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Phnom Penh

Un poco de todo en la capital de Camboya

storm 32 °C
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Esta ciudad de nombre impronunciable (a lo más que nos podemos acercar con nuestros limitados sonidos es a llamarla nom pen) fue considerada en la época de la colonización francesa como la perla de Asia. Sin embargo, décadas de conflictos armados dejaron la ciudad hecha unos zorros y sólo ahora está empezando a recuperarse. Phnom Penh es relativamente pequeña y fácil de navegar, ya que las calles están ordenadas en cuadrícula y numeradas, lo que resulta ideal para ir andando a sus variadas atracciones. Aunque si en algún momento te cansas, siempre puedes coger uno de los infinitos tuk-tuks que recorren sus calles y pitan cada vez que ven a un turista. Eso sí, más te vale saber adonde vas porque la mayoría no tiene ni idea de las calles de la ciudad y les tienes que ir dirigiendo. En esos casos, siempre es una alegría saber que has pactado el precio de antemano y que por muchas vueltas que des, no vas a pagar más.

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Pasé 5 días en Phnom Penh, en los que hice un poco de todo, pero con mucha calma. Visité templos, palacios, museos, mercados y también disfruté con la compañía de Ismael y Solenne y de Joanna, la mochilera inglesa con la que había compartido aventuras en Laos y que estaba en la ciudad trabajando de voluntaria. Con ellos compartí algunas de las mejores comidas que probé en el país, incluido un delicioso plato de ternera con hormigas (eran enormes, con sus alas y todo, pero le daban un sabor excelente al plato). Los gusanos de seda a la barbacoa no me parecieron tan deliciosos, pero tampoco estaban mal del todo y, desde luego, te daban un subidón de proteínas.

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En el barrio más opulento de la ciudad se encuentra el palacio real, que es una de las principales atracciones turísticas de Phnom Penh. Había que hacer una cola interminable bajo el sol para entrar y, la verdad, una vez dentro no me pareció tan impresionante. El salón del trono sólo se podía ver desde fuera y peleando por un hueco en la ventana con cientos de turistas y el suelo de plata maciza del templo más importante estaba cubierto con unas gruesas alfombras. En todo caso, y por si os lo estabais preguntando, Camboya es una monarquía parlamentaria, por lo menos, sobre el papel porque el presidente actual lleva gobernando los últimos 28 años. De hecho, hubo elecciones un par de semanas antes de mi visita y los grupos opositores todavía estaban organizando protestas.

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El nivel de corrupción es tal en Camboya que me contaron que hasta los alumnos tienen que sobornar a los profesores de las escuelas para aprobar los exámenes, y de esta manera complementan sus paupérrimos sueldos. En esferas más elevadas, los funcionarios son la élite social y resulta sorprendente verlos conducir coches de gran cilindrada. No he visto en mi vida tantos Lexus RX300 (los de la foto) como en este país. No existen vehículos intermedios, o tienes ese cochazo o una motillo.

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Por otro lado, la gente es súper-sonriente y no tienen el mismo sentido del ridículo que nosotros. Lo mismo van en pijama que se ponen a hacer aerobic en mitad de la calle. El instructor monta los altavoces en una plaza, pone la música y comienza la clase, a la que se va apuntando quien quiera, aunque normalmente son mujeres de mediana edad. ¡Todo un espectáculo!

Sin embargo, lo que más me impactó de mi visita a la capital de Camboya fue aprender sobre el régimen de los jemeres rojos. Se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. No quiero aburriros demasiado con esta terrible historia, pero no puedo dejar de contaros aunque sólo sea un breve resumen. El partido comunista de Camboya, cuyos miembros fueron denominados jemeres rojos, llegaron al poder en 1975, tras 5 años de cruenta guerra civil, que se entrelazó con la guerra de Vietnam. Gran parte de la población apoyó la revolución y, de hecho, cuando tomaron Phnom Penh fueron recibidos como héroes, pero poco les duró la alegría por la victoria a los camboyanos, pues los jemeres rojos instauraron un sistema de terror y control total que en tan sólo 4 años causó la muerte, directa o indirectamente, de aproximadamente el 25% de la población (unos 2 millones de personas), en lo que sin duda es uno de los mayores genocidios de la historia.

