A Travellerspoint blog

Entries about arrozales

Damak y alrededores

Despedida de Nepal

rain 35 °C
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Mi última parada en este periplo por Nepal ha sido en un lugar un tanto inusual, pues he pasado unos días en Damak, una pequeña localidad en el este del país sin ninguna atracción turística destacable. De hecho, creo que yo era la única turista que habían visto por allí en mucho tiempo. Supongo que yo tampoco habría parado en Damak si no hubiera sido por Kendra, una americana a la que conocí de trekking en los Annapurnas y que me invitó a conocer la zona.

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Y os preguntareis qué hace una americana viviendo en esta remota región de Nepal. Pues como la mayoría de los guiris establecidos en el país trabaja para una organización internacional, concretamente una dedicada a las migraciones. Os pongo en antecedentes: hace más de 20 años, el rey de Bután (para los que no andan muy finos en geografía, es un pequeño país en plena cordillera del Himalaya) decidió expulsar del país a todas las personas de origen nepalí, muchas de las cuales llevaban viviendo allí más de un siglo. Así, aproximadamente 80.000 refugiados acabaron en campos de Naciones Unidas en Nepal, que, por otra parte, se negó a acogerlos y darles la residencia.

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Y fueron pasando los años, en los que Nepal y Bután no lograron llegar a un acuerdo sobre qué hacer con esta gente, que, sin papeles, no podía abandonar los campos de refugiados y llevar una vida normal. Hasta que en 2007 Estados Unidos se ofreció a acogerlos. Entonces se montó un dispositivo para trasladarlos allí (y a otros países que se sumaron después a la oferta) y en eso están, enviando a butaneses a hacer las Américas. Así que ya veis, Bután, que se vanagloria de ser el único país que utiliza el índice de felicidad de sus habitantes en lugar del producto interior bruto (PIB), no tuvo reparos en echar por la fuerza a una décima parte de su población por no ser butaneses de pura raza.

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Como no había mucho que visitar en Damak y el tiempo tampoco me dio un respiro entre lluvias torrenciales y vientos huracanados, aproveché para reponer fuerzas, especialmente comiendo (¿quién puede resistirse a un delicioso, e infinito, plato de dal bhat diario por 60 céntimos de euro?) También me dio tiempo a explorar un poco la zona en bicicleta, disfrutando del llano que tanto escasea en Nepal, y, de esta manera, atravesé infinidad de arrozales, donde la gente me miraba un poco extrañada y los niños me saludaban entusiasmados.

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Otro día fuimos de excursión con el "coche de empresa" a una zona de montaña cercana. Ir en este todoterreno fue una experiencia extraña después de recorrer el país en ruidosos y desvencijados autobuses locales. Casi me daba la sensación de estar viendo el paisaje y a la gente a través de una televisión y no desde detrás de una ventanilla.

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En todo caso, el camino resultó ser precioso, atravesando primero una animada planicie, para después ir ascendiendo poco a poco por una montaña llena de plantaciones de té (es la zona nepalí fronteriza con la famosa Darjeeling india). Nuestro destino final era un lago más allá de las plantaciones, famoso por ser un lugar de peregrinación.

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Llegar hasta allí no fue tarea sencilla, ya que el último tramo de la carretera no estaba asfaltado y las lluvias habían convertido el camino en un barrizal complicado de transitar. Al final, nos llevó 5 horas alcanzar el lago y en varias ocasiones pensamos en dar la vuelta. Después de tanto esfuerzo (y tantas horas en el coche), tengo que admitir que el lugar nos decepcionó bastante. Era un lago como cualquier otro, aunque la lluvia y la niebla le dieran un aspecto un tanto tenebroso.

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En resumen, la última estación en mis aventuras por Nepal puede que no fuera el lugar más emocionante o con los mejores paisajes, pero me sirvió para aprender muchas cosas, descubrir cómo es la vida de los expatriados y conocer el día a día de un pueblo nepalí cualquiera.

Y, después de 3 meses en el país, llegó el momento de cambiar de aires y explorar otros lugares. Tengo que admitir que me fui con mucha pena de Nepal, que me ha parecido un lugar impresionante, donde lo mismo puedes caminar junto a las montañas más altas del planeta que visitar templos con siglos de antigüedad o pasar calor en una selva llena de animales salvajes. Vamos, que tiene un poco de todo y para todos los gustos.

