A Travellerspoint blog

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Pakse

Y unos días atrapada por el monzón

rain 25 °C
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Me despedí de Vientiane bajo la lluvia y puse rumbo a Tha Khaek, a unas 5 horas de autobús hacia el sur, con el objetivo de alquilar una moto y hacer un recorrido de varios días por una región llena de cuevas y pueblitos poco o nada turísticos. Sin embargo, mis intenciones se vieron completamente frustradas por el monzón. No exagero cuando digo que no paró de llover ni un momento durante toda mi estancia. Ya no sabía qué hacer encerrada en el albergue porque ni siquiera era posible apuntarse a alguna excursión organizada, ya que el nivel de agua en las cuevas era demasiado elevado. Eso sí, fueron unos días muy sociales, pues todos los mochileros nos pasábamos el día en el porche viendo caer el agua. Al cuarto día de lluvia seguido decidí que no tenía sentido seguir esperando al buen tiempo y continúe mi ruta hacia el sur, que me llevó hasta Pakse, la capital de la provincia más meridional de Laos.

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No puedo decir que la lluvia me abandonase en mi visita a esta zona del país (de hecho, me calé hasta los huesos nada más llegar), pero, por lo menos, me dio algún que otro respiro, que aproveché para visitar los lugares más interesantes. Desde mi llegada a Laos tenía en mente aprender a conducir una scooter semi-automática (con marchas, pero sin embrague), que son las que utiliza la mayoría de la gente en esta parte del mundo, y una de éstas fue la que alquilé para recorrer la región. Además de tener que cambiar las marchas con el pie izquierdo, lo que más me descolocó fue que el freno trasero se encontraba en el pie derecho. Al principio fue un poco raro, a lo que no ayudó la locura del tráfico y el estado de las carreteras, pero enseguida le cogí el tranquillo y me lancé a explorar.

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El primer destino fueron las increíbles ruinas de Wat Phou Champasak, un complejo religioso construido por el imperio jemer entre los siglos XI y XIII. El lugar está cubierto de una frondosa vegetación, lo que, unido a que apenas hay visitantes, hace que te sientas un poco como Indiana Jones. La entrada al complejo se hace a través de una avenida con estatuas de serpientes a modo de columnas en los lados, que te llevan hasta los 2 primeros templos, de los que sólo se conservan las paredes y unos frisos reconstruidos.

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El camino continúa colina arriba por unas escaleras de piedra que dan la sensación de llevar allí también mil años. A ambos lados de la escalinata se encuentran pequeños templos y figuras de Buda en piedra, donde la gente local hace las ofrendas habituales (incienso, arroz, fruta,...). Por su parte, en lo alto de la colina hay un templo con unos bajorrelieves preciosos y una fuente sagrada. Se supone que este agua lo cura todo, pero yo decidí que era mejor no probarla. Por otro lado, las vistas desde arriba no podían ser mejores. En todo caso, este sitio me pareció una verdadera pasada y si no hubiera sido por la lluvia, me hubiese quedado allí todo el día.

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El resto de mi exploración por los alrededores de Pakse no resultó tan productiva, pero igualmente me lo pasé bien conduciendo mi motillo de un lado a otro. Aunque todavía no he descubierto a quién se le ocurrió poner rotondas en este país, ya que no existen los cedas el paso y cada salida de la rotonda es como un cruce, en el que prevalece la ley del más fuerte. A pesar de las rotondas, llegué hasta un monasterio en lo alto de una colina, donde los monjes me miraban con cara extrañada. Los edificios y el templo no eran nada especial, pero el esfuerzo de subir cientos de escaleras fue recompensado con unas bonitas vistas. Otro día fui a visitar unas cascadas, pero una intensa niebla sólo me permitió escuchar el atronador ruido del agua cayendo desde varios metros de altura. Eso sí, el sitio tenía pinta de ser precioso.

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Esta parte menos turística de Laos me resultó muy agradable, aunque las lluvias no me permitieron disfrutarla como me hubiera gustado. Resulta casi imposible viajar durante meses evitando siempre la época de lluvias, ya que al final, el monzón te atrapa y, tengo que decir, que no es lo más apropiado para viajar. En todo caso, ya sólo me quedaba una parada en Laos, en la que visité las denominadas 1.000 islas.

