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Campo Base del Everest - Parte 3

Despedida del Himalaya y regreso a la civilización

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Después de cruzar Cho La, llegamos al impresionante valle del Goyko, uno de los lugares más espectaculares de todo el parque. Para empezar, la nevada de la noche anterior había cubierto de blanco el glaciar que teníamos que atravesar ese día y que relucía bajo el sol que tuvo la buena idea de brillar esa mañana.

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El recorrido de ese día nos llevó más tiempo del previsto, entre miles fotos y guerras de bolas de nieve. Además, había que caminar con cuidado porque el sendero resbalaba de lo lindo (alguno de los inconvenientes de la nieve). El camino nos obsequió con unos paisajes preciosos, incluido algún que otro pequeño lago de un verde intenso, donde se reflejaban perfectamente las montañas circundantes.

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Y así llegamos hasta el pueblo de Goyko, cuya belleza nos dejó con la boca abierta. Situado junto a un lago de color verde esmeralda y rodeado de montañas, este pequeño pueblo dedicado casi en exclusiva a atender a los turistas se encuentra en una localización privilegiada. Siguiendo el valle hacia el norte se encuentran los picos más altos del Himalaya, como el Cho Oyu que sale en la foto.

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Hacia allí nos dirigimos por la tarde y tuvimos la inmensa suerte de encontrar un cielo despejado (lo más normal en el parque es que las tardes estén nubladas). De esta manera, pudimos apreciar el Everest desde una perspectiva distinta, además de disfrutar de vistas maravillosas de otras muchas montañas que sobresalían a ambos lados del glaciar que habíamos cruzado esa mañana.

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El día siguiente fue de descanso forzoso, ya que nuestros planes de subir al pico Goyko se vieron frustados por el mal tiempo. Por otro lado, tampoco nos vino mal el reposo después de 10 días de caminata ininterrumpida. Por suerte, el día siguiente amaneció soleado y pusimos rumbo al paso Renjo. Las vistas desde lo alto de este sendero a 5.350 metros sobre el nivel del mar fueron espectaculares. Con el lago en la base y todas las montañas (Everest incluido) alineadas detrás, fue, sin duda, uno de los momentos más increíbles de todo el recorrido.

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Allí arriba nos despedimos del techo del mundo y las demás montañas que nos habían estado acompañando en los últimos días, pues el siguiente valle nos llevaría lejos del corazón del Himalaya. El paisaje al otro lado de Renjo La era mucho más modesto. Y, para no cambiar la costumbre, las nubes nos rodearon al llegar a la cima y en nuestro descenso hacia el otro lado.

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A pesar de apenas contar con vegetación, en este valle empezamos a toparnos de nuevo con pueblos de verdad, en los que la gente se dedica a la cría de yaks y a la agricultura. Esto último sólo cuando llegan las lluvias del monzón, ya que el resto del tiempo no crece nada en estas latitudes.

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Ahora nos tocaba descender todo lo que habíamos ascendido con tanto esfuerzo en los días anteriores. Ir cuesta abajo es sin duda más sencillo, especialmente cuando notas que cada vez tus pulmones se llenan con más oxígeno al respirar. Además, el paseo por este nuevo valle resultó de lo más agradecido porque era una preciosidad: pueblos de piedra rodeados de ríos, cascadas, monasterios y rododendros.

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De esta manera, 16 días después volvimos a Lukla, el punto de partida de esta aventura por las montañas. Aquí podría haber cogido un avión de regreso a Katmandú, pero el mal tiempo había impedido despegar a las avionetas durante 3 días y había cientos de personas en la lista de espera para volar. Los más afortunados (o, mejor dicho, los más pudientes) regresaban en helicópteros, pero al resto no les quedaba más remedio que esperar a que mejorase el tiempo. En todo caso, me pareció mucho más interesante (y barato) caminar hasta el pueblo más cercano con una carretera. En definitiva, que empezamos una nueva mini-aventura de 5 días.

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El sendero hasta Salleri, que así se llama el pueblo con transporte terrestre, me pareció mucho más duro que el que nos llevó hasta el mismísimo Everest. Primero descendimos 1.500 metros (ésto me pareció estupendo), para luego ascender 1.000 metros sin descanso (lo que no me pareció nada bien), para luego volver a bajar hasta la cuenca de un río e, inmediatamente después, volver a subir una cuesta infinita. Al cabo de 2 días de caminata, estábamos más arriba que donde habíamos comenzado y yo no hacía más que preguntarme por qué no había esperado a que una avioneta me llevase cómodamente hasta la capital. Además, el tiempo no nos acompañó y, excepto por algún momento de sol en las mañanas, tuvimos que caminar bajo un cielo cubierto de nubes, con alguna ocasional lluvia torrencial.

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Por otro lado, y como consecuencia de la lluvia, el camino era un barrizal resbaladizo, donde el barro se mezclaba con la mierda de burro de las infinitas caravanas que transitaban por allí. Eso sí, el paisaje de estas colinas era verdísimo y los pueblos tenían mucha más vida que los que encontramos montaña arriba. Aquí la gente hacía su vida, principalmente en los campos de cultivo que salpicaban las laderas, sin preocuparse de los escasos senderistas que pasábamos por allí.

