A Travellerspoint blog

Thailand

Chiang Rai

La región más septentrional de Tailandia

overcast 27 °C
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Chiang Rai es tanto el nombre de la provincia situada más al norte de Tailandia, en la frontera con Laos y Myanmar, como la capital de dicha provincia y hasta aquí llegué en mi ruta por el norte del país. Por fin logré alejarme de las hordas de turistas que me habían acompañado en el resto de mi viaje por Tailandia, ya que Chiang Rai no recibe a tantos visitantes y los que vienen suelen estar de paso. Para completar mi buena suerte, me alojé en uno de los mejores albergues en los que he estado nunca. No sólo el edificio era completamente nuevo, con todas las comodidades imaginables (modernas duchas con agua hirviendo, colchones de verdad y sala de televisión), sino que los trabajadores eran realmente encantadores. Hasta tal punto se preocupaban de los clientes, que un día me prestaron un chubasquero para mis aventuras moteras y otro día me encontré a una de las recepcionistas en un café de la ciudad y no dudó en sentarse conmigo a charlar un rato, además de negarse en redondo a que yo pagase nuestras consumiciones. En definitiva, una verdadera maravilla de estancia.

No puedo decir que Chiang Rai sea una ciudad espectacular, pero me pareció un lugar ideal para hacerse una idea de cómo es la vida en una ciudad tailandesa. O bueno, por lo menos, en una ciudad que no vive para y por los turistas. Como todas las ciudades del país, tiene su colección de templos budistas, algunos más interesantes que otros. En uno de los monasterios, rodeado de un verde jardín, se puede visitar un museo con figuras de todo tipo y también hay un Buda de jade, que es una copia del original que se encuentra en la actualidad en Bangkok.

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Sin embargo, el lugar que más me gustó de la ciudad fue el museo de las tribus de las montañas. En un pequeño local han logrado sintetizar la información más relevante de cada una de las tribus que habitan en esta zona de Tailandia. Aquí aprendí el uso comercial que se hace de muchas de estas etnias, algo así como el equivalente a vestir de sevillanas a todas las habitantes de un pueblo andaluz cualquiera con el objetivo de llevar a los guiris y que compren más souvenirs. Porque en realidad Tailandia está muy occidentalizado y la gente viste la misma ropa que nosotros, incluso en los pueblos, y sólo usan sus trajes tradicionales en ocasiones especiales.

Además, existen casos realmente espeluznantes como la historia de la tribu karen-padaung, más conocida como la de las mujeres jirafa por los anillos que colocan en sus cuellos para estirarlos hasta límites imposibles. Resulta que esta etnia proviene de Myanmar, de donde tuvieron que huir por un conflicto armado, por lo que en la actualidad no son otra cosa que refugiados. Sin embargo, alguien vio una oportunidad de negocio en su tragedia y se llevó a los karen a unos pueblos que construyeron para ellos. Desde entonces viven en un régimen de semi-esclavitud, en el que el dueño del pueblo les da alojamiento y 100$ al mes a las mujeres para que se dejen hacer fotos y vendan souvenirs. A los hombres y las mujeres de la tribu que no llevan anillos (y, por tanto, no son de interés para los turistas) no les toca más que lo suficiente para comprar arroz. Por tanto, existe un incentivo perverso para que las niñas empiecen a llevar anillos alrededor del cuello en cuanto tienen la edad suficiente, sin seguir en absoluto la tradición original según la cual sólo las niñas nacidas en determinada fase lunar podían llevar esta carga en sus cuellos. Estos refugiados no parecen tener muchas más opciones, pues no tienen estatus legal en Tailandia y, además, una vez que se colocan los anillos, ya no pueden integrarse en la sociedad ni siquiera de manera ilegal. En definitiva, unos listos sin escrúpulos han hecho un zoo humano con la miseria de un grupo étnico que tuvo que huir de su país y, lo peor, es que encima lo venden como una experiencia cultural tailandesa. Sin palabras.

