A Travellerspoint blog

Nepal

Damak y alrededores

Despedida de Nepal

rain 35 °C
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Mi última parada en este periplo por Nepal ha sido en un lugar un tanto inusual, pues he pasado unos días en Damak, una pequeña localidad en el este del país sin ninguna atracción turística destacable. De hecho, creo que yo era la única turista que habían visto por allí en mucho tiempo. Supongo que yo tampoco habría parado en Damak si no hubiera sido por Kendra, una americana a la que conocí de trekking en los Annapurnas y que me invitó a conocer la zona.

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Y os preguntareis qué hace una americana viviendo en esta remota región de Nepal. Pues como la mayoría de los guiris establecidos en el país trabaja para una organización internacional, concretamente una dedicada a las migraciones. Os pongo en antecedentes: hace más de 20 años, el rey de Bután (para los que no andan muy finos en geografía, es un pequeño país en plena cordillera del Himalaya) decidió expulsar del país a todas las personas de origen nepalí, muchas de las cuales llevaban viviendo allí más de un siglo. Así, aproximadamente 80.000 refugiados acabaron en campos de Naciones Unidas en Nepal, que, por otra parte, se negó a acogerlos y darles la residencia.

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Y fueron pasando los años, en los que Nepal y Bután no lograron llegar a un acuerdo sobre qué hacer con esta gente, que, sin papeles, no podía abandonar los campos de refugiados y llevar una vida normal. Hasta que en 2007 Estados Unidos se ofreció a acogerlos. Entonces se montó un dispositivo para trasladarlos allí (y a otros países que se sumaron después a la oferta) y en eso están, enviando a butaneses a hacer las Américas. Así que ya veis, Bután, que se vanagloria de ser el único país que utiliza el índice de felicidad de sus habitantes en lugar del producto interior bruto (PIB), no tuvo reparos en echar por la fuerza a una décima parte de su población por no ser butaneses de pura raza.

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Como no había mucho que visitar en Damak y el tiempo tampoco me dio un respiro entre lluvias torrenciales y vientos huracanados, aproveché para reponer fuerzas, especialmente comiendo (¿quién puede resistirse a un delicioso, e infinito, plato de dal bhat diario por 60 céntimos de euro?) También me dio tiempo a explorar un poco la zona en bicicleta, disfrutando del llano que tanto escasea en Nepal, y, de esta manera, atravesé infinidad de arrozales, donde la gente me miraba un poco extrañada y los niños me saludaban entusiasmados.

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Otro día fuimos de excursión con el "coche de empresa" a una zona de montaña cercana. Ir en este todoterreno fue una experiencia extraña después de recorrer el país en ruidosos y desvencijados autobuses locales. Casi me daba la sensación de estar viendo el paisaje y a la gente a través de una televisión y no desde detrás de una ventanilla.

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En todo caso, el camino resultó ser precioso, atravesando primero una animada planicie, para después ir ascendiendo poco a poco por una montaña llena de plantaciones de té (es la zona nepalí fronteriza con la famosa Darjeeling india). Nuestro destino final era un lago más allá de las plantaciones, famoso por ser un lugar de peregrinación.

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Llegar hasta allí no fue tarea sencilla, ya que el último tramo de la carretera no estaba asfaltado y las lluvias habían convertido el camino en un barrizal complicado de transitar. Al final, nos llevó 5 horas alcanzar el lago y en varias ocasiones pensamos en dar la vuelta. Después de tanto esfuerzo (y tantas horas en el coche), tengo que admitir que el lugar nos decepcionó bastante. Era un lago como cualquier otro, aunque la lluvia y la niebla le dieran un aspecto un tanto tenebroso.

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En resumen, la última estación en mis aventuras por Nepal puede que no fuera el lugar más emocionante o con los mejores paisajes, pero me sirvió para aprender muchas cosas, descubrir cómo es la vida de los expatriados y conocer el día a día de un pueblo nepalí cualquiera.

