A Travellerspoint blog

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Templos de Angkor

Maravillas del Imperio Jemer

overcast 30 °C
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La última parada en mi recorrido por el mundo no pudo ser más gratificante. Me había dejado para el final uno de los lugares más espectaculares del planeta: los templos de Angkor. La gente me pregunta muchas veces si después de tantos años viajando, me siguen emocionando los sitios que visito. La respuesta es sí, especialmente si se trata de templos de mil años de antigüedad, algunos de los cuales parecen haber sido engullidos por la selva tropical que los rodea.

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La base de operaciones para visitar los templos de Angkor es una ciudad llamada Siem Reap, que se ha volcado con los millones de visitantes que recibe cada año y ofrece todos los servicios imaginables para satisfacer sus necesidades: restaurantes de todas las categorías, tiendas de souvenirs por doquier, masajes en cada esquina, transporte de todo tipo, spas de lujo,... Así que, aquí me alojé durante los 5 días que estuve explorando la zona.

Antes de adentrarme en el parque arqueológico (patrimonio de la humanidad), no sabía muy bien qué esperar, ya que las hordas de turistas que parecían invadir esta zona de Camboya me echaban un poco para atrás. Me imaginaba dándome codazos con los grupos de japoneses, americanos, chinos, italianos,... para poder acercarme a los templos. Sin embargo, una vez en faena, no me resultó del todo difícil evitar a las multitudes. Al fin y al cabo, el parque ocupa 400 km2 e incluye más de 1.000 templos en diferente estado de conservación. Además, la mayoría de los visitantes van en un tour organizado o contratan un tuk-tuk que les lleva de un templo a otro, siguiendo todos la misma ruta y prácticamente el mismo horario. De manera que yo opté por alquilar una bici y pedalear a mi aire entre las ruinas.

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El primer día recorrí los 7 kilómetros que separan Siem Reap de la zona arqueológica sólo para darme cuenta en la entrada de que había perdido la llave del candado de la bici por el camino. ¡Maldición! La primera vez que cogía una bicicleta en semanas (estaba muy mal acostumbrada a ir motorizada) y me toca hacer 14 kilómetros extra. A pesar de que el camino era llano, cuando volví estaba casi sin aliento y la verdad es que la boca no dejó de abrírseme al contemplar las maravillas que iban apareciendo ante mis ojos. En la época de máximo esplendor del Imperio Jemer llegaron a vivir un millón de personas en esta región, siendo la mayor metrópoli del mundo cuando en Europa todavía nos encontrábamos en los oscuros años de la Edad Media. Por desgracia, las casas estaban construidas en madera y no queda nada de ellas. La piedra se reservaba para los dioses y gracias a ello se han conservado los templos de Angkor a lo largo de los siglos.

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Como era el primer día y no tenía un itinerario fijo, decidí parar sólo en templos que no estuvieran abarrotados y explorar los caminos que se adentraban por la selva. De esta manera, llegué hasta puertas (la de la foto salía en la película de Tomb Raider) y templos en los que había más vegetación que paredes, ya que los esfuerzos restauradores no habían llegado todavía hasta ellos.

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Me gustó tanto la experiencia de recorrer la zona en bici que repetí hasta 3 veces (todo lo que me permitió mi pase de entrada al parque), aunque en una ocasión sólo fui hasta el templo más representativo, el impresionante Angkor Wat. Rodeado de un inmenso foso de casi 200 metros de ancho, esta ciudad-templo requirió de 300.000 trabajadores para su construcción y es el monumento religioso más grande del mundo. También es el más visitado de la zona, por lo que, aproveché la última hora de la tarde para ir hasta allí y mientras la gente salía, yo entré y pude disfrutar del lugar casi en solitario. Las 3 torres en el centro del complejo son el símbolo nacional de Camboya (están en su bandera y su moneda), aunque me gustaron más desde lejos que una vez que me acerqué a escasos metros. Eso sí, para apreciar los bonitos relieves que decoran paredes, estupas y torres es necesario acercarse.

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Mis rutas en bici también me permitieron apreciar algo de la vida rural de los habitantes de esta región de Camboya. A pesar de que el turismo es el motor principal de la economía aquí, todavía hay mucha gente que se dedica a la agricultura y los arrozales ocupan la mayoría del espacio disponible entre templos. Los campesinos viven en unos pueblos de casas de madera y calles embarradas sin asfaltar no lejos de Siem Reap, que contrastan con el bullicio y el aire algo europeo de la ciudad.