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El tercer día amaneció por fin con un sol espléndido y ese último día de caminata (llegamos esa misma tarde a Salleri) atravesamos un bosque increíble, donde un panda rojo cruzó el sendero a toda velocidad unos metros por delante de mí y me dio un susto de muerte. No me dio tiempo ni a hacer el amago de sacar la cámara de fotos, aunque el panda no me impresionó demasiado, ya que este tipo nada tiene que ver con el inmenso blanco y negro que asociamos con el nombre de panda. Se parece más bien a un mapache, con el cuerpo en tono rojizo, las patas oscuras y la cara y la cola de un marrón más claro y con manchas blancas. En todo caso, un encuentro fugaz, pero interesante.

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Una vez en Salleri ya sólo nos faltaba encontrar transporte hasta Katmandú, que, aunque en el mapa parecía estar cerca, la realidad de las carreteras nepalíes decía otra cosa. Para evitar pasar 18 horas apretujados en un jeep destartalado, decidimos dividir el trayecto en dos partes. De esta manera, de madrugada cogimos un jeep hasta la capital de la región, lo que nos llevó 6 horas por una carretera de montaña llena de baches y charcos bajo una llovizna perpetua. Pasamos la tarde en esta ciudad, donde la gente nos miraba extrañada y, tras reponer fuerzas en el único hotel de la zona, a la mañana siguiente pusimos rumbo a Katmandú en un autobús.

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Las 14 horas en autobús fueron una experiencia en todos los sentidos. Para empezar, nunca hubiese pensado que esa carretera sin asfaltar podía ser transitada por un autobús (y, de hecho, cuando empieza la época de lluvias se cierra al tráfico). El camino serpenteaba montaña arriba y abajo, con algunas zonas donde apenas cabía el autobús y siempre un barranco en alguno de los lados, a veces con una valla de bambú a modo de quitamiedos (a mí, desde luego, no me quitó el miedo para nada). Al cabo de unas horas llegamos hasta un valle y el cambio de temperatura fue considerable. Además del calor, el polvo llenó por completo el interior del autobús y nos cubrió de los pies a la cabeza, casi podíamos masticarlo cada vez que abríamos la boca. Por otro lado, en un momento del recorrido noté que estaba entrando agua por la ventana y me costó un par de segundos darme cuenta de que era el pis de las cabras que viajaban en el techo del autobús. En pocas palabras, una cabra me había meado encima!! En todo caso, el camino me pareció muy interesante, ya que nos dio la oportunidad de echar un vistazo a una preciosa zona de Nepal donde el tiempo parece detenido y no saben lo que es un turista.

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De esta manera, volví a Katmandú 3 semanas después con ganas de no moverme de la cama nunca más, excepto para comer y beber cerveza. Y, más o menos, eso fue lo que hice en los días siguientes. Por otro lado, me daba la sensación de que toda la caminata por el Himalaya había sido una especie de sueño, así que menos mal que las fotos me recuerdan que realmente he estado allí disfrutando de cada impresionante paisaje.

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Campo Base del Everest - Parte 2

Llegada al campo base

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Se cumplía una semana de caminata cuando Phillip y yo retomamos el sendero principal hacia el campo base del Everest. El desvío en Chukhung nos había encantado, además de ayudarnos a aclimatarnos a la altura, y estábamos deseando ver la montaña más alta del mundo de cerca. Todavía tardaríamos 3 días en llegar, pero el camino nos fue ofreciendo pequeñas joyas con las que disfrutar durante el paseo.

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A partir de este día los pueblos como tal desaparecieron para dar paso a cúmulos de alojamientos en sitios estratégicos para los senderistas. Tampoco vimos más caravanas de burros, que a esta altura dejan el trabajo a los yaks. Con los yaks había que tener incluso más cuidado que con los burros, ya que iban embalados y eran enormes. Pero el grueso del transporte seguía estando en la espalda de los porteadores humanos, que iban y venían a toda velocidad cargados hasta la bandera.

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Como os podéis imaginar, a pesar del sol que nos acompañó durante casi todo el trayecto, hacía un frío que pelaba, sobre todo cuando soplaba el viento. Las noches eran especialmente horribles, ya que los hoteles no tenían calefacción y las habitaciones no estaban realmente aisladas. Menos mal que los comedores tenían unas estufas alimentadas con mierda seca de yak, que prende que da gusto. Y así nos pasábamos las tardes sin separarnos de la maravillosa estufa. Sin embargo, irse a dormir requería entrar en la habitación-congelador y el rato hasta que calentabas el saco (con ayuda de una gruesa manta por encima) se hacía eterno. Además, debido a la falta de oxígeno, es complicado dormir bien en estas alturas y hasta yo, que ya sabéis que soy un lirón, me despertaba varias veces en mitad de la noche y me costaba volver a conciliar el sueño.

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Durante el día me olvidaba por completo de estos pequeños inconvenientes, pues me encontraba demasiado ocupada disfrutando de los paisajes que se nos iban presentando. El último tramo del recorrido antes del campo base discurría junto a un inmenso glaciar, que a pesar de estar cubierto de piedras y chinarros, no dejaba de ser espectacular.

