A Travellerspoint blog

Entries about estupas

Mandalay

Despedida de Myanmar

sunny 35 °C
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Mandalay es la ciudad más importante del norte de Myanmar y a pesar de su exótico nombre el lugar es más bien una sucesión de calles en cuadrícula sin mucho encanto. Aún así, cuenta con algunos sitios dignos de visitar (templos budistas, como no podía ser de otra manera) y con el impresionante río Ayeyarwady. En todo caso, al tratarse del principal centro de transporte de esta región del país, acabé pasando 3 interesantes días sueltos en la ciudad, que he decidido compilar en un único post.

Mi primera parada en la ciudad me llevó hasta U Bein, donde se encuentra el puente de teca más largo del mundo. Llegamos a este icónico lugar antes de las 5 de la mañana, aprovechando que el autobús nocturno de ese día nos había soltado en la estación a esas horas intempestivas. Así, vimos cómo el sol iba iluminando el horizonte a la vez que el puente cobraba vida con monjes y lugareños cruzando de un lado a otro.

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La segunda incursión en Mandalay fue sobre 2 ruedas, ya que alquilé una bicicleta y me dispuse a recorrer la ciudad enfrentándome con el intenso tráfico y los cruces sin semáforos. Nunca lo hubiese imaginado, pero resultó una experiencia divertida y una manera estupenda de recorrer la ciudad, que en bicicleta no parece tan inmensa. En este recorrido fui hasta el monasterio budista de Shwe In Bin Kyaung, cuyo templo principal está construido en teca y cuenta con unos relieves preciosos, también en madera. Se trata de un lugar muy tranquilo, por lo menos durante mi visita no había ni un turista y apenas vi un par de monjes relajándose a la sombra con el periódico.

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La siguiente parada en la ruta ciclista me llevó hasta un extraño mercado de jade, que estaba a rebosar de gente y donde las transacciones se hacían en unas mesas de plástico. Aquí lo mismo te encontrabas a una vendedora con 3 piedras ridículas que a un magnate del negocio con la mesa llena de billetes y jades del tamaño de un puño. La verdad, no logré entender en qué consistía este negocio que parecía tener fascinados a los locales. Con la cabeza aún dándome vueltas sobre el jade y sus virtudes, me acerqué al templo más importante de la ciudad, Mahamuni Paya. Los alrededores del lugar estaban llenos de artesanos de la piedra, que trabajaban sobre todo en estatuas de Buda (como no podía ser de otra manera). Y dentro del templo se encontraba un pequeño Buda sentado cubierto de oro. Las capas y capas de pan de oro que ha ido acumulando hacen que el Buda apenas se pueda apreciar. Sin embargo, para ayudar en esta tarea hay cámaras que lo enfocan constantemente y televisiones planas por todo el templo que retransmiten tan interesante imagen fija.

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Mi tercer día en Mandalay fue, sin duda, el más movido, ya que alquilé una moto con conductor para que me llevase a los sitios más alejados de la ciudad. Primero cruzamos el río Ayeyarwady para visitar la colina de Sagaing, cuyas decenas de estupas y pagodas doradas resultan más impresionantes de lejos que de cerca. Subí hasta uno de los templos en lo alto de la colina y con la lengua fuera disfruté más de las vistas que del colorido Buda que adornaba la sala principal.

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Una vez recuperado el aliento, volví a la moto y fuimos por una pequeña carretera bordeando el río y cruzando poblados formados por casas de bambú hasta llegar a Mingun. Las estupas de este popular pueblo no me parecieron demasiado impresionantes (después de semanas en el país estaba ya un poco saturada de templos budistas), pero podéis opinar vosotros mismos:

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De vuelta en la ciudad, ya sólo me quedaba subir hasta la colina de Mandalay. Agradecí bajarme de la moto, pues tenía ya el culo cuadrado, a pesar de los cientos escalones que me esperaban. La subida a lo alto de la colina fue toda una experiencia, con multitud de tiendas de souvenirs horteras y mujeres preguntándome si quería agua (empecé a cuestionarme por qué todas las dueñas de tiendas de bebidas en Myanmar eran mujeres). Además, al final de cada tramo de escaleras, había un templo diferente, aunque, de nuevo, lo mejor eran las vistas de la ciudad desde arriba.