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La paliza ciclista no se quedó sin recompensa, ya que tuve la suerte de poder explorar algunos sitios absolutamente sola, en los que me sentí como una arqueóloga aventurera en busca de tesoros escondidos, y en otros compartí la emoción de estas ruinas con un puñado escaso de personas. Estos complejos son los que más me gustaron, aunque muchos de ellos apenas tenían unas piedras juntas formando paredes que parecían iban a colapsar en cualquier momento.

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La sensación de ser como Indiana Jones se repitió en numerosos templos, donde las puertas parecía que llevaban al misterioso interior de un árbol o las torcidas columnas me hacían preguntarme cómo era posible que aquello siguiera en pie y, más aún, cómo habían sobrevivido esos bajorrelieves al paso de los siglos.

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La bicicleta tiene sus limitaciones, así que un día contraté un motero para que me llevase a los sitios arqueológicos más lejanos. Fue un día muy intenso y completamente agotador, pero me permitió disfrutar del templo con los bajorrelieves más intrincados de la región, de un templo completamente engullido por la selva y de unas representaciones en el fondo de un río. Muchos consideran a Banteay Srei como el complejo más espectacular de Angkor por la calidad de sus bajorrelieves. Yo no sé si iría tan lejos, pero sí es cierto que se trata de un trabajo en piedra excelente, que todavía impresiona 1.000 años después de su creación.

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Después de maravillarme con este templo, pusimos rumbo al corazón de la selva, donde se encuentra el lugar conocido como el río de las mil lingas. El paisaje me pareció más impresionante que los relieves tallados en las piedras y en el fondo del río, aunque no dejó de resultarme realmente curioso que a alguien se le ocurriera esculpir figuras en un sitio así.

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Por último, fuimos hasta el templo de Beng Mealea, donde la selva realmente se ha hecho la dueña del lugar. El impresionante sitio está prácticamente en ruinas y el moho invade las piedras y los relieves que quedan en pie (los demás hace tiempo que han sido absorbidos por el entorno). El complejo cuenta con unas pasarelas de madera para recorrer las principales atracciones. Sin embargo, también es posible salirse de esa ruta establecida y trepar por piedras y paredes para explorar otras zonas. La lluvia me fastidió un poco la aventura, pero aún así, me lo pasé genial recorriendo el templo de cabo a rabo.

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Me hubiese gustado poder disfrutar con más calma de todos y cada uno de los lugares que visité en Angkor, pero, por una vez, mi tiempo era limitado. Así que, tengo que admitir que acabé con un poco de saturación religiosa. Eso no impidió que me pareciera uno de los sitios más impresionantes en los que he estado y, sin duda, una de las mejores maneras de terminar mis aventuras por el mundo.

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Los templos de Angkor fueron el último sitio que visité antes de regresar a España y comenzar una nueva etapa de "vida normal". Por lo que este blog está llegando a su fin. Ya sólo me falta resumir estos 3 increíbles años y despedirme, pero eso lo dejo para el próximo post...

Posted by gacela 02:18 Archived in Cambodia Tagged templos Comments (0)

Vientiane

La tranquila capital de Laos

storm 30 °C
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La siguiente parada en mi ruta por Laos me llevó hasta Vientiane, la capital del país. A pesar de contar con unos 1.000 años de historia, la ciudad da la sensación de haberse construido en las últimas décadas, ya que, con la excepción de un par de templos, no hay mucho más que ver. El resto de esta urbe está compuesta de edificios de un par de alturas que se extienden varios kilómetros, con el impresionante río Mekong como frontera.

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En todo caso, fueron un par de días interesantes, en los que recorrí Vientiane con Joanna. Primero hicimos ruta cultural, visitando los diferentes templos budistas de la ciudad. Después de meses y meses en países budistas, estos templos no me parecieron nada del otro mundo. Supongo que hasta Buda puede llegar a resultar cansino, aún así aquí os dejo las fotos para decidáis por vosotros mismos.