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Y tras mucho caminar por fin nos encontramos a tiro de piedra del campo base del Everest, donde los locos y locas que intentan alcanzar la cima comienzan su aventura. El sitio está lleno a rebosar de tiendas de campaña de las diferentes expediciones. De hecho, es más grande que cualquiera de los pueblos por los que habíamos pasado durante la última semana. En todo caso, a escasos 300 metros de la primera tienda de campaña nos dimos la vuelta porque Phillip empezó a encontrarse mal por la altura y todavía teníamos que caminar 3 horas de vuelta hasta nuestro hotel. Por otro lado, aunque parezca un tanto extraño, desde el campo base no se ve el Everest, así que tampoco era plan de forzar la máquina.

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A la mañana siguiente llegó el momento que tanto habíamos esperado, tocaba subir hasta la cima de Kala Patthar para ver de cerca el Everest, que se encuentra a unos 2 kilómetros de aquí. Al contrario que la mayoría de turistas, que ascienden de noche para ver el amanecer desde arriba, nosotros esperamos a que fuese de día y comenzamos a caminar a las 7 de la mañana. Resultó una decisión acertada porque, de esta manera, había mucha menos gente en la montaña y, además, la luz era mucho mejor (el sol sale justo por detrás del Everest). En el camino hasta los 5.550 metros de la cima de Kala Patthar, el Everest fue apareciendo por detrás de otros picos y al llegar a lo más alto las vistas fueron increíbles. No sólo parecía que podíamos tocar con la punta de los dedos la cima de la montaña más alta de la Tierra (8.848 metros sobre el nivel del mar, que se dice pronto), sino que estábamos rodeados de otros muchos picos impresionantes.

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Estuvimos disfrutando de este lugar hasta que el viento y el frío nos hicieron volver a la realidad y comenzamos a descender la montaña. Será difícil olvidar la impresión de estar en mitad del Himalaya, rodeada de picos nevados, incluido el Everest. Pensé que iba a ser imposible encontrar un lugar más increíble, pero nuestra ruta por el parque todavía nos depararía otros paisajes por lo menos igual de impresionantes.

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Habíamos llegado hasta el final del sendero, pero en lugar de regresar por el mismo camino, tomamos una ruta alternativa cruzando 2 pasos de montaña, que en ambos casos nos llevaron de un valle hasta el siguiente alcanzando para ello los 5.300 metros de altura. El primero de estos pasos, Cho La, parecía relativamente sencillo a primera vista. Sin embargo, lo que nos pareció la cima desde lejos no era más que el comienzo de un inmenso glaciar.

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Allí arriba el sendero no estaba señalizado y, además, había que caminar entre grandes rocas cubiertas de nieve y hielo, lo que hizo que avanzáramos muy lentamente. En el último tramo caminamos por encima del comienzo del glaciar, lo que resultó una experiencia un tanto extraña al ir destrozando pequeños cristales de hielo con nuestras pisadas. En todo caso, bajo el hielo se veía a escasos centímetros tierra firme, por lo que no había ningún peligro.

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Llegamos al paso junto con una inmensa nube negra, que cubría todo el cielo y, que, unida a un viento congelado, no nos dejaron disfrutar de la hazaña como nos merecíamos. Nos quedaba todavía un largo camino hasta el siguiente pueblo, que parecía estar aún más lejos de lo que indicaba nuestro mapa.

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Para colmo de males, a mitad de recorrido comenzó a nevar. Yo no veía el momento de sentarme junto a una estufa calentita y devorar un buen plato de arroz con curry. Y en ello estaba cuando por sorpresa volvió a salir el sol. Y esa noche el cielo estaba tan despejado que pudimos ver millones de estrellas (bueno, el disfrute duró bastante poco porque debíamos estar a 10 grados bajo cero, por lo menos, y en seguida volvimos al calor del comedor).

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Las nubes debieron volver a cubrir el cielo en algún momento de la noche porque a la mañana siguiente había unos 5 centímetros de nieve cubriendo todo el pueblo. El valle estaba realmente precioso cubierto de blanco, pero la historia y las fotos de esta parte del camino tendréis que leerlas en el siguiente post.

PD: Como siempre, podéis encontrar muchas más fotos aquí

Posted by gacela 19:00 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes Comments (2)

Campo Base del Everest - Parte 1

Primeros paisajes de camino al Everest

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¿Qué contaros de mis experiencias por la zona del Everest? Me da la sensación de que mi vocabulario no es lo suficientemente extenso para detallaros los impresionantes paisajes que he tenido la ocasión de apreciar en los 19 días de caminata por el parque nacional y sus alrededores. En todo caso, haré lo que pueda y espero que las fotos ayuden a haceros una idea de la magnitud de las montañas de esta zona del Himalaya. Voy a dividir este relato en varias partes porque sino me temo que no voy a ser capaz de terminarlo nunca y, además, así se hace más ameno. Por otro lado, parece que no he podido elegir mejor momento para explorar esta región ahora que se acaban de cumplir 60 años de la primera ascensión y el Everest está tan de moda.

Todo comenzó una soleada mañana en la que cogí una pequeña avioneta junto a Steffanie, una mochilera alemana a la que conocí en el albergue de Katmandú, con destino a Lukla. La avioneta estaba llena con 12 pasajeros y desde mi asiento podía tocar el hombro del piloto, que no parecía inmutarse por los vaivenes provocados por las rachas de viento. Los 25 minutos de vuelo se me hicieron eternos y hasta me alegré cuando fuimos a tomar tierra, aunque parecía que íbamos directos contra una montaña. Por otro lado, nunca había visto una pista de aterrizaje tan inclinada.

