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Yogyakarta

Y cómo extender un visado en Indonesia

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Yogayakarta es uno de los principales centros turísticos de la isla de Java gracias a la cercanía de dos templos impresionantes, pero, además, se trata de una interesante ciudad universitaria. Llegué hasta aquí en tren, sin duda la mejor forma de moverse por la isla, aunque también la más cara, y me reencontré con Olivier, que estaba en la ciudad con otros dos amigos franceses. Juntos visitamos el palacio del sultán de Yogyakarta, el denominado Kraton, un complejo de edificios del siglo XVIII, todos reconstruidos, que, por otro lado, no nos impresionó demasiado. Lo que sí me pareció impresionante es que el sultán sigue siendo el gobernante de la región, aunque ya no vive en este palacio.

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Después de esta visita cultural comenzó la odisea para conseguir extender el visado de turista de 30 días que te dan al aterrizar en Indonesia. Olivier también tenía que extender su visado, así que decidimos compartir trámites burocráticos. Así, en nuestro primer día de periplo por la administración indonesia fuimos a la oficina de inmigración de Yogyakarta, sólo para comprobar que estaba cerrada (¡¡a las 11 de la mañana!!) y que no abrían hasta el día siguiente. En fin, para no pasar otro día en la ciudad (ellos llevaban allí casi una semana), pusimos rumbo a la siguiente ciudad en importancia de la región, Solo, donde nos pasamos toda la mañana siguiente rellenando papeles, comprando billetes de avión de salida del país y haciendo fotocopias. Cuando parecía que ya lo teníamos todo y sólo había que pagar, resulta que era la hora del rezo y la caja estaba cerrada. Menos mal que nos informaron que podíamos pagar al recoger nuestros pasaportes un par de días después. Por lo menos, nadie nos pidió un soborno, que suele ser habitual al hacer cualquier tipo de trámite en este país.

Por hacer algo interesante mientras esperábamos, decidimos ir hasta la costa y explorar una de las islas menos visitadas del país. Esa misma noche nos plantamos en la ciudad desde donde salían los ferries, pero Sebas se torció un tobillo de la manera más tonta posible y no podía ni apoyarlo, así que el maravilloso plan se fue al garete. A la mañana siguiente Olivier y yo volvimos a Solo, 6 horas de autobús, para recoger nuestros pasaportes al día siguiente. Por supuesto, la recogida no fue instantánea, sino que después de pagar las tasas correspondientes teníamos que esperar un par de horas, todavía no sé muy bien por qué. Así que aprovechamos este tiempo para echarnos unas risas mientras hacíamos que jugábamos al golf. Nunca imaginé que acabaría jugando al golf en Indonesia, sin duda un euro bien gastado.

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Con el pasaporte y mi nuevo visado en la mano, me despedí de Olivier, que seguía camino con sus amigos, mientras yo volvía a Yogyakarta a visitar los templos de la zona. Esa misma tarde me encontré por enésima vez con una pareja muy maja de españoles, Arancha y Sergio, que me dieron algunos consejos interesantes.

Complejo de Prambanan

Este complejo, patrimonio de la humanidad, consta de una serie de templos hindús construidos en el siglo IX. El lugar es realmente impresionante, y, aunque algunos de los templos están en ruinas, los que han sido reconstruidos se levantan imponentes. Resulta difícil explicar con palabras la belleza de estos templos llenos de bajorrelieves, así que espero que las fotos le hagan justicia.

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Me pasé todo el día recorriendo Prambanan de un lado a otro, subiendo a cada uno de los templos y maravillándome con estas creaciones de hace 1.200 años. Cuando el sol comenzó a caer, el color empezó a cambiar y los templos resultaban todavía más bonitos, pero el complejo se empezó a llenar de turistas, así que decidí que era el momento de volver a la ciudad.

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Borobudur

Por su parte, Borobudur es un inmenso templo budista también construido en el siglo IX, momento de apogeo del imperio javanés. El trayecto en transporte público hasta allí fue más movido de lo que esperaba porque el encargado del autobús quiso cobrarme de más (algunos caraduras se empeñan en que los turistas tienen que pagar el doble), a lo que, por supuesto, me negué y estuvimos todo el trayecto discutiendo. Yo le daba la cantidad exacta y él me la devolvía y me decía que el billete costaba el doble, a lo que yo contestaba que no, que ése era el precio. Tras un par de veces repitiendo la pantomima, la cosa se calentó un poco y me dijo que si no pagaba me tenía que bajar del autobús, momento en el cual yo le respondí que casi mejor llamábamos a la policía. Todo este jaleo por 1 euro, que sé que no es dinero (bueno, aquí te da para una comida), pero me da rabia que me intenten engañar. En todo caso, el señor se debió aburrir de la discusión porque ya no volvió a darme la tabarra y ni a pedirme dinero, así que, al final, cuando llegamos al destino, tuve que ir yo al segundo ayudante para abonar el billete. Tal vez debería haberme ido sin pagar.