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Al día siguiente tocó un plan más histórico. Tengo que admitir que fue una mañana de lo más deprimente, ya que me levanté con la noticia del tren siniestrado en Santiago (me costó un buen rato asimilar lo que había pasado) y continuó aprendiendo sobre las desgracias de las municiones no explotadas. Creo que la visita al centro COPE en Vientiane ha sido una de las que más me ha impactado, ya que resulta difícil imaginar las consecuencias actuales de una guerra que terminó hace casi 40 años. No sé si os interesará mucho el tema, pero os lo voy a contar de todas maneras. Laos se declaró país neutral en la guerra de Vietnam, lo que no evitó que su territorio fuera utilizado por los norvietnamitas para sortear los controles y atacar a los americanos en el sur de Vietnam. Como consecuencia de ello, Estados Unidos comenzó a bombardear Laos, a pesar de no declararle la guerra en ningún momento, y paradójicamente, Laos se convirtió en el país más bombardeado del mundo, con unos 5 millones de toneladas de munición lanzadas en su territorio. De todas estas bombas, se estima que un 30% nunca llegaron a explotar y se quedaron en la tierra esperando una oportunidad para cumplir su macabra misión. De esta manera, miles de personas han muerto una vez acabado el conflicto por detonaciones posteriores y muchas más han perdido alguna extremidad, entre ellas infinidad de niños. Si esto no fuera suficiente para ponerte la carne de gallina, resulta que Laos es un país tan pobre que mucha gente se dedica a buscar metal usado para revender y, claro, los accidentes con bombas son comunes. Pero no hace falta ir buscando metal para toparse con una, pues las lluvias y la orografía del país hacen que aparezcan en campos de cultivo, debajo de casas,... básicamente, en cualquier lugar. El centro que visitamos, además de ofrecer toda esta información y un montón de testimonios que nos dejaron el corazón en un puño, se dedica principalmente a la rehabilitación de personas que han sufrido un accidente, proporcionando prótesis y apoyo de todo tipo.

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Como no todo iba a ser sufrimiento, también pasamos toda una tarde de lluvia en un restaurante/bar, que resultó ser el lugar de moda de Vientiane. El espacioso garito estaba lleno de gente, había una banda tocando música en directo y los litros de cerveza corrían por doquier. Aquí no me queda más remedio que contaros cómo se bebe la cerveza en esta parte del mundo. Las botellas son de 650ml. y siempre vienen acompañadas de un cubo rebosante de hielo. Sí, lo habéis adivinado, le ponen hielo a la cerveza y, aunque me cueste admitirlo, me acostumbré a esta extraña combinación. La verdad es que cuando hace 40 grados a la sombra, la cerveza se calienta a una velocidad asombrosa y, si no la refrescas un poco, para cuando llegas al final de tu botella estás bebiendo un caldo asqueroso. En definitiva, allá donde fueras, haz lo que vieras...

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Resumiendo, Vientiane me pareció casi un pueblo en comparación con las bulliciosas capitales del resto de países de la zona, lo cual no me importó en absoluto y en el par de días que pasé en la ciudad disfruté de su tranquilidad. Aquí me despedí de Joanna después de unos divertidos días de turisteo juntas. Volveríamos a coincidir en Camboya, pero esa es otra historia.

Posted by gacela 03:10 Archived in Laos Tagged rios templos ciudades Comments (0)

Chiang Rai

La región más septentrional de Tailandia

overcast 27 °C
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Chiang Rai es tanto el nombre de la provincia situada más al norte de Tailandia, en la frontera con Laos y Myanmar, como la capital de dicha provincia y hasta aquí llegué en mi ruta por el norte del país. Por fin logré alejarme de las hordas de turistas que me habían acompañado en el resto de mi viaje por Tailandia, ya que Chiang Rai no recibe a tantos visitantes y los que vienen suelen estar de paso. Para completar mi buena suerte, me alojé en uno de los mejores albergues en los que he estado nunca. No sólo el edificio era completamente nuevo, con todas las comodidades imaginables (modernas duchas con agua hirviendo, colchones de verdad y sala de televisión), sino que los trabajadores eran realmente encantadores. Hasta tal punto se preocupaban de los clientes, que un día me prestaron un chubasquero para mis aventuras moteras y otro día me encontré a una de las recepcionistas en un café de la ciudad y no dudó en sentarse conmigo a charlar un rato, además de negarse en redondo a que yo pagase nuestras consumiciones. En definitiva, una verdadera maravilla de estancia.