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Posted by gacela 21:25 Archived in Nepal Tagged pueblos arrozales Comments (4)

Delta del Mekong

storm 30 °C
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La siguiente parada en nuestra ruta por tierras vietnamitas nos llevó hasta el famoso delta del río Mekong, donde pasamos un par de días alucinando con la forma de vida de los habitantes de esta húmeda región del país. Tras una larga mañana de transportes diversos, pues amanecimos en Hoi An, a más de 1.000 kilómetros de distancia, llegamos a la principal ciudad de la zona, Can Tho. Allí nos esperaba nuestro guía Han, que subió a Juanfran a su moto y apañó un minibus para que nos llevase a Elena y a mí hasta el pueblo donde pasaríamos la noche. Sin embargo, no comenzamos demasiado bien nuestras andanzas por el delta, pues el autobús nos dejó en el sitio equivocado y no teníamos ni idea de dónde se suponía que teníamos que ir. No obstante, fuimos la atracción del día en nuestra espera en mitad de la carretera con todas las mochilas e hicimos varios amigos, que se ofrecieron a echarnos una mano y a darnos cobijo cuando empezó a llover. Ya nos veíamos pidiendo también alojamiento, cuando, por fin, nos encontraron y logramos llegar hasta la casa rural.

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Esa misma tarde cogimos unas bicis y recorrimos el pequeño pueblo a base de pedal, mientras los niños con los que nos cruzamos nos saludaban efusivamente. Así, recorrimos las estrechas calles asfaltadas (cabían un par de motos como mucho) que discurrían paralelas al río con casas bajas y pequeños comercios a ambos lados. Los frecuentes afluentes del río se salvaban con puentes de diferentes calidades, algunos eran de hormigón, mientras que otros estaban construidos en madera y daban un poco de miedo. En todo caso, pudimos comprobar cómo la vida discurre lentamente con el río como referencia principal. En sus aguas se lava la gente y su ropa, y allí tiran toda su basura, una visión bastante sorprendente teniendo en cuenta su dependencia del río.

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A la mañana siguiente, a primera hora ya estábamos instalados en el pequeño bote que nos llevaría a explorar el Mekong. Tras pasar por zonas verdísimas que parecían deshabitadas y otras llenas de casas en la misma orilla, llegamos a la primera parada del día: el mercado flotante del delta.

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El concepto es sencillo, los barcos se colocan en mitad del río con su mercancía, que publicitan insertando una muestra de las frutas y verduras que venden en un inmenso mástil. Así, los compradores saben a qué barcos dirigirse. Además, los vendedores se suelen agrupar por tipo de mercancía y, de esta manera, los barcos con patatas están en una zona del río, los que venden coles en otra y así con los diferentes productos, que traen desde las plantaciones situadas a lo largo del río. En muchos casos, eso implica varios días de viaje por el Mekong y por este motivo, las familias suelen vivir en los barcos. Por otro lado, los compradores se acercan en barcas mucho más pequeñas.

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Nosotros también hicimos una pequeña incursión en el mundo de las compras del delta y adquirimos unas deliciosas piñas, que nos pelaron y cortaron allí mismo, de tal modo que nos quedaron como si fueran unos enormes chupa-chups naturales. El mercado flotante nos resultó muy curioso, aunque esperábamos un poco más de movimiento.

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Después de las compras, nos dirigimos a tierra firme o eso creíamos porque las calles estaban completamente inundadas y nos tuvimos que remangar los pantalones para llegar hasta la fábrica de fideos a la que nos dirigíamos. Por fin íbamos a descubrir cómo se hacían los fideos de arroz que habían constituido nuestra dieta principal desde la llegada a este país.

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Se trataba de una fábrica familiar que se encontraba en la parte de atrás de una casa particular y donde prácticamente todo el proceso se hacía de manera manual. Las condiciones higiénicas dejaban mucho que desear, nada de guantes o rejillas para el pelo y con las planchas de pasta de arroz secándose en un jardín lleno de gallinas. Aún así, resultó interesante ver cómo el arroz se transforma en unos sencillos pasos en unos deliciosos fideos.

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La siguiente parada fue en un vivero a la orilla del río, donde las mujeres de toda una familia se deslomaban para conseguir unos ingresos extra. El trabajo manual era incesante: colocar la tierra con abono en cada uno de los pequeños tiestos, luego introducir las semillas y encargarse de que creciesen correctamente, separando las que no eran apropiadas hasta conseguir una planta lo suficientemente grande para poder ser vendida a los agricultores. En fin, sin palabras.

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En nuestro recorrido por el río también visitamos uno de los innumerables campos de arroz que se cultivan en la región, de los que se obtiene la nada despreciable cantidad de 3 cosechas anuales. Se trata de una de las zonas más fértiles del mundo. Tras ver el cultivo de arroz nos dirigimos a una de las fábricas de arroz en las que se procesa toda la producción. No había visto tantas telarañas en mi vida, lo que no impidió que esa misma tarde me comiese un abundante plato de arroz.