Volviendo a lo que nos interesa, es decir, el templo, Borobudur también es considerado patrimonio de la humanidad por la UNESCO y, además, es del monumento más visitado de Indonesia. Se trata de una construcción realmente impresionante, que, a lo lejos, parece una gran pirámide de piedra, pero que a medida que te acercas va mostrando el detalle de sus más de 2.500 bajorrelieves y 500 estatuas de Buda. Prácticamente todo el templo está restaurado, ya que se encontraba abandonado y en ruinas cuando fue "descubierto" a principios del siglo XIX por los británicos que controlaban Java.

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Para ganar puntos de karma (no es que lo necesite, pero nunca se sabe), seguí la ruta de peregrinaje del templo, consistente en rodear el monumento 3 veces en cada una de las pasarelas que se encuentran a distintas alturas, cada una representando uno de los niveles simbólicos de la cosmología budista. Después de tanta vuelta, no sabía ni dónde estaba, pero de esta manera pude apreciar todos los detalles de los bajorrelieves y las historias que contaban, además de disfrutar de unas vistas preciosas del paisaje que rodea al templo. Por otro lado, el templo está coronado por una cúpula rodeada de estupas con estatuas de Buda dentro.

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Y de esta manera tan cultural, terminé mi visita de Yogyakarta y puse rumbo a la costa, en busca de un poco de relax.

Posted by gacela 03:52 Archived in Indonesia Tagged java templos ciudades Comments (0)

Kawah Ijen

Bajada a los infiernos

sunny 15 °C
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Mi intento de pasar unos días en una playa balinesa, alejada de las montañas por una vez, no tuvo ningún éxito, pues después de recorrerme todo el pueblo de arriba a abajo fui incapaz de encontrar alojamiento a un precio razonable. Así que, igual de rápido que había llegado, me fui con mis bártulos a otra parte, concretamente dejé atrás Bali, crucé el estrecho del mismo nombre y me planté en Java.

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De esta manera llegué a Banyuwangi, una ruidosa ciudad sin ningún encanto, pero punto de partida de las expediciones al volcán Ijen. Aquí opté por una excursión nocturna al volcán y no me arrepentí de la decisión, a pesar de que el tour comenzó a la 1 de la madrugada. Sin poder parar de bostezar, recorrimos en todoterreno los 50 kilómetros que nos separaban de la base de la montaña, lo que nos llevó un par de horas, así que os podéis imaginar el estado del camino. A eso de las 3 y media de la mañana, en plena noche cerrada y con un frío de muerte comenzamos la ascensión a la montaña. Veíamos lo justo para poder caminar, pero no teníamos ni idea de dónde nos estábamos metiendo. Tras una hora y media de camino llegamos al borde del cráter del volcán y divisamos en el fondo unas luces azules. Hacia allí nos dirigimos flipados por los colores azulados que salían de la montaña. Era el denominado fuego azul, provocado por el azufre líquido al quemarse, y que sólo se puede apreciar por la noche.

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Descendimos, todavía de noche, hasta la mina de azufre de donde provenía el fuego azul y donde unos pocos mineros se afanaban en recoger enormes pedazos de azufre. El olor allí abajo era insoportable, aún con las mascarillas, especialmente cuando el viento lanzaba los gases en nuestra dirección, aunque no parecía molestar a los mineros, que sólo paraban para conseguir algún que otro cigarrillo de los turistas y fumárselos (supongo que la nicotina es el menor de sus problemas). Por otro lado, el lago volcánico creado en la caldera del volcán tenía un color azul irreal, generado por la cantidad de azufre del lugar. Y así comenzó a amanecer lentamente haciendo desaparecer el azul de los fuegos, pero ofreciéndonos en contraprestación unas vistas del cráter en cuyo fondo nos encontrábamos.

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Una vez que los mineros sacan los trozos de azufre picando en el suelo, llega la parte jodida: transportar el material fuera del cráter. Este transporte se hace en unas cestas de mimbre unidas por un palo de bambú y que transportan al hombro. Los mineros cargan entre 50 y 80 kilos en las cestas y hacen normalmente 2 viajes al día, ganando de esta manera la pequeña fortuna de 10€ al día. En fin, unas condiciones de trabajo muy duras, que se reflejan en sus caras y sus cuerpos, sin un gramo de grasa.

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En el camino de vuelta al todoterreno pudimos apreciar con la luz del día el sendero por el que habíamos caminado la noche anterior (todo parece tan diferente cuando ves por donde andas) y, por supuesto, disfrutar de la panorámica del volcán y su lago desde lo alto.

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Las vistas hacia el otro lado tampoco estaban nada mal. Nos encontrábamos por encima de las nubes, cuyo manto se desplegaba kilómetros y kilómetros, sólo interrumpido por los picos de otros volcanes que sobresalían entre el blanco.

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Ese mismo día, que creo que ha sido el día más largo de la historia, me uní al plan de una pareja de holandeses de mi grupo que había alquilado un coche con conductor y llegamos hasta Malang, donde nos plantamos a última hora de la tarde, tras 7 horas de coche por una carretera de doble sentido y tráfico infinito. En todo caso, las aventuras en Malang las dejo para el siguiente post.

Posted by gacela 04:13 Archived in Indonesia Tagged java montañas volcanes Comments (0)

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