No puedo decir que Chiang Rai sea una ciudad espectacular, pero me pareció un lugar ideal para hacerse una idea de cómo es la vida en una ciudad tailandesa. O bueno, por lo menos, en una ciudad que no vive para y por los turistas. Como todas las ciudades del país, tiene su colección de templos budistas, algunos más interesantes que otros. En uno de los monasterios, rodeado de un verde jardín, se puede visitar un museo con figuras de todo tipo y también hay un Buda de jade, que es una copia del original que se encuentra en la actualidad en Bangkok.

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Sin embargo, el lugar que más me gustó de la ciudad fue el museo de las tribus de las montañas. En un pequeño local han logrado sintetizar la información más relevante de cada una de las tribus que habitan en esta zona de Tailandia. Aquí aprendí el uso comercial que se hace de muchas de estas etnias, algo así como el equivalente a vestir de sevillanas a todas las habitantes de un pueblo andaluz cualquiera con el objetivo de llevar a los guiris y que compren más souvenirs. Porque en realidad Tailandia está muy occidentalizado y la gente viste la misma ropa que nosotros, incluso en los pueblos, y sólo usan sus trajes tradicionales en ocasiones especiales.

Además, existen casos realmente espeluznantes como la historia de la tribu karen-padaung, más conocida como la de las mujeres jirafa por los anillos que colocan en sus cuellos para estirarlos hasta límites imposibles. Resulta que esta etnia proviene de Myanmar, de donde tuvieron que huir por un conflicto armado, por lo que en la actualidad no son otra cosa que refugiados. Sin embargo, alguien vio una oportunidad de negocio en su tragedia y se llevó a los karen a unos pueblos que construyeron para ellos. Desde entonces viven en un régimen de semi-esclavitud, en el que el dueño del pueblo les da alojamiento y 100$ al mes a las mujeres para que se dejen hacer fotos y vendan souvenirs. A los hombres y las mujeres de la tribu que no llevan anillos (y, por tanto, no son de interés para los turistas) no les toca más que lo suficiente para comprar arroz. Por tanto, existe un incentivo perverso para que las niñas empiecen a llevar anillos alrededor del cuello en cuanto tienen la edad suficiente, sin seguir en absoluto la tradición original según la cual sólo las niñas nacidas en determinada fase lunar podían llevar esta carga en sus cuellos. Estos refugiados no parecen tener muchas más opciones, pues no tienen estatus legal en Tailandia y, además, una vez que se colocan los anillos, ya no pueden integrarse en la sociedad ni siquiera de manera ilegal. En definitiva, unos listos sin escrúpulos han hecho un zoo humano con la miseria de un grupo étnico que tuvo que huir de su país y, lo peor, es que encima lo venden como una experiencia cultural tailandesa. Sin palabras.

Después de visitar los lugares más representativos de la ciudad, incluido un divertido mercado callejero nocturno en el que lo mismo podías comprar unas bragas que comerte un centollo, darte un masaje o bailar al ritmo de una extraña banda de música, alquilé una moto y me dispuse a conocer la provincia. El primer día lo cogí con ganas y me hice nada más y nada menos que 200 kilómetros (que puede parecer poco para nuestros estándares, pero os aseguro que en scooter y con lluvia es una barbaridad). La primera parada en esta súper-ruta fue en una residencia real en lo alto de una montaña. El complejo estaba muy bien montado, pero como había que pagar decidí que mejor dedicaba mis esfuerzos a otras cosas, como, por ejemplo, observar la venta ambulante de cerdo en ciclomotor (¿quién puede resistirse a una cabeza porcina recién sacada de la cesta?) o subir hasta lo alto de un templo en mitad de la nada, cuyo camino prometía mucho más de lo que luego había allí arriba.

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Pero lo mejor del día estaba por llegar. Desoyendo algunas recomendaciones (de vez en cuando merece la pena lanzarse a la aventura), me metí por una carretera secundaria desierta en la misma frontera entre Myanmar y Tailandia, desde donde disfruté de unas vistas impresionantes. A un lado, las infinitas colinas verdes birmanas y, al otro, en la zona tailandesa, rocas kársticas sobresaliendo entre las nubes que me rodeaban. Me hubiese gustado que esa carretera no se hubiese acabado nunca.

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Además, me dio la oportunidad de interactuar con los soldados tailandeses que vigilaban esta porosa frontera (supose que el alambre de espino de la foto demarcaba el lugar exacto entre un país y otro). En todo caso, me pararon en 2 puestos de control para preguntarme por mi destino, mientras podía ver en sus caras el asombro de verme por allí. También comprobaron mi pasaporte (bueno, la fotocopia porque el original lo tenía la tienda de motos) y con una sonrisa me abrieron las barreras.

