer que nos encontremos en el siglo XXI. Aquí no hay carreteras, sino caminos de piedras y barro que sólo se pueden transitar a pie o en motocicleta (y eso teniendo mucha maña con las 2 ruedas) y la electricidad acaba de llegar.

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Los paisajes por el camino fueron preciosos, ya en el trayecto de 3 horas en furgoneta hasta el comienzo del sendero disfrutamos de unas vistas espléndidas (a pesar del mareo que me pillé), pero lo verdaderamente impresionante fue la gente con la que nos cruzamos por el camino, cuya curiosidad por nosotras parecía infinita.

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Los numerosos niños de todas las aldeas por las que pasamos no dudaban un instante en perseguirnos por todo el pueblo, saludándonos con la mano y practicando la única palabra que sabían en inglés: hola, mientras que los más tímidos se limitaban a mirarnos de refilón. Sin embargo, no sólo los niños se acercaban a echar un vistazo a estas extrañas extranjeras. Cada vez que paramos a descansar, tomar un té o aceptar la hospitalidad de alguna familia conocida de nuestro guía, algunos adolescentes y adultos se acercaban despacio y sin hacer mucho ruido para observarnos desde lejos.

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La hospitalidad de esta gente de las montañas birmanas no tiene límites y entre las numerosas invitaciones que recibimos en nuestro camino, una fue para asistir a una boda. Así que nos pusimos nuestras mejores galas, yo una camiseta que no estaba sudada y mis compañeras unas faldas típicas, que acabaron siendo una de las atracciones del evento ya que las mujeres del pueblo se empeñaban una y otra vez en colocarles las faldas de la manera correcta mientras se partían de la risa.

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La ceremonia se llevó a cabo en la casa de los padres de la novia y fue muy rápida, con unos señores leyendo unos textos y haciendo unas ofrendas en el altar familiar antes de que llegara la pareja (la verdad es que nadie les prestó mucha atención) y luego, con los novios ya allí, dijeron unas oraciones y listo. Después se sirvió abundante comida y todos contentos. También visitamos la casa de los padres del novio, donde nos volvieron a dar de comer. En general, una experiencia muy interesante.

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En nuestro último día de caminata nos llevamos un pequeño susto, bueno a Louise casi le da un ataque, cuando vimos aparecer por el pueblo a un grupo de hombres armados hasta los dientes, quien no llevaba un fusil era porque no tenía espacio con el bazuca que portaba al hombro. Eso sí, sólo un par de ellos iban con uniforme completo. Coincidiendo con su llegada, el pueblo se vació de repente, la gente se metió en sus casas y nosotras nos quedamos muy quietas terminando nuestro té y preguntándonos qué coño pasaba. Bueno, alguna idea teníamos de que la guerrilla andaba por allí, pero no nos dejó de sorprender ver a los militares por mucho que nuestro guía nos aseguró que estaban haciendo una ronda rutinaria.

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De vuelta en Hsipaw, utilizamos nuestro último día en el pueblo para visitar el palacio del último monarca de la región, que fue asesinado por la junta militar. El sitio se encuentra al cuidado del sobrino del heredero del trono, que se encuentra en el exilio, y su mujer nos contó un montón de cosas sobre la historia familiar y la política del país.

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Al día siguiente, antes de coger el autobús a las 6 de la mañana, fuimos al mercado nocturno del pueblo, donde la gente hace la compra en mitad de la noche y algunos puestos están iluminados por velas. Y así nos despedimos de Hsipaw, con mucho sueño, y pusimos rumbo al siguiente destino.

Posted by gacela 03:32 Archived in Myanmar Tagged paisajes pueblos Comments (2)

Pyin Oo Lwin y el viaducto de Goteik

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Este pueblo de nombre impronunciable se convirtió durante la época colonial en el destino favorito de los británicos para huir del intenso calor de Mandalay, la capital del norte del país. De esta manera, aquí construyeron mansiones y jardines al más puro estilo inglés. La atracción más significativa que todavía queda de esa época es el jardín botánico, un oasis de verde y animales a las afueras del pueblo.