Después de visitar los lugares más representativos de la ciudad, incluido un divertido mercado callejero nocturno en el que lo mismo podías comprar unas bragas que comerte un centollo, darte un masaje o bailar al ritmo de una extraña banda de música, alquilé una moto y me dispuse a conocer la provincia. El primer día lo cogí con ganas y me hice nada más y nada menos que 200 kilómetros (que puede parecer poco para nuestros estándares, pero os aseguro que en scooter y con lluvia es una barbaridad). La primera parada en esta súper-ruta fue en una residencia real en lo alto de una montaña. El complejo estaba muy bien montado, pero como había que pagar decidí que mejor dedicaba mis esfuerzos a otras cosas, como, por ejemplo, observar la venta ambulante de cerdo en ciclomotor (¿quién puede resistirse a una cabeza porcina recién sacada de la cesta?) o subir hasta lo alto de un templo en mitad de la nada, cuyo camino prometía mucho más de lo que luego había allí arriba.

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Pero lo mejor del día estaba por llegar. Desoyendo algunas recomendaciones (de vez en cuando merece la pena lanzarse a la aventura), me metí por una carretera secundaria desierta en la misma frontera entre Myanmar y Tailandia, desde donde disfruté de unas vistas impresionantes. A un lado, las infinitas colinas verdes birmanas y, al otro, en la zona tailandesa, rocas kársticas sobresaliendo entre las nubes que me rodeaban. Me hubiese gustado que esa carretera no se hubiese acabado nunca.

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Además, me dio la oportunidad de interactuar con los soldados tailandeses que vigilaban esta porosa frontera (supose que el alambre de espino de la foto demarcaba el lugar exacto entre un país y otro). En todo caso, me pararon en 2 puestos de control para preguntarme por mi destino, mientras podía ver en sus caras el asombro de verme por allí. También comprobaron mi pasaporte (bueno, la fotocopia porque el original lo tenía la tienda de motos) y con una sonrisa me abrieron las barreras.

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Tras llegar hasta el puesto fronterizo oficial entre los dos países, que, por cierto, estaba a rebosar de gente, me dirigí al denominado triángulo de oro. Se trata de un punto en el río Mekong en el que confluyen 3 países: Myanmar, Tailandia y Laos. En su época, este sitio tuvo una importancia capital en el tráfico ilegal de opio, pero en la actualidad sólo se trafica con turistas, aunque en realidad no hay mucho que ver, aparte del inmenso río. Mi intención era visitar también una antigua ciudad amurallada, pero se me estaba empezando a ir la luz (no me gusta nada conducir de noche por estos países) y tenía todavía un largo camino de vuelta.

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El paseo motero del día siguiente fue mucho más relajado, ya que no me alejé mucho de la ciudad. Primero me acerqué hasta el llamado templo blanco, un extraño complejo moderno muy diferente de todos los templos budistas que había visitado hasta el momento. Un sitio cuando menos curioso, con algunas esculturas realmente espeluznantes y más turistas que fieles.

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Por último, me adentré con el ciclomotor en un parque natural. De nuevo disfruté con la conducción por una pequeña y tranquila carretera rodeada de vegetación exuberante. Una vez en el parque, tuve que dejar las 2 ruedas y caminar por un sendero en mitad de la selva para llegar hasta la cascada de la foto.

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De esta manera concluyeron mis aventuras no sólo en Chiang Rai sino en Tailandia, ya que al día siguiente puse rumbo a un nuevo país. Las 2 semanas que utilicé para visitar el norte de Tailandia me supieron a poco, pero mi viaje estaba en sus últimas semanas y quería aprovechar para conocer también otros países de la zona. Laos era mi siguiente destino.