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Sólo eran las 7 de la mañana y estábamos deseando ponernos en marcha, así que comenzamos a caminar por un valle, siguiendo el curso de un río y atravesando por el camino pequeños pueblos y zonas de cultivo. Cada pueblo tenía su ración de elementos religiosos, ya fuese en forma de rocas decoradas con mantras, pequeñas estupas o ruedas de plegaria.

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Tuvimos que cruzar el río en varias ocasiones y no sabría decir cuál de los puentes colgantes me dio más miedo. Además, había que estar atenta a las caravanas de burros antes de cruzar porque encontrarse en mitad de uno de estos puentes con burros pidiendo paso no es nada recomendable.

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Este primer día conocimos a Phillip, un senderista israelí que se unió a nuestra expedición. Así, después de una paliza de 9 horas, los 3 juntos llegamos hasta Namche Bazaar, el pueblo más grande de la zona. Por desgracia, Steffanie empezó a sentir los efectos de la altura, estábamos a 3.300 metros sobre el nivel del mar, con un dolor de cabeza terrible. Sin embargo, 15 horas de sueño y un día de descanso la dejaron como nueva.

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Tras el día de aclimatación retomamos la ruta con energías renovadas y dispuestos a adentrarnos en el corazón de la cordillera. Y, para nuestra sorpresa, esa misma mañana vimos el Everest por primera vez (es la montaña a la izquierda de la que parece salir humo). Aunque estaba muy lejos, fue un momento muy emocionante.

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El resto del día caminamos atravesando un precioso bosque de rododendros, en el que aproveché que me tenía que parar a cada rato (el oxígeno no me daba para más y hay que tomárselo con calma para evitar el mal de altura) para disfrutar del paisaje y hacer miles de fotos.

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Al final de esa subida que parecía eterna se encontraba Tengboche, famoso por su monasterio budista. Se trata del monasterio más grande de esta región y es el único edificio del pueblo que no es un hotel para turistas. Eso sí, abren sus puertas todas las tardes para que los guiris podamos comprobar cómo recitan sus mantras. Yo aguanté sólo unos minutos porque hacía un frío que pelaba, aunque la gente que se quedó tampoco estuvo mucho más tiempo ya que los monjes les echaron por hacer ruido (debieron perder un montón de puntos de karma).

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En este pueblo conocimos a la más extraña expedición que os podáis imaginar. Este grupo de nepalíes incluía a un chico sin brazos (era impresionante cómo usaba la cuchara con sus pies), un anciano de 80 años y un tipo que iba disfrazado de oso polar. Estaban haciendo un documental sobre su ascenso al Everest, que espero lograran coronar. Nuestros objetivos no eran tan ambiciosos e incluso al día siguiente celebramos por todo lo alto llegar a los 4.000 metros sobre el nivel del mar.

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El paisaje parecía ir mejorando día a día. La vegetación desapareció por completo en el momento en el que empezamos a ver de cerca algunas de las cumbres más significativas. Cuando Phillip y yo pusimos rumbo al valle de Chukhung, que resultó ser uno de los sitios más espectaculares del recorrido, Steffanie nos abandonó, ya que le pareció que desviarse del camino principal iba a ser demasiado esfuerzo.

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La caminata por el valle resultó casi como ir de procesión porque a 4.500 metros sobre el nivel del mar sólo podíamos dar pequeños pasos y teníamos que pararnos de vez en cuando a recuperar el aliento. Menos mal que en esta ocasión la subida era muy suave porque sino nos hubiera llevado mucho más de las 3 horas que al final tardamos en recorrer la pequeña distancia que nos separaba del siguiente pueblo. Aquí descansamos casi toda la tarde, acostumbrándonos a la altura y disfrutando de las inmejorables vistas de Ama Dablam, una de las montañas más bonitas de todo el Himalaya, y de un inmenso glaciar.

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A la mañana siguiente fuimos a explorar el pico Chukhung. La extenuante subida hasta los 5.550 metros nos proporcionó unas vistas impresionantes de 360 grados. Había montañas nevadas en todas direcciones. Fue realmente espectacular ir subiendo poco a poco y descubriendo nuevos picos a medida que avanzábamos. Bueno, tengo que reconocer que yo no llegué hasta lo más alto de la montaña porque en los últimos metros el camino se convirtió en una escalada por rocas, que no me gustan nada, y, además, me empezaba a faltar el oxígeno y las fuerzas.

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Creo que por un día ya habéis visto demasiadas fotos de montañas y para apreciar el Everest de cerca tendréis que esperar al siguiente post. El pico más alto del mundo merece la espera...

Posted by gacela 03:09 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes pueblos Comments (5)

Campo Base del Annapurna

Caminata al corazón del Himalaya

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Tras el merecido descanso en Tatopani, continúe mi ruta por el macizo del Annapurna, que en esta ocasión me llevó hasta el campo base del Annapurna I. En 8 días de caminata pasé por bosques, pequeños pueblos agrícolas y valles hasta encontrarme en pleno corazón de la cordillera del Himalaya.