Posted by gacela 04:06 Archived in Laos Tagged paisajes ruínas Comments (0)

Luxor

Semana cultural en la antigua Tebas

sunny 28 °C
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Tras el paseo por el Nilo, llegué con mis compañeros de travesía hasta Luxor, la ciudad más turística del país. Conocida durante el Antiguo Egipto con el nombre de Uaset o Tebas, fue la capital del imperio durante más de mil años y eso ha dejado huella. Los tesoros arqueológicos de la zona son incontables (templos, tumbas, estatuas,...) y para poder explorarlos con calma estuve en la ciudad casi una semana.

Después de pasear por Luxor, visitar un interesante museo, tomarle el pulso a la ciudad y comprobar que los vendedores (de todo tipo de artículos y servicios) eran mucho más pesados que en Aswan, me decidí a adentrarme en el primero de los muchos templos que recorrería durante mi estancia. El templo de Luxor data del 1.400 antes de Cristo y está consagrado al dios Amón. Como podéis comprobar en las fotos, pasé aquí buena parte del día impresionándome ante las enormes columnas que decoran el patio central, las preciosas estatuas de los faraones y sus dioses y, en general, el espectáculo del atardecer sobre esta impresionante estructura.

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Al día siguiente alquilé una bicicleta para ir a la orilla oeste del Nilo y visitar por mi cuenta las tumbas y templos que allí se encuentran. De esta manera, subí, junto con mi bici, a un ferry local y, después de cruzar el río, pedaleé bajo el sol los 7 kilómetros que me separaban de los restos arqueológicos. El camino se me hizo un poco largo porque la bicicleta pesaba un quintal y no tenía una mísera marcha. Sin embargo, los colosos de Memnón me ofrecieron una calurosa bienvenida con sus 18 metros de altura, que me dio fuerzas para seguir con la ruta.

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Casi sin aliento llegué hasta la taquilla y comprobé el extraño sistema de pago para visitar este lugar patrimonio de la humanidad. En esta intersección de la polvorienta carretera tenía que decidir los templos y tumbas que quería ver ese día, cada una con su entrada y su precio. Tras pedir consejo al funcionario de turno y darle una sustancial propina (por no decir, soborno) para conseguir un descuento de estudiante, me dirigí hacia el Ramesseum o templo funerario de Ramsés. Aunque no me resultó tan impresionante como el templo de Luxor, disfruté en completa soledad de las columnas (todavía conservaban parte de los colores originales), los bajorrelieves y el resto de elementos decorativos de este templo.

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La siguiente parada fue en las tumbas de los nobles, que se encuentran diseminadas por una colina junto a un pequeño pueblo de adobe. Desde lejos nunca te imaginarías las maravillas que se encuentran allí bajo tierra y, de hecho, la mayoría de los turistas no les prestan ninguna atención, ya que centran su limitado tiempo en el valle de los reyes y las reinas. La visita a las tumbas de los nobles es casi una aventura en sí misma, ya que primero tienes que encontrar la tumba cuya entrada has pagado y luego encontrar al encargado de la llave, que además te enciende las luces e intenta darte una pequeña explicación de la simbología que inunda las impresionantes decoraciones de las tumbas. Por desgracia, no se pueden hacer fotos en el interior y, aunque todos los encargados se ofrecieron a hacer la vista gorda por una propina, me negué a ser cómplice de la destrucción de estas maravillas de más de 3.000 años de antigüedad.

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Tras la paliza que supuso ir hasta las tumbas de los nobles en bicicleta, al día siguiente opté por una visita mucho más relajada y contraté un paseo en globo. Lo peor del día fue el madrugón que me tuve que dar para ver el amanecer desde el cielo, pero luego las impresionantes vistas de todo el valle de los reyes, del Nilo, de Luxor y de los pueblos adyacentes hicieron que mereciera la pena. Además, la sensación de flotar en el aire que te ofrece un globo aerostático es realmente alucinante.

