A Travellerspoint blog

Entries about pueblos

Hsipaw

Encuentro con las etnias de Myanmar

sunny 30 °C
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El movido trayecto en tren que os relaté en el post anterior terminó en Hsipaw, un relajado pueblo situado en el corazón de la provincia de Shan, en el este de Myanmar. Aunque el pueblo no tiene mucho (la típica estupa dorada, un bonito río y poco más), es la base perfecta para explorar una parte del país poco visitada por los turistas.

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De esta manera, me uní a una expedición de 3 días por las montañas con Louise y Amy, en la que más que caminar nos sumergimos en otro mundo, donde cuesta creer que nos encontremos en el siglo XXI. Aquí no hay carreteras, sino caminos de piedras y barro que sólo se pueden transitar a pie o en motocicleta (y eso teniendo mucha maña con las 2 ruedas) y la electricidad acaba de llegar.

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Los paisajes por el camino fueron preciosos, ya en el trayecto de 3 horas en furgoneta hasta el comienzo del sendero disfrutamos de unas vistas espléndidas (a pesar del mareo que me pillé), pero lo verdaderamente impresionante fue la gente con la que nos cruzamos por el camino, cuya curiosidad por nosotras parecía infinita.

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Los numerosos niños de todas las aldeas por las que pasamos no dudaban un instante en perseguirnos por todo el pueblo, saludándonos con la mano y practicando la única palabra que sabían en inglés: hola, mientras que los más tímidos se limitaban a mirarnos de refilón. Sin embargo, no sólo los niños se acercaban a echar un vistazo a estas extrañas extranjeras. Cada vez que paramos a descansar, tomar un té o aceptar la hospitalidad de alguna familia conocida de nuestro guía, algunos adolescentes y adultos se acercaban despacio y sin hacer mucho ruido para observarnos desde lejos.

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La hospitalidad de esta gente de las montañas birmanas no tiene límites y entre las numerosas invitaciones que recibimos en nuestro camino, una fue para asistir a una boda. Así que nos pusimos nuestras mejores galas, yo una camiseta que no estaba sudada y mis compañeras unas faldas típicas, que acabaron siendo una de las atracciones del evento ya que las mujeres del pueblo se empeñaban una y otra vez en colocarles las faldas de la manera correcta mientras se partían de la risa.

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La ceremonia se llevó a cabo en la casa de los padres de la novia y fue muy rápida, con unos señores leyendo unos textos y haciendo unas ofrendas en el altar familiar antes de que llegara la pareja (la verdad es que nadie les prestó mucha atención) y luego, con los novios ya allí, dijeron unas oraciones y listo. Después se sirvió abundante comida y todos contentos. También visitamos la casa de los padres del novio, donde nos volvieron a dar de comer. En general, una experiencia muy interesante.

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En nuestro último día de caminata nos llevamos un pequeño susto, bueno a Louise casi le da un ataque, cuando vimos aparecer por el pueblo a un grupo de hombres armados hasta los dientes, quien no llevaba un fusil era porque no tenía espacio con el bazuca que portaba al hombro. Eso sí, sólo un par de ellos iban con uniforme completo. Coincidiendo con su llegada, el pueblo se vació de repente, la gente se metió en sus casas y nosotras nos quedamos muy quietas terminando nuestro té y preguntándonos qué coño pasaba. Bueno, alguna idea teníamos de que la guerrilla andaba por allí, pero no nos dejó de sorprender ver a los militares por mucho que nuestro guía nos aseguró que estaban haciendo una ronda rutinaria.

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De vuelta en Hsipaw, utilizamos nuestro último día en el pueblo para visitar el palacio del último monarca de la región, que fue asesinado por la junta militar. El sitio se encuentra al cuidado del sobrino del heredero del trono, que se encuentra en el exilio, y su mujer nos contó un montón de cosas sobre la historia familiar y la política del país.

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Al día siguiente, antes de coger el autobús a las 6 de la mañana, fuimos al mercado nocturno del pueblo, donde la gente hace la compra en mitad de la noche y algunos puestos están iluminados por velas. Y así nos despedimos de Hsipaw, con mucho sueño, y pusimos rumbo al siguiente destino.