La ruta comenzó con una infinita subida de más de 1.600 metros de desnivel. Hacía un día precioso, con el sol brillando bajo un cielo azul intenso, y no recuerdo haber sudado tanto en mi vida. Aún así, me alegré por el calor porque sabía que muy pronto lo echaría de menos. En este intenso día me acompañó un paisaje de numerosas colinas salpicadas por terrazas de cultivo y pueblos de piedra.

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Al día siguiente tenía intención de subir a un famoso mirador para contemplar las montañas desde lejos. Sin embargo, amaneció nublado y opté por esperar al día siguiente a ver si tenía más suerte. Sin duda fue una decisión acertada, pues las vistas de las que disfruté al amanecer del día siguiente fueron sencillamente espectaculares.

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Desde Poon Hill, pues así se llama el sitio, se podían ver, en un simple vistazo, dos ochomiles, el Annapurna I y el Dhaulagiri, y otros 8 picos por encima de los 7.000 metros. Daba la impresión de que las montañas estaban allí al lado, aunque en realidad nos separaban decenas de kilómetros de distancia.

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Otro de los atractivos de esta zona es el impresionante bosque de rododendros, uno de los más extensos del mundo, que, además, para mi fortuna, estaban en flor. Me encantó caminar a través de este bosque donde el rojo y rosa de las flores de los rododendros inundaban de color el sendero.

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Las caminatas por esta ruta fueron realmente extenuantes, pues se subía y bajaba constantemente. Además, muchos tramos eran de escaleras, que resultan mucho más tediosas de recorrer que los senderos. En fin, cada vez que tocaba bajar maldecía al constructor del camino, así nunca iba a llegar a los 4.000 metros sobre el nivel del mar del campo base.

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El bosque de rododendros finalmente dio paso a una serie de valles, con una vegetación distinta y de nuevo los pueblos estaban rodeados de terrazas de cultivo, donde el amarillo del trigo destacaba sobre el verde predominante en el paisaje.

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Ya me encontraba en el valle que me llevaría hasta el campo base y, por desgracia, aquí mi suerte con el tiempo cambió. Las mañanas seguían siendo soleadas, pero la lluvia de por la tarde se adelantó cada día más y a las 12 de la mañana normalmente ya estaban cayendo chuzos de punta. De esta manera, los últimos días sólo pude caminar entre 3 y 4 horas antes de tener que detenerme para no acabar calada hasta los huesos. Menos mal que en este tramo final coincidí con gente muy maja (de alguna manera acabamos siempre en los mismos hoteles) y las tardes se hicieron muy amenas con su compañía.

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Mi destino final estaba muy cerca y, sin embargo, parecía que nunca iba a llegar hasta allí. Aún así, en esta parte del sendero pude disfrutar con algunos de los pájaros más vistosos que encontré y también con una pequeña pika (algo así como un ratón de las montañas).

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Por fin, llegó el momento de alcanzar el campo base, a 4.130 metros de altura. Por el camino, el sol me permitió disfrutar de unas vistas preciosas del pico Machhapuchre (también conocido como cola de pescado) y de los glaciares de alrededor. Pero fue enfilar el sendero que se dirigía hacía el campo base y una nube inmensa lo cubrió todo. No se veía absolutamente nada y, por suerte, llegué al hotel justo cuando empezaba a caer una nevada de órdago.

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No tenía ni idea de lo que me esperaba a la mañana siguiente cuando me levanté al amanecer para ver la salida del sol sobre las montañas. No pude más que quedarme con la boca abierta al contemplar el espectáculo que se presentaba ante mis ojos. Estábamos rodeados de montañas increíbles por todas partes.

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Si no hubiese sido por el frío (y porque había que regresar), me hubiese quedado allí durante horas. La nieve cubría todos los picos, que parecían al alcance de la mano o de una pequeña caminata (nada más lejos de la realidad). En fin, un lugar espectacular que resulta complicado describir con palabras.

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Hasta los hoteles parecían otra cosa con las montañas de fondo y la nieve cubriendo los tejados. Tras empaparme del sitio lo máximo posible, no me quedó más remedio que emprender el camino de retorno. En este caso, hay que volver por el mismo sendero, así que no os aburro con más fotos.

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El tiempo no hizo más que empeorar en los 3 días que tardé en regresar a la civilización y la lluvia se fue haciendo poco a poco la dueña absoluta de la caminata. De esta manera, el último día no paró de llover y tomé un atajo para ahorrarme un par de horas de caminata bajo la lluvia. En fin, estaba deseando terminar (vale, también tengo que admitir que estaba un poco cansada).

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No pude reprimir la alegría cuando llegué a Pokhara, la ciudad más grande de la zona. Estaba completamente empapada, pero me esperaba una buena ducha de agua caliente, ropa limpia y una cerveza bien fría. Y así se terminaron 23 días de senderismo, durante los que disfruté de impresionantes paisajes, conocí a gente interesante y puse mi cuerpo a prueba. En resumen, lo repetiría con los ojos cerrados.