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Tras llegar hasta el puesto fronterizo oficial entre los dos países, que, por cierto, estaba a rebosar de gente, me dirigí al denominado triángulo de oro. Se trata de un punto en el río Mekong en el que confluyen 3 países: Myanmar, Tailandia y Laos. En su época, este sitio tuvo una importancia capital en el tráfico ilegal de opio, pero en la actualidad sólo se trafica con turistas, aunque en realidad no hay mucho que ver, aparte del inmenso río. Mi intención era visitar también una antigua ciudad amurallada, pero se me estaba empezando a ir la luz (no me gusta nada conducir de noche por estos países) y tenía todavía un largo camino de vuelta.

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El paseo motero del día siguiente fue mucho más relajado, ya que no me alejé mucho de la ciudad. Primero me acerqué hasta el llamado templo blanco, un extraño complejo moderno muy diferente de todos los templos budistas que había visitado hasta el momento. Un sitio cuando menos curioso, con algunas esculturas realmente espeluznantes y más turistas que fieles.

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Por último, me adentré con el ciclomotor en un parque natural. De nuevo disfruté con la conducción por una pequeña y tranquila carretera rodeada de vegetación exuberante. Una vez en el parque, tuve que dejar las 2 ruedas y caminar por un sendero en mitad de la selva para llegar hasta la cascada de la foto.

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De esta manera concluyeron mis aventuras no sólo en Chiang Rai sino en Tailandia, ya que al día siguiente puse rumbo a un nuevo país. Las 2 semanas que utilicé para visitar el norte de Tailandia me supieron a poco, pero mi viaje estaba en sus últimas semanas y quería aprovechar para conocer también otros países de la zona. Laos era mi siguiente destino.

Posted by gacela 04:45 Archived in Thailand Tagged rios templos paisajes Comments (3)

Chiang Mai

Vuelta a Tailandia

sunny 35 °C
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Después de unas increíbles 4 semanas en Myanmar, llegó el momento de visitar uno de los países más turísticos, a la vez que más desarrollados, de todo el Sudeste Asiático: Tailandia. Las diferencias entre un país y otro son tan abismales que, a pesar de ser vecinos y de que el vuelo apenas duró una hora, me pareció haberme trasladado a otra galaxia. Salí del aeropuerto y la perfecta calle asfaltada estaba llena de coches, había 2 o 3 carriles en cada sentido y la persona que me indicó que el tren que quería coger estaba lleno, hablaba inglés mejor que yo. Supongo que todo es cuestión de perspectiva, ya que la primera vez que visité Bangkok, hace ya más de 7 años, me pareció la ciudad más caótica en la que había estado nunca y ahora no puedo más que sentir que es uno de los lugares más civilizados del mundo (o, por lo menos, de esta parte del mundo). En todo caso, no pasé más que unas horas en Bangkok, ya que esa misma noche cogí un estupendo autobús nocturno a Chiang Mai, la ciudad más importante del norte del país.

El choque cultural continuó a mi llegada a Chiang Mai, ya que mientras esperaba a que me asignaran una habitación en el albergue y a reencontrarme con Kate (la mochilera inglesa con la que había viajado semanas atrás), pude apreciar cuán diferente es el turismo en este país. Para empezar, en ese par de horas de espera, vi más extranjeros que en todo un mes en Myanmar. Además, la mayoría eran veinteañeros en busca de fiesta, un grupo en el que no me encuentro especialmente integrada. Para terminar, el código de vestimenta no podría ser más diferente. En Tailandia no eres nadie si no vas con mini-pantalones y escotadas camisetas de tirantes y yo acababa de pasar más de 4 meses en países donde enseñar un hombro o una rodilla es considerado poco decoroso, no había visto tanta carne en meses. Eso sí, para visitar los numerosos templos budistas de la ciudad hay que taparse un poco.

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Chiang Mai fue la capital del reino de Lanna allá por el año 1.300 y en esa época se construyó la ciudad amurallada que en la actualidad constituye el centro histórico y donde se encuentran la mayoría de templos. Hay templos de diferentes estilos (en madera de teca, con dragones decorativos y estupas doradas,...), pero lo que más me impresionaron fueron las estatuas extremadamente realistas de maestros budistas. De hecho, la primera vez que las vi, me pareció que estaba frente a un grupo de monjes de verdad.