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El delta del Mekong resulta interesante por la forma de vida de la gente que ha organizado su existencia en torno a este caudaloso río. Fue una visita en la que aprendimos muchas cosas. Pinchando aquí podéis ver todas las fotos de este interesante lugar.

Posted by gacela 02:18 Archived in Vietnam Tagged rios arrozales Comments (2)

Sapa

Montañas en el norte de Vietnam

overcast 25 °C
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Tras nuestro paso por la gran ciudad, pusimos rumbo a las montañas del norte del país en un tren nocturno. El trayecto fue muy corto, casi no me dio tiempo ni a dormirme profundamente, pues llegamos con las primeras luces del alba hasta la última estación de esa línea de ferrocarril, desde donde nos llevaron en furgoneta hasta Sapa. Este pequeño pueblo en mitad de la montaña se ha transformado en unos de los sitios más turísticos de Vietnam. El clima menos caluroso, las montañas llenas de arrozales y las minorías étnicas que viven en la zona atraen a un número cada vez mayor de turistas. Tantos hay, que el trekking que contratamos se convirtió en una procesión.

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Todos los grupos salimos a la vez del pueblo y, de esta manera, éramos unas 200 personas, entre turistas y locales, caminando en la misma dirección entre los arrozales. A veces, hasta se formaban atascos y tenías que esperar a que la fila avanzara. Además, el sistema de organización del tour era cuando menos curioso. Todos los grupos tenían una guía de etnia Hmong (la más numerosa de esta zona) y luego cada turista tenía asignada a otra mujer que iba charlando contigo (o algo parecido en un limitado inglés), te ayudaba a cruzar los pasos difíciles y, al llegar al pueblo, sacaba de su cesta artesanías para venderte. Ahí entendías tanta amabilidad. No sé cómo se repartían a los turistas, la verdad, pero no podías comprar nada a otra mujer, aunque sus cosas te gustasen más. En fin, un negocio de lo más extraño.

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El paisaje de la zona era precioso, aunque había una neblina constante que no nos dejó apreciar en su totalidad las montañas que nos rodeaban. En ese primer día de caminata descendimos hasta el río que formaba este valle, cruzándonos por el camino con los búfalos que utilizan para cultivar las terrazas de arroz que dan de comer a la gran mayoría de los habitantes de esta zona.

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Después del paseo, nos alojamos en una casa particular en uno de los pueblos. Esperábamos algo más de esta "estancia familiar", pues nos alojaron en una buhardilla llena de colchones en el suelo con otras 10 personas, pero hay que admitir que la cena fue de las mejores comidas que habíamos probado hasta el momento. Además, la vuelta que nos dimos por los alrededores (lejos de las hordas de turistas) mereció por sí sola quedarnos a dormir en el pueblo.

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Al día siguiente pusimos rumbo de vuelta a Sapa. En esta ocasión, el sendero estaba menos masificado, no llevábamos acompañantes locales y pudimos disfrutar más de las vistas a uno y otro lado del camino. Pasamos por alguna cascada interesante y hasta vimos un molino de arroz propulsado por un arroyo. También nos cruzamos con algunas mujeres de otras etnias, cuyas vestimentas eran diferentes. De hecho, en esta zona montañosa relativamente pequeña habitan 4 etnias distintas, con sus culturas diferenciadas y distintos idiomas.

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Todo el trayecto estuvo amenizado por nuestra guía Ping, una tía muy maja, que, gracias a su inglés, llevaba unos ingresos extra a su familia, que incluía un bebé de pocos meses que su cuñada transportó a la espalda durante el primer día. En fin, una vida bastante dura para sus 19 años y metro y medio de estatura, pero que ella llevaba con una sonrisa.

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Nuestras últimas horas en las montañas las dedicamos a pasear por Sapa, con la intención de encontrar alguna imitación que mereciera la pena (hay copias de ropa de montaña por todas partes). No tuvimos éxito en nuestra búsqueda y el pueblo tampoco nos pareció especialmente bonito. Esa misma noche cogimos el tren de vuelta a Hanoi, con la mala suerte de que unas cucarachas se habían adueñado de nuestro vagón. Yo me dormí sin llegar a ver ninguna (lo mejor es cerrar los ojos y pasar de ellas), pero Elena y Juanfran se pasaron toda la noche vigilando que los pequeños bichos no nos atacaran, tapados hasta las orejas para evitar cualquier tipo de contacto.

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En resumen, las montañas del norte de Vietnam son un lugar muy interesante, con coloridas minorías étnicas y paisajes llenos de arrozales. Aunque nos hubiese gustado explorar la zona de otra manera, pasamos un par de días muy divertidos y nos desintoxicamos del ruido y la polución que caracteriza al resto del país.

Posted by gacela 02:59 Archived in Vietnam Tagged montañas arrozales Comments (0)

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