Y, después de 3 meses en el país, llegó el momento de cambiar de aires y explorar otros lugares. Tengo que admitir que me fui con mucha pena de Nepal, que me ha parecido un lugar impresionante, donde lo mismo puedes caminar junto a las montañas más altas del planeta que visitar templos con siglos de antigüedad o pasar calor en una selva llena de animales salvajes. Vamos, que tiene un poco de todo y para todos los gustos.

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Posted by gacela 21:25 Archived in Nepal Tagged pueblos arrozales Comments (4)

Patan

sunny 30 °C

Después de daros la tabarra con una montaña detrás de otra, hoy toca un poco de cultura y espiritualidad con los templos de la plaza Durbar de Patan. La tercera de las plazas patrimonio de la humanidad en el valle de Katmandú se encuentra en Patan, a escasos kilómetros de la capital. De hecho, está tan cerca que la única separación física entre una ciudad y otra la constituye el río Bagmati y se puede ir caminando entre el centro de ambas localidades.

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La mayoría de los edificios actuales de la plaza datan del siglo XVII, aunque el lugar ya era un importante centro comercial mucho antes. Como en todas las plazas nepalíes, hay una mezcla de templos hindúes y budistas, donde la gente se encarama bien para orar, bien para sentarse y pasar el rato. En todo caso, se trata de un sitio muy concurrido y un excelente lugar para observar a la gente local.

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Además de la plaza principal, Patan cuenta con otros muchos templos desperdigados por su centro histórico. En uno de ellos se celebraba un festival el día que pasé yo por allí y pude comprobar con asombro cómo lo mismo hacían una barbacoa en una esquina del recinto que casaban a una tímida pareja en otra, mientras se prendían hogueras por todas partes.

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El templo dorado también me resultó curioso, con un ornamentada puerta custodiada por dos inmensos tigres y un interior realmente resplandeciente. Hasta las esculturas del patio interior eran doradas. Pero Patan no sólo cuenta con templos, sino que también es famosa por sus artesanos, especialmente orfebres, a los que te puedes encontrar trabajando en alguna de las calles secundarias del centro.

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En definitiva, Patan se trata de un lugar interesante para pasar el día y recorrer sus tranquilas calles del centro histórico visitando con calma plazas, templos y mercados. Y así se terminan mis historias en el valle de Katmandú y prácticamente en Nepal, ya que sólo me queda contaros mi breve experiencia en el este del país.

Posted by gacela 03:48 Archived in Nepal Tagged templos ciudades Comments (0)

Campo Base del Everest - Parte 3

Despedida del Himalaya y regreso a la civilización

all seasons in one day 10 °C
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Después de cruzar Cho La, llegamos al impresionante valle del Goyko, uno de los lugares más espectaculares de todo el parque. Para empezar, la nevada de la noche anterior había cubierto de blanco el glaciar que teníamos que atravesar ese día y que relucía bajo el sol que tuvo la buena idea de brillar esa mañana.

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El recorrido de ese día nos llevó más tiempo del previsto, entre miles fotos y guerras de bolas de nieve. Además, había que caminar con cuidado porque el sendero resbalaba de lo lindo (alguno de los inconvenientes de la nieve). El camino nos obsequió con unos paisajes preciosos, incluido algún que otro pequeño lago de un verde intenso, donde se reflejaban perfectamente las montañas circundantes.

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Y así llegamos hasta el pueblo de Goyko, cuya belleza nos dejó con la boca abierta. Situado junto a un lago de color verde esmeralda y rodeado de montañas, este pequeño pueblo dedicado casi en exclusiva a atender a los turistas se encuentra en una localización privilegiada. Siguiendo el valle hacia el norte se encuentran los picos más altos del Himalaya, como el Cho Oyu que sale en la foto.