Posted by gacela 04:45 Archived in Thailand Tagged rios templos paisajes Comments (3)

Pai

Reducto hippie en las montañas tailandesas

storm 30 °C
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Mi segunda parada en tierras tailandesas me llevó hasta el pequeño pueblo de Pai, un lugar que ha sido literalmente absorbido por la infinidad de mochileros que vienen hasta aquí y por los hippies que parecen vivir de manera permanente. La reducida calle principal es una sucesión de restaurantes, alojamientos, agencias de tours y tiendas de souvenirs, a los que, por la noche, se añaden los puestos ambulantes de un mercadillo. La verdad es que me esperaba otra cosa y me decepcionó un poco, ya que me pareció un lugar sin ninguna personalidad, que no era muy diferente de cualquier otro sitio súper-turístico del mundo. Eso sí, Pai se encuentra en una localización privilegiada y sus alrededores son dignos de visitar. La mejor manera de hacerlo es con dos ruedas, así que alquilé una scooter varios días y me dispuse a explorar la zona.

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La única pega de la moto fue la lluvia, ya que a lo largo del día caían varios chaparrones (no en vano, era pleno monzón). Conducir bajo la lluvia es un auténtico coñazo, así que cada vez que empezaba a llover yo paraba y me refugiaba en el primer techado que se cruzaba en mi camino. A pesar de las continuas paradas, me dio tiempo a visitar sitios interesantes y alejarme de las multitudes. La carretera que salía de Pai ya era de por sí impresionante, pues se atravesaban colinas verdísimas. Uno de los lugares que más me gustó de la zona fue una cueva, que sólo se podía visitar con guía y donde una balsa de bambú te acercaba hasta las distintas cavidades a través de un riachuelo oscuro.

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La guía nos llevaba con un farol de gas que además de iluminar hacía un ruido fantasmagórico, muy apropiado para el lugar en el que nos hallábamos, pues en una de las cuevas se habían encontrado unos sarcófagos de madera. Además, entre las estalactitas y estalagmitas habitaban unas arañas enormes, con unas patas kilométricas. En definitiva, fue una excursión muy entretenida.

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Para culminar mi visita a esta zona de Tailandia, me apunté a una expedición de rafting de 2 días. El río no llevaba demasiada agua, así que apenas había rápidos y los que había no eran muy movidos. Sin embargo, el capitán se esmeró para que el trayecto fuera lo más divertido posible y las vistas desde el agua fueron increíbles. Estábamos en mitad de la selva, rodeados de una vegetación exuberante y hasta tuvimos la ocasión de ver una serpiente pitón colgando de una rama sobre el río.

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Dormimos esa noche en un campamento junto al río, con el ruido del agua y de los bichos del lugar como única compañía. Como no podía ser de otra manera, la cena nos supo a gloria y pasamos la noche charlando y jugando a las cartas a la luz de las velas. A la mañana siguiente retomamos la balsa y salvo un palazo en la jeta que me llevé de una de mis compañeras de embarcación, llegamos a nuestro destino sin más contratiempos, aunque con los brazos un poco doloridos de tanto remar.

Y de esta manera terminé mis aventuras en Pai y puse rumbo a Chiang Rai, una interesante ciudad en el norte del país de la que os contaré en el próximo post.

Posted by gacela 11:39 Archived in Thailand Tagged rios cuevas paisajes Comments (0)

Chiang Mai

Vuelta a Tailandia

sunny 35 °C
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Después de unas increíbles 4 semanas en Myanmar, llegó el momento de visitar uno de los países más turísticos, a la vez que más desarrollados, de todo el Sudeste Asiático: Tailandia. Las diferencias entre un país y otro son tan abismales que, a pesar de ser vecinos y de que el vuelo apenas duró una hora, me pareció haberme trasladado a otra galaxia. Salí del aeropuerto y la perfecta calle asfaltada estaba llena de coches, había 2 o 3 carriles en cada sentido y la persona que me indicó que el tren que quería coger estaba lleno, hablaba inglés mejor que yo. Supongo que todo es cuestión de perspectiva, ya que la primera vez que visité Bangkok, hace ya más de 7 años, me pareció la ciudad más caótica en la que había estado nunca y ahora no puedo más que sentir que es uno de los lugares más civilizados del mundo (o, por lo menos, de esta parte del mundo). En todo caso, no pasé más que unas horas en Bangkok, ya que esa misma noche cogí un estupendo autobús nocturno a Chiang Mai, la ciudad más importante del norte del país.

