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Desierto Occidental

Recorrido por los oasis egipcios

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Cuando dejas de impresionarte por un templo egipcio de más de 3.000 años, es el momento de darse un respiro de los restos faraónicos y cambiar de aires. Por suerte, Egipto ofrece muchos otros lugares interesantes para explorar. De esta manera, huí de los faraones y las hordas de turistas dirigiéndome al desierto Occidental o desierto de Libia, una imponente extensión que ocupa más de la mitad del territorio del país, pero que sólo cuenta con 5 oasis habitados.

Llegar al oasis de Dakhla no resultó una tarea sencilla. A pesar de encontrarse a menos de 200 kilómetros de Luxor, no hay servicio de autobuses entre las ciudades y tuve que darme una vuelta por medio Egipto para llegar hasta allí. En total, unas 20 horas de viaje que me hicieron plantearme si realmente merecía la pena visitar este desierto. Una vez allí, me alojé en la ciudad más grande de esta franja bendecida por aguas subterráneas. Aparte de los palmerales, Mut, que así se llama el sitio, no tenía nada especial.

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Sin embargo, resultó ser una base perfecta para visitar la antigua ciudad otomana de Al-Qasr, una verdadera maravilla escondida en mitad del desierto. Para llegar hasta allí, utilicé la minifurgoneta local, donde compartí asiento con tantas personas, gallinas y verduras que pensé que íbamos a salir despedidos en cuanto alguien abriese la puerta.

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El pueblo de Al-Qasr cuenta con una zona nueva, donde las casas son como en el resto del país (es decir, feas a más no poder), y la parte antigua, que está siendo restaurada y muestra cómo vivía la gente del desierto antes de que se construyeran los nuevos desarrollos urbanísticos en los años 60, cuyo objetivo era trasladar gente de las súper-pobladas orillas del Nilo. En todo caso, todavía viven unas 200 personas en el antiguo barrio de adobe, pero, aún así, yo no me crucé con nadie en mi recorrido por las callejuelas y rincones de este sorprendente pueblo.

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Más de la mitad de las casas del barrio están en ruinas y sólo quedan parte de los muros, pero otras se conservan o han sido restauradas y, en conjunto, constituyen un entorno impresionante. En casi todas las callejas te encuentras dinteles de madera grabados con inscripciones en árabe y escondidos aquí y allá hay reproducciones de antiguos molinos y prensas. En definitiva, un lugar realmente digno de visitar.

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La siguiente parada en mi ruta por el desierto fue en el oasis de Bahariya, donde llegué tras un espectacular recorrido en autobús a través del desierto. Bahariya es un pueblo mucho más pequeño que Mut, pero mucho más visitado por los turistas (supongo que por su relativa cercanía a El Cairo). Aún así, en los días que pasé allí apenas vi a otros extranjeros paseando por sus calles y en mi hotel yo era la única huésped.

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Alguna ventaja debía tener ser de las pocas turistas en el oasis y, gracias a ello, la familia dueña del hotel me invitó a comer en su casa (supongo que no querían preparar cena en el restaurante sólo para una persona). Al principio me dio un poco de vergüenza, pero esa tarde que pasé con las mujeres de la familia resultó ser toda una experiencia. En los oasis la sociedad es extremadamente tradicional (por no decir otra cosa), así que las mujeres y los hombres hacen todo por separado, incluso comer. De esta manera, acabé compartiendo comida con las 2 mujeres del patriarca, sus 3 hijas, 2 nueras y 3 niños. Sólo una de las hijas hablaba algo de inglés, pero eso no fue impedimento para disfrutar del festín que habían preparado ese día. Comimos todas sentadas en el suelo, cogiendo de los platos comunes que colocaron en el centro de un enorme mantel, aunque a mí siempre me separaban una gran ración de cada plato y me lo ponían aparte. No sé muy bien si para agasajarme o porque no querían que metiese mis manazas en el plato común. En todo caso, fue la mejor comida que probé durante toda mi estancia en Egipto y cuando ya estaba llena después de comer lentejas, arroz, una especie de lasaña sin bechamel, berenjenas en salsa y otras delicias que nunca supe qué eran, trajeron los segundos. No me lo podía creer, pensé que iba a explotar porque me volvieron a servir unas raciones enormes de todo y cada vez que terminaba me ponían más, mientras se meaban de la risa ante mis protestas. Las chicas más jóvenes estaban fascinadas con mi pelo corto, mi ausencia de marido y el hecho de que viajase sola. Para poner remedio a esto último, me regalaron unos pendientes (aunque, de momento, no han servido de mucho). Y, por último, para bajar la copiosa cena, hicimos una sesión de baile del vientre. Creo que las carcajadas se podían oír en todo el pueblo cuando intenté seguir el ritmo e imitarlas. Pero la mayor sorpresa de la tarde llegó a la hora de marcharnos, momento en el que estas chicas veinteañeras con las que había estado compartiendo risas desaparecieron bajo sus burkas. Por supuesto que había visto antes a mujeres embutidas de negro de arriba a abajo (de hecho, todas las que paseaban por la calle en los oasis y una gran mayoría en las otras zonas que había visitado en Egipto), pero ver la transformación en personas con las que acababa de estar bailando y riendo me impactó, pues nunca las hubiese reconocido por la calle. Prácticamente se vuelven invisibles, lo que, supongo, es el objetivo.

Al día siguiente me fui de tour en un todoterreno al desierto, en el que tuve como compañeras de aventuras a un grupo de estudiantes de intercambio belgas y holandesas. Primero fuimos al denominado desierto negro, que, como os podéis imaginar, cuenta con unas rocas volcánicas negras. El contraste entre el dorado de la arena y el negro de las rocas me pareció realmente bonito. Por desgracia, no tuvimos tiempo de subir esa extraña colina de la foto con pinta de antiguo volcán, pero aún así, las vistas desde abajo fueron muy chulas.

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Tras un buen paseo motorizado por las pequeñas dunas de esta parte del desierto y de tirarnos dunas abajo con unas tablas de snowboard, nuestros guías montaron el campamento en mitad de la nada. El sitio no estaba demasiado lejos de la carretera principal, pero aún así se apreciaba esa sensación de soledad y de estar en plena naturaleza que sólo el desierto te ofrece.

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El atardecer fue espectacular, no tengo palabras para describir los colores de la arena mientras el sol iba desapareciendo en el horizonte. Como tampoco resulta sencillo dar una idea del número de estrellas que se veían en el cielo una vez que la oscuridad nos invadió por completo. Dormimos al raso en este campamento improvisado entre dos todoterrenos y, aunque hacía algo de frío, dentro del saco se estaba genial. Me desperté en una ocasión en mitad de la noche y, por una vez en mi vida, no quería volver a dormirme porque parecía que el número de estrellas se había multiplicado en el rato que pasé durmiendo y el espectáculo no hacía más que mejorar.

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A la mañana siguiente le tocó el turno al desierto blanco (sí, no se han currado mucho los nombres). En este caso, las formaciones de caliza blanca se elevan por encima de la arena, creando, en ocasiones, figuras imposibles. Se trata de un paisaje precioso y algo surrealista que se extiende a lo largo de kilómetros. En definitiva, una verdadera maravilla de la naturaleza.

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El tiempo vuela cuando disfrutas y a mí ya sólo me quedaban 4 días en Egipto, así que había llegado el momento de visitar El Cairo. La caótica capital del país era mi último destino.

Posted by gacela 02:23 Archived in Egypt Tagged desierto dunas paisajes Comments (0)

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