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Hacia allí nos dirigimos por la tarde y tuvimos la inmensa suerte de encontrar un cielo despejado (lo más normal en el parque es que las tardes estén nubladas). De esta manera, pudimos apreciar el Everest desde una perspectiva distinta, además de disfrutar de vistas maravillosas de otras muchas montañas que sobresalían a ambos lados del glaciar que habíamos cruzado esa mañana.

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El día siguiente fue de descanso forzoso, ya que nuestros planes de subir al pico Goyko se vieron frustados por el mal tiempo. Por otro lado, tampoco nos vino mal el reposo después de 10 días de caminata ininterrumpida. Por suerte, el día siguiente amaneció soleado y pusimos rumbo al paso Renjo. Las vistas desde lo alto de este sendero a 5.350 metros sobre el nivel del mar fueron espectaculares. Con el lago en la base y todas las montañas (Everest incluido) alineadas detrás, fue, sin duda, uno de los momentos más increíbles de todo el recorrido.

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Allí arriba nos despedimos del techo del mundo y las demás montañas que nos habían estado acompañando en los últimos días, pues el siguiente valle nos llevaría lejos del corazón del Himalaya. El paisaje al otro lado de Renjo La era mucho más modesto. Y, para no cambiar la costumbre, las nubes nos rodearon al llegar a la cima y en nuestro descenso hacia el otro lado.

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A pesar de apenas contar con vegetación, en este valle empezamos a toparnos de nuevo con pueblos de verdad, en los que la gente se dedica a la cría de yaks y a la agricultura. Esto último sólo cuando llegan las lluvias del monzón, ya que el resto del tiempo no crece nada en estas latitudes.

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Ahora nos tocaba descender todo lo que habíamos ascendido con tanto esfuerzo en los días anteriores. Ir cuesta abajo es sin duda más sencillo, especialmente cuando notas que cada vez tus pulmones se llenan con más oxígeno al respirar. Además, el paseo por este nuevo valle resultó de lo más agradecido porque era una preciosidad: pueblos de piedra rodeados de ríos, cascadas, monasterios y rododendros.

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De esta manera, 16 días después volvimos a Lukla, el punto de partida de esta aventura por las montañas. Aquí podría haber cogido un avión de regreso a Katmandú, pero el mal tiempo había impedido despegar a las avionetas durante 3 días y había cientos de personas en la lista de espera para volar. Los más afortunados (o, mejor dicho, los más pudientes) regresaban en helicópteros, pero al resto no les quedaba más remedio que esperar a que mejorase el tiempo. En todo caso, me pareció mucho más interesante (y barato) caminar hasta el pueblo más cercano con una carretera. En definitiva, que empezamos una nueva mini-aventura de 5 días.

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El sendero hasta Salleri, que así se llama el pueblo con transporte terrestre, me pareció mucho más duro que el que nos llevó hasta el mismísimo Everest. Primero descendimos 1.500 metros (ésto me pareció estupendo), para luego ascender 1.000 metros sin descanso (lo que no me pareció nada bien), para luego volver a bajar hasta la cuenca de un río e, inmediatamente después, volver a subir una cuesta infinita. Al cabo de 2 días de caminata, estábamos más arriba que donde habíamos comenzado y yo no hacía más que preguntarme por qué no había esperado a que una avioneta me llevase cómodamente hasta la capital. Además, el tiempo no nos acompañó y, excepto por algún momento de sol en las mañanas, tuvimos que caminar bajo un cielo cubierto de nubes, con alguna ocasional lluvia torrencial.

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Por otro lado, y como consecuencia de la lluvia, el camino era un barrizal resbaladizo, donde el barro se mezclaba con la mierda de burro de las infinitas caravanas que transitaban por allí. Eso sí, el paisaje de estas colinas era verdísimo y los pueblos tenían mucha más vida que los que encontramos montaña arriba. Aquí la gente hacía su vida, principalmente en los campos de cultivo que salpicaban las laderas, sin preocuparse de los escasos senderistas que pasábamos por allí.