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En otro momento de mi estancia en Luxor, me di un paseo por la orilla del Nilo hasta llegar a Karnak, el complejo religioso más importante del Antiguo Egipto. Me siento completamente incapaz de contaros la historia y el desarrollo de los templos que alberga Karnak, que fueron construidos, añadidos, desmantelados, restaurados y decorados a lo largo de unos 1.500 años. Así que me limitaré a decir que el recinto abarca unos 2 kilómetros cuadrados y la principal estructura, el templo de Amun, es el edificio religioso más grande jamás construido, ahí es nada! Las fotos, sin duda, no le hacen justicia.

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Con energías renovadas, retomé la bicicleta y la exploración de la orilla oeste del río. En este caso, llegué hasta el templo de Hatshepsut, una construcción única en el país, pues el templo se encaja en la montaña y se podría decir que se encuentra camuflado en la misma. Se trata de un lugar impresionante, aunque a estas alturas yo ya estaba un poco saturada de templos egipcios.

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El valle de los reyes, mi siguiente parada del día, se encuentra justo al otro lado de la montaña que alberga el templo de Hatshepsut, así que, en lugar de bordearla con la bicicleta, decidí atravesarla caminando. La subida inicial fue un poco dura, pero las vistas no hacían más que mejorar a medida que iba ascendiendo. Algún cartel solitario me indicaba que iba por el buen camino. Y en la cima me hallé rodeada de colinas desérticas y un silencio que daba un poco de miedo.

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Casi sin darme cuenta me encontré sobre las tumbas de los faraones egipcios más famosos, pero sin saber muy bien cómo bajar hasta allí. Encontré un camino que no parecía muy complicado, sólo para descubrir una vez abajo que tenía que caminar un kilómetro más hacia la salida para comprar las entradas de las tumbas que quería visitar y luego volver al punto de partida. Para colmo, la mitad de las tumbas estaban cerradas por restauración (casualmente, todas las que recomendaba la guía). En fin, una verdadera odisea. Menos mal que todo el esfuerzo se vio recompensado con unas estancias funerarias ciertamente impresionantes. De nuevo, no se permitía el uso de cámaras dentro de las tumbas, así que he tenido que guardar en mi frágil memoria la sensación de descender a las entrañas de la montaña, mientras descubría por el camino las excelentes pinturas que decoraban cada una de las tumbas de estos faraones.

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Una vez visitadas todas las tumbas que pude, ya sólo me quedaba hacer el camino inverso y, así, subí y bajé una montaña, me subí a mi bicicleta y pedaleé hasta el Nilo, donde cogí un ferry, después cargué la bici a la espalda para subir las escaleras del muelle y recorrí un par de calles de la ciudad hasta llegar a mi albergue. En definitiva, acabé agotada.

De esta excelente manera concluí mi visita a Luxor y alrededores. En las dos semanas y media que llevaba en Egipto había visto tantos templos y ruinas que decidí darme un descanso de los faraones y sus edificaciones y opté por desintoxicarme en el desierto. El oasis de Dakhla era mi siguiente destino.

Posted by gacela 02:55 Archived in Egypt Tagged templos ruínas faraones tumbas Comments (0)

Travesía por el Nilo

Navegando a cámara lenta por el río más largo de África

sunny 25 °C
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Después de ver el Nilo día tras día durante mi estancia en Aswan, no podía dejar pasar la oportunidad de navegarlo durante unos días. Como siempre en este país, hay opciones para todos los gustos y bolsillos. Aunque los típicos cruceros estaban tirados de precio (desde la revolución apenas hay turistas), me pareció mucho más interesante surcar el río en una embarcación tradicional a vela. De esta manera, me subí a una faluca y junto a otros 6 turistas, navegamos lentamente río abajo un par de días. En esta pequeña embarcación pasamos las horas charlando y disfrutando de las vistas.

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Por supuesto, también comíamos en la faluca, unos sencillos pero sabrosos platos preparados por nuestro capitán y su ayudante. Eso sí, parábamos de vez en cuando a la orilla del río para estirar las piernas e ir al baño, aunque en alguna ocasión no me quedó más remedio que evacuar desde la faluca porque, claro, dormíamos allí y era un coñazo (y algo peligroso) bajarse del barco en mitad de la noche. Creo que fueron los 2 días más relajados de todo mi viaje, en los que sólo tuve que preocuparme de hacer fotos al Nilo y sus espectaculares atardeceres.