Posted by gacela 03:32 Archived in Myanmar Tagged paisajes pueblos Comments (2)

Caminata por las colinas birmanas

3 días de trekking entre Kalaw y el lago Inle

semi-overcast 28 °C
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Después de nuestras andanzas por mercados, monasterios y demás, Urs, Kate, nuestro guía James y yo nos despedidos de Kalaw una mañana algo nublada y pusimos rumbo al lago Inle. El trayecto nos llevaría por senderos a través de las colinas durante 3 días, cruzando por el camino pequeñas aldeas, campos de cultivo y bosques. El plan no podía tener mejor pinta.

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La primera mañana comenzamos la caminata bien temprano e incluso antes de salir de Kalaw fuimos objeto de la generosidad birmana, cuando una mujer nos ofreció la fruta de un árbol de jack de su jardín. Me imagino que algunos no sabéis de lo que estoy hablando, pero el árbol de jack, yaca o panapén (he tenido que buscar el nombre en español) crece por el sudeste asiático y da un fruto más grande que un melón y carnoso por dentro. Os pongo una foto para que os hagáis una idea, pero vamos, que con una fruta comes durante días y la mujer se empeñó en que nos llevásemos lo que no nos comimos allí en el momento.

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Tras el atracón de fruta fresca, continuamos camino por una zona boscosa, que, para nuestra desgracia, estaba cubierta por una inmensa nube. Así, no pudimos disfrutar de las vistas, aunque la niebla daba un toque interesante al lugar. De regreso al valle, entre cultivos diversos nos topamos con las vías del tren y pensamos que era imposible que un tren pasase por allí. Nada más lejos de la realidad, pues, por lo menos, un par de trenes diarios hacen este recorrido, aunque, claro, también es habitual que descarrilen de vez en cuando, especialmente en la época de lluvias cuando las vías están resbaladizas. Menos mal que los trenes van a paso de tortuga, pero aún así no me gustaría estar dentro de un vagón al descarrilar.

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Poco después pudimos comprobar in situ la vidilla que le da el ferrocarril a los pueblos de la zona. La llegada del tren puso en marcha un frenético mercado, en el que la gente local se afanaba por proveer a los pasajeros del tren de los más variados productos. Aunque parezca extraño, el estrella de esta compraventa eran las coliflores (según parece para su posterior venta en Yangón, destino final del tren), que entraban por las ventanillas a mogollones. Llegó un momento en que pensé que era imposible meter una coliflor más en los ya atiborrados vagones. Además de verduras, los pasajeros tenían la opción de comprar la comida que algunas mujeres paseaban por delante de las ventanillas haciendo malabares en lo alto de sus cabezas. Fueron apenas 10 minutos de lo más entretenidos, aunque también había gente que parecía estar deseando que el tren arrancara de una vez. Cuando llegó ese momento, el andén se vació de repente y se volvió a recuperar la tranquilidad habitual en este país.

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Viajar en Myanmar es casi como viajar en el tiempo, especialmente en las zonas agrícolas. Aquí quién tiene un búfalo, tiene un tesoro, ya que estos animales, junto con bueyes, son los que realizan el trabajo pesado en el campo (el tractor no ha llegado a esta parte del mundo). De esta manera, se los cuida con esmero, llevándolos de paseo y a que se den merecidos remojones en las charcas de la zona.

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Por el camino nos cruzamos con un montón de gente, que normalmente se sorprendía de nuestra presencia y siempre nos saludaba con una sonrisa en los labios. Pero los que parecían disfrutar más con nuestras apariciones eran los niños del lugar, que se nos acercaban a toda velocidad como si fuéramos los Reyes Magos.

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Y así, poquito a poco y sin mucho esfuerzo llegamos hasta el lago Inle, el final de nuestro trayecto. La verdad es que los 3 días de caminata nos encantaron, no sólo por los paisajes, sino también por la experiencia de ver de cerca y aprender sobre la forma de vida de la gente que habita en esta región de Myanmar.