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El tercer día amaneció por fin con un sol espléndido y ese último día de caminata (llegamos esa misma tarde a Salleri) atravesamos un bosque increíble, donde un panda rojo cruzó el sendero a toda velocidad unos metros por delante de mí y me dio un susto de muerte. No me dio tiempo ni a hacer el amago de sacar la cámara de fotos, aunque el panda no me impresionó demasiado, ya que este tipo nada tiene que ver con el inmenso blanco y negro que asociamos con el nombre de panda. Se parece más bien a un mapache, con el cuerpo en tono rojizo, las patas oscuras y la cara y la cola de un marrón más claro y con manchas blancas. En todo caso, un encuentro fugaz, pero interesante.

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Una vez en Salleri ya sólo nos faltaba encontrar transporte hasta Katmandú, que, aunque en el mapa parecía estar cerca, la realidad de las carreteras nepalíes decía otra cosa. Para evitar pasar 18 horas apretujados en un jeep destartalado, decidimos dividir el trayecto en dos partes. De esta manera, de madrugada cogimos un jeep hasta la capital de la región, lo que nos llevó 6 horas por una carretera de montaña llena de baches y charcos bajo una llovizna perpetua. Pasamos la tarde en esta ciudad, donde la gente nos miraba extrañada y, tras reponer fuerzas en el único hotel de la zona, a la mañana siguiente pusimos rumbo a Katmandú en un autobús.

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Las 14 horas en autobús fueron una experiencia en todos los sentidos. Para empezar, nunca hubiese pensado que esa carretera sin asfaltar podía ser transitada por un autobús (y, de hecho, cuando empieza la época de lluvias se cierra al tráfico). El camino serpenteaba montaña arriba y abajo, con algunas zonas donde apenas cabía el autobús y siempre un barranco en alguno de los lados, a veces con una valla de bambú a modo de quitamiedos (a mí, desde luego, no me quitó el miedo para nada). Al cabo de unas horas llegamos hasta un valle y el cambio de temperatura fue considerable. Además del calor, el polvo llenó por completo el interior del autobús y nos cubrió de los pies a la cabeza, casi podíamos masticarlo cada vez que abríamos la boca. Por otro lado, en un momento del recorrido noté que estaba entrando agua por la ventana y me costó un par de segundos darme cuenta de que era el pis de las cabras que viajaban en el techo del autobús. En pocas palabras, una cabra me había meado encima!! En todo caso, el camino me pareció muy interesante, ya que nos dio la oportunidad de echar un vistazo a una preciosa zona de Nepal donde el tiempo parece detenido y no saben lo que es un turista.

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De esta manera, volví a Katmandú 3 semanas después con ganas de no moverme de la cama nunca más, excepto para comer y beber cerveza. Y, más o menos, eso fue lo que hice en los días siguientes. Por otro lado, me daba la sensación de que toda la caminata por el Himalaya había sido una especie de sueño, así que menos mal que las fotos me recuerdan que realmente he estado allí disfrutando de cada impresionante paisaje.

Posted by gacela 03:40 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes pueblos Comments (0)

Campo Base del Everest - Parte 2

Llegada al campo base

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Se cumplía una semana de caminata cuando Phillip y yo retomamos el sendero principal hacia el campo base del Everest. El desvío en Chukhung nos había encantado, además de ayudarnos a aclimatarnos a la altura, y estábamos deseando ver la montaña más alta del mundo de cerca. Todavía tardaríamos 3 días en llegar, pero el camino nos fue ofreciendo pequeñas joyas con las que disfrutar durante el paseo.

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A partir de este día los pueblos como tal desaparecieron para dar paso a cúmulos de alojamientos en sitios estratégicos para los senderistas. Tampoco vimos más caravanas de burros, que a esta altura dejan el trabajo a los yaks. Con los yaks había que tener incluso más cuidado que con los burros, ya que iban embalados y eran enormes. Pero el grueso del transporte seguía estando en la espalda de los porteadores humanos, que iban y venían a toda velocidad cargados hasta la bandera.