Posted by gacela 21:07 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes pueblos Comments (3)

Circuito del Annapurna

Caminando entre las cumbres del Himalaya

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Resulta realmente complicado resumir más de 3 semanas de trekking en un único post y no os cuento nada sobre elegir entre las más de 1.500 fotos que he hecho por el camino. Para hacerlo un poco más asequible y no aburriros demasiado, voy a dividir el relato en 2 partes, que en realidad se corresponden con los 2 senderos que he enlazado. Así, hoy os voy a contar mis experiencias en el denominado Circuito del Annapurna.

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El macizo del Annapurna se encuentra en mitad de la cordillera del Himalaya y, para evitar confunsiones, casi todos sus picos se llaman Annapurna. El más alto es el Annapurna I, que, con algo más de 8.000 metros de altura, es la décima cumbre más elevada del mundo y fue el primer ochomil en ser escalado. El resto de Annapurnas se elevan entre los 7.200 y los 7.900 metros por encima del nivel del mar. Pero no son las únicas montañas que se pueden apreciar en el circuito, ya que, tanto a un lado como a otro del camino, te vas cruzando con picos nevados impresionantes.

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El recorrido del circuito bordea este macizo, cruzando la cordillera en el puerto de Thorong La, a 5.416 metros de altura. Se comienza a unos 1.000 metros sobre el nivel del mar y para llegar hasta el puerto se va caminando siguiendo cauce arriba el río Marsyangdi, a lo largo del valle del mismo nombre. Al principio del sendero, el río tiene un extraño color lechoso, que se va transformando en más transparente a medida que te acercas a su origen.

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Para empezar, tengo que admitir que no tenía intención de hacer este trekking, pero en la oficina donde se obtenían los permisos para ir por las montañas conocí a una chica holandesa que iba para allá, me pareció maja y pensé ¿por qué no? Mejor ir acompañada. De esta manera, al día siguiente nos dispusimos a emprender la aventura. Sin embargo, no empezamos con demasiado buen pie nuestras andanzas. Zu, que así se llamaba mi compañera, y yo nos subimos a un autobús local que debía llevarnos hasta el comienzo del camino y después de 2 horas de movido trayecto (menudos saltos dábamos en cada bache), el bus se paró en mitad de la carretera. Por suerte no se trataba de una avería, pues ningún vehículo se movía. 3 horas después seguíamos allí y ya pensábamos que tendríamos que dormir en mitad de la nada, cuando el autobús se dio la vuelta y regresamos a la ciudad de partida. Por lo que parece había habido un accidente y un policía había matado a alguien (o algo así) y entonces habían cerrado la carretera (no os creáis que una carreterilla secundaria sino la que une el oeste del país con Katmandú). En todo caso, primer intento de llegar a las montañas fallido.

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El día siguiente fue mucho más productivo y, tras 6 extenuantes horas por carreteras de montaña, llegamos al pueblo en el que comenzaba el sendero. Una vez allí, descubrimos que podíamos coger otro autobús y ahorrarnos un día de caminata. En este caso, la carretera era un camino de cabras por el que nunca me hubiese imaginado que un autobús podría circular. Tardamos casi 3 horas en recorrer apenas 15 kilómetros y acabamos con los huesos descoyuntados, pero listas para comenzar nuestras aventuras por el Himalaya. Nos encontrábamos en un pequeño pueblo rodeado de terrazas de cultivo y nos costó una hora de escarpada subida llegar hasta nuestro primer alojamiento en el camino.

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Caminar por esta zona de Nepal es extremadamente sencillo, pues sólo debes seguir un sendero que va de pueblo en pueblo. En cada asentamiento hay restaurantes y hoteles, por lo que no tienes que preocuparte de cargar con tienda de campaña, comida o agua. Además, entre un pueblo y otro nunca hay más de un par de horas de caminata, con lo que si te cansas o te entra el hambre, puedes parar en cualquier momento.

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Por otro lado, el sistema de alojamiento es un tanto peculiar, pues los hoteles te ofrecen habitación gratis o por el simbólico precio de un euro siempre que cenes y desayunes con ellos. Por supuesto, la comida es mucho más cara que en cualquier otro sitio del país (hasta 4 veces más), pero también es verdad que tienen que transportar la mayoría de los productos en burro. Y, así, por el camino te cruzas con caravanas de burros que hacen la misma ruta abasteciendo a los diferentes pueblos. Hay que tener cuidado con estos robustos animales, pues no se andan con chiquitas y si no te apartas, te puedes llevar un buen empujón.

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Durante nuestros primeros días de caminata, el tiempo fue consistente: soleado por las mañanas, mientras que a partir del mediodía una nube se posaba sobre nosotras cubriendo el cielo y descargando algo de agua un poco más tarde. Por este motivo (y porque realmente no había nada que hacer en las frías noches, además de charlar y jugar a las cartas) nos acostábamos pronto, realmente pronto, pues a las 9 ya estábamos sobando, y nos levantábamos cada día en torno a las 6 de la mañana. De esta manera, cuando el sol ya empezaba a calentar, a eso de las 8, nos poníamos en marcha.

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Fue especialmente gratificante ver el sol una mañana después de que nos cayese una nevada impresionante la tarde anterior, bajo la cual estuvimos caminando un par de horas. No pudimos apreciar nada del paisaje en esa ruta, pero los árboles estaban preciosos mientras caían los copos de nieve y al día siguiente las vistas fueron increíbles.