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Me alegré mucho de haber elegido la faluca en lugar de un crucero, a los que veíamos pasar ruidosos a toda velocidad mientras nosotros íbamos tranquilamente de una orilla a otra del río siguiendo las corrientes de aire. Por desgracia, no se puede recorrer todo el trayecto entre Aswan y Luxor en faluca, así que a mitad de camino nos recogió una furgoneta, que, de paso, nos llevó a los templos de Kom Ombo y Horus.

El templo de Kom Ombo (también conocido como de Sobek y Haroeris) tiene una ubicación inmejorable en una colina junto al Nilo. Data del siglo II a.C. y consta de dos templos simétricos, cada uno dedicado a una deidad. Tanto las columnas como todas las paredes del lugar están llenas de preciosos bajorrelieves, algunos de los cuales todavía conservan los colores originales.

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El cocodrilo es la estrella indiscutible de este templo, de hecho Sobek es un dios con la cabeza de este reptil. Y en el museo adjacente se puede visitar una extraña colección de cocodrilos momificados. No sé si para bien o para mal, ya sólo se pueden encontrar cocodrilos en el Nilo más allá de la alta presa de Aswan. Vamos, que en algún momento de la historia, los egipcios dejaron de venerarlos para empezar a cazarlos y acabaron liquidándolos a todos.

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Nuestra segunda parada en la ruta hacia Luxor nos llevó hasta Edfu para visitar el templo de Horus, uno de los complejos mejor conservados de todo Egipto. Este inmenso templo está dedicado al dios halcón Horus y pasear por sus salas de columnas y sus capillas es una auténtica gozada. Cada esquina te depara una nueva sorpresa agradable. Tampoco quiero daros mucho el coñazo con fechas y dinastías, pero para aquéllos a los que les interese, este templo data del periodo helenístico, concretamente del 230 a.C., cuando la dinastía ptolomeica gobernaba el país (también fueron responsables de la construcción de los templos de Philae y Kom Ombo).

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Y así, en 3 días hice el recorrido entre Aswan y Luxor, primero navegando despacito por el Nilo y, después, visitando unos impresionantes templos por el camino. En todo caso, mi inmersión en el antiguo Egipto no había hecho más que empezar... Luxor y el valle de los reyes era mi siguiente destino!

Posted by gacela 03:53 Archived in Egypt Tagged nilo rios ruínas faraones Comments (2)

Aswan y Abu Simbel

Fascinante primera semana en Egipto

sunny 30 °C
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Mi llegada a Egipto, después de meses en Asia, supuso un auténtico choque cultural. Para aclimatarme poco a poco a este nuevo país decidí pasar los primeros días en una tranquila ciudad a orillas del Nilo y así fui directamente desde el aeropuerto de El Cairo hasta la estación de trenes y cogí el primer convoy con destino a Aswan, la ciudad más meridional del país. Conseguir un asiento en el tren no fue tarea fácil, ya que en todas la ventanillas de la estación me decían que estaba lleno y que mejor cogiese el tren nocturno para guiris. Parece que no quieren que los turistas utilicen los trenes locales, mucho más baratos. Sin embargo, ya me había informado de que se podía comprar el billete al revisor, así que me subí al tren y me senté en el primer asiento libre que vi. El truco parecía funcionar hasta que un par de paradas más tarde, el vagón se empezó a llenar y alguien reclamó mi asiento. No debía ser la única que iba sin billete porque los pasillos se llenaron de gente sin asiento y ya me veía pasando de pie las 12 horas de trayecto. Por fortuna, encontré un sitio libre en otro vagón y allí pude quedarme el resto del recorrido, en el que las vistas del Nilo y de algunas de las poblaciones más feas que he visto en mi vida fueron la tónica dominante.

Aswan, también escrita en castellano Asúan, me encantó. Lo más interesante de la ciudad son los restos arqueológicos de los alrededores, no en vano éste era un importante puesto fronterizo que controlaba las mercancías y personas entre el África negra y el norte del continente. También me gustó mucho el paseo junto al impresionante río y el zoco, donde se podía encontrar de todo. Pero, sin duda, lo que más me sorprendió fue la gente.