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A pesar de los cientos de templos parecidos que he visto durante mi viaje, desafié al agobiante calor y también visité los más importantes de Chiang Mai. Aquí resulta sencillo entablar conversación con monjes y novicios (muchos están deseando practicar su inglés), que destacan con sus coloridas túnicas naranja fosforito.

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La ciudad es famosa, entre otras cosas, por su excelente gastronomía, así que no desaproveché la oportunidad de hacer un curso de cocina. Nos pasamos todo el día aprendiendo sobre los ingredientes y la forma de cocinar tailandesa, primero visitando el mercado de la ciudad y luego poniéndonos manos a la obra. Hay que ver lo sencillo que resulta cocinar cuando te dan todas las instrucciones y tienes a alguien que te va guiando. Los distintos platos quedaron deliciosos y no recuerdo haber comido tanto en muchísimo tiempo.

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Otro día decidí alejarme de las hordas de turistas y explorar los alrededores de la ciudad, para lo que alquilé un scooter y tiré millas. A pesar de las buenas carreteras, salir de Chiang Mai resultó un poco estresante porque había un intenso tráfico. Sin embargo, en el momento en el que dejé a un lado la carretera principal, comencé a disfrutar de unas vistas increíbles subiendo y bajando por las verdes colinas de la región. Por el camino, hice una parada en un parque natural junto a un río, en el que las pequeñas caídas de agua hacían las delicias de las personas que estaban allí disfrutando de una mañana de picnic.

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De vuelta a Chiang Mai, aproveché las dos ruedas para visitar el templo más famoso de la ciudad, Wat Phrathat Doi Suthep. Localizado en lo alto de una colina, el camino ofrece una panorámica inmejorable de la ciudad, aunque resulta necesario conducir con cuidado por las continuas curvas y las numerosas furgonetas que llevan a los turistas hasta allí. Con tanto cuidado iba yo en mi pequeño ciclomotor que hasta una bicicleta me adelantó a toda velocidad en la bajada (triste, pero cierto).

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Este templo construido en el 1.383 no me pareció nada especial. Cuenta con la típica estupa dorada de los templos budistas, un mural mostrando las enseñanzas de Buda y muchas cajas para donativos. Lo mejor es que puedes decidir a qué se va a dedicar el dinero que das, basta con poner la pasta en el cajetín adecuado. Aunque, por lo que parece, algunas buenas acciones son sólo para tailandeses porque no existe traducción al inglés.

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Y así terminé mi visita a Chiang Mai, una interesante ciudad, aunque demasiado turística para mi gusto. La siguiente parada sería en un pueblito mucho más tranquilo en mitad de las montañas.

Posted by gacela 05:13 Archived in Thailand Tagged templos paisajes Comments (0)

Mandalay

Despedida de Myanmar

sunny 35 °C
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Mandalay es la ciudad más importante del norte de Myanmar y a pesar de su exótico nombre el lugar es más bien una sucesión de calles en cuadrícula sin mucho encanto. Aún así, cuenta con algunos sitios dignos de visitar (templos budistas, como no podía ser de otra manera) y con el impresionante río Ayeyarwady. En todo caso, al tratarse del principal centro de transporte de esta región del país, acabé pasando 3 interesantes días sueltos en la ciudad, que he decidido compilar en un único post.

Mi primera parada en la ciudad me llevó hasta U Bein, donde se encuentra el puente de teca más largo del mundo. Llegamos a este icónico lugar antes de las 5 de la mañana, aprovechando que el autobús nocturno de ese día nos había soltado en la estación a esas horas intempestivas. Así, vimos cómo el sol iba iluminando el horizonte a la vez que el puente cobraba vida con monjes y lugareños cruzando de un lado a otro.

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La segunda incursión en Mandalay fue sobre 2 ruedas, ya que alquilé una bicicleta y me dispuse a recorrer la ciudad enfrentándome con el intenso tráfico y los cruces sin semáforos. Nunca lo hubiese imaginado, pero resultó una experiencia divertida y una manera estupenda de recorrer la ciudad, que en bicicleta no parece tan inmensa. En este recorrido fui hasta el monasterio budista de Shwe In Bin Kyaung, cuyo templo principal está construido en teca y cuenta con unos relieves preciosos, también en madera. Se trata de un lugar muy tranquilo, por lo menos durante mi visita no había ni un turista y apenas vi un par de monjes relajándose a la sombra con el periódico.