Posted by gacela 04:54 Archived in Myanmar Tagged paisajes pueblos Comments (0)

Kalaw

Tranquilo pueblo entre colinas

sunny 25 °C
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Después de las aventuras en la impresionante y árida Bagan, puse rumbo a una zona mucho más verde junto a Kate. De esta manera, llegamos a Kalaw, un interesante pueblo a los pies de infinitas colinas de un verde intenso. Aquí conocimos a Urs, un mochilero alemán que se unió a nuestro plan de recorrer la zona.

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Nuestra breve estancia en Kalaw no pudo ser más productiva, pues tuvimos la suerte de que el mercado itinerante de la región hizo su parada semanal en el pueblo al día siguiente de nuestra llegada y, además, contamos con la inestimable ayuda de un guía excepcional. Habíamos contratado a James, un maestro jubilado, para hacer una ruta de 3 días por las montañas y él se ofreció amablemente a enseñarnos los entresijos del mercado y los alrededores del pueblo el día antes de partir.

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El mercado estaba a rebosar de gente de las etnias de las montañas que vendían sus productos en pequeños tenderetes, muchos de ellos simples lonas en el suelo, y de gente local llenando sus bolsas con la compra semanal. Casi todos los puestos estaban atendidos por mujeres y la mayoría de ellas vestían el traje tradicional de su etnia.

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Había productos de todo tipo a la venta, haciendo del mercado un lugar muy colorido, aunque tengo que admitir que no sabía lo que eran ni la mitad de las cosas. Menos mal que James tuvo infinita paciencia y nos fue contando qué era cada producto, para qué servía e, incluso, cómo se cocinaba. Las serpientes a la brasa no tenían mala pinta, pero decidimos dejarlas para otra ocasión. Por otro lado, como siempre que me ocurre al visitar un mercado por estas tierras, se me quitaron las ganas de comer carne y pescado por un tiempo, ya que la visión de las moscas revoloteando por todas partes y la falta de refrigeración me hacen dudar de las condiciones sanitarias de estos productos. Vamos, que no me dan buen rollo, aunque enseguida se me olvida y vuelvo a comer todo lo que me ponen por delante.

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Después de recorrer el mercado de cabo a rabo, visitamos un monasterio, en el que los monjes nos invitaron a té y galletas. Las paradojas de este país, en la inmensa sala de oraciones había una televisión de 40 pulgadas donde estaban echando un partido de la selección española sub-20 de fútbol y tras una cristalera, en una especie de trastienda y prácticamente escondido entre otras figuras, había un Buda de bambú de 500 años de antigüedad. En fin, creo que el fútbol les interesa más que las reliquias. La siguiente parada religiosa fue en una cueva transformada en templo. El lugar nos dejó alucinados, ya que cada recoveco de la cueva había sido aprovechado para colocar una figura de Buda. Las había de todos los tamaños y en todas las posiciones posibles, algunas hasta tenían sus propias luces de colores iluminando al Buda de turno.

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En este paseo por el pueblo tuvimos la suerte de toparnos con una boda. La celebración era en el jardín de una casa a las afueras y no dudaron en invitarnos a comer algo (las ventajas de ir con el maestro del pueblo). Aquí las bodas son mucho más modestas que en España, pero la sopa con fideos estaba riquísima. Por otro lado, los novios parecían dos adolescentes (apenas habían cumplido los 20 años) y se les notaba muy nerviosos. Sólo nos quedamos un rato, en el que fuimos la atracción principal del evento.

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Apenas día y medio en Kalaw fue suficiente para disfrutar de este tranquilo pueblo, y, por otro lado, darnos un respiro del calor húmedo que predomina en el resto del país. Ya estábamos preparados para caminar por las montañas y llegar hasta el lago Inle.

Posted by gacela 06:42 Archived in Myanmar Tagged mercados pueblos Comments (0)

Damak y alrededores

Despedida de Nepal

rain 35 °C
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Mi última parada en este periplo por Nepal ha sido en un lugar un tanto inusual, pues he pasado unos días en Damak, una pequeña localidad en el este del país sin ninguna atracción turística destacable. De hecho, creo que yo era la única turista que habían visto por allí en mucho tiempo. Supongo que yo tampoco habría parado en Damak si no hubiera sido por Kendra, una americana a la que conocí de trekking en los Annapurnas y que me invitó a conocer la zona.