Los jemeres rojos se definían como maoístas, pero llegaron a unos extremos que no se habían visto en ninguna otra parte del mundo. Pusieron en marcha unas ideas peregrinas con el objetivo de alcanzar su sociedad perfecta, compuesta en exclusiva por campesinos y trabajadores de fábricas analfabetos (hay que decir que los líderes pertenecían a la clase burguesa y habían estudiado en su mayoría en Francia). De esta manera, su primera medida fue desalojar las ciudades y mandar a todo el mundo a unas comunas en el campo, para que cultivaran arroz día y noche. Se separó a las familias, a la vez que se abolía la propiedad privada y se cerraban las escuelas y los templos. Cambiaron el nombre del país, ahora sería la República Democrática de Kampuchea (hay que ver cómo les gusta el nombre democrático a las dictaduras), y dividieron a la población en 2 grupos, los campesinos de pura cepa y los que habían vivido en las ciudades, que nunca llegarían a ser ciudadanos de primera. Si alguien era sospechoso de haber sido funcionario en el anterior régimen o de tener estudios (por ejemplo, por llevar gafas), era enviado a alguna de las prisiones, como la de Tuol Sleng (ó S-21) en Phnom Penh. En esta antigua escuela, que ahora acoge un sobrecogedor museo del genocidio, se torturaba a la gente hasta que confesaba sus crímenes contra el régimen y delataba a sus vecinos. De las 20.000 personas que pasaron por allí (incluyendo a niños y mujeres), sólo 7 salieron con vida. Se trata de un lugar espeluznante, donde además de poder ver las celdas y las salas de tortura, se conservan fotos y fichas de cada uno de los reclusos porque los jemeres rojos serían unos hijos de puta, pero eran bien ordenados y llevaban un registro de todo.

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La paranoia del régimen pronto se disparó y comenzaron a ver enemigos por todas partes, de tal manera que mucha gente que había luchado por la revolución e incluso altos cargos fueron arrestados. La purga no se quedaba en los supuestos traidores, sino que la política del régimen eran eliminar a toda su familia, con el objetivo de evitar posibles venganzas futuras. Las prisiones no tenían la capacidad para matar a tanta gente, así que los reclusos eran llevados a campos de exterminio, creados para tal efecto. A unos 15 kilómetros de Phnom Penh se encuentra el campo de Choeung Ek, que puede visitarse, aunque resulta imprescindible llevarse el paquete de kleenex porque es casi imposible contener las lágrimas. Una excelente audioguía te va contando todas las atrocidades que se cometieron allí, desde que se asesinaba a la gente con un golpe de azada en la cabeza para no gastar balas hasta que estampaban a los bebés contra un árbol hasta reventarlos y luego tiraban los cadáveres a un pozo. Resulta difícil imaginar que en este idílico lugar (no quedan apenas restos de las fosas comunes) ocurrieran cosas tan terribles, pero para no olvidarlo se ha construido una estupa que contiene unos 8.000 de los cráneos que se encontraron allí.