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Ya sabéis que he estado en multitud de sitios en mis viajes, pero creo que en estos 2 años no he encontrado un pueblo más hospitalario que el egipcio. Es una pena que la mayoría de los turistas pasen rápidamente por los diferentes pueblos y ciudades en busca de los tesoros arqueológicos del país porque se pierden el contacto con una gente maravillosa y el único recuerdo que les queda de los egipcios es el de los pesados dueños de las tiendas de souvenirs. Aunque incluso éstos están encantados de pasarse una tarde charlando contigo con un vaso de té, supongo que con la esperanza de venderte algo.

En todo caso, en un par de días en Aswan coincidí con un grupo de jóvenes que se dedicaban a la restauración de restos arqueológicos y me invitaron a compartir su almuerzo, un riquísimo pescado a la brasa; también me pasé buena parte de las mañanas charlando con Ayat, la chica que servía el desayuno en el hotel, a pesar de ser licenciada en informática (también trabajaba en un ciber por las tardes) y que, el segundo día de mi estancia, me regaló un bonito bolso hippie; también, gracias a unos comerciantes muy majos, conocí a una monja y doctora española que trabajaba en una clínica para mujeres y niños y que llevaba viviendo allí casi 30 años. En fin, que no me faltó compañía.

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Durante la semana que pasé en la ciudad me invitaron a dos bodas, pero sólo asistí a una de ellas (¡mi agenda estaba llena!) y fue toda una experiencia. Como Aswan se encuentra en pleno desierto y normalmente hace mucho calor, las bodas son por la noche. Creo que se celebran 2 ceremonias, pero en la que yo asistí los invitados se empiezan a reunir a eso de las 10 de la noche y comen lo que ha preparado la familia mientras esperan la llegada de los novios, pasadas la medianoche y con gran fanfarria. Después hay un grupo que toca en directo y la gente baila, hombres y mujeres por separado, como podéis apreciar en el video (resulta cuando menos curioso). Para el evento, los hombres llevan el traje tradicional nubio que consiste en una sencilla chilaba blanca o marrón. Por su parte, las mujeres aprovechan la ocasión para lucir vestidos de colores brillantes y maquillarse a lo bestia. Tengo que decir que me sentí un poco fuera de lugar con mi ropa de mochilera, pero disfruté igualmente del evento.

Otro día fui hasta el templo de Philae con uno de los chicos restauradores, Mido. Este templo del siglo IV a.C. se encuentra en una isla (aunque no en la que fue construido originalmente) en mitad del lago formado por la presa de Aswan. Es una localización espectacular y el templo resulta especialmente bonito si se visita al atardecer, como fue mi caso. No sé si fue debido a que era mi primer templo egipcio o a las explicaciones de mi guía, pero me pareció un sitio increíble. Las columnas, los relieves, la simbología,... no tengo palabras para describirlo.

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A mitad de semana hice un paréntesis en mi visita de Aswan y fui a conocer los famosos templos de Abu Simbel. A pesar de que había excursiones de un día para visitarlos, pensé que sería mucho más interesante verlos por mi cuenta y a mi ritmo. De esta manera, fui en autobús hasta el extraño pueblo de Abu Simbel, el último antes de la frontera con Sudán. Este pueblo se creó cuando la construcción de la alta presa de Aswan en 1960 hizo necesario trasladar los templos para evitar que quedaran bajo las aguas. La magnitud del trabajo de rescate fue tal que hay salas enteras de museos dedicadas a la misma. Y nosotros tenemos también un recordatorio de este esfuerzo en el monumento más antiguo de Madrid: el templo de Debod.

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En todo caso, tras 4 horas de trayecto de autobús en mitad del desierto, en las que crucé el trópico de Cáncer, aunque no había ni una mísera señal para indicarlo, llegué al pueblo de Abu Simbel, cuya principal fuente de ingresos es el turismo y que se encuentra mucho más cerca de Sudán que de Aswan. Me dirigí hacia los templos a última hora de la tarde y me quedé alucinada cuando comprobé que era la única turista. No os podéis hacer una idea de la sensación que tuve al estar absolutamente sola dentro de un templo de 3.500 años de antigüedad. Y no terminaba de creerme que todo aquello había sido construido y decorado de esa manera hacía tantísimos siglos.