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Los habitantes de esta región de Nepal son en su mayoría budistas y todo el trayecto se encuentra salpicado de símbolos y edificios religiosos. Una pagoda por aquí, un monasterio por allá, unas banderas tibetanas más adelante,... Todas ellas le dan al sendero un toque diferente (y, además, quedan genial en las fotos!)

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También nos encontramos por el camino unas zonas llenas de piedras decoradas, que todavía nos estamos preguntando qué significan. Cada piedra, y había muchas, tenía una especie de inscripción muy elaborada en letras de colores.

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Y de esta manera, paso a paso llegamos hasta Manang, el pueblo más importante de la zona. Ya habíamos ascendido hasta los 3.300 metros por encima del nivel del mar y, como recompensa, nos dimos la tarde de descanso. Aprovechamos para hacer algunas compras (había que reponer chocolate y hacerse con un gorro calentito) e ir al cine. Esta fue una experiencia digna de contar, pues la pequeña sala tenía una estufa para calentar a las 20 personas que cabían en los bancos corridos situados frente al proyector. Además, la entrada incluía una bolsa de palomitas y una taza de té, perfectas para disfrutar de "7 años en el Tibet", la película de Brad Pitt que llevan proyectando sin interrupción los últimos 15 años.

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Tras nuestro paso por Manang decidimos hacer una excursión alternativa de 3 días al lago Tilicho. Una ruta impresionante, pero algo complicada, como descubrimos a mitad de trayecto. Para empezar, tuvimos que caminar hasta los 4.000 metros de altura, con lo que notamos la falta de oxígeno cuando más lo necesitábamos al ir montaña arriba. Pero esto no fue lo peor, pues había una zona con riesgo de avalancha, que daba miedo sólo con mirarla. Esta zona tenía una caída de unos 200 metros casi en vertical y se atravesaba por un diminuto sendero en mitad del cortado. Además, había que estar pendiente de que no te cayese una roca en la cabeza, que bajaban a una velocidad de vértigo empujadas desde arriba por el viento o por alguna cabra loca. En fin, espero que las fotos os den una idea, pero casi pierdo a mi compañera de viaje, que se acojonó lo indecible. Hasta te daban las gracias al final del recorrido, nunca supimos muy bien si era agradecimiento por no haberte resbalado y acabado en el fondo del valle o por decidir hacer esa caminata.

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Eso sí, cuando llegamos al refugio, nos encontramos rodeadas de picos impresionantes. Si el trayecto hasta aquí había sido bonito, no hay palabras para describir este lugar en pleno corazón de la cordillera del Himalaya, con el imponente pico Tilicho (7.134m) casi al alcance de la punta de los dedos.

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Aquí hicimos noche y a la mañana siguiente nos dispusimos a subir otros 1.000 metros de altura para llegar hasta el lago. Sin embargo, Zu pronto abandonó la idea y regresó para descansar el resto del día. Todo estaba congelado por la mañana, hasta el río que bajaba de las montañas. Y fui ascendiendo sola poco a poco, ya que el oxígeno a estas alturas no daba para mucho más. Se trata de una sensación muy extraña cuando tus piernas se encuentran en plena forma, pero te cuesta avanzar porque no te llega el aire.

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A mitad de camino, el sendero empezó a cubrirse de nieve, con algunos tramos cortados que daban un poco de miedo. Cuando llegué a los 5.000 metros era todo un manto blanco a mi alrededor. Tras 5 horas de caminata, me encontraba muy cerca del lago Tilicho, pero en el último tramo hacía un viento horrible y había que caminar por un cortado helado. Me pareció realmente peligroso, especialmente estando sola, ya que con un pequeño resbalón acababas al pie de la montaña varios metros más abajo, así que (a pesar de que mi madre piense que soy una inconsciente), me di la vuelta y regresé al refugio. Por lo que me comentaron después, estaba a unos 10 minutos de alcanzar el lago y, aunque no pude ver el famoso Tilicho, las vistas del camino fueron más que suficientes para compensar la paliza del día.

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En otro larguísimo día, nos llevó 9 horas de caminata llegar hasta el siguiente destino, retomamos el sendero principal. Resultó más duro de lo esperado porque tuvimos que bajar una montaña para cruzar un río y luego volver a subir en la otra orilla. Además, algunos tramos eran muy empinados y estaban cubiertos de nieve, con lo que, aún a costa del ridículo, los bajamos haciendo culo-ski.

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Para cruzar de una orilla a otra del río principal, así como de otros más pequeños con los que nos habíamos encontrado en nuestros días de caminata, el circuito cuenta con unos puentes colgantes de hierro. Parecían realmente sólidos, pero ello no impedía que me temblaran las piernas cada vez que tenía que pasar por uno. Siempre esperaba a que no hubiera nadie más en el puente y aún así me parecía que aquéllo se movía demasiado. Además, las planchas del suelo eran de rejilla y podías ver a través de ellas el río debajo de tus pies. Yo intentaba mirar al frente y centrarme en el final del camino, pero siempre acababa suspirando aliviada cuando llegaba al otro lado.

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Por otro lado, en este último tramo del camino nos encontramos con interesantes animales. Los más representativos de estas latitudes son los yaks, que tienen colores variados y unas caras de mala leche a la que no ayudan sus cuernos. Sin embargo, son inofensivos, aunque no se les permite bajar a los pueblos porque se zampan todo lo que se les pone por delante.