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Aparte de la violencia institucional, las enfermedades y el hambre fueron causantes de la muerte de una gran parte de los camboyanos durante este triste período. El objetivo de triplicar la producción de arroz no se consiguió, a pesar de los trabajos forzosos, y la gente pasaba hambre mientras se exportaba arroz a cambio de armas. El final del régimen de los jemeres rojos llegó en 1979 con la invasión del país por parte de Vietnam, que pusieron un gobierno afín, pero que, por lo menos, no maltrataba a su población. Entonces mostraron al mundo las atrocidades que habían cometido Pol Pot y sus secuaces, pero al mundo no pareció importarle (especialmente a Estados Unidos y China, que debían odiar más a los vietnamitas), pues mantuvieron a los jemeres rojos como legítimos gobernantes, con silla en Naciones Unidas hasta 1993 y les apoyaron en una guerra de guerrillas que se llevó a cabo desde una zona selvática cercana a la frontera con Tailandia. El resultado: millones de minas antipersona repartidas en todo el territorio e infinidad de accidentes años después del conflicto, con miles de personas con extremidades amputadas. Mientras, los líderes de los jemeres vivían tranquilamente en la selva, donde Pol Pot murió en 1998 sin haberse enfrentado nunca a un juicio por sus crímenes. Afortunadamente, en 2007 se estableció un tribunal internacional para juzgar el genocidio camboyano, aunque hasta la fecha únicamente el encargado de la prisión de Tuol Sleng ha sido condenado.

Si alguien tiene más interés en el tema, puede echar un vistazo a este documental de La2, que es un poco antiguo, pero muy interesante: Utopía y terror: los jemeres rojos

Creo que probablemente os he aburrido sobremanera con los jemeres rojos, pero no podía escribir sobre Camboya sin contar esta terrible parte de su historia. Muchas veces me he preguntado durante mi visita cómo puede ser un pueblo tan sonriente después de todo lo que han vivido. No puedo más que pensar que eso les ha ayudado a superar la tragedia.

Me gustó mucho mi visita a Phnom Penh y cuando una buena mañana puse rumbo a Siem Reap para visitar los templos de Angkor, ya sólo me quedaban 6 días de viaje. Había llegado el momento de terminar mis aventuras y no pude hacerlo de mejor manera.

Posted by gacela 09:44 Archived in Cambodia Tagged ciudades Comments (0)

Vientiane

La tranquila capital de Laos

storm 30 °C
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La siguiente parada en mi ruta por Laos me llevó hasta Vientiane, la capital del país. A pesar de contar con unos 1.000 años de historia, la ciudad da la sensación de haberse construido en las últimas décadas, ya que, con la excepción de un par de templos, no hay mucho más que ver. El resto de esta urbe está compuesta de edificios de un par de alturas que se extienden varios kilómetros, con el impresionante río Mekong como frontera.

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En todo caso, fueron un par de días interesantes, en los que recorrí Vientiane con Joanna. Primero hicimos ruta cultural, visitando los diferentes templos budistas de la ciudad. Después de meses y meses en países budistas, estos templos no me parecieron nada del otro mundo. Supongo que hasta Buda puede llegar a resultar cansino, aún así aquí os dejo las fotos para decidáis por vosotros mismos.

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Al día siguiente tocó un plan más histórico. Tengo que admitir que fue una mañana de lo más deprimente, ya que me levanté con la noticia del tren siniestrado en Santiago (me costó un buen rato asimilar lo que había pasado) y continuó aprendiendo sobre las desgracias de las municiones no explotadas. Creo que la visita al centro COPE en Vientiane ha sido una de las que más me ha impactado, ya que resulta difícil imaginar las consecuencias actuales de una guerra que terminó hace casi 40 años. No sé si os interesará mucho el tema, pero os lo voy a contar de todas maneras. Laos se declaró país neutral en la guerra de Vietnam, lo que no evitó que su territorio fuera utilizado por los norvietnamitas para sortear los controles y atacar a los americanos en el sur de Vietnam. Como consecuencia de ello, Estados Unidos comenzó a bombardear Laos, a pesar de no declararle la guerra en ningún momento, y paradójicamente, Laos se convirtió en el país más bombardeado del mundo, con unos 5 millones de toneladas de munición lanzadas en su territorio. De todas estas bombas, se estima que un 30% nunca llegaron a explotar y se quedaron en la tierra esperando una oportunidad para cumplir su macabra misión. De esta manera, miles de personas han muerto una vez acabado el conflicto por detonaciones posteriores y muchas más han perdido alguna extremidad, entre ellas infinidad de niños. Si esto no fuera suficiente para ponerte la carne de gallina, resulta que Laos es un país tan pobre que mucha gente se dedica a buscar metal usado para revender y, claro, los accidentes con bombas son comunes. Pero no hace falta ir buscando metal para toparse con una, pues las lluvias y la orografía del país hacen que aparezcan en campos de cultivo, debajo de casas,... básicamente, en cualquier lugar. El centro que visitamos, además de ofrecer toda esta información y un montón de testimonios que nos dejaron el corazón en un puño, se dedica principalmente a la rehabilitación de personas que han sufrido un accidente, proporcionando prótesis y apoyo de todo tipo.