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Mi visita al jardín coincidió con el fin de semana y el sitio estaba animadísimo, con familias enteras paseando por los numerosos caminos y disfrutando de un picnic. Para amenizar el día había hasta un grupo de música en directo, cuyas voces desafinadas se oían por todo el recinto. El lugar tenía, además, una interesante colección de orquídeas y un aviario lleno de pájaros exóticos.

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Algunos de los animales del jardín se paseaban a sus anchas por el lugar, como estos curiosos gibones que aprovechaban cualquier despiste para hacerse con comida. Al dueño del helado que sisaron no le hizo tanta gracia, aunque a cambio nos deleitaron con un espectáculo de sus acrobacias por las ramas.

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El jardín también cuenta con una pareja de uno de los animales más raros que he visto nunca. Estos bichos enormes de la foto se llaman takín (nombre científico budorcas taxicolor) y son familia de las cabras. Resulta que viven en el Himalaya, así que los pobres debían estar pasando un calor horrible en Myanmar. En fin, que no te acostarás sin aprender algo nuevo.

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Este pequeño pueblo no cuenta con muchas más atracciones, aparte del jardín y los curiosos coches de caballos a modo de taxis, pero aún así se trata de un lugar agradable para pasar unos días fuera de la ruta más trillada por los turistas. De hecho, la gente se te queda mirando por la calle y muchos te saludan y así, puedes acabar conociendo a un parlamentario, como fue mi caso. Estaba paseando por el pueblo cuando me invitaron a tomar un té en la sede de la Liga Nacional para la Democracia, el partido político de la premio nobel de la paz Aung San Suu Kyi, que hasta hace poco estaba ilegalizado (y ella en arresto domiciliario) por la junta militar que gobernaba el país. Durante mi estancia en Myanmar me había sorprendido la cantidad de sedes del partido y las fotos que de su líder había en casas y restaurantes, así que no pude resistirme a aprender un poco más sobre el cambio político que se está llevando a cabo en el país. Sin embargo, nadie parecía hablar inglés y ya veía mi curiosidad frustrada cuando salieron de una reunión un grupo de hombres entre los que se encontraba el susodicho parlamentario y su ayudante, que se me presentaron y con los que estuve charlando un rato. Me sorprendió que no tuvieran pinta de tener millones en Suiza y que su coche parecía caerse a pedazos, ¿será que los políticos aquí son diferentes de los españoles?

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Tras explorar todo lo que tenía que ofrecer Pyin Oo Lwin, llegó el momento de coger un tren y dirigirme hacia el noreste. La experiencia ferroviaria es parte de la aventura en este país, así que no dejé pasar la ocasión de subirme a un tren que parecía haber sido abandonado por los ingleses y disfrutar de la lentitud de este medio de transporte (a pesar de que las carreteras no son una maravilla, el autobús tarda menos de la mitad de tiempo en hacer el mismo recorrido).

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Así, me senté en mi butacón en primera clase, donde el aire acondicionado estaba compuesto por unos ventiladores en el techo, y me armé de paciencia. El tren fue avanzando por unos paisajes verdísimos (vamos, hasta las vías estaban llenas de verdín), mientras se movía de un lado a otro como una atracción de feria, hasta que llegamos al viaducto de Goteik, el momento estrella de las 7 horas de recorrido, y entonces la velocidad se redujo a paso de tortuga. Para mi sorpresa, atravesamos esta maravilla de la ingeniería construida en el 1.900 y con una caída de más de 150 metros sin ningún contratiempo. Y tengo que admitir que las vistas fueron espectaculares.

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De esta manera llegué hasta Hsipaw, mi siguiente destino, en el que pasé 3 días caminando por las montañas, pero esa historia tendrá que esperar al siguiente post.