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Como os podéis imaginar, a pesar del sol que nos acompañó durante casi todo el trayecto, hacía un frío que pelaba, sobre todo cuando soplaba el viento. Las noches eran especialmente horribles, ya que los hoteles no tenían calefacción y las habitaciones no estaban realmente aisladas. Menos mal que los comedores tenían unas estufas alimentadas con mierda seca de yak, que prende que da gusto. Y así nos pasábamos las tardes sin separarnos de la maravillosa estufa. Sin embargo, irse a dormir requería entrar en la habitación-congelador y el rato hasta que calentabas el saco (con ayuda de una gruesa manta por encima) se hacía eterno. Además, debido a la falta de oxígeno, es complicado dormir bien en estas alturas y hasta yo, que ya sabéis que soy un lirón, me despertaba varias veces en mitad de la noche y me costaba volver a conciliar el sueño.

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Durante el día me olvidaba por completo de estos pequeños inconvenientes, pues me encontraba demasiado ocupada disfrutando de los paisajes que se nos iban presentando. El último tramo del recorrido antes del campo base discurría junto a un inmenso glaciar, que a pesar de estar cubierto de piedras y chinarros, no dejaba de ser espectacular.

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Y tras mucho caminar por fin nos encontramos a tiro de piedra del campo base del Everest, donde los locos y locas que intentan alcanzar la cima comienzan su aventura. El sitio está lleno a rebosar de tiendas de campaña de las diferentes expediciones. De hecho, es más grande que cualquiera de los pueblos por los que habíamos pasado durante la última semana. En todo caso, a escasos 300 metros de la primera tienda de campaña nos dimos la vuelta porque Phillip empezó a encontrarse mal por la altura y todavía teníamos que caminar 3 horas de vuelta hasta nuestro hotel. Por otro lado, aunque parezca un tanto extraño, desde el campo base no se ve el Everest, así que tampoco era plan de forzar la máquina.

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A la mañana siguiente llegó el momento que tanto habíamos esperado, tocaba subir hasta la cima de Kala Patthar para ver de cerca el Everest, que se encuentra a unos 2 kilómetros de aquí. Al contrario que la mayoría de turistas, que ascienden de noche para ver el amanecer desde arriba, nosotros esperamos a que fuese de día y comenzamos a caminar a las 7 de la mañana. Resultó una decisión acertada porque, de esta manera, había mucha menos gente en la montaña y, además, la luz era mucho mejor (el sol sale justo por detrás del Everest). En el camino hasta los 5.550 metros de la cima de Kala Patthar, el Everest fue apareciendo por detrás de otros picos y al llegar a lo más alto las vistas fueron increíbles. No sólo parecía que podíamos tocar con la punta de los dedos la cima de la montaña más alta de la Tierra (8.848 metros sobre el nivel del mar, que se dice pronto), sino que estábamos rodeados de otros muchos picos impresionantes.

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Estuvimos disfrutando de este lugar hasta que el viento y el frío nos hicieron volver a la realidad y comenzamos a descender la montaña. Será difícil olvidar la impresión de estar en mitad del Himalaya, rodeada de picos nevados, incluido el Everest. Pensé que iba a ser imposible encontrar un lugar más increíble, pero nuestra ruta por el parque todavía nos depararía otros paisajes por lo menos igual de impresionantes.

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Habíamos llegado hasta el final del sendero, pero en lugar de regresar por el mismo camino, tomamos una ruta alternativa cruzando 2 pasos de montaña, que en ambos casos nos llevaron de un valle hasta el siguiente alcanzando para ello los 5.300 metros de altura. El primero de estos pasos, Cho La, parecía relativamente sencillo a primera vista. Sin embargo, lo que nos pareció la cima desde lejos no era más que el comienzo de un inmenso glaciar.