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Como no todo iba a ser sufrimiento, también pasamos toda una tarde de lluvia en un restaurante/bar, que resultó ser el lugar de moda de Vientiane. El espacioso garito estaba lleno de gente, había una banda tocando música en directo y los litros de cerveza corrían por doquier. Aquí no me queda más remedio que contaros cómo se bebe la cerveza en esta parte del mundo. Las botellas son de 650ml. y siempre vienen acompañadas de un cubo rebosante de hielo. Sí, lo habéis adivinado, le ponen hielo a la cerveza y, aunque me cueste admitirlo, me acostumbré a esta extraña combinación. La verdad es que cuando hace 40 grados a la sombra, la cerveza se calienta a una velocidad asombrosa y, si no la refrescas un poco, para cuando llegas al final de tu botella estás bebiendo un caldo asqueroso. En definitiva, allá donde fueras, haz lo que vieras...

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Resumiendo, Vientiane me pareció casi un pueblo en comparación con las bulliciosas capitales del resto de países de la zona, lo cual no me importó en absoluto y en el par de días que pasé en la ciudad disfruté de su tranquilidad. Aquí me despedí de Joanna después de unos divertidos días de turisteo juntas. Volveríamos a coincidir en Camboya, pero esa es otra historia.

Posted by gacela 03:10 Archived in Laos Tagged rios templos ciudades Comments (0)

Mandalay

Despedida de Myanmar

sunny 35 °C
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Mandalay es la ciudad más importante del norte de Myanmar y a pesar de su exótico nombre el lugar es más bien una sucesión de calles en cuadrícula sin mucho encanto. Aún así, cuenta con algunos sitios dignos de visitar (templos budistas, como no podía ser de otra manera) y con el impresionante río Ayeyarwady. En todo caso, al tratarse del principal centro de transporte de esta región del país, acabé pasando 3 interesantes días sueltos en la ciudad, que he decidido compilar en un único post.

Mi primera parada en la ciudad me llevó hasta U Bein, donde se encuentra el puente de teca más largo del mundo. Llegamos a este icónico lugar antes de las 5 de la mañana, aprovechando que el autobús nocturno de ese día nos había soltado en la estación a esas horas intempestivas. Así, vimos cómo el sol iba iluminando el horizonte a la vez que el puente cobraba vida con monjes y lugareños cruzando de un lado a otro.

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La segunda incursión en Mandalay fue sobre 2 ruedas, ya que alquilé una bicicleta y me dispuse a recorrer la ciudad enfrentándome con el intenso tráfico y los cruces sin semáforos. Nunca lo hubiese imaginado, pero resultó una experiencia divertida y una manera estupenda de recorrer la ciudad, que en bicicleta no parece tan inmensa. En este recorrido fui hasta el monasterio budista de Shwe In Bin Kyaung, cuyo templo principal está construido en teca y cuenta con unos relieves preciosos, también en madera. Se trata de un lugar muy tranquilo, por lo menos durante mi visita no había ni un turista y apenas vi un par de monjes relajándose a la sombra con el periódico.