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Por desgracia, al rato llegó un grupo de unos 10 turistas y fastidiaron mi solitaria contemplación, aunque, aún así, había sitio de sobra para todos. Entré un par de veces en cada uno de los templos, el de Ramsés II, más grande, y el dedicado a su mujer Nefertari. Entre una cosa y otra, me quedé allí hasta el atardecer y, casi sin darme cuenta, se hizo de noche y empezó un espectáculo de luces sobre las fachadas de los templos. A pesar de ser un poco cursi, estuvo entretenido y, sin duda, fue una manera diferente de despedirme del impresionante Abu Simbel.

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De vuelta en Aswan, me empecé a fijar un poco más en la cultura nubia porque con la nueva presa salvaron los principales templos, pero los pueblos que vivían allí desaparecieron para siempre y sus habitantes tuvieron que realojarse en otras partes del país. Incluso aquí, resulta casi más sencillo ver una casa tradicional nubia en el museo que en la calle. Hay que ir a alguna de las islas en mitad del Nilo para disfrutar de casas como la de la foto. Lo que no faltan son las fuentes públicas, que abundan en forma de tinaja y cuentan con unos vasos para saciar la sed.

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Como despedida de esta interesante semana, Mido me llevó a explorar las denominadas tumbas de los nobles, que se encuentran en una colina en la orilla del Nilo opuesta a la ciudad. Desde lejos no parecen más que un montón de rocas e incluso cuando estás en las puertas de las tumbas no parece que vaya a haber más que basura dentro. Sin embargo, cuando el portero abre las tumbas que se pueden visitar, son sorprendentes los estucos que decoran las estancias excavadas en la roca que sirven de descanso eterno a los ricos y poderosos del 2.500 antes de Cristo.

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Mi primera semana en Egipto no pudo ser más agradable y después de una primera introducción al mundo de los faraones y al mundo real de los egipcios, estaba deseando seguir explorando el país.

Posted by gacela 04:24 Archived in Egypt Tagged nilo desierto rios ruínas faraones Comments (4)

Hoi An y alrededores

El corazón turístico de Vietnam

sunny 33 °C
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Hoi An se trata de la ciudad más turística de todo Vietnam. Esta ciudad patrimonio de la humanidad se ha volcado con los visitantes, tanto extranjeros como nacionales, y, así, cada uno de los restaurados edificios del centro se ha convertido en una tienda de souvenirs, un restaurante o un hotel. Y los turistas han acudido a la llamada, llenando las calles de tal manera que a ratos me dio la impresión de estar paseando en alguna calle de Europa en lugar de en mitad de Asia.

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Caminar por esta parte de la ciudad resulta muy agradable, pues las calles están cerradas al tráfico rodado y el paseo junto al río evoca otros tiempos (la ciudad fue un importante centro comercial entre el siglo XV y el XIX). Además, por la noche todo se ilumina con farolillos, lo que le proporciona un ambiente acogedor, en el que los puestos ambulantes luchan por conseguir la atención de los turistas. Sin embargo, la sensación general es de estar en un parque temático, que nada tiene que ver con la cultura vietnamita tradicional.

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Por otro lado, la ciudad es famosa por sus sastres, que son capaces de copiar cualquier modelo de traje y, tras elegir las telas, tenerlo listo en apenas 24 horas. Lo difícil en este caso es elegir el lugar donde hacerte la ropa, ya que prácticamente hay un sastre en cada esquina. No le vi mucha utilidad a un traje a medida en mi vida de exploradora mochilera, pero Juanfran sí que aprovechó la ocasión y se hizo una camisa chulísima.

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Otro de nuestros días en la ciudad aprovechamos para hacer algo un tanto diferente y, de esta manera, formamos parte de un tour muy especial, donde el señor Phong nos llevó a su casa en un pueblo cercano, en el que paseamos y conocimos de primera mano la forma de vida de los vietnamitas. Pasamos un día realmente interesante, visitando la escuela local, el mercado, los campos de arroz y los templos que cada familia tenía en las afueras de este pueblo de carreteras sin asfaltar, donde las calles no tienen nombre porque se conocen todos los vecinos.