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Y os preguntareis qué hace una americana viviendo en esta remota región de Nepal. Pues como la mayoría de los guiris establecidos en el país trabaja para una organización internacional, concretamente una dedicada a las migraciones. Os pongo en antecedentes: hace más de 20 años, el rey de Bután (para los que no andan muy finos en geografía, es un pequeño país en plena cordillera del Himalaya) decidió expulsar del país a todas las personas de origen nepalí, muchas de las cuales llevaban viviendo allí más de un siglo. Así, aproximadamente 80.000 refugiados acabaron en campos de Naciones Unidas en Nepal, que, por otra parte, se negó a acogerlos y darles la residencia.

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Y fueron pasando los años, en los que Nepal y Bután no lograron llegar a un acuerdo sobre qué hacer con esta gente, que, sin papeles, no podía abandonar los campos de refugiados y llevar una vida normal. Hasta que en 2007 Estados Unidos se ofreció a acogerlos. Entonces se montó un dispositivo para trasladarlos allí (y a otros países que se sumaron después a la oferta) y en eso están, enviando a butaneses a hacer las Américas. Así que ya veis, Bután, que se vanagloria de ser el único país que utiliza el índice de felicidad de sus habitantes en lugar del producto interior bruto (PIB), no tuvo reparos en echar por la fuerza a una décima parte de su población por no ser butaneses de pura raza.

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Como no había mucho que visitar en Damak y el tiempo tampoco me dio un respiro entre lluvias torrenciales y vientos huracanados, aproveché para reponer fuerzas, especialmente comiendo (¿quién puede resistirse a un delicioso, e infinito, plato de dal bhat diario por 60 céntimos de euro?) También me dio tiempo a explorar un poco la zona en bicicleta, disfrutando del llano que tanto escasea en Nepal, y, de esta manera, atravesé infinidad de arrozales, donde la gente me miraba un poco extrañada y los niños me saludaban entusiasmados.

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Otro día fuimos de excursión con el "coche de empresa" a una zona de montaña cercana. Ir en este todoterreno fue una experiencia extraña después de recorrer el país en ruidosos y desvencijados autobuses locales. Casi me daba la sensación de estar viendo el paisaje y a la gente a través de una televisión y no desde detrás de una ventanilla.

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En todo caso, el camino resultó ser precioso, atravesando primero una animada planicie, para después ir ascendiendo poco a poco por una montaña llena de plantaciones de té (es la zona nepalí fronteriza con la famosa Darjeeling india). Nuestro destino final era un lago más allá de las plantaciones, famoso por ser un lugar de peregrinación.

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Llegar hasta allí no fue tarea sencilla, ya que el último tramo de la carretera no estaba asfaltado y las lluvias habían convertido el camino en un barrizal complicado de transitar. Al final, nos llevó 5 horas alcanzar el lago y en varias ocasiones pensamos en dar la vuelta. Después de tanto esfuerzo (y tantas horas en el coche), tengo que admitir que el lugar nos decepcionó bastante. Era un lago como cualquier otro, aunque la lluvia y la niebla le dieran un aspecto un tanto tenebroso.

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En resumen, la última estación en mis aventuras por Nepal puede que no fuera el lugar más emocionante o con los mejores paisajes, pero me sirvió para aprender muchas cosas, descubrir cómo es la vida de los expatriados y conocer el día a día de un pueblo nepalí cualquiera.

Y, después de 3 meses en el país, llegó el momento de cambiar de aires y explorar otros lugares. Tengo que admitir que me fui con mucha pena de Nepal, que me ha parecido un lugar impresionante, donde lo mismo puedes caminar junto a las montañas más altas del planeta que visitar templos con siglos de antigüedad o pasar calor en una selva llena de animales salvajes. Vamos, que tiene un poco de todo y para todos los gustos.