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En lo alto de la colina, mientras disfrutaba de la puesta de sol, conocí a dos birmanas encantadoras, estudiantes de medicina, con las que estuve charlando hasta que se fue el sol y tuvimos que bajar. Sin embargo, como se nos habían quedado temas en el tintero, nos fuimos a cenar juntas. Pasamos una tarde muy divertida en la oscura Mandalay, donde las calles apenas están iluminadas y te puedes encontrar cosas curiosas como esta ¿gasolinera? atendida por un oso-lámpara.

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Mi despedida de la ciudad y de Myanmar no pudo ser mejor. Hasta experimenté una de las maravillas del sudeste asiático, consistente en ir 3 personas, como mínimo, en un scooter. Siempre me pregunté cómo lo hacían y cuando mis nuevas amigas se ofrecieron a llevarme hasta mi hotel, me pareció una locura, pero acepté y allí fuimos las 3. Menos mal que me dejaron en el medio, que era el sitio más cómodo y que sólo tuvimos que recorrer unas pocas manzanas.

A la mañana siguiente terminaba mi visado de 4 semanas en Myanmar y me despedí con mucha pena de este increíble país, que puede que no tenga los paisajes más espectaculares del mundo, pero cuyos habitantes sin duda se encuentran entre los más hospitalarios.

PD: Aunque ya estoy en España, todavía me quedan muchas historias que contaros de los últimas semanas de mi viaje, así que no os vais a librar de mí tan fácilmente. En todo caso, las fechas del momento exacto en el que estuve en cada sitio aparecen al comienzo del post, justo debajo del título.

Posted by gacela 03:38 Archived in Myanmar Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

Bagan

overcast 34 °C
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Bagan es uno de los principales destinos turísticos de Myanmar gracias a los más de 2.000 templos que se encuentran desperdigados en una llanura que ocupa unos 100 kilómetros cuadrados. Así que aquí me dirigí después de mi fugaz paso por Yangón. Myanmar es el primer país que visito en el que los autobuses tardan mucho menos de lo publicitado y, de esta manera, llegué a Bagan a eso las 4 de la mañana, cuando el sol apenas empezaba a despuntar por el horizonte. Parece ser que la calidad de las carreteras y de los autobuses ha mejorado sustancialmente en los últimos años, pero los horarios de salida del transporte todavía no se han modificado y en todos los trayectos nocturnos acabas llegando a unas horas intempestivas . En todo caso, todavía medio dormida hice piña con otros 3 mochileros a los que había conocido en el bus y juntos nos dispusimos a encontrar alojamiento.

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Una vez instalados, y a pesar del cansancio y la ojeras, Jeremy, Anne, Kate y yo cogimos unas bicicletas, que es la mejor manera de moverse por la zona, y nos fuimos a explorar la zona. A los 5 minutos ya estábamos sobrecogidos con la cantidad de templos que se nos presentaban a diestro y siniestro. Había tantos que éramos incapaces de decidir cuáles visitar. Por lo que este primer día nos dedicamos casi en exclusiva a pedalear de un lado a otro y maravillarnos con la grandeza del lugar.

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Los templos fueron construidos originalmente entre el siglo IX y el XIII, cuando aquí se encontraba la capital del reino de Pagan. De hecho, en la época de mayor esplendor del reino (s. XI-XIII) se levantaron más de 10.000 monumentos budistas. Este boom inmobiliario-religioso terminó con la caída del imperio y los templos se abandonaron a su suerte. Así, la mayoría fueron destruidos en sucesivos terremotos o simplemente se fueron cayendo por la falta de cuidado. En la década de los 90 se inició un controvertido programa de reconstrucción (parece que las técnicas modernas utilizadas no son del agrado de los expertos), que, en todo caso, nos permite disfrutar ahora de multitud de templos, estupas y monasterios y hacernos una idea de la magnitud del imperio y su fervor religioso.

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En nuestras rutas ciclistas nos encontramos con templos y estupas de todo tipo: la mayoría eran de ladrillo visto (mis favoritas), mientras que otras estaban encaladas en blanco y tampoco faltaban brillantes cúpulas doradas. En el interior de cada uno de los templos siempre había, por lo menos, una inmensa estatua de Buda y en algunas se conservaban también interesantes murales.

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Cada tarde que pasamos en Bagan nos encaramamos a un templo diferente para ver la puesta de sol y allí pasamos las últimas horas del día, disfrutando de la brisa mientras el sol iba desapareciendo poco a poco. Además, por la noche se iluminaban algunos de los templos, lo que les daba un toque distinto. Eso sí, el resto de la zona estaba más oscura que la boca del lobo y volver al hotel no siempre fue tarea sencilla.