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Aquí descubrimos cómo la mayoría de las casas contaban con una habitación dedicada a taller, ya fuese para enrollar puros, arreglar las redes para pescar o hacer canastas de mimbre. Y todas sin excepción tenían un altar donde venerar a los antepasados. Tradición que los comunistas no pudieron (o no quisieron) abolir, por lo que pasaron a considerarla una herencia cultural y no una religión. Por otro lado, la comunidad todavía constituye una parte muy importante de la vida rural en Vietnam, como pudimos observar en este alambique comunal para elaborar licor de arroz, en el que todos los vecinos colaboraban y luego se llevaban su parte de este fortísimo brebaje.

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Antes de degustar una excelente comida casera, el señor Phong nos explicó sus experiencias en la guerra y durante los años posteriores a la contienda. Pocos conflictos están tan presentes en la memoria colectiva como la guerra de Vietnam, sin duda como consecuencia de las innumerables películas americanas sobre el tema. Sin embargo, pocas veces se ha dado voz a la versión de los vietnamitas y, por lo menos, mi conocimiento real sobre el conflicto era muy limitado antes de visitar el país. En otro post os contaré en más detalle la historia, pero estaba claro que la división del país en Vietnam del Norte y Vietnam del Sur decretada por las potencias mundiales durante la guerra fría no podía traer nada bueno. Y los pobres a los que les tocó luchar con el sur capitalista (y, por tanto, con los americanos que luego les dejaron tirados a su suerte), como fue el caso de Phong, tuvieron que pasar por campos de re-educación y no volvieron a tener la opción de conseguir un trabajo digno.

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En todo caso, pasar el día en el pueblo y charlando con este ilustrado vietnamita me pareció una experiencia muy enriquecedora. Al día siguiente, para continuar con nuestra educación cultural, alquilamos unas motos y visitamos las ruinas del reino Champa. El complejo de My Son, declarado patrimonio de la humanidad, se encuentra a unos 40 kilómetros de Hoi An. Los restos arqueológicos de este santuario hinduista de ladrillo rojo son típicos del reinado champa, que dominó la zona del siglo IV al XII y cuyas influencias indias e indonesias resultan indiscutibles.

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Por desgracia, la mayoría de los templos, tumbas y demás edificaciones del recinto se encuentran bastante derruidas y hay que ponerle mucha imaginación para sentir el esplendor que debieron tener en su tiempo. Así, casi nos gustó más el recorrido por carreteras secundarias que nos llevó hasta allí y en el que cruzamos pequeños pueblos e infinidad de tierras de labranza y donde la gente mostraba genuina curiosidad por nuestros.

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Para culminar el día motero (menuza paliza nos dimos con la scooter), fuimos a ver las denominadas montañas de mármol, que se elevan imponentes en mitad de un llano. La base de la montaña estaba llena de tiendas de recuerdos, como no podía ser de otra manera hechos en mármol, y hasta había un ascensor para subir, lo cual nos decepcionó un poco. Sin embargo, después el lugar nos sorprendió gratamente, ya que la montaña estaba salpicada de templos. Había pagodas por todas partes, incluso dentro de las numerosas cuevas que aparecían aquí y allá.

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Además, desde lo alto de la montaña había unas vistas preciosas de la costa, la llamada playa de China que los americanos utilizaron como lugar de descanso de sus tropas. Tras la visita a la montaña, hicimos un alto en esta kilométrica playa, que poco a poco se está convirtiendo en destino turístico y que en su tramo más cercano a Hoi An ya está llena de hoteles y resorts.

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Nuestra despedida de Hoi An estuvo llena de sabor, ya que para la última noche contratamos un curso de cocina en uno de los restaurantes de la ciudad. Los 3 nos dedicamos a cortar, pelar y poner atención a la profesora/cocinera, mientras bebíamos jarra tras jarra de cerveza (a 12 céntimos de euro, era más barata que el agua). Así, no sé muy bien cómo pudimos ayudar a cocinar los platos, pero nos supieron a gloria...

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En resumen, Hoi An tiene mucho que ofrecer porque no sólo la ciudad tiene un bonito centro histórico, sino que los alrededores son dignos de visitar. De esta manera, nosotros pasamos unos días muy entretenidos, haciendo un poco de todo antes de poner rumbo al sur del país. El delta del Mekong era nuestro siguiente destino.

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