Posted by gacela 05:19 Archived in Myanmar Tagged trenes paisajes jardines Comments (0)

Lago Inle

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Los 3 días de caminata desde Kalaw concluyeron a orillas del lago Inle, uno de los principales destinos turísticos de Myanmar. El lago y las marismas de alrededor ocupan una extensión considerable y, así, el pequeño bote motorizado que contratamos tardó más de una hora en cruzar esa masa de agua y llevarnos hasta Nyaung Shwe, el mayor pueblo de la zona situado en tierra firme. Por el camino pudimos asombrarnos con los pueblos flotantes, cuyas casas se sostienen sobre pilares y donde sus habitantes se trasladan de un lado a otro en pequeñas canoas.

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A pesar de que la modernidad está llegando a esta parte del mundo, el proceso es relativamente lento y los pescadores del lago todavía utilizan técnicas ancestrales en su labor diaria, para deleite de los turistas. De esta manera, después de remar hasta un lugar apropiado en el centro del lago, utilizan una de sus piernas para maniobrar la barca, mientras se ocupan de las redes con las manos. Se trata de una actividad digna de ver, ya que se requiere una habilidad extraordinaria para mantener el equilibrio y no acabar en el fondo del lago.

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Por otro lado, todos los días se celebra un gran mercado en alguno de los pueblos de la zona y allí se montan los puestos, con la gente acudiendo en barca a hacer la compra. Aquí se puede encontrar de todo, hasta una farmacia en la que, por supuesto, no necesitas receta. Como en todo mercado que se precie, también hay innumerables puestos de comida para reponer energías. ¿Quién puede resistirse a un pinchito de cabeza de pollo?

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La actividad más popular entre los turistas es alquilar un bote un día entero, en el que además de recorrer el lago te llevan a una serie de talleres artesanales. El primero en nuestra ruta fueron unos telares, donde las mujeres se afanaban en la confección de telas. Me dio la sensación de haber retrocedido en el tiempo unos cuantos siglos, ya que todo se hacía de manera manual. En este recorrido también nos detuvimos en un taller de orfebrería y en una fábrica de cigarrillos. Me quedé alucinada con la velocidad en la que las mujeres liaban estos cigarrillos naturales que se venden por todo el país.

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Durante nuestra estancia también aprovechamos para visitar unos viñedos situados a escasos kilómetros del pueblo. El recorrido en bicicleta y las vistas desde la privilegiada localización de la bodega fueron lo mejor porque los vinos están entre los peores que he probado en mi vida. Alguno de los que catamos eran una auténtica tortura para el paladar y a punto estuve de pedir una coca-cola para mezclar.

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El último día en la zona cambié de medio de transporte y alquilé una bicicleta para recorrer los alrededores del pueblo. Iba sin destino fijo, así que, cada dos por tres me tenía que dar la vuelta porque llegaba a un canal que no podía cruzar o simplemente se acababa el camino. En todo caso, me lo pasé en grande y hasta hice amistad con un grupo de chicas que estaban a pie de carretera pidiendo dinero para la renovación de un templo (sorprendentemente, casi todo el mundo que pasaba soltaba algún billete). Aunque ellas no hablaban inglés, nos comunicamos perfectamente para llevar a cabo una sesión de fotos en las que todas querían salir en la cámara con sus mejores poses. En fin, una experiencia diferente.

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Mis días en el lago Inle se pasaron volando, disfrutando de la tranquilidad de la zona y del inmenso lago que condiciona la forma de vida de sus habitantes. Y del agua pasé a la montaña, ya que mi siguiente destino era la antigua estación de montaña de Pyin Oo Lwin.

PD: Como casi todos sabéis, recientemente me han hecho una entrevista en e-dreams, así que ya voy camino de la fama mundial. Si os apetece leerla, pinchad aquí

Posted by gacela 22:25 Archived in Myanmar Tagged lagos paisajes Comments (3)

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