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Pero no sólo nos encantaron los templos del lugar, sino que también tuvimos la oportunidad de visitar los pequeños pueblos pesqueros de la zona, donde sus sonrientes habitantes viven en chamizos de bambú. El impresionante río Ayeyarwadi es su principal fuente de ingresos y todos los miembros de la familia ayudan en las tareas de pesca.

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Otro de los días contratamos un taxi para ir hasta el Monte Popa, un importante lugar de peregrinación de los birmanos situado en lo alto de una roca. Sin duda, esta es la característica más destacable del lugar, junto a los cientos de monos que viven allí. Subimos los más de 700 escalones llenos de mierda de mono y extrañas tiendas de souvenirs para llegar hasta la cima y encontrarnos con aún más extraños templos.

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En definitiva, no nos aburrimos en los 4 días que pasamos explorando la zona. Eso sí, tuvimos algún que otro pinchazo en las bicis, uno de ellos, cómo no, cuando estábamos en el punto más alejado de nuestra ruta. Menos mal que tan sólo unos metros más adelante encontramos un taller que reparó el pinchazo en un momento.

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Bagan no dejó de sorprenderme desde que bajé del autobús y me dio un poco de pena irme, ya que me encantó la sensación de recorrer esa llanura repleta de templos con una bicicleta. Sin embargo, me esperaban nuevas aventuras en una zona completamente distinta, mi siguiente destino eran las montañas de Kalaw.

Posted by gacela 08:24 Archived in Myanmar Tagged templos estupas Comments (0)

Yangón

Llegada a Myanamar

rain 20 °C
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Tras mi corto, pero intenso, periplo por la India, llegó el momento de dirigirme a Myanmar (antes llamada Birmania). Llevaba mucho tiempo queriendo venir a este país, del que había oído tantas cosas buenas, así que ni siquiera me importaron las 12 horas que tuve que esperar en Bangkok entre mis vuelos. En la terminal del aeropuerto de Yangón ya me di cuenta de que estaba en un lugar diferente, todos los hombres llevaban falda!!!

Yangón, antigua capital del país y conocida en otra época como Rangún, me pareció una mezcla de ciudad colonial, con amplias avenidas y grandes edificios desvencijados, y pueblo grande, gracias a sus callejones llenos de puestecillos y a las tierras de cultivo de los alrededores.

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Las principales atracciones de Yangón son sus templos budistas, que me dispuse a visitar a la vez que me pateaba la ciudad. El primero en mi lista fue un templo que tenía un pelo de buda como reliquia. A la entrada del lugar podías comprar ofrendas de todo tipo, según tu devoción o presupuesto. Y una vez en el interior lo más curioso es que la estupa estaba hueca y podías caminar por dentro en una especie de laberinto dorado.

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Para mi desgracia, a media mañana el monzón decidió hacer acto de presencia y los chaparrones se alternaron con llovizna durante el resto del día. Así que, a pesar del paraguas, me calé hasta los huesos, pero yo perseveré en mi ruta por la ciudad y caminé por calles encharcadas, algunas de las cuales se asemejaban más a lagos que al centro de una gran ciudad. Y hablando de calles, aquí los coches conducen por la derecha (como nosotros), pero el volante en la mayoría de los vehículos se encuentra en el lado contrario, lo cual resulta de lo más peligroso. A los brillantes gobernantes birmanos se les ocurrió eliminar todos los signos del colonialismo después de la independencia, incluido cómo conducir, sin tener en cuenta el parque móvil del país ni el origen de sus coches importados. Así que ahora, por ejemplo, hay que subirse al autobús por el lado de la carretera.

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De esta manera, llegué hasta Shwedagon Paya, el monumento religioso más importante del país. La enorme estupa cubierta en pan de oro quedó un poco deslucida por la lluvia, que además hacía que el suelo de mármol fuese una trampa mortal. Aquéllo resbalaba que daba gusto y había que andar con muchísimo cuidado. Aparte del dorado que caracteriza las estupas en Myanmar, la última moda religiosa son las luces de neón a modo de halo en las cabezas de los Budas que presiden las zonas de oración. ¡Viva la tecnología!