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Allí arriba el sendero no estaba señalizado y, además, había que caminar entre grandes rocas cubiertas de nieve y hielo, lo que hizo que avanzáramos muy lentamente. En el último tramo caminamos por encima del comienzo del glaciar, lo que resultó una experiencia un tanto extraña al ir destrozando pequeños cristales de hielo con nuestras pisadas. En todo caso, bajo el hielo se veía a escasos centímetros tierra firme, por lo que no había ningún peligro.

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Llegamos al paso junto con una inmensa nube negra, que cubría todo el cielo y, que, unida a un viento congelado, no nos dejaron disfrutar de la hazaña como nos merecíamos. Nos quedaba todavía un largo camino hasta el siguiente pueblo, que parecía estar aún más lejos de lo que indicaba nuestro mapa.

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Para colmo de males, a mitad de recorrido comenzó a nevar. Yo no veía el momento de sentarme junto a una estufa calentita y devorar un buen plato de arroz con curry. Y en ello estaba cuando por sorpresa volvió a salir el sol. Y esa noche el cielo estaba tan despejado que pudimos ver millones de estrellas (bueno, el disfrute duró bastante poco porque debíamos estar a 10 grados bajo cero, por lo menos, y en seguida volvimos al calor del comedor).

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Las nubes debieron volver a cubrir el cielo en algún momento de la noche porque a la mañana siguiente había unos 5 centímetros de nieve cubriendo todo el pueblo. El valle estaba realmente precioso cubierto de blanco, pero la historia y las fotos de esta parte del camino tendréis que leerlas en el siguiente post.

PD: Como siempre, podéis encontrar muchas más fotos aquí

Posted by gacela 19:00 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes Comments (2)

Campo Base del Everest - Parte 1

Primeros paisajes de camino al Everest

sunny 5 °C
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¿Qué contaros de mis experiencias por la zona del Everest? Me da la sensación de que mi vocabulario no es lo suficientemente extenso para detallaros los impresionantes paisajes que he tenido la ocasión de apreciar en los 19 días de caminata por el parque nacional y sus alrededores. En todo caso, haré lo que pueda y espero que las fotos ayuden a haceros una idea de la magnitud de las montañas de esta zona del Himalaya. Voy a dividir este relato en varias partes porque sino me temo que no voy a ser capaz de terminarlo nunca y, además, así se hace más ameno. Por otro lado, parece que no he podido elegir mejor momento para explorar esta región ahora que se acaban de cumplir 60 años de la primera ascensión y el Everest está tan de moda.

Todo comenzó una soleada mañana en la que cogí una pequeña avioneta junto a Steffanie, una mochilera alemana a la que conocí en el albergue de Katmandú, con destino a Lukla. La avioneta estaba llena con 12 pasajeros y desde mi asiento podía tocar el hombro del piloto, que no parecía inmutarse por los vaivenes provocados por las rachas de viento. Los 25 minutos de vuelo se me hicieron eternos y hasta me alegré cuando fuimos a tomar tierra, aunque parecía que íbamos directos contra una montaña. Por otro lado, nunca había visto una pista de aterrizaje tan inclinada.

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Sólo eran las 7 de la mañana y estábamos deseando ponernos en marcha, así que comenzamos a caminar por un valle, siguiendo el curso de un río y atravesando por el camino pequeños pueblos y zonas de cultivo. Cada pueblo tenía su ración de elementos religiosos, ya fuese en forma de rocas decoradas con mantras, pequeñas estupas o ruedas de plegaria.

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Tuvimos que cruzar el río en varias ocasiones y no sabría decir cuál de los puentes colgantes me dio más miedo. Además, había que estar atenta a las caravanas de burros antes de cruzar porque encontrarse en mitad de uno de estos puentes con burros pidiendo paso no es nada recomendable.