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La siguiente parada en la ruta ciclista me llevó hasta un extraño mercado de jade, que estaba a rebosar de gente y donde las transacciones se hacían en unas mesas de plástico. Aquí lo mismo te encontrabas a una vendedora con 3 piedras ridículas que a un magnate del negocio con la mesa llena de billetes y jades del tamaño de un puño. La verdad, no logré entender en qué consistía este negocio que parecía tener fascinados a los locales. Con la cabeza aún dándome vueltas sobre el jade y sus virtudes, me acerqué al templo más importante de la ciudad, Mahamuni Paya. Los alrededores del lugar estaban llenos de artesanos de la piedra, que trabajaban sobre todo en estatuas de Buda (como no podía ser de otra manera). Y dentro del templo se encontraba un pequeño Buda sentado cubierto de oro. Las capas y capas de pan de oro que ha ido acumulando hacen que el Buda apenas se pueda apreciar. Sin embargo, para ayudar en esta tarea hay cámaras que lo enfocan constantemente y televisiones planas por todo el templo que retransmiten tan interesante imagen fija.

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Mi tercer día en Mandalay fue, sin duda, el más movido, ya que alquilé una moto con conductor para que me llevase a los sitios más alejados de la ciudad. Primero cruzamos el río Ayeyarwady para visitar la colina de Sagaing, cuyas decenas de estupas y pagodas doradas resultan más impresionantes de lejos que de cerca. Subí hasta uno de los templos en lo alto de la colina y con la lengua fuera disfruté más de las vistas que del colorido Buda que adornaba la sala principal.

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Una vez recuperado el aliento, volví a la moto y fuimos por una pequeña carretera bordeando el río y cruzando poblados formados por casas de bambú hasta llegar a Mingun. Las estupas de este popular pueblo no me parecieron demasiado impresionantes (después de semanas en el país estaba ya un poco saturada de templos budistas), pero podéis opinar vosotros mismos:

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De vuelta en la ciudad, ya sólo me quedaba subir hasta la colina de Mandalay. Agradecí bajarme de la moto, pues tenía ya el culo cuadrado, a pesar de los cientos escalones que me esperaban. La subida a lo alto de la colina fue toda una experiencia, con multitud de tiendas de souvenirs horteras y mujeres preguntándome si quería agua (empecé a cuestionarme por qué todas las dueñas de tiendas de bebidas en Myanmar eran mujeres). Además, al final de cada tramo de escaleras, había un templo diferente, aunque, de nuevo, lo mejor eran las vistas de la ciudad desde arriba.

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En lo alto de la colina, mientras disfrutaba de la puesta de sol, conocí a dos birmanas encantadoras, estudiantes de medicina, con las que estuve charlando hasta que se fue el sol y tuvimos que bajar. Sin embargo, como se nos habían quedado temas en el tintero, nos fuimos a cenar juntas. Pasamos una tarde muy divertida en la oscura Mandalay, donde las calles apenas están iluminadas y te puedes encontrar cosas curiosas como esta ¿gasolinera? atendida por un oso-lámpara.

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Mi despedida de la ciudad y de Myanmar no pudo ser mejor. Hasta experimenté una de las maravillas del sudeste asiático, consistente en ir 3 personas, como mínimo, en un scooter. Siempre me pregunté cómo lo hacían y cuando mis nuevas amigas se ofrecieron a llevarme hasta mi hotel, me pareció una locura, pero acepté y allí fuimos las 3. Menos mal que me dejaron en el medio, que era el sitio más cómodo y que sólo tuvimos que recorrer unas pocas manzanas.

A la mañana siguiente terminaba mi visado de 4 semanas en Myanmar y me despedí con mucha pena de este increíble país, que puede que no tenga los paisajes más espectaculares del mundo, pero cuyos habitantes sin duda se encuentran entre los más hospitalarios.

PD: Aunque ya estoy en España, todavía me quedan muchas historias que contaros de los últimas semanas de mi viaje, así que no os vais a librar de mí tan fácilmente. En todo caso, las fechas del momento exacto en el que estuve en cada sitio aparecen al comienzo del post, justo debajo del título.