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El mejor ejemplo de los cambios en la economía de Myanmar lo encontré en este monumento. Hasta hace apenas unos meses no había cajeros automáticos en el país y, ahora, puedes conseguir efectivo hasta en la misma Shwedagon Paya. No hay palabras para describir el asombro de encontrar un cajero entre las numerosas pagodas del lugar. Así nunca te falta dinero para dejar tu donativo.

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En definitiva, pasé un día muy completo en la ciudad, que disfruté a pesar de la lluvia. Sin embargo, me esperaban muchos otros lugares que explorar en el país y esa misma noche cogí un autobús rumbo a Bagan.

Posted by gacela 03:49 Archived in Myanmar Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

Bodhnath y Pashupatinah

De templos por los alrededores de Katmandú

sunny 30 °C
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A escasos kilómetros de Katmandú se encuentran dos de los centros religiosos más importantes de Nepal. Por un lado, la estupa más grande de Asia, Bodhnath, y, por otro, el templo hindú de Pashupatinath. Un día fui a visitar ambos, casualmente se encuentran muy cerca el uno del otro, y quedé gratamente sorprendida.

Mi primera aventura fuera de la ciudad no pudo ser más exitosa, ya que no fue difícil encontrar la pequeña furgoneta destartalada (el motor se paraba cada vez que nos deteníamos más de un segundo y, en un par de ocasiones, tuvieron que empujarla para que volviera a arrancar) que hacía de autobús de línea y que, además, me dejó en la puerta de la estupa de Bodhnath. Este impresionante monumento budista cuenta con unas proporciones perfectas y todo en él es simbólico. Para mí, que desconozco casi todo del budismo, no me inspiró más allá de su belleza, pero según parece, en sus formas está representado todo el camino hacia la "iluminación".

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La primera estupa fue construida en este lugar allá por el año 600, pero la actual es más moderna, probablemente del siglo XIV. Y durante todos estos siglos los budistas tibetanos han venido hasta aquí para orar, primero porque se encontraba en la ruta comercial entre Tibet y la India y, en la actualidad, porque muchos de ellos están exiliados en Nepal.

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La tranquila plaza en la que se encuentra la estupa está rodeada de monasterios y de restaurantes para turistas y tiendas de souvenirs, siendo estos últimos mucho más numerosos que los primeros. En todo caso, los monjes budistas se las apañan para esquivar a los turistas en sus 3 vueltas de rigor a la estupa, en las que van girado unas ruedas situadas en la pared del monumento.

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Tras reunir buen karma en la estupa me dirigí hacia Pashupatinah, que más que un templo es todo un complejo con edificios para satisfacer las necesidades de cualquier devoto hindú, siendo, de esta manera, el templo más importante de esta religión en todo Nepal. El templo principal se encuentra profusamente decorado, pero no permiten la entrada a no creyentes, así sólo pude apreciar la puerta y al montón de gente que entraba y salía de allí.

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Sin embargo, hay otros muchos lugares en este inmenso complejo en los que disfrutar de la inmersión cultural. Para empezar, el sagrado río Bagmati pasa por aquí o, mejor dicho, los templos se han construido a ambos lados del mismo, de tal manera que aquí se realizan las cremaciones con las que se despide a los muertos en este país. El ritual, en el que sólo participan hombres, es como sigue: hay una zona acondicionada con escaleras en la que se limpian los pies y la cabeza del muerto en las aguas sagradas, para después ponerle una mortaja de color naranja fosforito. Posteriormente, la comitiva se traslada a una plataforma junto al río, en la que hay una pira funeraria que el hijo mayor del difunto es encargado de prender. Cuando aquello ya está caliente, cogen al muerto y le dan 3 vueltas alrededor de la pira antes de poner el cuerpo en las llamas. Y así, las cenizas acaban en el Bagmati.

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En el lado opuesto al río también hay escaleras, que dan la sensación de ser unas gradas para ver el espectáculo de la muerte en primera fila, mientras tu ropa se impregna de olor a muerto.

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Por otro lado, el complejo está lleno de sadhus o ascetas hindúes, que se pasan el día meditando y fumando porros (¿o es al revés?). En todo caso, no se les puede negar que son unos tipos cuando menos curiosos, que han abandonado todas sus posesiones materiales y vagan por el país, viviendo de la caridad.

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Además, el día anterior a mi visita había sido la celebración más importante de este templo, Shivarati, y el sitio tenía más grupos de sadhus de lo habitual, muchos de ellos venidos de todo el país y de la India. En fin, un paraíso para los guiris fotógrafos, aunque cada vez que hacías una foto tenías que dar una "donación".

