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Parque Nacional Chitwan

Selva en el sur de Nepal

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El parque nacional Chitwan se encuentra en el sur de Nepal, en una planicie conocida como Terai. Aunque en mi mente Nepal estaba constituido principalmente por la cordillera del Himalaya, la verdad es que esta fértil llanura ocupa casi todo el sur y es la región más poblada del país. Las 5 horas de autobús desde Katmandú hasta la entrada del parque, un pequeño pueblo llamado Sauraha, transcurrieron por unas destartaladas carreteras atravesando un paisaje increíble de verdes colinas y ríos azul turquesa.

La atracción principal de este parque selvático son sus animales, ya que cuenta con grandes especies como rinocerontes, cocodrilos, tigres, elefantes, leopardos y osos. Y en busca de ellos me adentré durante dos días en la selva. El recorrido comenzó de manera relajada con un paseo en canoa, en el que pudimos disfrutar de algunos de los numerosos pájaros de la zona.

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Tras el agradable paseo en el río, la comitiva, compuesta por dos guías, una pareja de canadienses y yo, nos dirigimos a explorar la selva a pie. Comenzamos caminando junto al río y al poco nos encontramos con un grupo de cocodrilos y un rinoceronte dándose un chapuzón. Fue un momento realmente emocionante. Casi no habíamos empezado nuestra ruta y ya nos habíamos encontrado con dos de los animales que estábamos buscando. Además, el cocodrilo, un gavial del Ganges, se encuentra en peligro de extinción y no resultan sencillos de avistar. Por su parte, el rinoceronte indio es más común, pero no por ello menos impresionante.

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Seguimos camino junto al precioso río y no tardamos mucho en toparnos con la otra especie de cocodrilo que habita en el parque. El cocodrilo de las marismas o hindú puede que no se encuentre en peligro de extinción, pero resulta mucho más peligroso que el gavial, ya que ataca a todo lo que se mueve, incluidos humanos despistados.

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Y así fuimos avanzando por la selva, disfrutando del canto de los pájaros y oyendo a algunos monos a lo lejos hasta que casi nos chocamos con un rinoceronte. Uno de los guías iba el primero en la fila y al subir un desnivel se encontró literalmente cara a cara con el inmenso animal. ¡Menudo susto! Todos corriendo para atrás para ponernos a salvo detrás de unos arbolillos. Por suerte, el rinoceronte no se asustó con nuestra presencia, aunque nos miraba con cierto interés a través de la vegetación. Para evitar males mayores y porque estaba en mitad del sendero, los guías decidieron asustarle. La tierra tembló de una manera increíble cuando el rinoceronte puso pies en polvorosa. ¡Pedazo de bicho!

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Seguimos ruta con un poco más de cautela porque a veces los rinocerontes se esconden para atacar a sus rivales, pero no volvimos a ver un cuerno. Eso sí, divisamos varios grupos de ciervos, algunos monos y hasta los restos de un ataque de un tigre de bengala.

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Sin embargo, el día todavía nos deparaba alguna sorpresa, ya que escondido entre unos matorrales descubrimos a un oso tibetano. Era un ejemplar de tamaño considerable que, afortunadamente, no se percató de nuestra presencia y así pudimos observarlo un buen rato. Al final, nos descubrió y tuvimos que asustarle. Estábamos para foto, los 5 corriendo detrás del oso y gritando a pleno pulmón, mientras los guías además agitaban sus palos de bambú. El oso debió pensar que estábamos locos, pero aún así se fue echando leches.

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Al poco de nuestro encuentro con el oso una enorme nube negra que nos había estado persiguiendo todo el día nos dio alcance y empezó a llover. Primero fueron unas gotas, que pudimos sortear dentro de la selva, pero enseguida se transformó en una tormenta en toda regla. A pesar de la carrera que nos dimos, acabamos calados hasta los huesos y, para colmo, al otro lado de un río que teníamos que cruzar. Con la lluvia no había ningún balsero a la vista y nos costó un montón que alguien apareciera. En todo caso, tuvimos suerte porque en el momento que llegamos al otro lado, donde se encontraba nuestro alojamiento, empezó una granizada espectacular. No recuerdo haber visto nunca unos trozos de hielo tan grandes caer del cielo. Al poco rato, parecía que había nevado en la selva, pues todo el suelo estaba blanco, lleno de hielo.

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El día siguiente fue mucho más tranquilo y, a pesar de nuestro empeño en cruzarnos con un tigre o un leopardo, no hubo suerte y nos tuvimos que conformar con más ciervos y el increíble paisaje. En todo caso, estos dos días fueron casi como pasear por El libro de la selva, una experiencia increíble.

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Por otro lado, los alrededores del parque tampoco están nada mal, llenos de pequeños pueblos dedicados a la agricultura. Hasta donde alcanza la vista hay campos de arroz, que dan de comer a los habitantes de esta región y al resto del país. Y los búfalos se pasean tranquilamente por las calles sin asfaltar y se respira un aire de tranquilidad que nada tiene que ver con las aglomeraciones de Katmandú.

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Otro de los reclamos del parque son sus elefantes domesticados, que se encuentran por todas partes en Sauraha (parece que cada alojamiento tiene el suyo) y con los que se puede interactuar de diferentes maneras. Por un lado, se puede visitar la selva a los lomos de un elefante, aunque he de decir que la experiencia no es nada cómoda y mucho menos interesante que explorarla a ras de suelo.

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Pero la actividad que se lleva la palma en el pueblo es el baño de los elefantes. Todas las mañanas un grupo de estos paquidermos se concentra en el río y te puedes subir a ellos mientras echan agua con sus trompas. Acojona un poco subirse a pelo a los lomos de estos inmensos animales y luego acabas empapada, pero es de lo más divertido que he hecho nunca.

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Me dio la sensación de que los elefantes también disfrutaban de estos momentos en el agua, aunque probablemente no tanto como los humanos. Además, en lugar de ayudar a bañar a los elefantes es a la inversa, pues los que acabamos bien remojados fuimos nosotros.

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Para terminar mi estancia en la zona, pasé un par de días en una casa particular en un pequeño pueblo cercano a la selva. Unos españoles majísimos, Carlos y Alex, estaban allí ayudando con una planta unipersonal de bio-gas, intentando conseguir mayor eficiencia e implantando el sistema en otras casas de la comunidad.

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La familia era encantadora y por unos días pude ver de cerca cómo es el día a día de la gente nepalí. De las muchas cosas que os podría contar creo que lo más curioso es el régimen de comidas. La gente se levanta muy temprano, a eso de las 6 de la mañana, y el desayuno consiste en un té con leche. Eso sí, la leche recién ordeñada de una de las vacas de la familia. No comen nada más hasta el almuerzo, a las 11 de la mañana, compuesto de arroz con un pequeño plato de lentejas, que se echan sobre el arroz, y otro de verduras (conocido como dal bhat, es el plato nacional). Y a seguir currando hasta las 5 o las 6 de la tarde, en el que toca repetir comida. Y así un día tras otro. Vamos, que no hay mucha variedad porque se come lo mismo todos los días para comer y para cenar (como para que no te guste el arroz).

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En pocas palabras, pasé una semana increíble en una zona de Nepal que ni siquiera sabía que existía, donde vi animales impresionantes en su hábitat natural y descubrí la rutina diaria de una pequeña comunidad nepalí. Una experiencia de lo más completa en el parque Chitwan, que nada tendría que ver con mis próximas aventuras en el corazón de la cordillera del Himalaya.

Posted by gacela 22:30 Archived in Nepal Tagged animales selvas junglas Comments (1)

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