Posted by gacela 03:38 Archived in Myanmar Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

Yangón

Llegada a Myanamar

rain 20 °C
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Tras mi corto, pero intenso, periplo por la India, llegó el momento de dirigirme a Myanmar (antes llamada Birmania). Llevaba mucho tiempo queriendo venir a este país, del que había oído tantas cosas buenas, así que ni siquiera me importaron las 12 horas que tuve que esperar en Bangkok entre mis vuelos. En la terminal del aeropuerto de Yangón ya me di cuenta de que estaba en un lugar diferente, todos los hombres llevaban falda!!!

Yangón, antigua capital del país y conocida en otra época como Rangún, me pareció una mezcla de ciudad colonial, con amplias avenidas y grandes edificios desvencijados, y pueblo grande, gracias a sus callejones llenos de puestecillos y a las tierras de cultivo de los alrededores.

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Las principales atracciones de Yangón son sus templos budistas, que me dispuse a visitar a la vez que me pateaba la ciudad. El primero en mi lista fue un templo que tenía un pelo de buda como reliquia. A la entrada del lugar podías comprar ofrendas de todo tipo, según tu devoción o presupuesto. Y una vez en el interior lo más curioso es que la estupa estaba hueca y podías caminar por dentro en una especie de laberinto dorado.

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Para mi desgracia, a media mañana el monzón decidió hacer acto de presencia y los chaparrones se alternaron con llovizna durante el resto del día. Así que, a pesar del paraguas, me calé hasta los huesos, pero yo perseveré en mi ruta por la ciudad y caminé por calles encharcadas, algunas de las cuales se asemejaban más a lagos que al centro de una gran ciudad. Y hablando de calles, aquí los coches conducen por la derecha (como nosotros), pero el volante en la mayoría de los vehículos se encuentra en el lado contrario, lo cual resulta de lo más peligroso. A los brillantes gobernantes birmanos se les ocurrió eliminar todos los signos del colonialismo después de la independencia, incluido cómo conducir, sin tener en cuenta el parque móvil del país ni el origen de sus coches importados. Así que ahora, por ejemplo, hay que subirse al autobús por el lado de la carretera.

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De esta manera, llegué hasta Shwedagon Paya, el monumento religioso más importante del país. La enorme estupa cubierta en pan de oro quedó un poco deslucida por la lluvia, que además hacía que el suelo de mármol fuese una trampa mortal. Aquéllo resbalaba que daba gusto y había que andar con muchísimo cuidado. Aparte del dorado que caracteriza las estupas en Myanmar, la última moda religiosa son las luces de neón a modo de halo en las cabezas de los Budas que presiden las zonas de oración. ¡Viva la tecnología!

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El mejor ejemplo de los cambios en la economía de Myanmar lo encontré en este monumento. Hasta hace apenas unos meses no había cajeros automáticos en el país y, ahora, puedes conseguir efectivo hasta en la misma Shwedagon Paya. No hay palabras para describir el asombro de encontrar un cajero entre las numerosas pagodas del lugar. Así nunca te falta dinero para dejar tu donativo.

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En definitiva, pasé un día muy completo en la ciudad, que disfruté a pesar de la lluvia. Sin embargo, me esperaban muchos otros lugares que explorar en el país y esa misma noche cogí un autobús rumbo a Bagan.

Posted by gacela 03:49 Archived in Myanmar Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

55 horas en la India

O la manera más barata de viajar desde Nepal a Myanmar

sunny 40 °C
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Mi siguiente destino después de pasar unos meses increíbles en Nepal era Myanmar (antiguamente conocida como Birmania), pero como parece que soy incapaz de viajar como una persona normal, en lugar de coger un vuelo desde Katmandú decidí hacer una visita exprés al país vecino y volar desde Kolkata (antes conocida como Calcuta. ¡Vaya lío de nombres!). En fin, mi última parada en Nepal estaba a tan sólo 40 kilómetros de la frontera con la India, así que en un pispás me planté en otro país. Ya me avisó una emprendedora nepalí en el autobús de camino a la frontera, "India será más rica que Nepal, pero está más sucia y huele peor". No le faltaba razón a la mujer, a la que se le olvidó avisarme de que también hacía mucho más calor y había mucha más gente. Mi idea era llegar hasta Kolkata en un tren nocturno, pero con esa superpoblación, los 4 trenes que salían esa noche estaban llenos, así que tuve que optar por el autobús.