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Otros templos y pequeños santuarios salpican el complejo, aunque no atraen demasiado la atención de los fieles y parecen ser más bien elementos decorativos. Eso sí, quedan estupendos en las fotos y espero que os den una idea de las dimensiones del lugar.

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En pocas palabras, Pashupatinah es un sitio espectacular, en el que me quedé horas viendo pasar a unos y otros mientras el sol iba desapareciendo lentamente.

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Resumiendo, pasé un día muy completo yendo de templo en templo y aprendiendo un poco más de la interesante cultura y las religiones principales de Nepal. Y todo ello sin tener que mover la mochila de Katmandú.

Posted by gacela 07:10 Archived in Nepal Tagged templos estupas Comments (1)

Katmandú

Una sorpresa en cada esquina

sunny 25 °C
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Espero no haberos asustado demasiado con las impresiones sobre la capital de Nepal de mi anterior post. En todo caso, y para compensar, en estas líneas os mostraré algunas de las maravillas que esconde Katmadú, que no son pocas. La ciudad es prácticamente un museo al aire libre, donde los templos, las estupas, las tallas de madera,... se encuentran a la vuelta de cualquier esquina, integradas en la ciudad.

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Así, en mi primer paseo por el centro, tras esquivar el tráfico y prestando atención a los detalles, fui descubriendo una ciudad interesantísima. Prácticamente oculta por los edificios, en un tranquilo patio, se hallaba esta estupa de mediados del siglo XVII, que, además, resulta ser el centro de peregrinación budista más importante en el centro de Katmandú.

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La población de Nepal es mayoritariamente hinduista, así que también me crucé con templos dedicados a alguna de las numerosas deidades de esta religión. El de la foto, en concreto, tiene relevancia también para los budistas. Todavía no me he enterado muy bien, pero parece que estas dos religiones se encuentran muy interrelacionadas en el país porque hay muchos templos que comparten. Desde luego, el sitio estaba muy animado, con numerosos fieles disfrutando de una comida común junto al templo.

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La ruta me llevó por numerosas calles en las que parecía no haber nada que ver, pero levantando la vista te encontrabas unas contraventanas preciosas talladas en madera. Muchas veces, el edificio parecía estar a punto de derrumbarse, pero la ventana o el balcón eran espectaculares.

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También me gustaron mucho los numerosos patios que se encuentran repartidos por doquier. Me parecieron un oasis en el caos y el ruido incesante de esta bulliciosa ciudad, ya que en este espacio de juegos y reuniones de vecinos, donde las casas parecen estar construidas a su alrededor a modo de escudo, no pueden pasar los vehículos. Tampoco son fáciles de encontrar para los peatones, pues, en numerosos casos, hay que meterse por estrechos callejones para llegar hasta ellos.

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En las esquinas más insospechadas me encontré con unas elaboradas fuentes públicas construidas en piedra. Aunque a simple vista parecían una reliquia de un pasado lejano, la verdad es que había gente allí recogiendo del hilillo de agua que caía lentamente del caño.

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Otra de las características de Katmandú consiste en que las calles carecen de nombres, con la única excepción de las arterias principales. De esta manera, sólo hay nombre para las plazas y los barrios, que suelen ser pequeños para hacerlo un poco más sencillo. Este extraño sistema resulta un poco frustante (especialmente para los amantes de los mapas, como yo), así que lo mejor es pasear sin preocuparse demasiado y disfrutar de lo que te vas encontrando por el camino.

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Por otro lado, me sorprendió ver gente con los más diversos rasgos físicos. Así aprendí que la población de Nepal es multiétnica. La mayoría de estas etnias mantienen sus tradiciones y su idioma, de tal manera que se estima que se hablan entre 24 y 100 diferentes lenguas y dialectos en el país. No está mal para una población de unos 30 millones de habitantes. En todo caso, todo el mundo, de la etnia que fuera, fue muy amable durante mis días en Katmandú y varios grupos de niños se me acercaron mientras me tomaba un descanso para practicar su inglés, pedirme caramelos o dinero. Ante mi negativa a ser causante de sus caries (y más aún a darles alguna moneda), insistieron en que lo menos que podía hacer era hacerles unas fotos, que luego miraron en la cámara todo emocionados antes de regresar a sus juegos.