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Posted by gacela 21:25 Archived in Nepal Tagged pueblos arrozales Comments (4)

Campo Base del Everest - Parte 3

Despedida del Himalaya y regreso a la civilización

all seasons in one day 10 °C
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Después de cruzar Cho La, llegamos al impresionante valle del Goyko, uno de los lugares más espectaculares de todo el parque. Para empezar, la nevada de la noche anterior había cubierto de blanco el glaciar que teníamos que atravesar ese día y que relucía bajo el sol que tuvo la buena idea de brillar esa mañana.

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El recorrido de ese día nos llevó más tiempo del previsto, entre miles fotos y guerras de bolas de nieve. Además, había que caminar con cuidado porque el sendero resbalaba de lo lindo (alguno de los inconvenientes de la nieve). El camino nos obsequió con unos paisajes preciosos, incluido algún que otro pequeño lago de un verde intenso, donde se reflejaban perfectamente las montañas circundantes.

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Y así llegamos hasta el pueblo de Goyko, cuya belleza nos dejó con la boca abierta. Situado junto a un lago de color verde esmeralda y rodeado de montañas, este pequeño pueblo dedicado casi en exclusiva a atender a los turistas se encuentra en una localización privilegiada. Siguiendo el valle hacia el norte se encuentran los picos más altos del Himalaya, como el Cho Oyu que sale en la foto.

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Hacia allí nos dirigimos por la tarde y tuvimos la inmensa suerte de encontrar un cielo despejado (lo más normal en el parque es que las tardes estén nubladas). De esta manera, pudimos apreciar el Everest desde una perspectiva distinta, además de disfrutar de vistas maravillosas de otras muchas montañas que sobresalían a ambos lados del glaciar que habíamos cruzado esa mañana.

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El día siguiente fue de descanso forzoso, ya que nuestros planes de subir al pico Goyko se vieron frustados por el mal tiempo. Por otro lado, tampoco nos vino mal el reposo después de 10 días de caminata ininterrumpida. Por suerte, el día siguiente amaneció soleado y pusimos rumbo al paso Renjo. Las vistas desde lo alto de este sendero a 5.350 metros sobre el nivel del mar fueron espectaculares. Con el lago en la base y todas las montañas (Everest incluido) alineadas detrás, fue, sin duda, uno de los momentos más increíbles de todo el recorrido.

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Allí arriba nos despedimos del techo del mundo y las demás montañas que nos habían estado acompañando en los últimos días, pues el siguiente valle nos llevaría lejos del corazón del Himalaya. El paisaje al otro lado de Renjo La era mucho más modesto. Y, para no cambiar la costumbre, las nubes nos rodearon al llegar a la cima y en nuestro descenso hacia el otro lado.

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A pesar de apenas contar con vegetación, en este valle empezamos a toparnos de nuevo con pueblos de verdad, en los que la gente se dedica a la cría de yaks y a la agricultura. Esto último sólo cuando llegan las lluvias del monzón, ya que el resto del tiempo no crece nada en estas latitudes.

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Ahora nos tocaba descender todo lo que habíamos ascendido con tanto esfuerzo en los días anteriores. Ir cuesta abajo es sin duda más sencillo, especialmente cuando notas que cada vez tus pulmones se llenan con más oxígeno al respirar. Además, el paseo por este nuevo valle resultó de lo más agradecido porque era una preciosidad: pueblos de piedra rodeados de ríos, cascadas, monasterios y rododendros.

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De esta manera, 16 días después volvimos a Lukla, el punto de partida de esta aventura por las montañas. Aquí podría haber cogido un avión de regreso a Katmandú, pero el mal tiempo había impedido despegar a las avionetas durante 3 días y había cientos de personas en la lista de espera para volar. Los más afortunados (o, mejor dicho, los más pudientes) regresaban en helicópteros, pero al resto no les quedaba más remedio que esperar a que mejorase el tiempo. En todo caso, me pareció mucho más interesante (y barato) caminar hasta el pueblo más cercano con una carretera. En definitiva, que empezamos una nueva mini-aventura de 5 días.