El choque cultural continuó a mi llegada a Chiang Mai, ya que mientras esperaba a que me asignaran una habitación en el albergue y a reencontrarme con Kate (la mochilera inglesa con la que había viajado semanas atrás), pude apreciar cuán diferente es el turismo en este país. Para empezar, en ese par de horas de espera, vi más extranjeros que en todo un mes en Myanmar. Además, la mayoría eran veinteañeros en busca de fiesta, un grupo en el que no me encuentro especialmente integrada. Para terminar, el código de vestimenta no podría ser más diferente. En Tailandia no eres nadie si no vas con mini-pantalones y escotadas camisetas de tirantes y yo acababa de pasar más de 4 meses en países donde enseñar un hombro o una rodilla es considerado poco decoroso, no había visto tanta carne en meses. Eso sí, para visitar los numerosos templos budistas de la ciudad hay que taparse un poco.

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Chiang Mai fue la capital del reino de Lanna allá por el año 1.300 y en esa época se construyó la ciudad amurallada que en la actualidad constituye el centro histórico y donde se encuentran la mayoría de templos. Hay templos de diferentes estilos (en madera de teca, con dragones decorativos y estupas doradas,...), pero lo que más me impresionaron fueron las estatuas extremadamente realistas de maestros budistas. De hecho, la primera vez que las vi, me pareció que estaba frente a un grupo de monjes de verdad.

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A pesar de los cientos de templos parecidos que he visto durante mi viaje, desafié al agobiante calor y también visité los más importantes de Chiang Mai. Aquí resulta sencillo entablar conversación con monjes y novicios (muchos están deseando practicar su inglés), que destacan con sus coloridas túnicas naranja fosforito.

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La ciudad es famosa, entre otras cosas, por su excelente gastronomía, así que no desaproveché la oportunidad de hacer un curso de cocina. Nos pasamos todo el día aprendiendo sobre los ingredientes y la forma de cocinar tailandesa, primero visitando el mercado de la ciudad y luego poniéndonos manos a la obra. Hay que ver lo sencillo que resulta cocinar cuando te dan todas las instrucciones y tienes a alguien que te va guiando. Los distintos platos quedaron deliciosos y no recuerdo haber comido tanto en muchísimo tiempo.

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Otro día decidí alejarme de las hordas de turistas y explorar los alrededores de la ciudad, para lo que alquilé un scooter y tiré millas. A pesar de las buenas carreteras, salir de Chiang Mai resultó un poco estresante porque había un intenso tráfico. Sin embargo, en el momento en el que dejé a un lado la carretera principal, comencé a disfrutar de unas vistas increíbles subiendo y bajando por las verdes colinas de la región. Por el camino, hice una parada en un parque natural junto a un río, en el que las pequeñas caídas de agua hacían las delicias de las personas que estaban allí disfrutando de una mañana de picnic.

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De vuelta a Chiang Mai, aproveché las dos ruedas para visitar el templo más famoso de la ciudad, Wat Phrathat Doi Suthep. Localizado en lo alto de una colina, el camino ofrece una panorámica inmejorable de la ciudad, aunque resulta necesario conducir con cuidado por las continuas curvas y las numerosas furgonetas que llevan a los turistas hasta allí. Con tanto cuidado iba yo en mi pequeño ciclomotor que hasta una bicicleta me adelantó a toda velocidad en la bajada (triste, pero cierto).

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Este templo construido en el 1.383 no me pareció nada especial. Cuenta con la típica estupa dorada de los templos budistas, un mural mostrando las enseñanzas de Buda y muchas cajas para donativos. Lo mejor es que puedes decidir a qué se va a dedicar el dinero que das, basta con poner la pasta en el cajetín adecuado. Aunque, por lo que parece, algunas buenas acciones son sólo para tailandeses porque no existe traducción al inglés.

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Y así terminé mi visita a Chiang Mai, una interesante ciudad, aunque demasiado turística para mi gusto. La siguiente parada sería en un pueblito mucho más tranquilo en mitad de las montañas.

Posted by gacela 05:13 Archived in Thailand Tagged templos paisajes Comments (0)

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