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Luxor

Semana cultural en la antigua Tebas

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Tras el paseo por el Nilo, llegué con mis compañeros de travesía hasta Luxor, la ciudad más turística del país. Conocida durante el Antiguo Egipto con el nombre de Uaset o Tebas, fue la capital del imperio durante más de mil años y eso ha dejado huella. Los tesoros arqueológicos de la zona son incontables (templos, tumbas, estatuas,...) y para poder explorarlos con calma estuve en la ciudad casi una semana.

Después de pasear por Luxor, visitar un interesante museo, tomarle el pulso a la ciudad y comprobar que los vendedores (de todo tipo de artículos y servicios) eran mucho más pesados que en Aswan, me decidí a adentrarme en el primero de los muchos templos que recorrería durante mi estancia. El templo de Luxor data del 1.400 antes de Cristo y está consagrado al dios Amón. Como podéis comprobar en las fotos, pasé aquí buena parte del día impresionándome ante las enormes columnas que decoran el patio central, las preciosas estatuas de los faraones y sus dioses y, en general, el espectáculo del atardecer sobre esta impresionante estructura.

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Al día siguiente alquilé una bicicleta para ir a la orilla oeste del Nilo y visitar por mi cuenta las tumbas y templos que allí se encuentran. De esta manera, subí, junto con mi bici, a un ferry local y, después de cruzar el río, pedaleé bajo el sol los 7 kilómetros que me separaban de los restos arqueológicos. El camino se me hizo un poco largo porque la bicicleta pesaba un quintal y no tenía una mísera marcha. Sin embargo, los colosos de Memnón me ofrecieron una calurosa bienvenida con sus 18 metros de altura, que me dio fuerzas para seguir con la ruta.

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Casi sin aliento llegué hasta la taquilla y comprobé el extraño sistema de pago para visitar este lugar patrimonio de la humanidad. En esta intersección de la polvorienta carretera tenía que decidir los templos y tumbas que quería ver ese día, cada una con su entrada y su precio. Tras pedir consejo al funcionario de turno y darle una sustancial propina (por no decir, soborno) para conseguir un descuento de estudiante, me dirigí hacia el Ramesseum o templo funerario de Ramsés. Aunque no me resultó tan impresionante como el templo de Luxor, disfruté en completa soledad de las columnas (todavía conservaban parte de los colores originales), los bajorrelieves y el resto de elementos decorativos de este templo.

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La siguiente parada fue en las tumbas de los nobles, que se encuentran diseminadas por una colina junto a un pequeño pueblo de adobe. Desde lejos nunca te imaginarías las maravillas que se encuentran allí bajo tierra y, de hecho, la mayoría de los turistas no les prestan ninguna atención, ya que centran su limitado tiempo en el valle de los reyes y las reinas. La visita a las tumbas de los nobles es casi una aventura en sí misma, ya que primero tienes que encontrar la tumba cuya entrada has pagado y luego encontrar al encargado de la llave, que además te enciende las luces e intenta darte una pequeña explicación de la simbología que inunda las impresionantes decoraciones de las tumbas. Por desgracia, no se pueden hacer fotos en el interior y, aunque todos los encargados se ofrecieron a hacer la vista gorda por una propina, me negué a ser cómplice de la destrucción de estas maravillas de más de 3.000 años de antigüedad.

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Tras la paliza que supuso ir hasta las tumbas de los nobles en bicicleta, al día siguiente opté por una visita mucho más relajada y contraté un paseo en globo. Lo peor del día fue el madrugón que me tuve que dar para ver el amanecer desde el cielo, pero luego las impresionantes vistas de todo el valle de los reyes, del Nilo, de Luxor y de los pueblos adyacentes hicieron que mereciera la pena. Además, la sensación de flotar en el aire que te ofrece un globo aerostático es realmente alucinante.

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En otro momento de mi estancia en Luxor, me di un paseo por la orilla del Nilo hasta llegar a Karnak, el complejo religioso más importante del Antiguo Egipto. Me siento completamente incapaz de contaros la historia y el desarrollo de los templos que alberga Karnak, que fueron construidos, añadidos, desmantelados, restaurados y decorados a lo largo de unos 1.500 años. Así que me limitaré a decir que el recinto abarca unos 2 kilómetros cuadrados y la principal estructura, el templo de Amun, es el edificio religioso más grande jamás construido, ahí es nada! Las fotos, sin duda, no le hacen justicia.

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Con energías renovadas, retomé la bicicleta y la exploración de la orilla oeste del río. En este caso, llegué hasta el templo de Hatshepsut, una construcción única en el país, pues el templo se encaja en la montaña y se podría decir que se encuentra camuflado en la misma. Se trata de un lugar impresionante, aunque a estas alturas yo ya estaba un poco saturada de templos egipcios.

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El valle de los reyes, mi siguiente parada del día, se encuentra justo al otro lado de la montaña que alberga el templo de Hatshepsut, así que, en lugar de bordearla con la bicicleta, decidí atravesarla caminando. La subida inicial fue un poco dura, pero las vistas no hacían más que mejorar a medida que iba ascendiendo. Algún cartel solitario me indicaba que iba por el buen camino. Y en la cima me hallé rodeada de colinas desérticas y un silencio que daba un poco de miedo.

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Casi sin darme cuenta me encontré sobre las tumbas de los faraones egipcios más famosos, pero sin saber muy bien cómo bajar hasta allí. Encontré un camino que no parecía muy complicado, sólo para descubrir una vez abajo que tenía que caminar un kilómetro más hacia la salida para comprar las entradas de las tumbas que quería visitar y luego volver al punto de partida. Para colmo, la mitad de las tumbas estaban cerradas por restauración (casualmente, todas las que recomendaba la guía). En fin, una verdadera odisea. Menos mal que todo el esfuerzo se vio recompensado con unas estancias funerarias ciertamente impresionantes. De nuevo, no se permitía el uso de cámaras dentro de las tumbas, así que he tenido que guardar en mi frágil memoria la sensación de descender a las entrañas de la montaña, mientras descubría por el camino las excelentes pinturas que decoraban cada una de las tumbas de estos faraones.

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Una vez visitadas todas las tumbas que pude, ya sólo me quedaba hacer el camino inverso y, así, subí y bajé una montaña, me subí a mi bicicleta y pedaleé hasta el Nilo, donde cogí un ferry, después cargué la bici a la espalda para subir las escaleras del muelle y recorrí un par de calles de la ciudad hasta llegar a mi albergue. En definitiva, acabé agotada.

De esta excelente manera concluí mi visita a Luxor y alrededores. En las dos semanas y media que llevaba en Egipto había visto tantos templos y ruinas que decidí darme un descanso de los faraones y sus edificaciones y opté por desintoxicarme en el desierto. El oasis de Dakhla era mi siguiente destino.

Posted by gacela 02:55 Archived in Egypt Tagged templos ruínas faraones tumbas Comments (0)

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