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El sendero hasta Salleri, que así se llama el pueblo con transporte terrestre, me pareció mucho más duro que el que nos llevó hasta el mismísimo Everest. Primero descendimos 1.500 metros (ésto me pareció estupendo), para luego ascender 1.000 metros sin descanso (lo que no me pareció nada bien), para luego volver a bajar hasta la cuenca de un río e, inmediatamente después, volver a subir una cuesta infinita. Al cabo de 2 días de caminata, estábamos más arriba que donde habíamos comenzado y yo no hacía más que preguntarme por qué no había esperado a que una avioneta me llevase cómodamente hasta la capital. Además, el tiempo no nos acompañó y, excepto por algún momento de sol en las mañanas, tuvimos que caminar bajo un cielo cubierto de nubes, con alguna ocasional lluvia torrencial.

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Por otro lado, y como consecuencia de la lluvia, el camino era un barrizal resbaladizo, donde el barro se mezclaba con la mierda de burro de las infinitas caravanas que transitaban por allí. Eso sí, el paisaje de estas colinas era verdísimo y los pueblos tenían mucha más vida que los que encontramos montaña arriba. Aquí la gente hacía su vida, principalmente en los campos de cultivo que salpicaban las laderas, sin preocuparse de los escasos senderistas que pasábamos por allí.

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El tercer día amaneció por fin con un sol espléndido y ese último día de caminata (llegamos esa misma tarde a Salleri) atravesamos un bosque increíble, donde un panda rojo cruzó el sendero a toda velocidad unos metros por delante de mí y me dio un susto de muerte. No me dio tiempo ni a hacer el amago de sacar la cámara de fotos, aunque el panda no me impresionó demasiado, ya que este tipo nada tiene que ver con el inmenso blanco y negro que asociamos con el nombre de panda. Se parece más bien a un mapache, con el cuerpo en tono rojizo, las patas oscuras y la cara y la cola de un marrón más claro y con manchas blancas. En todo caso, un encuentro fugaz, pero interesante.

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Una vez en Salleri ya sólo nos faltaba encontrar transporte hasta Katmandú, que, aunque en el mapa parecía estar cerca, la realidad de las carreteras nepalíes decía otra cosa. Para evitar pasar 18 horas apretujados en un jeep destartalado, decidimos dividir el trayecto en dos partes. De esta manera, de madrugada cogimos un jeep hasta la capital de la región, lo que nos llevó 6 horas por una carretera de montaña llena de baches y charcos bajo una llovizna perpetua. Pasamos la tarde en esta ciudad, donde la gente nos miraba extrañada y, tras reponer fuerzas en el único hotel de la zona, a la mañana siguiente pusimos rumbo a Katmandú en un autobús.

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Las 14 horas en autobús fueron una experiencia en todos los sentidos. Para empezar, nunca hubiese pensado que esa carretera sin asfaltar podía ser transitada por un autobús (y, de hecho, cuando empieza la época de lluvias se cierra al tráfico). El camino serpenteaba montaña arriba y abajo, con algunas zonas donde apenas cabía el autobús y siempre un barranco en alguno de los lados, a veces con una valla de bambú a modo de quitamiedos (a mí, desde luego, no me quitó el miedo para nada). Al cabo de unas horas llegamos hasta un valle y el cambio de temperatura fue considerable. Además del calor, el polvo llenó por completo el interior del autobús y nos cubrió de los pies a la cabeza, casi podíamos masticarlo cada vez que abríamos la boca. Por otro lado, en un momento del recorrido noté que estaba entrando agua por la ventana y me costó un par de segundos darme cuenta de que era el pis de las cabras que viajaban en el techo del autobús. En pocas palabras, una cabra me había meado encima!! En todo caso, el camino me pareció muy interesante, ya que nos dio la oportunidad de echar un vistazo a una preciosa zona de Nepal donde el tiempo parece detenido y no saben lo que es un turista.

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De esta manera, volví a Katmandú 3 semanas después con ganas de no moverme de la cama nunca más, excepto para comer y beber cerveza. Y, más o menos, eso fue lo que hice en los días siguientes. Por otro lado, me daba la sensación de que toda la caminata por el Himalaya había sido una especie de sueño, así que menos mal que las fotos me recuerdan que realmente he estado allí disfrutando de cada impresionante paisaje.

Posted by gacela 03:40 Archived in Nepal Tagged himalaya montañas paisajes pueblos Comments (0)

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