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Este primer día conocimos a Phillip, un senderista israelí que se unió a nuestra expedición. Así, después de una paliza de 9 horas, los 3 juntos llegamos hasta Namche Bazaar, el pueblo más grande de la zona. Por desgracia, Steffanie empezó a sentir los efectos de la altura, estábamos a 3.300 metros sobre el nivel del mar, con un dolor de cabeza terrible. Sin embargo, 15 horas de sueño y un día de descanso la dejaron como nueva.

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Tras el día de aclimatación retomamos la ruta con energías renovadas y dispuestos a adentrarnos en el corazón de la cordillera. Y, para nuestra sorpresa, esa misma mañana vimos el Everest por primera vez (es la montaña a la izquierda de la que parece salir humo). Aunque estaba muy lejos, fue un momento muy emocionante.

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El resto del día caminamos atravesando un precioso bosque de rododendros, en el que aproveché que me tenía que parar a cada rato (el oxígeno no me daba para más y hay que tomárselo con calma para evitar el mal de altura) para disfrutar del paisaje y hacer miles de fotos.

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Al final de esa subida que parecía eterna se encontraba Tengboche, famoso por su monasterio budista. Se trata del monasterio más grande de esta región y es el único edificio del pueblo que no es un hotel para turistas. Eso sí, abren sus puertas todas las tardes para que los guiris podamos comprobar cómo recitan sus mantras. Yo aguanté sólo unos minutos porque hacía un frío que pelaba, aunque la gente que se quedó tampoco estuvo mucho más tiempo ya que los monjes les echaron por hacer ruido (debieron perder un montón de puntos de karma).

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En este pueblo conocimos a la más extraña expedición que os podáis imaginar. Este grupo de nepalíes incluía a un chico sin brazos (era impresionante cómo usaba la cuchara con sus pies), un anciano de 80 años y un tipo que iba disfrazado de oso polar. Estaban haciendo un documental sobre su ascenso al Everest, que espero lograran coronar. Nuestros objetivos no eran tan ambiciosos e incluso al día siguiente celebramos por todo lo alto llegar a los 4.000 metros sobre el nivel del mar.

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El paisaje parecía ir mejorando día a día. La vegetación desapareció por completo en el momento en el que empezamos a ver de cerca algunas de las cumbres más significativas. Cuando Phillip y yo pusimos rumbo al valle de Chukhung, que resultó ser uno de los sitios más espectaculares del recorrido, Steffanie nos abandonó, ya que le pareció que desviarse del camino principal iba a ser demasiado esfuerzo.

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La caminata por el valle resultó casi como ir de procesión porque a 4.500 metros sobre el nivel del mar sólo podíamos dar pequeños pasos y teníamos que pararnos de vez en cuando a recuperar el aliento. Menos mal que en esta ocasión la subida era muy suave porque sino nos hubiera llevado mucho más de las 3 horas que al final tardamos en recorrer la pequeña distancia que nos separaba del siguiente pueblo. Aquí descansamos casi toda la tarde, acostumbrándonos a la altura y disfrutando de las inmejorables vistas de Ama Dablam, una de las montañas más bonitas de todo el Himalaya, y de un inmenso glaciar.

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A la mañana siguiente fuimos a explorar el pico Chukhung. La extenuante subida hasta los 5.550 metros nos proporcionó unas vistas impresionantes de 360 grados. Había montañas nevadas en todas direcciones. Fue realmente espectacular ir subiendo poco a poco y descubriendo nuevos picos a medida que avanzábamos. Bueno, tengo que reconocer que yo no llegué hasta lo más alto de la montaña porque en los últimos metros el camino se convirtió en una escalada por rocas, que no me gustan nada, y, además, me empezaba a faltar el oxígeno y las fuerzas.

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Creo que por un día ya habéis visto demasiadas fotos de montañas y para apreciar el Everest de cerca tendréis que esperar al siguiente post. El pico más alto del mundo merece la espera...

Posted by gacela 03:09 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes pueblos Comments (5)

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