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La siguiente parada en la ruta ciclista me llevó hasta un extraño mercado de jade, que estaba a rebosar de gente y donde las transacciones se hacían en unas mesas de plástico. Aquí lo mismo te encontrabas a una vendedora con 3 piedras ridículas que a un magnate del negocio con la mesa llena de billetes y jades del tamaño de un puño. La verdad, no logré entender en qué consistía este negocio que parecía tener fascinados a los locales. Con la cabeza aún dándome vueltas sobre el jade y sus virtudes, me acerqué al templo más importante de la ciudad, Mahamuni Paya. Los alrededores del lugar estaban llenos de artesanos de la piedra, que trabajaban sobre todo en estatuas de Buda (como no podía ser de otra manera). Y dentro del templo se encontraba un pequeño Buda sentado cubierto de oro. Las capas y capas de pan de oro que ha ido acumulando hacen que el Buda apenas se pueda apreciar. Sin embargo, para ayudar en esta tarea hay cámaras que lo enfocan constantemente y televisiones planas por todo el templo que retransmiten tan interesante imagen fija.

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Mi tercer día en Mandalay fue, sin duda, el más movido, ya que alquilé una moto con conductor para que me llevase a los sitios más alejados de la ciudad. Primero cruzamos el río Ayeyarwady para visitar la colina de Sagaing, cuyas decenas de estupas y pagodas doradas resultan más impresionantes de lejos que de cerca. Subí hasta uno de los templos en lo alto de la colina y con la lengua fuera disfruté más de las vistas que del colorido Buda que adornaba la sala principal.

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Una vez recuperado el aliento, volví a la moto y fuimos por una pequeña carretera bordeando el río y cruzando poblados formados por casas de bambú hasta llegar a Mingun. Las estupas de este popular pueblo no me parecieron demasiado impresionantes (después de semanas en el país estaba ya un poco saturada de templos budistas), pero podéis opinar vosotros mismos:

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De vuelta en la ciudad, ya sólo me quedaba subir hasta la colina de Mandalay. Agradecí bajarme de la moto, pues tenía ya el culo cuadrado, a pesar de los cientos escalones que me esperaban. La subida a lo alto de la colina fue toda una experiencia, con multitud de tiendas de souvenirs horteras y mujeres preguntándome si quería agua (empecé a cuestionarme por qué todas las dueñas de tiendas de bebidas en Myanmar eran mujeres). Además, al final de cada tramo de escaleras, había un templo diferente, aunque, de nuevo, lo mejor eran las vistas de la ciudad desde arriba.

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En lo alto de la colina, mientras disfrutaba de la puesta de sol, conocí a dos birmanas encantadoras, estudiantes de medicina, con las que estuve charlando hasta que se fue el sol y tuvimos que bajar. Sin embargo, como se nos habían quedado temas en el tintero, nos fuimos a cenar juntas. Pasamos una tarde muy divertida en la oscura Mandalay, donde las calles apenas están iluminadas y te puedes encontrar cosas curiosas como esta ¿gasolinera? atendida por un oso-lámpara.

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Mi despedida de la ciudad y de Myanmar no pudo ser mejor. Hasta experimenté una de las maravillas del sudeste asiático, consistente en ir 3 personas, como mínimo, en un scooter. Siempre me pregunté cómo lo hacían y cuando mis nuevas amigas se ofrecieron a llevarme hasta mi hotel, me pareció una locura, pero acepté y allí fuimos las 3. Menos mal que me dejaron en el medio, que era el sitio más cómodo y que sólo tuvimos que recorrer unas pocas manzanas.

A la mañana siguiente terminaba mi visado de 4 semanas en Myanmar y me despedí con mucha pena de este increíble país, que puede que no tenga los paisajes más espectaculares del mundo, pero cuyos habitantes sin duda se encuentran entre los más hospitalarios.

PD: Aunque ya estoy en España, todavía me quedan muchas historias que contaros de los últimas semanas de mi viaje, así que no os vais a librar de mí tan fácilmente. En todo caso, las fechas del momento exacto en el que estuve en cada sitio aparecen al comienzo del post, justo debajo del título.

Posted by gacela 03:38 Archived in Myanmar Tagged templos ciudades estupas Comments (0)

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