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Tras una mañana de paseo y sorpresas, llegué a la Plaza Durbar, el centro neurálgico de la ciudad antigua. Se trata de un espacio enorme lleno de templos y palacios, que se ha ganado por méritos propios entrar en la lista de lugares Patrimonio de la Humanidad. Honor que comparte con otros 7 espacios del valle de Katmandú.

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No quiero aburriros con los detalles de cada monumento de la plaza, que fueron construidos entre el siglo XII y el XVIII, así que me limitaré a contaros lo más curioso. Para empezar, uno de los edificios sirve de alojamiento a una diosa viviente. Sí, habéis oído bien, el pueblo elige a una niña para ser su diosa Kumari. Misión que cumple hasta que llega a la pubertad y es sustituida por otra niña. No se pueden hacer fotos de la chica, que sale al patio a saludar, pero a mí me pareció una persona normal, para nada la imagen que tenía en mi mente de una diosa. En todo caso, el patio de este monasterio/prisión (pues la diosa no puede salir más que para una procesión anual) es precioso.

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Por otra parte, entrar en la antigua residencia real, el palacio de Hanuman Dhoka, te transporta casi a otro mundo. Los edificios, de diferentes estilos, se estructuran alrededor de 10 patios, todos ellos con una excelsa decoración, aunque en algunos no se permiten las fotos, no sé muy bien por qué, y no puedo enseñároslos.

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La decoración más interesante se encuentra en las tallas en madera que sujetan los techos, ya que bajo las grandes e inocentes figuras de diferentes dioses, hay todo un manual sexual. Aquí, sin darle mucha importancia y no tengo muy claro con qué objetivo, se presentan tallas de hombres y mujeres en todas las posiciones imaginables. En fin, un sitio muy instructivo, que, posteriormente, descubrí no era el único en el valle (a ver si encuentro tiempo y un día publico una entrada con mis relieves favoritos).

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Desde la torre del palacio se puede disfrutar de unas vistas interesantes de la ciudad, donde se llegan a ver las montañas que rodean al valle. Te sientes como una reina mirando por encima del hombro a tus súbditos.

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Además de las edificaciones y sus relieves, lo más significativo de la plaza es que se trata de un espacio vivo, donde la gente de la ciudad se pasa las horas encaramada a alguno de los templos viendo pasar a sus vecinos y a los numerosos turistas, mientras que en la base del templo se instalan vendedores de verduras. Por supuesto, también hay personas que vienen a rendir culto aquí, aunque los fieles parecen ser menos abundantes que los ociosos.

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Otro día me acerqué hasta el templo budista de Swayambhunath (vaya con el nombrecito), también conocido como el templo de los monos, que se encuentra en lo alto de una colina y, además de contar con numerosos monumentos, tiene unas vistas geniales de todo el valle de Katmandú. Eso sí, para llegar hasta allí arriba hay que subir infinitas escaleras.

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Una vez arriba, una blanquísima estupa te da la bienvenida. Se trata de un monumento de proporciones perfectas, donde los ojos de Buda te observan desde lo más alto. Alrededor de la estupa se encuentran otros templos y estatuas, aunque no son tan impresionantes.

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En este importante espacio religioso de la ciudad conviven los turistas con la gente local y con los monos, que aprovechan cualquier despiste para hacerse con un bocado. Se trata de un sitio estupendo para pasar el rato viendo a la gente y disfrutando de las vistas del valle.

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Además de estos recorridos turísticos, gracias a Jessica he tenido la oportunidad de conocer un poco cómo es la vida de los numerosos expatriados de Katmandú. Y así, he visitado un mercado de domingo donde se vendían productos europeos junto a artesanía local; he pasado un día paseando perros en un refugio que los recoge de la calle cuando están enfermos (hay muchos perros callejeros en Katmandú, pero, sorprendentemente, están bastante bien cuidados); he ido a una clase de meditación, en la que no pude concentrarme mucho en meditar porque estaba incomodísima sentada en el suelo; y, por último, que no menos importante, he celebrado mi cumpleaños con un montón de gente majísima cenando y tomando unas cervezas en locales de moda de la ciudad.

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Más o menos, ésto es Katmandú o, por lo menos, la versión de la ciudad que yo he visto en mis días aquí. Espero que os haya gustado y sorprendido tanto como a mí. Sin alejarse mucho de la ciudad hay otros lugares dignos de visitar, y de contar aquí, pero visto la extensión de este post, tendrán que esperar a la siguiente entrega.

Posted by gacela 06:17 Archived in Nepal Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

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