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Tenía toda la tarde por delante en la caótica y algo estresante Siliguri, así que fui a la oficina de turismo para que me recomendaran qué hacer. Todos los empleados de la oficina estuvieron de acuerdo en que lo mejor era ir al nuevo centro comercial (el único sitio con aire acondicionado) y, tal vez, ver una película allí. Lo del aire acondicionado me pareció estupendo, así que, con la ayuda de una amable mujer, logré subirme a un rickshaw motorizado (iban todos llenísimos y era un poco confuso saber a dónde se dirigían) que me dejó en la puerta. Elegir la película que ver no fue difícil porque el último hit de Bollywood se proyectaba cada hora, así que compré mi entrada y me dispuse a pasar 3 horas entretenida (y fresquita). Aunque no entendí casi ni una palabra de lo que dijeron, la peli era en hindi, me lo pasé bien haciendo mi propia película (la trama no era muy complicada) y viendo los bailes que salpican toda producción india.

De vuelta a la realidad, me subí a un autobús para pasar las siguientes 14 horas sentada junto a una mujer que no paraba de vomitar. Mientras el autobús circulaba a toda velocidad por las autopistas indias (hacía mucho tiempo que yo no veía una carretera así), la mujer sacaba la cabeza por la ventanilla. Así, el viaje se me hizo un poco largo, pero por la mañana ya estaba en Kolkata con 2 días por delante para explorar la ciudad.

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Kolkata me pareció una ciudad de grandes contrastes: por un lado, parece un sitio rico, con grandes avenidas arboladas y coches en buen estado circulando por ellas (casi todos conducidos por chóferes, incluso los más cutres tipo Suzuki Swift) y, por otro, se ve mucha miseria, con gente durmiendo en las aceras, incluso madres con niños pequeños, y con baños en mitad de la calle. Incluso en la calle más cara de la ciudad te encuentras que frente a la tienda último modelo de Apple se sientan los limpiabotas y gente vendiendo mecheros en el suelo.

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A pesar de los 40 grados a la sombra, opté por recorrer parte de la ciudad a pie (Kolkata me pareció infinita, extendiéndose kilómetros y kilómetros) y así, sin realmente proponérmelo, llegué hasta la casa de las hermanas de la caridad, donde vivió y ahora está enterrada Teresa de Calcuta (si alguien tiene algún interés, le puedo dar su medallita).

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También intenté visitar unos templos interesantes algo más lejos del centro y cual fue mi desilusión cuando descubrí que ambos estaban cerrados y no abrían hasta por la tarde. Sin embargo, todo es posible en este país y un amable celador accedió a abrirme la puerta de uno de ellos a cambio de una propina.

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El otro templo tuve que fotografiarlo a través de las rejas, pero aún así el paseo me resultó muy interesante, pues pude ver un barrio más humilde y mucho más tranquilo. Además, aproveché esta zona para degustar los famosos dulces bengalíes, que, además de ser extremadamente baratos, estaban buenísimos.

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Mejor no sigo con el tema culinario porque os iba a poner los dientes largos, ya que aquí se come de maravilla. Hay puestos callejeros por todas partes que sirven las más variadas combinaciones y todo está bueno. En todo caso, para finalizar mi pequeña ruta por Kolkata, me acerqué hasta el memorial de la reina Victoria, un edificio de mármol en mitad de un parque. El sitio estaba lleno hasta la bandera, como todos los recintos que había visitado hasta entonces sin importar la hora o el día de la semana. ¡Qué cantidad de gente en todas partes!

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Mis 3 días en la India fueron suficientes para hacerme una idea sobre esta zona del país y no estresarme demasiado con la multitud, el ruido y los olores. Ya estaba lista para explorar Myanmar.

Posted by gacela 04:34 Archived in India Tagged ciudades Comments (2)

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