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También son abundantes las llamadas cabras azules del Himalaya, que serán cabras, pero a mí me parecían más bien ciervos. En todo caso, por allí andan pastando a sus anchas, ya que su único depredador es el leopardo de las nieves (de éste, por otro lado, ni rastro en todo el camino).

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En el apartado aves, pudimos disfrutar con el vuelo de águilas y buitres enormes con las montañas de fondo y también con algún que otro pajarillo más pequeño, pero mucho más colorido.

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Después de 10 días de senderismo sin descanso, nos dispusimos a afrontar los últimos kilómetros cuesta arriba del camino y cruzar el famoso puerto. Salimos a las 6 de la mañana, cuando el sol empezaba a despuntar por detrás de las montañas. Hacía un frío que pelaba y cada paso nos pesaba como si tuviéramos piedras en las piernas.

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De esta manera, fuimos avanzando lentamente por la montaña. Al poco, la nieve lo cubría todo y caminar se hizo aún más complicado. Eso sí, las vistas me dejaron sin aliento (o tal vez fue la falta de oxígeno). El caso es que me dediqué a hacer fotos en todas direcciones y no sabría decir qué lado era más impresionante.

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A pesar de la belleza del paisaje, al cabo de unas horas ya estaba deseando llegar al paso de montaña. Me sentía como si estuviera subiendo el Everest y aquéllo no parecía tener fin. Al llegar a la cima, no me podía creer que estaba a 5.416 metros de altura! Pero el viento helado que soplaba pronto se encargó de recordarme que quedarse allí mucho rato no era buena idea.

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A la que esperaba a Zu en el puerto, me intenté calentar en un pequeño garito que había allí montado. El chocolate caliente que me pedí, con el objetivo principal de calentarme las manos, se quedó congelado en menos de 2 minutos y yo iba por el mismo camino cuando apareció mi compañera. Ya sólo nos quedaba bajar la montaña, 1.600 metros de desnivel que recorrimos a buen ritmo, primero descendiendo por la nieve y luego por un empinado sendero lleno de barro. Cuando llegamos a la ciudad situada al otro lado del macizo no nos podíamos ni mover, habíamos tardado 11 horas en llegar hasta allí y no nos quedaban energías ni para pedir la cena.

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Al día siguiente me despedí de Zu, que ya había tenido suficiente caminata para una vida entera, y continué el sendero sola. A este lado del macizo del Annapurna hay una carretera que une con la red principal, por lo que es posible coger un autobús de vuelta a la civilización. Después de un día caminando junto a la polvorienta carretera, que a última hora se convirtió en un lodazal por la lluvia, desee haberme subido al bus con Zu.

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Aún así, pasé por unos pueblos preciosos, en los que las escasas zonas de cultivo ponían una pequeña nota de color en el árido suelo de los alrededores. Esta región de Nepal se llama Mustang, hace frontera con Tibet y es necesario un permiso especial para poder explorar la zona más allá del circuito establecido por la carreta.

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Cansada, mojada y harta por el constante ir y venir de jeeps y autobuses, tomé la determinación de no seguir caminando por esa maldita carretera. Así, pasé una noche en Jomson, la capital de esta zona, y a la mañana siguiente cogí un autobús hasta Tatopani. El trayecto en transporte público por esta carretera resultó casi más cansado que caminar. Dábamos botes constantemente y el conductor tenía que hacer malabares cada vez que nos cruzábamos con otro vehículo.

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A mitad de camino, hubo que hacer transbordo y, a pesar del empeño del encargado en que los guiris cogiéramos un jeep, nos negamos y acabamos en un autobús lleno hasta la bandera, donde los locales nos miraban algo extrañados. En varias ocasiones, el autobús tuvo que pararse por la avería de algún otro vehículo que bloqueaba la carretera. Una vez estuvimos más de media hora parados esperando a que un bus cambiase una rueda, cosa que finalmente no consiguió y acabó echándose a un lado para que la fila de buses que esperábamos pudiéramos pasar. En fin, toda una aventura.

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Eso sí, el paisaje por el camino no tuvo desperdicio. Descendiendo por el valle, fueron apareciendo un pico nevado tras otro, a cual más bonito. Los pueblos también se fueron sucediendo y a cada kilómetro parecía que se iban multiplicando los campos de cultivo. Una verdadera maravilla, que amenizó las 8 horas que tardamos en recorrer los 45 kilómetros que separan Jomson de Tatopani.

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Una vez en Tatopani, me tocó relajarme y recuperar energías para continuar mis aventuras por el Himalaya. Primero, hice una visita a las aguas termales del pueblo. El remojo calentito le sentó de miedo a mis músculos, al igual que el día de descanso siguiente, en el que me limité a comer, leer y volver a comer.

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Ya estaba preparada para continuar con el camino, pero esa parte de la historia tendréis que leerla en la próxima entrega. Espero no haberos aburrido demasiado con este larguísimo, y algo caótico, post y que os hayáis hecho una idea de las maravillas con las que me encontré durante estos interesantes días de senderismo.

Posted by gacela 03:17 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes Comments (8)

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